¡Siete días, sólo siete días bastaron a Lita para concluir su colcha
blanca! Y no parecía muy desmejorada la niña, no. Al contrario, aunque
un poco enflaquecida, tenía mejor color, más animación que antes, hasta
su poco de alegría. El médico y la madre se mostraban más bien contentos
de su estado. Quien parecía descontento era el padre. Había comprado a
su hijita un teatro de títeres y otros muchos juguetes ingeniosos, sin
conseguir distraerla de su incesante labor...
Apenas concluida la colcha blanca, pretendió Lita empezar inmediatamente
la celeste... Aquí intervino formalmente el papá. La enfermita necesita
por lo menos un día de descanso, pues que ni el mismo domingo se había
resignado a descansarlo todo entero. Y con su autoridad de amo, el padre
hizo vestir con trajes de calle a su señora, a Lita y a mis Mary, pidió
el carruaje descubierto para después de almorzar, se puso guantes
amarillos y una galera muy grande, y salió a dar un paseo con su
familia, aprovechando el hermoso día. Detrás iba Ramón en un fiacre, con
el cochecito de Lita, para cuando se bajasen en el paseo.
Anduvieron por el bosque y por el Jardín Zoológico. Miss Mary arrastró a
Lita en su cochecito, páranse ante las jaulas de los animales. Lita
adoraba los animales. Y ese día, a pesar de su deseo de reanudar cuanto
antes la labor, tuvo más gusto que nunca en ver leones, jirafas,
avestruces, serpientes, de cuánto Dios crió. Porque pensaba que antes de
que se cumpliese el plazo de los treinta días, ella podría presentar a
su hada madrina las tres colchas. Entonces sanaría y caminaría sola y
derecha, aunque tuviera un cochecito de marfil tirado por dos grandes
mariposas azules. Visitaría el País de las Hadas, donde se ven en jaulas
de oro los animales que aquí faltaban: sirenas, unicornios, dragones...
De vuelta en su casa, preguntó a Lita su papá:
--¿Te has divertido, Lita?
--Mucho, papá.
--Pues pasado mañana repetiremos el paseo.
Lita se afligió mucho, porque si cada dos días obligaba a descansar
uno, no acabaría a tiempo las dos colchas que le quedaban por hacer. Así
fue que rogó a su padre, con lágrimas en los ojos y sollozos en la voz:
--No me vuelvas a sacar a pasear hasta que termine la colcha celeste,
papá... ¡Sé buenito, papá!... ¡Te lo pido por Dios y por la Virgen,
papá!...
Para tranquilizar a la pobre mártir exaltada y no perjudicar el buen
efecto del paseo, tuvo que prometérselo así su padre...
El día siguiente era el octavo día. En cuanto amaneció, Lita pidió a
miss Mary los útiles y la lana celeste, y se puso a tejer y tejer...
Otra semana más de trabajo, y quedó concluida la colcha celeste... Otra
semana más, ¡y también la colcha rosada!... ¡Ya no le restaba nada que
hacer, sino guardar celosamente su obra, su tesoro!...
Ramón le dijo que estaban a 27 de junio, y que faltaban todavía siete
días para la fecha de redención, el 5 de julio... ¿Cómo pasar todo ese
tiempo para no impacientarse ni aburrirse?... Pues ahora fue la misma
Lita quien invitó a su padre a ir todas las tardes a Palermo y al Jardín
Zoológico, y hasta más de lo que él podía, por sus quehaceres... Y la
mamá se apresuró a hacerle el gusto, gozosa de ver al fin a su hija
querida descansada y contenta:
--¿Cuándo llevaremos a los niños pobres tus colchas?--le había
preguntado un día su mamá.
--Ya lo verás, mamá, ya lo verás. Por ahora sólo quiero que estén bien
guardadas en mi armario, ¡muy bien guardadas!
Se pasaron así los días que faltaban y llegó la noche del 4 de julio,
las ansiadas vísperas. Lita contó las marcas que había señalado en la
baranda de su cama. Eran treinta justas, y su cuenta coincidía con la de
Ramón. Besó a su papá, a su mamá, a sus hermanitos y hasta a miss Mary.
Se hizo acostar muy temprano. Rezó largamente sus oraciones, pidiendo a
la Virgen y a San José que velasen por su madrina... Y se durmió,
mirando las tres colchas, que se había hecho poner junto a su camita.
