XLV

Cuando Juanita se quedó sola se lavó la cara y las manos, se alisó el

pelo y sacó del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco.

Ella había tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejándola a

la moda del día. Con tela que tenía de sobra el corte, y que ella había

guardado, se había hecho un nuevo corpiño de medio escote, a propósito

para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se miró al espejo y

quedó muy satisfecha encontrándose bien.

Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo

de admiración.

Juanita y la criada encendieron después los tres velones que tenían,

cada uno con cuatro mecheros.

Encendieron además veinte o veintidós velas de cera, y lo iluminaron

todo tan ricamente, que la casa parecía aderezada para una solemne

fiesta.

A poco llegó Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y

prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido

la opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando entre el rey David

y San Pedro.

Al ver Juana la Larga la iluminación que en su casa había, y cuyo fin

ignoraba, receló por un instante que se había excedido en beber vino y

que a causa de aquel exceso veía tantas luces.

Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.

Juana se puso más contenta que unas pascuas.

No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los

convidados. Eran estos doña Inés y don Alvaro, don Andrés Rubio, el

maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y doña Encarnación,

su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta.

Venía este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la

levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la

condecoración azul que ella le había concedido.

Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente

por Juanita, según ya hemos visto, y otros por medio del maestro de

escuela, a quien Juanita había dado el encargo de convidarlos. No

fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Reinó allí

muy cordial alegría.

Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llamó para este fin, sirvió un

delicado piscolabis. Para los que no habían cenado o tenían suficiente

capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite;

y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y

dos o tres clases de rosolis.

Cuando cundió el regocijo y se aumentó la animación de todos, Juanita

los formó en círculo, asidos de las manos, y se puso a cantar con mucha

gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no había estudiado música,

el célebre cantar del conde de Cabra:

Yo no quiero al conde de Cabra,

conde Cabra, ¡triste de mí!,

que a quien quiero solamente,

solamente es, ¡ay!, a ti.

Al cantar ese «¡ay!, a ti», Juanita miró con ojos muy dulces a don Paco.

Luego siguió cantando:

Arroz con leche,

me quiero casar

con un guapo mozo

de porte real.

Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos había en el corro, sin

excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:

--Ni con este, ni con este, ni con este.

Al llegar a don Paco, que dejó Juanita para lo último, dijo: «Sino con

este», y le dio un abrazo muy apretado.

Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la aupó y la levantó a pulso

dos o tres veces en el aire.

Todos aplaudieron y gritaron:

--¡Que vivan los novios!

Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, los futuros esposos

fueron felicitados.

El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los señores de Roldán hacían

regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo

consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de

retractación y palinodia, prometió hacer venir de Madrid un lujoso corte

para un vestido de seda.

El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tenía buenos

libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos

de la Biblioteca de Ribadeneyra, entre ellos _El Romancero general_ y

las _Comedias_ Tirso, a cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo

desenfadada y traviesa.

Don Ramón, que traía en cartera el pagaré para que Juana lo refrendase y

pusiese en él su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibió, por lo

pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales.

Pero don Ramón se sintió estimulado a competir y hasta a vencer su

generosidad a los otros. Dijo al oído a su mujer el prurito que sentía

de ser generoso y doña Encarnación tuvo que dominarse para no arañarle.

La generosidad triunfó, a pesar de todo, en el corazón del tendero

murciano.

--Juanita--dijo--, yo te doy dos mil reales para que te merques un

hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.

Al hablar así, don Ramón devolvió a Juanita el pagaré que ella había

firmado. En seguida añadió:

--Según el pagaré, tú me eres deudora de diez mil reales, y como me has

dado ocho mil, me debes dos mil aún. Yo te los perdono.

La generosidad de don Ramón fue solemnizada por toda la concurrencia con

los más ruidosos aplausos.

* * * * *

Veinte días después de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas

de Juanita y don Paco.

Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a

don Paco como viudo.

El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de

don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los

molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. Cesó este al fin,

convirtiéndose en vivas y aclamaciones, merced a la simpatía que

inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes

hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los

tocadores de los cencerros.

Así don Paco se durmió al fin con reposo y merced al silencio, y también

se durmió Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera

leona; suave y graciosa como Jerusalén y no terrible como un escuadrón

de Caballería.

* * * * *

Juanita La Larga · 第 49 / 50 题