Como en el lugar entendía todo el mundo que cualquier decreto de doña
Inés infaliblemente había de cumplirse, y como se divulgó que estaba
decretado el casamiento de don Paco y de doña Agustina, apenas quedó
persona que no lo diese ya por cosa hecha. No sé encarecer cuan
fieramente soliviantaba esto y enojaba a Juanita.
Todavía, sin embargo, disculpaba a don Paco recordando que ella le había
despedido y que él no tenía que guardarle fidelidad. Pensaba en que él
observaba quizá un prudente disimulo parecido al que ella observaba; y
de esta suerte se avenía a perdonarle que no se rebelase contra doña
Inés; que fuese tan obediente que de diario viniese a la tertulia; que
no pocas noches, según Juanita averiguó, cumpliendo don Paco con el
mandato de su hija, acompañase a doña Agustina hasta su domicilio, para
que no fuese sola con la criada que venía en su busca, y que tal vez se
mostrase cortés y galante con doña Agustina para que doña Inés no
rabiara.
Con tal moderación discurría a veces Juanita, pero con más frecuencia
perdía la moderación y se ponía hecha un veneno.
Entonces calificaba a don Paco de inconsecuente, de voluble y de
interesado; procuraba aborrecerle o despreciarle, y se sentía
predispuesta, tentada y ansiosa de tomar represalias.
Don Andrés Rubio, entre tanto, seguía viniendo todas las noches en casa
de doña Inés, y Juanita, con no aprendida coquetería, le echaba miradas
extrañas, miradas de aquellas que parecen escritura misteriosa, donde la
misma persona que ha escrito ignora o tiene idea confusa de la
revelación que hace y donde el que lee cree leer la revelación y concibe
dulces esperanzas.
De las miradas se pasa a las palabras con suma facilidad, y don Andrés,
procurando hallar siempre sola a Juanita, se acercaba a ella al ir a
entrar en la tertulia y le disparaba a boca de jarro, como si fuera su
boca la ametralladora del dios Cupido, un diluvio de flores y una
descarga cerrada de piropos ardientes.
Ella, más cauta en el hablar que en el mirar, ya bajaba los ojos y se
esquivaba sin responder, ya respondía con desvío, si bien templado y
dulcificado por el respeto y por la afectuosa consideración que
personaje de tantas campanillas no podía menos de inspirarle. Tampoco
atinaba Juanita a disimular el contento consolador que tamaña lisonja y
tales halagos ponían en su pecho.
--Repórtese vuecencia--decía--, y no se burle de una pobrecita muchacha.
¿Cómo he de creer yo que guste vuecencia de mi ordinariez cuando
vuecencia está acostumbrado a tantas delicadezas y a tantas finuras?
Vuecencia ha dado prueba de tan buen gusto, que... vamos, yo no quiero
creer que tenga ahora estragado el paladar. Déjeme, señor, sosegada; no
trate de sacarme de mis casillas. ¡Jesús!, bonita se pondría doña Inés
sí llegase a entender que vuecencia andaba requebrándome y que yo le oía
faltando al decoro que se debe a esta casa tan respetable.
Y con estas palabras o con otras por el estilo se apartaba Juanita de
don Andrés y se iba a otro extremo de la antesala.
Cuando don Andrés la perseguía, Juanita se fugaba por los corredores.
Don Andrés cesaba en su persecución para evitar que le viesen.
Deplorando lo poco o nada que adelantaba en la campaña en que se había
empeñado, y no queriendo ser otro Fabio Cunctator, apeló a más eficaz
estrategia y se apercibió para emboscadas y asaltos. En vez de buscar a
Juanita en la antesala, la aguardó en el zaguán, sin entrar en la casa
hasta que saliese Juanita para irse a dormir a la suya.
Juanita no temía a nadie ni nadie se le atrevía, y se iba sola, aunque
las calles estuviesen oscuras. Su casa, además, no estaba lejos.
Don Andrés no quiso hacerse el encontradizo; confesó con franqueza que
la estaba aguardando y la acompañó varias noches seguidas, aunque ella
siempre lo repugnaba.
Pasmosos fueron el arte que empleó Juanita y el ingenio y la energía de
voluntad que supo desplegar para tener a raya a don Andrés y conseguir,
sin romper con él por completo, que no se viniese a las manos. El genio
de ella, de ordinario alegre y burlón, y la facilidad que tenía para
echarlo todo a broma le valieron de mucho en aquellas circunstancias
difíciles. Porque, a la verdad, ella no quería que don Andrés se
extralimitase, pero no quería tampoco que se le fuese, y era arduo
problema y cuestión de milagroso equilibrio el mantenerse sin caer ni a
un lado ni a otro, yendo sin balancín como por una maroma de cuerda
tirante.
