EPILOGO

Después de los sucesos referidos han pasado seis o siete años.

Posible es, por más que a mí no me apesadumbre, que los personajes

principales que en esta historia figuran a nadie interesen; pero como yo

he tenido que tratar con ellos y que describir sus caracteres, les he

cobrado bastante afición, despertando en mi alma curioso interés la

situación y término en que hoy se hallan.

Interrogado por mí el diputado novel a quien debo el relato, me ha

comunicado las noticias que voy a transcribir como contera o remate,

aunque los críticos lo tachen de superfluo.

Don Paco sigue gozando de la privanza del cacique y gobernando en su

nombre cuanto hay que gobernar en la villa. Juanita, casada con él, le

adora, le mima y le ha dado dos hermosísimos pimpollos: una niña, que se

llama Juanita la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que promete

valer tanto como su madre, porque ya es muy linda, picotera y graciosa;

y un Ricardito, como su abuelo materno, que es un diablejo, ágil,

robusto y bullicioso, por lo que sus padres le destinan a que sea,

también como su abuelo, oficial de Caballería.

Juanita no ha embarnecido. Está gallarda y bonita como siempre. Se viste

de seda, sin que el padre Anselmo la censure en sus sermones, y parece

una princesa encantada, pues no pasan días por ella. Tampoco envejece

don Paco, porque la felicidad mantiene, conserva y hasta remoza, y él es

feliz de veras.

El pobre don Alvaro de Roldán es el que está muy averiado. Hace ya

tiempo que se quedó lelo, paralítico y con los dedos engarabitados. No

se sabe si es falta de la lengua o de algún otro órgano del aparato

vocal; pero lo cierto es que ya no puede decir ni dice, sino:

--Ta, ta, ta, ta, ta.

Doña Inés le cuida con esmero y cariño de esposa; pero como es tan

moralizadora y tan conmocionante, le reprende a menudo con suavidad.

Cuando, a pesar de su deplorable situación, a Serafina, que le cuida, la

mira con ojos encandilados y lo ve doña Inés, esta le dice:

--¿Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee? ¡El

vicio, que huye de todo tu cuerpo, se te mete en la cabeza y no te deja!

¡Da asco y vergüenza!

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--contesta don Alvaro. Si por señas se queja del

estómago o del vientre, que le muge como si tuviera allí, no una

borrega, sino dos o tres becerras, doña Inés exclama:

--Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotón de

siete suelas; pero ya, hijo mío, no estás para eso. Tus fuerzas

digestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que seas sobrio

si no quieres reventar el día menos pensado.

Y don Alvaro responde:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Calvete, que ha pasado de zagalón a ser un mozo muy gentil y brioso, que

es al mismo tiempo travieso y más malo que la quina, viendo que don

Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que ni habla ni escribe,

se deleita a menudo en ponerle furioso.

Para ello acude a Serafina, que está muy frescachona y floreciente y que

sigue tan regocijada como en su primera juventud. En las barbas de don

Alvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar amorosamente con

Serafina; y don Alvaro, fuera de sí, con espumarajos en la boca, grita

como un energúmeno:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Y cada «ta», por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centón

de blasfemia y una letanía de maldiciones.

Doña Inés suele acudir entonces, y dice:

--¿Por qué chillas tanto, diantre de hombre? Lo que tú padeces nada vale

en comparación de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. ¿Piensas tú que

chilló nunca Job en el muladar tanto como tú chillas ahora? ¡Sufre y

ganarás el cielo!

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--dice don Alvaro, algo resignado. Doña Inés suele

también moverse a compasión y dice a Calvete:

--¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el señor se distraiga

y regocije.

Y contesta Calvete:

--Pues si las hago a manta y el señor rabia y chilla más. Como está tan

jaquecoso....

Y exclama don Alvaro:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Se cuenta en el lugar--casi no queremos creerlo--que cuando está don

Alvaro muy mal y siente físicamente muchos dolores arma tan incesante y

fatigosa retahíla de «ta, ta, ta», que aburre a todo el mundo, alborota

la casa y hace que doña Inés pierda la circunspección y la paciencia que

ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:

--Cállate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin

justo motivo te castiga. No te verías así sí no hubieras tenido una vida

tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. Tú

tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has

sido para todo y me parece que vas a serlo también para morirte.

Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: «¡Ta, ta, ta, ta,

ta!», el noble corazón de su esposa se enternece; y arrepentida ella de

las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con

cariño, y para función de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa

la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso

capirotazo.

Don Alvaro sonríe consolado, y, beatificado, exclama:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Así va tirando aún el ilustre descendiente, según pretende su

ejecutoria, del más heroico de los doce pares.

En cuanto a doña Inés, afirma mi amigo el diputado que está hermosa y

fresca todavía, y que pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo

metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolífica, y

en estos últimos años ha conseguido que los vástagos de su ilustre casa

lleguen a la docena.

El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabiduría y

la moderación de los Antonios en Roma.

