Una vez despierta, Lita no pudo volverse a dormir. Con los ojos abiertos
como los de un ratoncillo, esperó que llegase el día. Esa noche dormía
en su cuarto, con miss Mary. Porque, cuando no sintiera dolores, dormía
en su cuarto, con miss Mary, esa dormilona que roncaba como un fuelle.
Cuando los sentía, dormía junto a la cama de su mamá, y esto era un
consuelo. Y era tan buena Lita que, delirando por dormir junto a su
mamá, para no afligirla, nunca exageró sus dolores. A veces hasta los
disimulaba...
Esa mañana se sentía sin embargo dispuesta a usar de toda su energía
para imponer su voluntad. En cuanto se coló la luz por las rendijas de
la puerta, llamó a miss Mary. Miss Mary se levantó medio dormida, miró
el reloj, dijo que era demasiado temprano y pidió a Lita que durmiese un
poco más... Lita protestó... hizo abrir los postigos... ¡y ordenó a miss
Mary, en el tono más conminativo, que fuese en el mismo momento a
comprarle agujas de tejer y lana blanca, celeste y rosada!
Miss Mary se negó, probablemente sin comprender bien. Todavía no estaban
abiertas las tiendas... Esperaría a que se levantase la señora...
Insistió Lita... Y entre niña y niñera entablose una tremenda disputa,
de la cual resultó llorando la niña... Al oírla, su mamá, que dormía en
el cuarto contiguo con el oído siempre despierto, se apareció envuelta
en elegantísimo peinador de blondas. Besó a Lita en los cabellos,
escuchó estupefacta su petición, y le observó:
--¡Pero si tú no sabes tejer, mi tesoro!
Mimosa y llorosa, contestó la niña:
--No importa, mamá. Tú me enseñarás.
--¡Tejer tu!... ¡No es posible!... Eres muy chica. ¡Y te gastarías esos
lindos ojitos míos y esas queridas manitas!... Yo he de tejerte cuánto
me pidas: una carpeta para tu mesita, un pañolón para tu muñeca... Di,
¿qué más quieres?
--¡Por favor, mamá!--rogaba la niña, sollozando casi.--¡Enséñame a tejer
a mí, tú que eres tan buena! ¡Ten lástima de mí!
--¿Y qué quieres tejer?
--Tres colchas para los niños pobres. Una blanca, y otra celeste, y otra
rosada. ¡Pero quiero tejerlas pronto yo sola, solita!... Después, mamá,
¡escucha bien, mamá!... Después Dios me curará y podré correr como los
demás chicos... ¡Mándame comprar ya lo que necesito, mamita querida!
Como miss Mary, la señora no se movía... Parecía enternecida y
asombrada... Y Lita, desconsolándose por tales retardos y vacilaciones,
comenzó a derramar el más amargo llanto de su vida, de su pequeña vida
siempre llena de lágrimas.
También despertó al papá con su llanto. Y el papá vino a verla, vestido
con una bonita «robe-de-chambre» de seda azul rameada de negro. ¡Parecía
un chino con esa «robe-de-chambre»!... Pero como era también muy bueno,
se enteró de lo que quería su hijita inválida, y cambió con su mamá
algunas palabras. Aunque hablaban en voz baja y en el otro extremo de la
pieza, Lita les oyó perfectamente...
La voz ronca del padre decía:
--Está demasiado agitada. Es necesario tranquilizarla. ¿No tiene fiebre?
La voz fina de la madre contestaba:
--Parece que no; ahora le pondremos el termómetro... ¡Pobre chica!...
¡Tiene demasiada imaginación para su estado!... Ha soñado curarse...
Habla de curarse... Yo creo que tejer no le haría mal.
--Habrá que consultar al médico. Tú sabes que no quiere que se fatigue,
¡ni que te fatigues tú tampoco!
La señora suspiró... El señor parecía preocupado por la obstinación de
Lita. Pues Lita no era caprichosa. Le gustaba contradecir a veces; pero
era dócil y reposada como una viejita de cien años. Como su capricho de
tejer era una cosa rara, el padre ordenó a miss Mary que llamase al
médico por teléfono.