A cada requiebro, a cada proposición que don Andrés le hacía, Juanita
contestaba con un chiste o con un tan incoherente disparate, que don
Andrés, aunque mortificado y chafado, no podía tomarlo a mal y tenía que
reírse.
Juanita, al verse acompañada por don Andrés, apresuraba el paso, y en
cuatro brincos se plantaba en la puerta de su casa. Don Andrés pugnaba
entonces por entrar.
--¡Huy! ¡Huy!--exclamaba Juanita--. ¿Está dejado vuecencia de la mano de
Dios? Pues sería curioso que entrase a jugar al tute con mi mamá, que
aún está despierta con ansia. ¿Cómo puede querer vuecencia, en lugar de
hacer con doña Inés una partida de tresillo, hacerle conmigo una partida
serrana? ¡Válgame Santo Domingo, nuestro patrono! Yo no me lo
perdonaría.
--Por Dios, no seas retrechera; déjame entrar, déjame entrar, encanto de
mis ojos.
--¡Cielo santo y qué cosas dice vuecencia! ¡Qué lenguaje emplea! Ese
debe de ser «el mal lenguaje del demonio», del que tanto habla el
venerable padre maestro fray Juan de Avila en un libro que me hace leer
mi señora doña Inés para prepararme a monja.
--¿Y tú quieres serlo?
--Allá lo veremos. A menudo se me antoja que la vocación me acude, sobre
todo al ver los peligros que rodean a una infeliz criatura desvalida y
tonta como yo. Pero, en fin, aunque tonta, yo no quiero ser ingrata con
doña Inés, que me guía por el mejor camino y que me va a pagar el dote
para entrar en el claustro.
--¿Y qué ingratitud sería la tuya? ¿En qué ofenderías a doña Inés si me
quisieses?
--¿Le parece a vuecencia que sería la ofensa chica si yo desconcertase
su plan de hacer de mí una santa y si me transformase?... Vamos, váyase
vuecencia a la tertulia de doña Inés y no sea pesado.
Juanita repiqueteaba entonces estrepitosamente el aldabón de su puerta,
y no bien la entreabría o su madre o la criada, se colaba ella, cerraba
de golpe y casi daba a don Andrés con la puerta en los hocicos.
Con estos lances, tratos y conversaciones, don Andrés se emberrenchinaba
más cada día, y su circunspección iba desapareciendo. Fuerza es
confesar, aunque no redunde en alabanza de Juanita, que esta no
desengañaba ni zapeaba a don Andrés por completo y que se deleitaba en
retenerle y en provocarle con sus retrecherías.
Es cierto que reconociendo Juanita que era peligroso dejarse acompañar
por don Andrés todas las noches, espió con maña el momento en que don
Andrés no la aguardaba en el zaguán, y en lo sucesivo logró escaparse
siempre a su casa sin ser por don Andrés acompañada.
Cuando pasaron muchas noches escapándose siempre ella, apesadumbrado don
Andrés, exaltado y como fuera de sí, le dio las más sentidas quejas,
hallándola sola en la antesala. La vehemencia de los sentimientos del
cacique se revelaba en su precipitado discurso, en su gesto, en su
ademán y en su acento conmovido. Sin reparar en nada levantó la voz.
--¡Por las ánimas benditas!--dijo la moza--; témplese vuecencia y mire
por sí, ya que no mire por mí, y no promueva aquí un alboroto ridículo y
se convierta en la fábula del lugar y sea la comidilla de todos los
maldicientes.
--Nada me importan los maldicientes si tú me bendices como yo te
bendigo. Bendita seas mil y mil veces, y bendita sea la madre que te
parió.
Y diciendo esto, sin atender a más razones, se echó como loco sobre
ella, y tan de repente, que ella no pudo sustraerse a sus abrazos y a
sus besos. Cinco o seis, que en el número no están de acuerdo los
historiadores, le plantó en las frescas mejillas, que se pusieron rojas
como la grana. Y no contento, le buscó la boca para besársela, y se la
halló y se la besó.
No estuvieron sus labios junto a los de ella el tiempo que los de don
Tristán de Leonís y la reina Iseo, de los que dice el antiguo romance:
Tanto estuvieron unidos
cuanto una misa rezada.
Al contrario, no bien se recobró Juanita del susto y de la sorpresa,
puso una cara tan feroz que daba miedo, a pesar de ser tan hermosa, y
agarrando con ambas manos por los hombros a don Andrés, le sacudió lejos
de sí con tal fuerza, que vaciló como ebrio y faltó poco para que cayese
por tierra. Poco antes había entrado don Paco en la antesala; de suerte
que si vio el empujón, vio también los besos que lo habían motivado.
¿Qué había de hacer don Paco? Hizo como sí nada hubiese visto. Y él y
don Andrés entraron en la tertulia según costumbre.