La señora doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua ha sufrido con

resignación algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un

pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la

mitad. Apenas tendrá ahora doce mil reales al año. La disminución de sus

rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha

buscado compañía doméstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar

partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si

bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse

de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doña

Agustina, además, se manifiesta muy ufana de haber vencido la

repugnancia al matrimonio de tan pertinaz solterón, y lo que es más

trascendental, de haber traído al gremio de los fieles a aquel impío

extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.

A lo que se presume, desde que doña Agustina empezó a mostrársele

propicia, don Policarpo discurrió sobre poco más o menos de esta suerte:

«No se comprende ni se explica cómo el proceso evolutivo del ser, aunque

haya durado millones de años, por el concurso fortuito de los átomos, y

por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfección, ha

podido aparecer sobre nuestro planeta, después de prolongadísima serie

de transformaciones, un mamífero tan primoroso y apetecible como doña

Agustina, dotado, además, de claro entendimiento y de voluntad tan

benigna y con el portentoso don de la palabra, que le sirve para

transmitir las ideas agradables en contestación a las que salen de mi

cabeza y a las voliciones de mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de

este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y

sapientísima que todo lo dirige, el que posea aún el mencionado mamífero

doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor,

elegancia y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de

la sociedad a través de los siglos para crear las leyes, para hacer que

haya herencia y propiedades individuales; e implica por otro lado, según

se comprende muy bien cuando se estudia la economía política, la

multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes

textiles, indumentarias y de curtidos de cueros, y otras mil agudas

invenciones, como la división del trabajo y como el objeto que vale por

sí y representa además y mide con exactitud lo que valen los otros

objetos, facilitando la circulación y los cambios, sobre todo si se le

añade cierto descubrimiento más sutil aún, o sea, la virtud

representativa de todo lo que vale por algo que por sí vale poco o nada

y que se llama crédito, difícil de adquirir, no obstante, pues yo

carezco de él, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es

absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo,

la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino y

guió con orden su marcha por la interminable senda del progreso.»

Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.

En aras de su amor a doña Agustina y de su renaciente fe, se cortó

aquella uña maldita del dedo meñique, vara de virtudes de Satanás, y no

volvió a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar

cañonazos con ella.

Se cortó la uña como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de

torear y se retiran a la vida privada.

Se cortó la uña despojándose de sus fuerzas taumatúrgicas y

teratológicas, por obra y gracia de las tijeras de doña Agustina, que

fue la piadosa Dalila de este Sansón de nuevo cuño.

Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de púrpura, para que

resaltase mejor, colocó y guardó la uña como trofeo de su victoria en un

passe-partout muy bonito que colocó en su alcoba.

Por bajo de la uña quiso poner un letrero explicatorio, y rogó a don

Andrés que lo pusiese. Don Andrés, que, como ya sabemos era muy erudito

y que así mismo era algo guasón, recordó el cambio glorioso de Napoleón

I en los últimos años de su vida, y no creyendo menos glorioso el cambio

del boticario, le aplicó los versos de Manzoni y escribió de buena

letra, por bajo de la uña y defendido todo por un cristal:

_Bella_, _immortal_, _benéfica_,

_fede ai trionfi avezza_,

_scrivi ancor questo_.

Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad de su hija y de su

yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les ríe todas

las gracias, hasta las más pesadas y olorosas.

Para que se críen robustos, después que los ha amamantado Juanita, Juana

los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.

Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la

matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartén en las

casas más principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y

hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los

gastrónomos.

El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con

la esperanza de su tránsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se

regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le

cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus

discretas razones.

Doña Inés, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mística que es

y por la mucha teología que sabe.

Por último, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las

noticias que de Antoñuelo se tienen en el lugar. Allá en el Río de la

Plata adonde el cacique le obligó a que emigrase, se dedicó al comercio

y prosperó mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por

ahorrarse tres o cuatro duros, acudió con frecuencia a la Legación

pidiendo que España reclamase diplomáticamente en su favor contra mil

agravios y danos que del Gobierno argentino había recibido, y que

exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una

indemnización muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor

suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala reputación y crédito, que

consideró prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y

de rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible corazón de una

rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivió con tanta

pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrín, acompañado

de su mujer, tan ricamente vestida que parecía la reina de Saba, que se

empeñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y acabó por tener más

deudas que pelos en la cabeza.

A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora

partidario de la independencia de la Perla de las Antillas, y ya sueña

con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay

o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Haití,

aunque tenga que tiznarse con hollín; ya con más modestia, forma un plan

que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que

por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces,

según dice, se irá a Nueva York, se hará ciudadano de la gran República,

y, nuevo Coriolano español, obligará a su ingrata patria a darle una

indemnización _di primo cartello_. Aunque tenga que ceder a los

Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que

acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo

que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de España,

siempre le quedará otra quinta parte, con la cual podrá vivir como un

príncipe en una magnífica casa de la Quinta Avenida. Allí brillará su

morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton,

como la más ilustrada _talkative_ y _funny_ inglesita.

De la fecunda zona,

que al sol enamorado circunscribe

el vago curso, y cuanto ser se anima

en cada vario clima,

acariciada de su luz, concibe.

Juanita La Larga · 第 50 / 50 题