Ya el sol empezaba a declinar, cuando volvió el Chucro...
--Los policías se han ido--dijo a Pepa.--Priende fuego y poné agua a
calentar pa' el mate.
Pepa hizo como se le dijo. Y, puesta ya el agua al fuego, el Chucro
agregó:
--Ahora andate a buscar el cuerpo del comisario. Está a unos pasos del
seibo grande, donde enterramos a Pancho el isleño. Cargalo y tráilo pa'
acá, mientras se calienta el agua.
Con su habitual reserva y obediencia, Pepa fue a buscar el cuerpo del
comisario... Entretanto, el Chucro tomaba mate tras mate. Y su aspecto
era tan torvo y sombrío, que Peñálvez no se atrevía a hablarle...
Al rato volvió Pepa, jadeante, arrastrando el cadáver. Arrojolo sumisa a
los pies del Chucro, dicióndole en un tono de ternura ilimitada:
--Aquí está.
El Chucro le repuso:
--Dejalo ahí.
Se levantó, sacó el facón y se dirigió a Peñálvez. Peñálvez creyó que lo
iba a acribillar a puñaladas, atado al árbol, y se echó a llorar como un
niño... Pero el Chucro se limitó a cortarle, sus ligaduras; diole la
pala que antes tuviera Pepa y le dijo:
--Cavá pronto un hoyo pa' enterrar al comisario.
Sin hacerse repetir la orden, Peñálvez se puso a cavar con todas sus
fuerzas. Mientras cavaba recordó, sin saber por qué, la defectuosa
instalación que se había dado a su mesa de trabajo en la comisaria...
«Cuando vuelva, la mudaré de sitio», pensó. Mas al ver el cadáver del
comisario Rodríguez se dijo que bien podían nombrar para suceder al
muerto a un extraño que le pidiera renunciara él su puesto, así colocaba
allí algún pariente o amigo... «En tal caso--dijose,--me ofreceré de
mayordomo a mi buen amigo don Lucas.»
Después se le ocurrió que acaso le asesinaran allí mismo, como a
Rodríguez. Pero hacía una tan hermosa tarde de primavera, que la idea de
morir le pareció absurda, verdaderamente absurda.
Miró al Chucro y vio que no le sacaba los ojos, siempre con la carabina
cargada en la mano...
«Si intento escaparme--agregose Peñálvez,--me fulmina de un tiro, con su
excelente puntería de cazador profesional. A no ser que me ayude la
Pepa, no podré huir de la isla...»
Entonces imaginó Peñálvez la odiosa vida de servidumbre a que lo
sometería quizás el Chucro en aquel desierto lugar de salvajes y
bandoleros. Su esclavitud sería aún más dolorosa y miserable que la de
la mujer aquella, que tan resignada parecía de su suerte, ¡y hasta
satisfecha!
En ese momento Pepa alcanzaba un nuevo mate al Chucro, que le decía, en
su tiránica forma acostumbrada:
--Con la carne que sobró de ayer haceme un churrasco al asador.
Otra vez obedeció servilmente la Pepa. Puso el churrasco en el asador y
se quedó contemplando a su amo y señor en una actitud que rayaba en
frenética adoración...
--¿Qué estás mirando, gallega bruta?--preguntole de pronto el Chucro,
con colérica voz--¿Por qué no ponés salmuera al asado?
--Se me olvidaba...--repuso ella.--Voy a ponerle.
Sin manifestar su atención, Peñálvez seguía mientras tanto cavando la
fosa del comisario... «¡Pobre comisario!--decíase.--Era demasiado
pueblero... ¿Por qué no haría caso cuando le advertimos que no debía
internarse así no más en los matorrales de las islas?... ¡Yo fui un
tonto en seguirlo! Podría haberme excusado diciendo que estaba
enfermo... Pero, ahora que no tiene remedio nuestra imprudencia, ¡sabe
Dios lo que me espera!...»
Al rato, el Chucro volvió a preguntar a la mujer:
--¿Hay galleta?
Ella contestó:
--Sí. Todavía nos queda una de las que compré la vez pasada a los
isleños.
El Chucro preguntó aún:
--¡Cómo! ¿Queda una sola? ¿Te habrás comido vos las demás?...
Con la indiferencia de su absoluta pasividad, Pepa repuso:
--Yo nunca he comido galleta sino cuando tú me das un pedazo...
--¿Y hay caña?
--Sí.
--Poné entonces la galleta y la caña cerca del fogón, que en cuanto esté
el churrasco, comeré...
--Voy...
