XXVIII

Al día siguiente ocurrió en Villalegre un caso que sorprendió y dio

mucho que hablar.

Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde, ni por la escribanía,

ni por parte alguna pareció don Paco, que de diario acudía a todas para

desempeñar sus varias funciones. Fueron a casa de él, y tampoco le

hallaron allí. El alguacil y su mujer, que le servían y cuidaban, no

sabían cómo ni cuándo se había ido y no daban razón de su paradero.

Pasó todo el día sin que don Paco volviese y sin que se averiguase dónde

estaba, y creció el asombro. Nadie acertaba a explicar la causa de

aquella desaparición. Mucho tiempo hacía que por aquella comarca, merced

al bienestar y prosperidad que reinaban y a la benemérita Guardia Civil,

no se hablaba de bandidos y secuestradores.

¿Dónde, pues, estaba metido don Paco?

La gente se lo preguntaba y no se daba contestación satisfactoria.

Los amigos, y simultáneamente don Andrés Rubio, se mostraban inquietos.

Sólo no se alteraba doña Inés. Su carácter estoico y su resignada y

cristiana conformidad con la voluntad del Altísimo conservaban casi

siempre inalterable la tranquilidad de su alma. Doña Inés, además, no

veía nada alarmante en el suceso, y a ella misma y a sus amigos don

Andrés y el padre Anselmo se lo explicaba del modo más natural. Suponía

y decía con sigilo que su señor padre, aunque estaba sano y bueno y

tenía más facha de mozo que de anciano, había empezado a envejecer,

claudicar y flaquear por el meollo; culpa quizá de lo mucho que con él

trabajaba y estudiaba. Ello era que, según doña Inés, su padre, desde

hacía tiempo, daba frecuentes aunque ligeros indicios de extravagancia y

de chochez prematura. Tal era la causa que hallaba doña Inés para la

desaparición de don Paco. Y afirmando que sin más razón que su capricho

se había ido paseando y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos

cerros, pronosticaba que cuando se cansase de vagar volvería a la

población como tal cosa.

Ni en toda aquella noche ni durante el día inmediato se cumplió, sin

embargo, el pronóstico de doña Inés.

Cuando volvió Juanita a su casa, entre nueve y diez de la noche, don

Paco aún no había parecido.

Juanita, que no era estoica ni tan buena cristiana como doña Inés,

estaba angustiadísima y llena de inquietud y de zozobra, por más que

hasta entonces lo había disimulado.

Cuando se vio a solas con su madre, no pudo contenerse más y le abrió el

corazón buscando consuelo.

--Don Paco no ha parecido--le dijo--. Mi corazón presiente mil

desventuras.

--No te atormentes--contestó la madre--; don Paco parecerá. ¿Qué puede

haberle sucedido?

--¿Que sé yo? Nada te he dicho, mamá; hasta hoy me lo he callado todo.

Ahora necesito desahogarme y voy a confesártelo. Soy una mujer

miserable, indigna, necia. Pude tenerlo por mío y le desdeñé. Ya que le

pierdo, y quizá para siempre, conozco cuánto vale, y le amo;

perdidamente le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, amándole

le he faltado: he atravesado su corazón con el puñal venenoso de los

celos. Yo tengo la culpa, y don Andrés está disculpado. Yo le atraje, yo

le provoqué, yo le trastorné el juicio, y sí me faltó al respeto, hizo

lo que yo merecía.

--Niña, no comprendo bien lo que dices. O es que no estoy en autos, o es

que tú disparatas.

--No disparato ahora, pero he disparatado antes. Repito que he provocado

a don Andrés para vengarme de doña Inés y para dar picón a don Paco. Yo

estaba celosa. Temí que él se rindiese a doña Agustina. No comprendí

cuánto me quería él. Ahora lo comprendo. Y ve tú ahí lo que son las

mujeres: me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y esta creencia

es al mismo tiempo causa de mi pena y del remordimiento que me destroza

el alma. Nada sé de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. Sin duda

él me espiaba, y en la oscuridad de las calles me vio y me reconoció, o

me oyó charlar y reír con don Andrés, que me acompañó varias noches. Y

él, lleno de sospechas y apesadumbrado de creerme liviana, siguió

espiándome, y anteanoche, en la misma antesala de doña Inés, me

sorprendió cuando don Andrés me abrazaba y me cubría de besos la cara y

hasta la boca. Yo le rechacé con furia; pero don Paco pudo suponer, y de

seguro supuso, que mi furia era fingida porque él había entrado y porque

yo le había visto y trataba de aparentar inocencia. ¿Sabes tú lo que yo

temo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer que era

objeto de su adoración, se ha ido desesperado sabe Dios dónde.

--De todo eso tiene la culpa--interpuso Juana--esa perra doña Inés; esa

degollante, que no pagaría sino quemada viva o frita en aceite.

