Era ya a mediados del mes de enero, y hacía todo el frío que puede hacer
en aquel clima tan benigno.
La tertulia de doña Inés estaba más animada y concurrida que nunca,
sobre todo los jueves, día de gran recepción. En la sala había una
hermosa chimenea de campana, sobre la cual, así como en la puerta de la
casa, relucía el escudo de armas de la familia. En el hogar, saliente y
no empotrado en la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban
grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos y la leña de encina
y de olivo.
Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca faltaba, por lo menos, una
mesa de tresillo.
De diario eran tertulianos constantes el padre Anselmo y don Andrés. Y
lo era, así mismo, el médico, ya bastante viejo y chapado a la antigua,
hombre de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que solía hacer
el cuarto en la mesa cuando doña Inés jugaba. A fin de tener esta
satisfacción honrosa, y tal vez para ganar algunos reales, porque se
jugaba a diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siempre, se
violentaba el médico hasta el extremo de afeitarse un día sí y otro no,
y dejar en la antesala la capa y el sombrero, sin entrar con la capa
sobre los hombros, cuando no embozado y con el sombrero encasquetado
hasta las cejas, según solía entrar en las demás casas donde iba de
visita. ¡Tan profundo era el respeto que doña Inés le inspiraba!
Los jueves la concurrencia era mucho mayor y solía haber dos y aun tres
mesas de tresillo. Venían el alcalde, cuatro o cinco de los mayores
contribuyentes y el tendero murciano don Ramón, que era la persona más
acaudalada del lugar después de don Andrés. Venían, por último, don
Pascual, el maestro de escuela, y don Policarpo, el boticario.
Doña Inés había mostrado cierta repugnancia a que el boticario viniese;
pero don Andrés había conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al
boticario la cartilla para que no se desmandase ni dejase escapar alguna
barbaridad impía o librepensadora. Don Andrés le dijo que él respetaba
como nadie la libertad de conciencia y de enseñanza; pero que si quería
gozar de la tertulia de los señores de Roldán, debía ser como los
catedráticos pagados por el Gobierno, que si son prudentes y juiciosos,
se guardan sus impiedades para mejor ocasión, y en la cátedra, que es su
tertulia de doña Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada que
ofenda las creencias de quien los paga o de quien los recibe.
El boticario, que tenía mucha gana de ir a la tertulia, aceptó las
condiciones, y siempre que fue se dejó el libre pensamiento en su casa,
aunque no pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y taumatúrgica
uña.
Durante mucho tiempo fue doña Inés la única señora que en la tertulia
había. Parecía aquello un club de caballeros con una señora presidenta.
Hacía poco tiempo, no obstante, que se había introducido una
sorprendente novedad.
A la tertulia de los jueves primero, y más tarde a las de diario,
asistía otra señora. Era esta la noble viuda doña Agustina Solís y
Montes de Allende el Agua, matrona de treinta y pico de años, aunque
lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y mejor parecer, y con
veintiocho o treinta mil reales de renta sobre poco o más o menos.
No era menester ser un lince para comprender que doña Inés, cuando
consentía que hubiese otra dama en su tertulia, y aun gustaba de ello,
era porque había decidido y decretado casarla con su padre, don Paco.
Doña Agustina estaba tan satisfecha de aquella inusitada distinción y
tan agradecida y sumisa a doña Inés, que sin dificultad recibiera en su
corazón, como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la imagen y el
afecto de la persona que doña Inés quisiese grabar en él. Y era tanto
más fácil este grabado cuanto que don Paco no sólo estaba muy de recibo,
sino que tenía hermosa presencia y la merecida reputación de ser el
hombre más entendido y discreto de Villalegre. Además, doña Agustina--y
doña Inés lo sabía de buena tinta--estaba harta de viudez y de tener el
corazón vacío o como tabla rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de
que en él se grabase.
Tal vez para buscarlo se componía y se atildaba con esmero, y hasta
había ido a varias ferias y romerías en otras poblaciones; pero todo
había sido en balde y no había hallado hasta entonces sujeto que le
petara.