Al contemplar a la Pepa, Peñálvez rememoraba las frecuentes visitas que
hacía a don Lucas. No faltaba un domingo a su mesa. ¡Se comía antes
también en aquella casa!... ¡Lástima que desapareciera la Pepa! Porque
Juana, su sucesora, no tenía la habilidad de la española...
Lo malo de la española era entonces su geniazo. Y recordó algunas
escenas que presenciara, en las que se demostraba ese geniazo de la
Pepa. ¿No había llegado una vez a tirar una cacerola a la cabeza de su
marido, el cochero de la casa, porque éste pellizcara a Juana, la hija
del capataz?... ¡Cómo había cambiado esta mujer bajo el dominio
fascinante del Chucro!...
Un poco cansado de tanto cavar, Peñálvez hizo una pausa y miró al cielo.
Muy alto, bajo las nubes algodonosas, pasaba una larguísima bandada de
pájaros blancos, volando con majestad de serafines. Luego, bajó la
vista, y vio que, en la maleza, daban su alegre nota las flores de los
ceibos, rojas de un rojo húmedo, como encías de mujer. A lo lejos oíase
el monótono grito de un ave zancuda... ¡Él no podía morir en medio de
aquella Naturaleza exuberante de vida!
Advertido de su distracción, apostrofolo el Chucro, apuntándole al pecho
con la carabina:
--¿Por qué te quedas papando moscas? ¡Acabá de una vez el pozo, si no
querés que te entierre antes que al comisario!
Peñálvez se secó el sudor de la frente y siguió cavando. Entre los
golpes de pala cavilaba cómo daría, cuando volviera, la noticia de su
viudez a la mujer del comisario. Era bastante simpática esta muchacha.
La última vez que la vio llevaba un traje de muselina blanca con pintas
azules y unas rosas thé en el pecho. Sería la viuda más apetecible del
pueblo...
Después de cavar un momento más, vio que la fosa ya era bastante grande,
aunque el comisario fuera hombre alto y grueso. Fue así que dijo
tímidamente al Chucro:
--Creo que ya podríamos enterrarlo...
El Chucro miró la fosa, pareció satisfecho, y ordenó a la Pepa:
--Quítale al muerto las prendas que lleva.
La Pepa sacó al muerto el dinero, las alhajas y la ropa, dejándole sólo
la camisa...
--¡Sácale también la camisa!--gritole el Chucro.
Y cuando la Pepa había cumplido su orden, él mandó a Peñálvez:
--Enterrálo.
Peñálvez tendió el cadáver en el fondo del hoyo y comenzó a arrojarle
palada tras palada de tierra... Sorbiéndose las lágrimas que le corrían
por dentro de la nariz, pensaba: «¡Lástima de hombre, tan guapo y tan
joven!... Pero, «como no hay mal que por bien no venga», tal vez su
muerte sea una felicidad para mí... Si el gobierno es justo, puede
nombrar para suceder a Rodríguez, al sub-comisario... Entonces yo
debiera ser también ascendido. Le pediré a don Lucas que me recomiende
al jefe político... Seré sub-comisario y ganaré cincuenta pesos
mensuales más. Con esto ya podré casarme, si Rogelia me acepta... ¡Y me
aceptará! ¿Por qué no? ¡Me aceptará!... Si me muero aquí, tal vez se
case con el borrachón de Manolo... ¡Pero no me moriré! ¿Cómo dejará la
Pepa que se me asesine?...»
No bien arrojara Peñálvez la última palada de tierra sobre el cuerpo
todavía caliente del comisario, díjole el Chucro:
--Ahora cavá otro pozo para enterrarte vos mismo.
Tan alelado sentíase Peñálvez, que no le extrañó esta nueva orden. Como
en un sueño doloroso y febril, obedeció a su destino, y, pocos pasos más
lejos, púsose a cavar la otra fosa...
El Chucro preguntó entonces a la Pepa:
--¿Está ya el asado?
La Pepa repuso:
--Todavía no. Dentro de un momento estará...
Al oír esta respuesta, el Chucro intimó a Peñálvez:
--Apúrate, así te entierro antes de que esté el asado.
Y Peñálvez se apuró...
El Chucro le añadió en seguida, riéndose sonoramente por primera vez:
--Como sos flaco, basta una zanja larga...
Peñálvez cavaba sin darse cuenta de lo que hacía... Y la Pepa dijo:
--El asado ya va a estar...
Apremiado por esta advertencia, el Chucro se plantó con su carabina a
pocos pasos de su víctima, cuidando sin embargo, de no ponerse al
alcance de la pala, y le gritó:
--¡Apúrate más, maulón!...