Costole mucho dormir. Pero, en cuanto se durmió, se le apareció en su
sueño el hada madrina. Venía como siempre, con su estrella, su varita
mágica, su pelo suelto, su magnífico manto... Sonriendo con ternura a su
ahijada, le dijo:
--Veo que eres buena, Lita. Te agradezco tu labor en nombre de los niños
pobres, a quienes les llevaré tus colchas, para que no se mueran de frío
en las noches de invierno.
El paje del hada, que era un gnomo, salió del seno de la tierra, cargó
en las espaldas con los tejidos de Lita, y desapareció...
El hada hizo entonces unos garabatos en el aire con su varita mágica,
diciendo a su ahijada:
--Y porque eres buena, te curo ahora para siempre.
Apenas dicho esto, Lita se sintió curada y se sentó en la cama,
completamente derecha. Sin darle tiempo ni para decir gracias, su
madrina la tomó de la mano...
--Ven conmigo, Lita. Te llevaré a dar una vuelta por el País de las
Hadas, donde viven Caperucita Roja y Pulgarcillo.
Así como estaba, en su blanca camisita de batista, Lita saltó del lecho
sola y adelantó de la mano de su madrina... Atravesaron la habitación
sin hacer ruido, en puntitas de pie, luego el dormitorio de la mamá, el
cuarto de vestir, una sala... iban directamente a la puerta de calle...
Lita misma abrió la puerta que comunicaba la sala con el vestíbulo.
Cruzaron el vestíbulo y abrió también la puerta cancel... Llegaron al
zaguán... Ya estaban ante la puerta de la calle... Lita hizo un esfuerzo
para abrirla... ¡Era un pestillo muy duro y bien cerrado!... Y sintió de
pronto que le faltaba el apoyo de su madrina y cayó sobre el frío umbral
de mármol...
V
A la mañana siguiente, antes de que aclarara del todo, Ramón fue, como
de costumbre, a abrir la puerta de calle a los proveedores de la casa.
Iba tan preocupado con el cuento que le repetía diariamente Lita de su
hada madrina, pensando si se le habría realmente aparecido durante la
noche, que no se fijaba donde ponía el pie... Al ir a meter la llave en
la cerradura de la puerta, pisó una cosa blanda... se agachó a ver lo
que era, y lanzó un berrido estridente... ¡Ahí estaba Lita, en su
camisita de dormir, que mostraba horriblemente la miseria de su
deformidad! ¡Ahí estaba Lita, yerta, blanca, verdosa, helada!
Sin saber lo que hacía, loco de dolor, salió corriendo Ramón y entró en
las habitaciones interiores por una puerta que daba al vestíbulo y
estaba entreabierta...
--¡La niña Lita está en la puerta de la calle!...--gritaba.--¡La niña
Lita está muerta en la puerta de la calle!...
El padre, la madre, miss Mary, los chicos, todos saltaron de la cama y
acudieron... El padre fue quien levantó en los brazos el precioso
saquito de huesos... Ramón corrió a llamar al médico... Y el médico de
los anteojos de oro vino, y dijo que la niña estaba muerta.
--Es una felicidad para ella, la pobrecita--agregó con voz grave.--Y
hasta una liberación para sus padres. No tenía remedio y sufriría
inútilmente toda su vida.
Pero los padres no parecían pensar que esa muerte fuera una felicidad y
una liberación. La señora gritaba desconsolada... El señor estaba fuera
de sí... Llegaba a dudar de la muerte de esa frágil y tierna criatura.
Conservando algo como la sombra de una esperanza, explicó al médico
dónde y cómo la encontraran. La niña parecía haberse levantado por sí
misma, como si estuviera sana, tal vez sonámbula...
El médico negó radicalmente semejante hipótesis. La niña no hubiera
podido dar un paso por sí misma... Pero, ¿quién la llevó hasta allí,
mientras miss Mary y los padres dormían?... ¡Pues el chico ese que decía
haberla encontrado muerta! Él la había sacado de la cama para jugar,
dejándola caer después en la puerta de calle. En la caída, la enfermita
se había quebrado la columna vertebral... La niña estaba ya fría porque
el chico que la sacara no se atrevió a avisar en el primer momento, por
temor al castigo que le esperaba. Si se le avisara entonces, tal vez la
ciencia la hubiera podido salvar. ¡Esa era la opinión del médico!
Al oírla, creyéndola en todo verdadera, el padre interpeló a Ramón con
la ira de la desesperación:
--¿Cómo has podido hacer eso, miserable?
