Cuando Juanita se quedó sola se lavó la cara y las manos, se alisó el
pelo y sacó del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco.
Ella había tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejándola a
la moda del día. Con tela que tenía de sobra el corte, y que ella había
guardado, se había hecho un nuevo corpiño de medio escote, a propósito
para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se miró al espejo y
quedó muy satisfecha encontrándose bien.
Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo
de admiración.
Juanita y la criada encendieron después los tres velones que tenían,
cada uno con cuatro mecheros.
Encendieron además veinte o veintidós velas de cera, y lo iluminaron
todo tan ricamente, que la casa parecía aderezada para una solemne
fiesta.
A poco llegó Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y
prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido
la opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando entre el rey David
y San Pedro.
Al ver Juana la Larga la iluminación que en su casa había, y cuyo fin
ignoraba, receló por un instante que se había excedido en beber vino y
que a causa de aquel exceso veía tantas luces.
Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.
Juana se puso más contenta que unas pascuas.
No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los
convidados. Eran estos doña Inés y don Alvaro, don Andrés Rubio, el
maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y doña Encarnación,
su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta.
Venía este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la
levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la
condecoración azul que ella le había concedido.
Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente
por Juanita, según ya hemos visto, y otros por medio del maestro de
escuela, a quien Juanita había dado el encargo de convidarlos. No
fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Reinó allí
muy cordial alegría.
Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llamó para este fin, sirvió un
delicado piscolabis. Para los que no habían cenado o tenían suficiente
capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite;
y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y
dos o tres clases de rosolis.
Cuando cundió el regocijo y se aumentó la animación de todos, Juanita
los formó en círculo, asidos de las manos, y se puso a cantar con mucha
gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no había estudiado música,
el célebre cantar del conde de Cabra:
Yo no quiero al conde de Cabra,
conde Cabra, ¡triste de mí!,
que a quien quiero solamente,
solamente es, ¡ay!, a ti.
Al cantar ese «¡ay!, a ti», Juanita miró con ojos muy dulces a don Paco.
Luego siguió cantando:
Arroz con leche,
me quiero casar
con un guapo mozo
de porte real.
Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos había en el corro, sin
excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:
--Ni con este, ni con este, ni con este.
Al llegar a don Paco, que dejó Juanita para lo último, dijo: «Sino con
este», y le dio un abrazo muy apretado.
Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la aupó y la levantó a pulso
dos o tres veces en el aire.
Todos aplaudieron y gritaron:
--¡Que vivan los novios!
Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, los futuros esposos
fueron felicitados.
El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los señores de Roldán hacían
regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo
consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de
retractación y palinodia, prometió hacer venir de Madrid un lujoso corte
para un vestido de seda.
El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tenía buenos
libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos
de la Biblioteca de Ribadeneyra, entre ellos _El Romancero general_ y
las _Comedias_ Tirso, a cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo
desenfadada y traviesa.
Don Ramón, que traía en cartera el pagaré para que Juana lo refrendase y
pusiese en él su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibió, por lo
pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales.
Pero don Ramón se sintió estimulado a competir y hasta a vencer su
generosidad a los otros. Dijo al oído a su mujer el prurito que sentía
de ser generoso y doña Encarnación tuvo que dominarse para no arañarle.
La generosidad triunfó, a pesar de todo, en el corazón del tendero
murciano.
--Juanita--dijo--, yo te doy dos mil reales para que te merques un
hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.
Al hablar así, don Ramón devolvió a Juanita el pagaré que ella había
firmado. En seguida añadió:
--Según el pagaré, tú me eres deudora de diez mil reales, y como me has
dado ocho mil, me debes dos mil aún. Yo te los perdono.
La generosidad de don Ramón fue solemnizada por toda la concurrencia con
los más ruidosos aplausos.
* * * * *
Veinte días después de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas
de Juanita y don Paco.
Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a
don Paco como viudo.
El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de
don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los
molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. Cesó este al fin,
convirtiéndose en vivas y aclamaciones, merced a la simpatía que
inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes
hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los
tocadores de los cencerros.
Así don Paco se durmió al fin con reposo y merced al silencio, y también
se durmió Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera
leona; suave y graciosa como Jerusalén y no terrible como un escuadrón
de Caballería.
* * * * *