Apresurose nuevamente Peñálvez, aunque sin terminar todavía...
La Pepa dijo:
--Si el asado no se come ahora, se reseca y se quema...
Viendo que la segunda fosa no se concluía, decidiose el Chucro a comer
antes de enterrar a Peñálvez... Pero estaba en los primeros bocados,
cuando éste se detuvo...
--¿Por qué no seguís?--preguntole.
--Ya acabé...--contestó Peñálvez, verdaderamente sonámbulo.
El Chucro dejó su asado sobre un madero, acercose, vio que la obra
estaba terminada, se rió, tomó la pala de manos de Peñálvez y le asestó
un golpe mortal en la cabeza. Luego, hundiole varias veces en el cuerpo
la misma cuchilla con que comiera, y tiró a la fosa el ensangrentado
cadáver del escribiente...
Limpiado que hubo la cuchilla en el césped, volvió a comer su churrasco,
mezclando en el acero las mal limpiadas gotas de la sangre de Peñálvez
con el jugo del churrasco. De cuando en cuando se empinaba el porrón de
aguardiente de caña, hasta quedarse medio borracho, según su costumbre,
a la caída del sol.
Como el crepúsculo se obscurecía ya, fue a tenderse en el rancho. Y vio
que la Pepa estaba cortando dos palos.
--¿Qué estás haciendo?--le preguntó.
Después de vacilar un momento, ella contestó, trémula de miedo:
--Una cruz para los muertos.
--¡Dejáte de cruces, gallega, y sacá pronto las ropas del mocito que
está en la zanja todavía vestido!
La Pepa despojó también el cadáver de Peñálvez, y después, creyendo ya
dormido al Chucro, fue a terminar su cruz. Es que ella sabía que los
muertos se levantan como ánimas en pena cuando no tienen una cruz sobre
su tumba, y temía a las ánimas en pena casi tanto como al Chucro...
Extrañando que se retardara tanto afuera, el Chucro salió del rancho a
buscarla... La halló de rodillas colocando su cruz al comisario. ¡Era la
primera vez que Pepa le desobedecía! Púsose tan furioso, que tomó la
pala allí tirada, y pegó a la mujer el mismo golpe que antes pegase a
Peñálvez. La Pepa cayó como muerta, y él la arrojó, refunfuñando, en la
misma fosa de Peñálvez, todavía destapada.
Acostose de nuevo; pero no podía dormirse. ¡Había cometido una gran
estupidez! ¡Ahora que la borrachera se le despejaba un poco, iba
comprendiéndolo. La Pepa le vendía a los isleños los cueros de las
nutrias y las plumas de los mirasoles que cazara. La Pepa le compraba
las provisiones. La Pepa le hacía la comida... ¿Qué haría él ahora sin
la Pepa?
Ocurriósele que la gallega podría no estar muerta, y sólo desmayada,
como que no se la había aún cubierto la tierra. Por eso fue a sacarla de
la fosa y la tendió en el rancho. Rociole la cara con agua fría, le
desprendió la bata y le volcó en la boca las últimas gotas del
aguardiente de caña que quedaban en el porrón. Pero su corazón parecía
no latir de nuevo, ella no recuperaba la vida. Irritado por esa
obstinación de morirse, le dio un puntapié, se acostó otra vez bajo su
raído poncho y a los pocos instantes irrumpió en ronquidos...
Sin embargo, la mujer no estaba más que desvanecida. Incomodada por las
hormiguitas que invadían su cuerpo e iban a libar en ciertas secreciones
de sus ojos, a media noche ya, hizo un esfuerzo, se apoyó sobre sus
manos, se sentó, se puso de pie. Tomó agua de una vasija, se cerró la
bata, se arregló el enmarañado cabello y miró al Chucro con una suprema
mirada de amor y de miedo, castañeteándole los dientes. Con grandes
precauciones para no despertarlo, metiose bajo su poncho, se acostó a su
lado, apoyando la cabeza contra su pecho...
El Chucro, como hombre salvaje, tenía el oído alerta aun durante el
sueño. Sintiola perfectamente, despertose, y al saberla junto a sí, le
dijo, con su recia voz de siempre:
--¿Has resucitao, gallega perra? ¡Esto te enseñará a no morirte otra
vez!
Diose vuelta al otro lado, y, mientras ella se acurrucaba a sus
espaldas, como un polluelo friolento bajo el ala de la madre, estallaron
de nuevo sus ronquidos.