Ramón sintió que se le helaba la sangre de horror y de vergüenza... Su
madre se puso a llorar... Y exaltándose más y más en su dolor, repetía
el señor:
--¿Cómo has podido hacer eso, miserable? ¿Cómo has podido dejar de
llamarnos a tiempo siquiera, canalla, desagradecido?
A Ramón le flaquearon las rodillas, y cayó sobre ellas,
desfalleciendo... El padre de Lita creyó ver en ese desfallecimiento la
confesión del crimen, pues se le presentaba el caso como un crimen, y
vociferaba a la criada y a su hijo, en el paroxismo de su cólera:
--¡Fuera de aquí!... ¡Que yo no vea más la cara de ustedes!... ¡Pronto,
fuera, si no quieren que los haga echar por la policía!
Después de diez años de servicios fieles, así fueron echados la madre de
Ramón y su hijo, como ladrones, como asesinos... Y nadie dudó en ese
momento de las palabras del médico, a quien el hecho dio tema para
disertar largamente sobre los sentimientos perversos de la canalla.
Cuando Ramón estuvo solo con su madre en la pobrísima fonda donde se
refugiaron, la abrazó sollozando... Iba a jurarle que el médico mentía,
pero su madre le contuvo:
--¡Hijo querido! No necesitas decirme nada, porque yo sé que no es
cierto. Tú no eres insensato ni cobarde para dejar morir a la niña sin
avisar, ¡hijo querido!
Ramón gritó:
--¡Qué malos son en haber creído a ese médico, qué malos!
--No son malos--rectificó dulcemente la madre.--Los hombres no son malos
ni buenos... Unos son ricos y otros son pobres... Eso es todo. ¡Cálmate,
hijo mío!
Las crueles emociones de esa trágica mañana enfermaron gravemente a
Ramón. Su madre tuvo que llevarlo al hospital, donde pasó muchos días
entre la vida y la muerte. En sus noches de fiebre deliraba con la pobre
Lita y su pérfida madrina, que no era una hada sino una bruja... A cada
momento creía que esa bruja venía a robarlo a él también... Pero su
naturaleza robusta venció la dolencia. A las tres semanas lo llevó su
madre consigo a la nueva casa en que se conchabara, ya convaleciente,
amarillo, altote, muy triste, y tan flaco como un espectro...
Él no volvió a hablar más de su amarga experiencia. Parecía olvidado de
Lita y de la injuria mortal que recibiera... Mas una noche dijo
sencillamente a su madre:
--Mañana hará un mes de la muerte de Lita, mamá... Quisiera comprarle
unas flores y llevárselas al cementerio... Iremos los dos antes de ir al
mercado, mamá...
En vez de enfadarse, como temía Ramón, su madre se lo prometió, después
de abrazarlo. Compraron así al día siguiente un hermoso ramo de rosas
blancas en el mercado y lo llevaron al cementerio. El guardián les
indicó la tumba de Lita. Ya estaba cubierta de otras flores frescas,
flores finas y raras.
--Mamá--preguntó Ramón divagando todavía con los pensamientos delirantes
de su enfermedad--¿quién habrá puesto ahí esas flores tan temprano?...
¿No podría ser el hada madrina?...
--No, hijo mío. Esas flores las puso la madre de Lita, que estuvo aquí
antes que nosotros; no lo dudes.
--¿Cómo lo sabes?
--Porque soy tu madre.
Ramón se arrodilló, se persignó y dejó sus rosas blancas junto a las
otras flores. Hubiera querido quedarse allí mucho rato, pues le parecía
estar en la casa de Lita, que era un poco como su casa... Mas su madre
lo apremió a que se despidiera; debían volverse porque era tarde...
Entonces Ramón quiso llevarse, como recuerdo, un flor de la tumba de
Lita...
Ella era tan generosa que me las daría todas si yo se las pidiera--dijo
con los ojos llenos de lágrimas.
Su madre le prohibió que tomara la flor, porque las flores de los
muertos traen desgracia...
--Las flores de Lita--imploró todavía Ramón,--a mí no pueden traerme
desgracia, sino hacerme bueno, porque ella es como mi ángel de la
guardia...
--No importa, hijo mío--concluyó su madre.--Las flores de los muertos
son para los muertos.
Oyendo esto, Ramón se arrodilló por despedida ante el umbral del
sepulcro, donde dejaba enterrados sus castos sueños de adolescente.
Instintivamente acercó sus labios a un manojo de no-me-olvides que se
destacaba entre las flores de la niña muerta... Y al besarlo creyó besar
los ojos de Lita, creyó besar por primera y última vez los ojos azules
de Lita.