Oyendo la orden, Lita la desaprobó:
--¿Para qué el médico?... Si los médicos no pueden lo que Dios puede, ¡y
yo me curaré sin médico!...--Y luego pensó en voz alta,
consolándose:--De todos modos, aunque miss Mary lo llame, él no va a oír
ni entender, porque ese teléfono es para hablar español y miss Mary no
sabe hablar más que en inglés.
Su padre se sonrió y le dijo:
--El teléfono sirve para todos los idiomas, Lita. Además, miss Mary sabe
hablar español como yo y como tú. Habla inglés con los chicos para que
lo aprendan.
Lita se burló a través de sus lágrimas del español de miss Mary... Lo
cual no impidió que ésta volviera pronto trayendo la contestación del
médico: hasta las cuatro de la tarde no podría venir... «¡Hasta las
cuatro de la tarde!--pensó Lita.--¡Perderé, entonces, todo el día de
hoy, y si no cumplo en los treinta días fijados por mi madrina!...» Y se
puso a llorar otra vez, porque no le traían pronto los útiles pedidos.
Su mamá la consolaba. Su papá fue a hablar él mismo por el teléfono, a
reprender al médico y a mandarle, muy enojado, que viniese en seguida a
ver a Lita.
Hubo todavía que esperar un buen rato. La mamá hizo rezar a Lita sus
oraciones de la mañana y le besaba las manitas. Después la hizo
desayunarse con una gran taza de chocolate. Y el médico vino al fin.
Tenía anteojos de oro y un reloj muy grande, que hacía tic-tac hasta
cuando estaba en el bolsillo.
Consultado, examinó a Lita y opinó:
--Pienso que no hay inconveniente en que se le dé lo necesario para
tejer.--Agregando después, cuando creyó el muy tonto que la enfermita no
le oía:--De todos modos, me parece que no llegará a anudar dos puntos de
tejido. Tratará de aprenderlo, y al ver que no es tan fácil como
imaginara, tirará las agujas. Si aprende a tejer, lo que no me parece
probable, hará unos cuantos puntos, y en cuanto la labor pierda su
novedad, la dejará de lado... ¡Tengan por seguro que ya mañana no se
acordará de su capricho!
--¿Y si por rara eventualidad se empeña en tejer su colcha--preguntó la
madre--y llega a esforzarse y se fatiga?
--No creo que eso ocurra, señora--aseguró el médico.--Cuide en todo caso
de que no se incorpore mucho... ¿Lleva siempre su corsé de yeso?
--Todos los días se le pone al vestirla, y todas las noches se le saca
al acostarla.
--Que siga lo mismo. Y si llegara a excitarse demasiado, dele una
cucharadita de la receta calmante que le prescribí la vez pasada.
--¡Eso la postra!...
--Disminuya la dosis.
Y se fue el médico, con sus anteojos y su reloj.
Requerida por Lita, miss Mary salió a comprar las agujas de madera y
lana blanca, celeste y rosada. Se hizo esperar mucho, ella también.
Pero, mientras volvía, la madre vistió a Lita, la lavó, la peinó, le
puso agua de Colonia y la sentó en su silla rodante.
Poca lana trajo miss Mary... Como no alcanzaba para las tres colchas
pedidas por el hada madrina, Lita reclamó el doble más de lana de cada
color... Su mamá le dijo que aprendiese primero a tejer lo que tenía
delante, y comenzó a enseñarle...
Con gran sorpresa de su mamá, en un momento aprendió Lita, toda ojos,
los puntos del tejido. Antes de la hora de almorzar ya tejía; bien que
imperfectamente, ¡ya tejía!... Como primeros ensayos fabricó unas tiras
largas y desparejas y unos cuadraditos, aunque sucios de dedos y no sin
nudos que acusaban tropiezos y equivocaciones.
Inmediatamente quiso comenzar su colcha blanca. Nada pudo detenerla: ni
las súplicas de su mamá para que descansase, ni siquiera la severidad de
que se armó su padre, todavía vestido con su bonita bata azul rameada de
negro.
Rodeada de su padre, su madre, sus hermanitos y miss Mary, ella seguía
en su labor como una brujita, teje que teje, teje que teje, teje que
teje... Por su boquita, contraída por la atención, acechaba su lengua a
manera de una curiosa que se asoma por la ventana. Sus pequeñas manos
parecían dos arañas de cinco patas, apuradísimas en reconstruir una tela
rota por el viento.