I
Lita era una pobre niña que no podía caminar y ni siquiera tenerse en
pie. Atacada a la medula por incurable enfermedad, su cintura era
deforme y sufría dolores que le arrancaban diariamente quejas y
lágrimas. Toda su vida parecía concentrarse en los dos grandes ojos
azules que iluminaban su carita de ángel. Sentada en su sillita rodante,
con un libro de estampas en la mano, fijaba esos dos ojos en su mamá,
que bordaba junto a ella...
--¿Quieres que te cuente un cuento, Lita?--preguntábale la señora,
acariciándole la rubia cabellera.
--No, mamá. Ya sé todos los cuentos.
Muy raro era que Lita no quisiera que le contaran un cuento, porque
prefería los cuentos a las golosinas, a los juguetes y hasta a los
libros de estampas. Por eso su mamá se los contaba todos los días,
inventando a veces algunos muy bonitos.
Después de quedarse un rato pensativa, dijo Lita:
--Mamá, quiero que me digas quién es mi madrina...
Los padrinos de Lita habían sido sus abuelos, los padres de su mamá, y
los dos murieron antes de que Lita cumpliera un año. Así es que la niña,
como no llegó a conocerlos, no podía acordarse de ellos.
La mamá no quería decirle que habían muerto, porque Lita era muy
impresionable. Podía pensar: «Los padrinos de mis hermanitos viven, y
ellos viven y se mueven. Mis padrinos han muerto, y yo, que no puedo
moverme, debo morir también.» Valía más contestarle, como otras veces,
cuando hiciera la misma pregunta:
--Lita, tu madrina está de viaje.
Lita pensaba: «Es muy extraño que mi madrina esté siempre de viaje...»
Pero, no atreviéndose a decir sus dudas y temores, limitábase a
preguntar a su mamá:
--¿Y cómo se llama?
La mamá le contestaba:
--María--porque efectivamente «María» fue el nombre de la abuelita.
--¿Era muy buena?
--Muy buena.
--¿Me traerá muchos juguetes?
--Muchos y muy lindos...
--¿Y por qué no me los trae ya?
--Porque está muy lejos y porque eres una preguntona.
Lita volvía a quedarse pensativa. La madre dejaba entonces el bordado,
para mirarla...
--¿Quieres que te saque al patio a jugar con tus hermanitos?--le decía.
--No, mamá--contestaba Lita, preguntando al rato:--Mamá, ¿las hadas
pueden lo que los médicos no pueden?
La mamá miraba a Lita como si fuera a llorar, y le decía, besándola en
los ojos y bañándole la carita con sus lágrimas:
--Dios puede todo lo que quiere, mi hijita del alma... ¿Por qué me
preguntas eso?
--Por nada, mamá.
Pero Lita sabía por qué preguntaba eso. Lo preguntaba porque había oído
decir a los sirvientes que los médicos no podían curar su enfermedad. Y
ella esperaba que su madrina fuera una hada y la curase. ¿Qué hubiera
sido de la Bella-Durmiente-en-el-Bosque sin su hada madrina?...
La mamá de Lita, que era muy linda y bien vestida, diole un beso en la
mejilla y salió a visitas y compras. Miss Mary, la niñera inglesa, llevó
a Lita a la plaza, en su cochecito de manos, con sus hermanitos y sus
primos. Más ella no se divertía en la plaza, porque no podía correr
detrás de un arco como los demás niños y porque siempre veía las mismas
casas, los mismos árboles, la misma gente.
Cuando sus hermanitos y sus primos se fueron a jugar y la dejaron sola,
ella preguntó a la niñera:
--Miss Mary, ¿cree usted que hay hadas?
Sin entenderle, sin escucharla siquiera, miss Mary repuso:
--«Yes, my dear, yes».
--«¡Qué tontas son estas inglesas!--pensó Lita.--Aunque no entiendan una
palabra dicen siempre «yes, yes, yes», alzando y bajando la cabeza como
el asno de cartón que me trajo papá el otro día.»
Después de jugar en el paseo, los niños volvieron a casa muy contentos.
Muy contentos todos, menos Lita, que sentía en su cabecita aletear una
pequeña preocupación, como una mariposilla prisionera bajo una copa de
cristal.
Más que todos los paseos del mundo, gustábale que la llevaran, en su
casa, al patio de servicio. Pues allí estaba casi siempre Ramón. Ramón
era el hijo de la cocinera, un muchachote de su misma edad, doce años;
pero que parecía su padre. Ramón la idolatraba como si fuera una santita
de madera, le contaba historias preciosas, y le traía del mercado unos
juguetes tan chuscos, que bastaba verlos para reírse a carcajadas.
