XLIV

Don Andrés perdió entonces su circunspección y su calma. No pudo

contenerse más.

--Ámame--dijo.

Y se abalanzó a Juanita y la ciñó con fuerza entre sus brazos.

Juanita recordó en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha,

cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en

medio del arroyo. Ella también se abrazó a don Andrés, le puso la barba

en el pecho, le empujó al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de

ella y le echó una zancadilla tan hábil, que le derribó al suelo.

Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo

del enemigo, derribado, y quedó erguida sobre él, con la rodilla derecha

en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estómago y el pecho de don

Andrés, donde pesaba y oprimía como pujante prensa de hierro.

Con la mano izquierda había Juanita agarrado a don Andrés por el

pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tenía

asido su siniestro brazo.

Juanita estaba así tan guapa, que se parecía, aunque sin alas, al propio

arcángel San Miguel dando una soba al diablo.

Don Andrés la contemplaba con tal embeleso, que apenas sentía enojo de

verse vencido. Y como era hombre muy versado en fábulas y en narraciones

verídicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por

Juanita, a Pentesilea, a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres

heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las

zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas fértiles orillas

reinaron las amazonas.

Por acaso se tocó don Andrés con la diestra, que tenía libre, en el

bolsillo del chaquetón y notó con amargura los medios inútiles que en él

traía: de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un cartucho con

veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy

por su rareza de figurar en el más rico gabinete de numismática. Y traía

asimismo el revólver de seis tiros, bien preparado y cargado; pero como

hubiera sido felonía villana emplearlo contra una mujer, lo dejó allí

reposar tranquilo para mejor ocasión.

Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en

decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida; pero contra todo

atrevimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, y estos valieron

bien a la gallarda vencedora.

Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron

como ascuas sus ojos, la ira trocó en espantosa su linda cara.

Aterrorizaba doña Inés, sacó la cabeza fuera del ventanuco y empezó a

gritar; pero nadie podía oírla, y menos aún don Andrés, que no estaba

para oír ni ver cosa alguna.

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, haciéndole sacar tres

pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.

Harto le pesaba tener que matarle. No había previsto Juanita que pudiese

llegar a aquel extremo; pero, puesta en él, estaba resuelta a todo por

más que le pesase.

Apeando a don Andrés el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo:

--¡Ríndete, o mueres!

Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar. Lo que hizo fue

retirar la diestra atrevida.

Aflojó entonces Juanita el dogal que tenía echado al cuello del cacique,

y le dijo:

--¿Te rindes a discreción? ¿Te declaras vencido?

--Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.

--¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás en

la boda su padrino?

--Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.

--¿Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencor

y pagándome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimación

con que te miro?

--Seré tu mejor amigo, como lo mereces.

Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés,

que se levantó también, algo maltrecho, mohíno y humillado por la

derrota.

Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación,

y entre cándida y maliciosa inventó desatinos para disimular o explicar

su triunfo.

--No te aflijas--dijo--. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al

propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que

ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de

Tobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que es

muy devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en el

desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcángel le desató y le

envió a esta casa para que me defendiese. Por él estuviste poco ha, y

volverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir

ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no

pienses más en eso. ¡Qué lástima si hubiera dado yo, sin querer, un día

de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar

sino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una brava

batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la

vez, tú a mí y yo a ti:

Valiente eres, capitán,

y cortés como valiente;

con tu espada y con tu trato

me has cautivado dos veces.

Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuya

que antes.

Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos a don Andrés, más

cariñosamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego añadió:

--Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de poco, a las diez y

media, para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se

celebren con don Paco mis esponsales.

--Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré aquí, para rescate de mi

pariente Antoñuelo, a quien tanto o más que tú tengo obligación de

proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano.

--Ya está arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.

--Pues aunque no los necesites, quédate con ellos, y tú y don Pablo

contad con otros ocho mil más, que os daré como regalo de boda.

Dicho esto se fue don Andrés a la calle, no sin besar galantemente, al

despedirse, la linda mano que había estado a punto de estrangularle.

Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta de su alcoba, donde,

como en chiquero, había estado doña Inés encerrada. Salió esta de allí

algo atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy mansa y muy

benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de

Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarría como antes de su

misticismo, ya convertido en humo.

De todos modos, doña Inés siguió admirando la virtud de Juanita, y aun

formó desde allí en adelante sobre su casta entereza un concepto muy

superior al que tenemos de las antiguas heroínas que nos ponen por

modelo las historias sagradas y profanas.

Doña Inés, discurriendo sobre esto, pensó que al fin y al cabo Susana

sólo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo,

rico y joven aún, como el cacique. Lucrecia, a lo que doña Inés

entendía, sucumbió, aunque se mató después. Y en cuanto a Timoclea, tan

ensalzada por Plutarco, y a la que el macedón Alejandro concedió su

admiración, todavía doña Inés tenía más que criticar, porque Timoclea,

durante el saco de Tebas, no acertó a defenderse del capitán de los

tracios, y sólo después le mató arrojándole a un pozo, porque aquel

bárbaro le pidió dinero; de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de

pedírselo, él hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune.

Razón tenía, pues, doña Inés en seguir admirando a Juanita; en decirle,

como le dijo, que se alegraría de tenerla por madre política; en

desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase

a la Monja Alférez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el

regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjío.

Llamada por Juanita, acudió Rafaela, que se quedó estupefacta y

boquiabierta al ver allí a doña Inés, a quien acompañó a su casa. Doña

Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media.

Juanita La Larga · 第 48 / 50 题