Doña Inés esperaba con fundamento que le petaría don Paco. Y como
necesitaba para esto que don Paco la viese, hablase con ella y estuviese
muy fino, doña Inés, que antes de concebir este proyecto de boda no se
empeñaba mucho en que viniese su padre a la tertulia, le excitaba ahora
y casi le mandaba, con el desenfado imperatorio tan propio de ella, que
no dejase de venir ninguna noche.
Don Paco obedecía y venía, de suerte que de diario Juanita le veía
entrar, cuando ella estaba en la antesala, si bien don Paco, desdeñado
y despedido, no se detenía a hablar con ella y pasaba de largo,
limitándose a decir buenas noches.
Juanita contestaba al saludo con fingida indiferencia; pero a
hurtadillas miraba a su antiguo pretendiente, y cada vez que le miraba
le encontraba mejor. El tinte de melancolía que se mostraba en su
semblante le hacía parecer más digno y más hermoso. Juanita imaginaba,
ufanándose, que el amor de él, aunque mal pagado, había ennoblecido y
hermoseado su alma y sus facciones, desterrando de ellas aquella vulgar
expresión que solía tener antes, cuando él, exento de amor sublime y
poco venturoso, lucía su ingenio diciendo chuscadas a menudo
chocarreras.
Así, y no muy poco a poco, sino de prisa, reconoció Juanita que el
aprecio y la amistad que siempre le había inspirado don Paco se
convertían en amor, y que el amor aumentaba a pesar de tener más de
medio siglo su objeto.
Influía muchísimo en este aumento el recelo que Juanita tenía de perder
a su desdeñado adorador, de que este acabase por sanar de su pasión
desgraciada y de que al fin cediese a las insinuaciones o casi mandatos
de su hija.
Dice un precepto vulgar: «Lo que no quieras comer déjalo cocer.» Pero
apenas hay hembra que cumpla con tal precepto cuando se aplica a cosa de
amores. Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera amado ya a don
Paco. La consolaba y la hechizaba tener aquella víctima constante y ver
arder aquel corazón, cual perpetuo holocausto, en aras de su hermosura.
Aun cuando ella no hubiese aceptado el sacrificio, se hubiese afligido
mucho de que viniese doña Agustina y le robase el corazón sacrificado.
Mayor era aún la aflicción de Juanita al notar que el sacrificio de don
Paco le era cada día más agradable. Tentaciones tenía a menudo de
detener a don Paco cuando pasaba por la antesala, de decirle que se
arrepentía de haberle escrito la carta despidiéndole y de encomendarle
que no entregase a doña Agustina el corazón, porque ella le quería para
sí y le cuidaría con más regalo y mimo que ninguna otra mujer de la
tierra.
Cuando Juanita veía pasar por la antesala a doña Agustina, que iba muy
pomposa a la tertulia, la sangre del valiente oficial de Caballería que
circulaba en sus venas se alborotaba toda, y necesitaba ella del dominio
que tenía sobre sí para contener sus ímpetus y no arañar a doña
Agustina. Otras veces, recordando ciertas mañas, usos y costumbres que
había tenido en su venturosa y libre niñez, sentía el prurito de agarrar
a aquella señora y, según solía hacer _in tilo tempore_ con otras niñas
de su edad y aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena mano de
azotes.
Pero si Juanita era brava, también era discretísima; y firme en sus
propósitos de ser prudente, se refrenaba y se vencía. Por coincidencia,
y aunque ella no hubiese leído el soneto de Lope, concebía imágenes
pastoriles y acaso se figuraba a doña Agustina como a una _mayorala_ o
_rabadana_ que llevaba en pos de sí, atado con un cordón, el manso que
ella, la zagala Juanita, había cuidado con esmero, dándole de su sal a
puñados. Y entonces se le antojaba decir a doña Agustina: «Suelta el
manso, que es mío; déjalo en libertad, y verás cómo viene a mí.