Esperábala esa tarde con un saltaperico de retorcidos cuernos y barbas
de chivo. Para sorprenderla, lo abrió de repente, pegándose en la nariz
con la cabeza del saltaperico. Pero como ella no tenía ganas de reírse,
no se rió. Guardó distraída el juguete y dio las gracias a su amigo,
preguntándole después:
--Dime, Ramoncito, ¿crees tú que en este mundo hay hadas?
Ramón abrió tamaños ojos, se puso muy serio, metiose ambas manos en los
bolsillos del pantalón, y repuso:
--Yo creo que en este mundo no hay hadas, niña Lita.
Como Ramón iba al colegio, hacía cuentas en su pizarra y leía libros de
estudio, Lita creía en su ciencia. Después de su mamá, nadie le
inspiraba mayor confianza. Sin embargo, desencantada esta vez por su
respuesta, protestó, con cierta reserva de gran dama ofendida:
--Pues yo creo que hay hadas.
Mírola Ramón casi con lástima...
Ella prosiguió, con un vago temblor en la voz:
--Sí creo, sí creo, sí creo... ¿Qué razón tienes tú, malo, para no
creer?
Tímidamente, el chico contestó:
--Yo nunca las he visto...
--¿Y no crees en Dios?
--Sí...
--¿Y has visto alguna vez a Dios?--exclamó Lita triunfalmente,
burlándose de la poca lógica de su amigo.
Creyó Ramón mejor no tocar más el punto. ¿Cómo iba a discutirle esa
chiquilla que nada sabía, a él, que estudiaba historia de Roma y
multiplicaba por sumas de cinco y de seis números?... Pero ella
insistía:
--Dime, malo, remalo, ¿crees o no crees en las hadas?
Ramón hizo una concesión, entre respetuoso e irónico:
--Si me lo manda usted, niña...
Sin contestarle, Lita dijo, en voz baja y misteriosa:
--Pues oye... ¡Oye, que tengo que decirte un secreto muy grande!...
Acerca la oreja... ¡Más!... ¿Sabes qué secreto? ¡Mi madrina es una hada!
Creyó Lita que Ramón quedaría deslumbrado con semejante revelación, y
sólo parecía perplejo...
--Es una hada que viene a verme todas las noches, en cuanto me
duermo--continuó confidencialmente.--Entra en puntillas y se para al pie
de mi cama. Es todavía más linda que mamá. Tiene una estrella en la
frente y el pelo suelto. Arrastra, como la cola de los vestidos de baile
de mamá, un manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes. En la mano
lleva siempre levantada su varita mágica...
Aquí hizo Lita una pausa, para gozar del efecto de su descripción... En
su entusiasmo no vio que el chico, con sus infantiles ojos negros
húmedos de piedad y de ternura, meneaba incrédulo la cabeza... Y ella
prosiguió, alzando su vocecilla de plata:
--Yo sé que esa hada va a curarme y entonces podré saltar y correr, y
cuando seamos grandes, ¡los dos nos casaremos!...
Ahora sí que parecía deslumbrado Ramón, aunque objetó:
--Pero yo soy el hijo de la cocinera, Lita, y usted es la niña de la
casa...
--¿Qué importa?--respondió Lita con generosidad de reina.--Además, tú
mismo me lo has dicho... Cuando seas grande, tú trabajarás para tu mamá,
y ella no será más cocinera... ¿Qué importa que lo haya sido? ¡Mejor!
¡Así nos hará dulces muy ricos!...
--Pero su mamá...
--Yo no soy orgullosa y mi mamá hace todo lo que yo quiero.
Sin darse por vencido, no ocultando su triste escepticismo, Ramón objetó
todavía:
--Su mamá hace ahora todo lo que V. quiere, niña, porque V. está
enfermita; pero cuando V. sane, será otra cosa...
Lita contestó muy seriamente:
--¿Prefieres entonces, para casarte conmigo, que yo siga enferma,
clavada en mi silla como los pajaritos embalsamados en los sombreros de
mamá?
--¡Oh, no, niña, no!--afirmó Ramón con toda su alma.--Prefiero morirme.
Se lo juro.
--No digas tonterías.
Se hizo una pausa, que cortó Ramón, después de suspirar:
--Tengo algo que mostrarle, además del saltaperico, niña Lita...