--Te aseguro, mamá, que no sé cómo la aguanto aún; pero si esto no para

en bien y ocurre algún estropicio, quien la va a quemar y a freír soy yo

con estas manos. No; no soy manca todavía. La desollaré, la mataré, la

descuartizaré. No creas tú que va a quedarse riendo.

Juana, al ver tan exaltada a su hija, temió la posibilidad de un delito,

y exclamó como persona precavida y juiciosa:

--Prudencia, niña, prudencia; no te aconsejaré yo que la perdones. Bueno

es ganar el cielo, pero gánalo por otro medio y no con el perdón de

quien te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre mil caminos

para llegar a él. Toma, pues, otro y no sigas el de la mansedumbre.

Conviene hacerse respetar y temer. Conviene que sepan quién eres. Lo que

yo te aconsejo es que tengas mucho cuidado con lo que haces, porque si

tú castigas a doña Inés sin precaución, la justicia te empapelaría como

un ochavo de especias, y hasta te podría meter en la cárcel o enviarte a

presidio.

--No pretendas asustarme. Si ocurre una desgracia, yo no me paro en

pelillos; la pincho como a una rata, la araño y le retuerzo el

pescuezo. Lo haría yo en un arrebato de locura y no sería responsable.

--No serías--replicó Juana--; pero te tendrían por loca y te encerrarían

en el _manoscomio_, _monomomio_ o como se llame; yo me moriría de pena

de verte allí.

--¿Pues qué he de hacer, mamá, para castigar bien a doña Inés sin que tú

te mueras de pena?

--Lo que debes hacer, ya que tienes con ella tanta satisfacción y trato

íntimo, es cogerla sin testigos y entre cuatro paredes, darle allí tus

quejas, leerle la sentencia y ejecutarla en seguida.

--¿Y qué quieres que ejecute?

--Acuérdate de tu destreza de cuando niña, de cuando con la cólera

hervía ya en tus venas la sangre belicosa de tu heroico padre: agarra a

doña Inés, descorre el telón y ármale tal solfeo en el _nobilísimo

transportín_, que se lo pongas como un nobilísimo tomate. Ya verás cómo

lo sufre, se calla y no acude a los tribunales. Una señorona de tantos

dengues y de tantos pelendengues no ha de tener la sinvergüencería de

enseñar el cuerpo del delito al Jurado ni a los oidores.

Al oír los sabios consejos de su mamá, Juanita mitigó su cólera, y a

pesar del dolor que tenía no pudo menos de reírse, figurándose a doña

Inés, con toda su majestad y entono, azotada e inulta. Luego dijo:

--Aun sin propasarme hasta el extremo de la azotaina, y aun sin cometer

ningún crimen, he de castigarla valiéndome de la lengua, que ha de

lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho. Ha de lanzar mi

lengua más rayos de fuego que la uña del boticario. Cada una de las

palabras que yo le diga ha de ser como uña ponzoñosa de alacrán que le

desgarre y envenene las entrañas.

La iracunda exaltación de Juanita no podía sostenerse y se trocó pronto

en abatimiento y desconsuelo.

--¡Ay Dios mío!--exclamó--. ¡Ay María Santísima de mi alma! ¿Qué va a

ser de mí si hace él alguna tontería muy gorda, se tira por un tajo o se

mete fraile? Entonces sí que tendré yo que meterme monja. Pero yo no

quiero meterme monja. Yo no quiero cortarme el pelo y regalárselo a doña

Inés. Un esportón de basura será lo que yo le regale.

Y diciendo esto, rompió Juanita en el más desesperado llanto. Abundantes

lágrimas brotaron de sus ojos y corrían por su hermosa cara; parecía que

iban a ahogarla los sollozos y se echó por el suelo, cubriéndose el

rostro con ambas manos y exhalando profundos gemidos.

La madre, que estaba acostumbrada a los furores de Juanita, no había

tenido muy dolorosa inquietud al verla furiosa; pero como Juanita era

muy dura para llorar, y como su madre no le había visto verter una sola

lágrima desde que ella tomaba, cuando niña, alguna que otra perrera, su

llanto de entonces conmovió y afligió sobre manera a Juana.

--No llores--le dijo--. Dios hará que parezca don Paco, y ni él será

fraile ni tú serás monja, como no entréis en el mismo convento y celda.

En suma, Juana, llorando ella también, a pesar suyo, hizo prodigiosos

esfuerzos para calmar a su hija, levantarla del suelo y llevarla a que

se acostase en su cama. Al fin lo consiguió, la besó con mucho cariño en

la frente, y dejándola bien arropada y acurrucada, se salió de la alcoba

diciendo:

--Amanecerá Dios y medraremos.

Juanita La Larga · 第 32 / 50 题