Don Andrés perdió entonces su circunspección y su calma. No pudo
contenerse más.
--Ámame--dijo.
Y se abalanzó a Juanita y la ciñó con fuerza entre sus brazos.
Juanita recordó en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha,
cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en
medio del arroyo. Ella también se abrazó a don Andrés, le puso la barba
en el pecho, le empujó al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de
ella y le echó una zancadilla tan hábil, que le derribó al suelo.
Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo
del enemigo, derribado, y quedó erguida sobre él, con la rodilla derecha
en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estómago y el pecho de don
Andrés, donde pesaba y oprimía como pujante prensa de hierro.
Con la mano izquierda había Juanita agarrado a don Andrés por el
pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tenía
asido su siniestro brazo.
Juanita estaba así tan guapa, que se parecía, aunque sin alas, al propio
arcángel San Miguel dando una soba al diablo.
Don Andrés la contemplaba con tal embeleso, que apenas sentía enojo de
verse vencido. Y como era hombre muy versado en fábulas y en narraciones
verídicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por
Juanita, a Pentesilea, a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres
heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las
zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas fértiles orillas
reinaron las amazonas.
Por acaso se tocó don Andrés con la diestra, que tenía libre, en el
bolsillo del chaquetón y notó con amargura los medios inútiles que en él
traía: de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un cartucho con
veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy
por su rareza de figurar en el más rico gabinete de numismática. Y traía
asimismo el revólver de seis tiros, bien preparado y cargado; pero como
hubiera sido felonía villana emplearlo contra una mujer, lo dejó allí
reposar tranquilo para mejor ocasión.
Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en
decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida; pero contra todo
atrevimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, y estos valieron
bien a la gallarda vencedora.
Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron
como ascuas sus ojos, la ira trocó en espantosa su linda cara.
Aterrorizaba doña Inés, sacó la cabeza fuera del ventanuco y empezó a
gritar; pero nadie podía oírla, y menos aún don Andrés, que no estaba
para oír ni ver cosa alguna.
Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, haciéndole sacar tres
pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.
Harto le pesaba tener que matarle. No había previsto Juanita que pudiese
llegar a aquel extremo; pero, puesta en él, estaba resuelta a todo por
más que le pesase.
Apeando a don Andrés el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo:
--¡Ríndete, o mueres!
Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar. Lo que hizo fue
retirar la diestra atrevida.
Aflojó entonces Juanita el dogal que tenía echado al cuello del cacique,
y le dijo:
--¿Te rindes a discreción? ¿Te declaras vencido?
--Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.
--¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás en
la boda su padrino?
--Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.
--¿Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencor
y pagándome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimación
con que te miro?
--Seré tu mejor amigo, como lo mereces.
Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés,
que se levantó también, algo maltrecho, mohíno y humillado por la
derrota.
Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación,
y entre cándida y maliciosa inventó desatinos para disimular o explicar
su triunfo.
--No te aflijas--dijo--. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al
propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que
ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de
Tobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que es
muy devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en el
desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcángel le desató y le
envió a esta casa para que me defendiese. Por él estuviste poco ha, y
volverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir
ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no
pienses más en eso. ¡Qué lástima si hubiera dado yo, sin querer, un día
de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar
sino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una brava
batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la
vez, tú a mí y yo a ti:
Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente;
con tu espada y con tu trato
me has cautivado dos veces.
Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuya
que antes.
Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos a don Andrés, más
cariñosamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego añadió:
--Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de poco, a las diez y
media, para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se
celebren con don Paco mis esponsales.
--Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré aquí, para rescate de mi
pariente Antoñuelo, a quien tanto o más que tú tengo obligación de
proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano.
--Ya está arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.
--Pues aunque no los necesites, quédate con ellos, y tú y don Pablo
contad con otros ocho mil más, que os daré como regalo de boda.
Dicho esto se fue don Andrés a la calle, no sin besar galantemente, al
despedirse, la linda mano que había estado a punto de estrangularle.
Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta de su alcoba, donde,
como en chiquero, había estado doña Inés encerrada. Salió esta de allí
algo atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy mansa y muy
benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de
Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarría como antes de su
misticismo, ya convertido en humo.
De todos modos, doña Inés siguió admirando la virtud de Juanita, y aun
formó desde allí en adelante sobre su casta entereza un concepto muy
superior al que tenemos de las antiguas heroínas que nos ponen por
modelo las historias sagradas y profanas.
Doña Inés, discurriendo sobre esto, pensó que al fin y al cabo Susana
sólo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo,
rico y joven aún, como el cacique. Lucrecia, a lo que doña Inés
entendía, sucumbió, aunque se mató después. Y en cuanto a Timoclea, tan
ensalzada por Plutarco, y a la que el macedón Alejandro concedió su
admiración, todavía doña Inés tenía más que criticar, porque Timoclea,
durante el saco de Tebas, no acertó a defenderse del capitán de los
tracios, y sólo después le mató arrojándole a un pozo, porque aquel
bárbaro le pidió dinero; de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de
pedírselo, él hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune.
Razón tenía, pues, doña Inés en seguir admirando a Juanita; en decirle,
como le dijo, que se alegraría de tenerla por madre política; en
desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase
a la Monja Alférez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el
regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjío.
Llamada por Juanita, acudió Rafaela, que se quedó estupefacta y
boquiabierta al ver allí a doña Inés, a quien acompañó a su casa. Doña
Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media.