--¿Qué?
El chico salió corriendo y volvió triunfante con una ratonera, donde
estaba presa una lauchita...
--Mirela, niña, qué preciosa...
--¡Uf, da asco! ¿Qué vas a hacer con eso?
--Mi mama la va a matar... Yo quería que V. la viera antes.
--¡No, que no la mate! ¡Suéltala, suéltala, pobre lauchita!... ¡Si te
reprenden, di que yo te lo he mandado, Ramón!...
Ante orden tan perentoria, Ramón comprendió que había hecho mal en
mostrar a la niña la pequeña prisionera... Y la soltó, porque sabía que
los deseos de la niña debían siempre respetarse. La laucha corrió a
esconderse debajo de un armario...
--¡Es una monada!--exclamó Lita batiendo palmas con alegría.--¡Su mamá
va a ponerse muy contenta cuando la laucha vuelva a la cuevita!--Y
cambiando repentinamente de tema y de tono, agregó:--Tenía que decirte
otra cosa, Ramón... y es que puedes tutearme como mis hermanitos y mis
primos.
Luego de pensarlo formalmente, Ramón contestó:
--Eso nunca, niña Lita. Mi mama diría que es una insolencia, y se
enojará.
Lita se encogió de hombros:
--Tutéame cuando tu mamá no te oiga.
--Tampoco... Yo no hago nunca escondido de mi mama nada que no pueda
hacer delante de ella...
--¡Tu mamá es la cocinera y yo soy la niña, y te lo mando!
--No podría, niña, no podría--gimió Ramón con voz tan compungida que la
misma Lita soltó la carcajada, una de esas sonoras carcajadas que sólo
sabía arrancarle el chico de la cocinera.
--¡Bueno!--dijo, cambiando el giro de la conversación.--Yo te trataré de
usted... Cuéntame... o cuénteme usted lo que ha hecho hoy en la escuela
ese pícaro de... ¿cómo se llama?... Luis Matheu... Ese que se pelea con
todos y está todos los días en penitencia... Ese que en cuanto se pierde
un coscorrón, dices que lo encuentra siempre en su cabeza...
Tuvo que interrumpirse aquí el coloquio, porque se oyó el recio y bien
conocido taconeo de miss Mary que se acercaba... Ramón, cuya única
antipatía en el mundo era esa miss Mary, se hizo humo...
Lita simuló dormitar y despertarse sobresaltada...
--¿Viene usted a buscarme, miss... «Yes»?--preguntó, no sin altanería.
--«Yes, Lita. Your mother is coming»...
Ante tal argumento, Lita cedió. Hizo una mueca amistosa a Ramón, que
asomaba la cabeza por la puerta de la cocina, a espaldas de la niñera y
se dejó arrastrar en su sillita al encuentro de su mamá.
Por la noche, durante el sueño, volvió a aparecérsele a Lita su hada
madrina. Pero ahora, en lugar de estarse ahí callada mirándola como
otras veces, la habló en un lenguaje que parecía una música de
campanillas de oro. Dijole que iba a sanarla con su varita mágica y que
después se la llevaría a viajar a su país, que era naturalmente el País
de las Hadas, en un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposas
azules. Pero para eso era menester que su ahijada demostrara antes que
era buena...
--¿Cómo?--preguntó anhelante Lita, tapándose después la cara con la
sábana, llena de vergüenza por su osadía de interrogar a una hada...
El hada le contestó que ser buena es ser hacendosa y caritativa con los
niños pobres. Los niños pobres se mueren de frío en las noches de
invierno. Una niña hacendosa y caritativa debía tejerles, así como su
mamá tejiera a su papá una colcha de seda el verano pasado, tres colchas
de lana: una blanca, otra celeste y otra rosada. Ella vendría a
buscarlas una noche, dentro de treinta días justos. Si no estaban listas
las colchas se volvería a su país, donde andaba siempre viajando... ¡Y
para no volver más! Pues como su ahijada no era bastante buena, no la
consideraba digna de curarse y viajar con ella por el País de las Hadas,
en un cochecito de marfil arrastrado por dos mariposas azules.
Tanto se asustó la pobre Lita al oír esta amenaza de su querida hada
madrina, que levantó la cabeza y se despertó sobresaltada... Pero el
hada ya había desaparecido, con su estrella sobre la frente, su pelo
suelto, su varita mágica siempre levantada y su manto de tul bordado de
oro, perlas y brillantes.