Por dicha no se apresuraba doña Inés para que el plan del monjío de
Juanita se realizase, y así le daba tiempo de apercibirse a la rebelión
con fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo de sus intereses
y proyectos.
Si bien doña Inés sentía y confesaba que iba a hacer un inmenso
sacrificio al desprenderse de Juanita, única mujer que la comprendía en
el mundo y que podía ser su compañera, en manera alguna quería
prescindir de este sacrificio, que le daría honra entre los mortales y
que Dios lo tendría en cuenta para pagárselo en el cielo. Persistía,
pues, con firmeza en su plan, pero lo retardaba, y mientras lo retardaba
lo iba completando en sus pormenores, consultándolo todo con el padre
Anselmo.
Decidió doña Inés pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilaba
aún era sobre el convento en que debía ponerla. Después de haber
desechado muchos, pensó en uno que hay en Ecija, con cuya abadesa se
carteaba, porque era allí donde se hacían los célebres bizcochos de yema
imitados por Juana la Larga. Afirmaba doña Inés que toda persona que
tenía buen paladar reconocía al punto la imitación de Juana, porque
carecía del _quid divinum_ que hay en los legítimos, prestándoles tan
soberano sabor, que si con grosero y material supuesto pudiésemos
imaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algún mensaje
de arriba, tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que no
comerían otra cosa que los tales bizcochos de yema hechos por las
mencionadas monjas.
A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qué doña Inés
desistió de que Juanita fuera al convento de Ecija, y hubo de fijarse al
fin en las Comendadoras de Santiago, en Granada, donde, si no se hacen
aquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejores
almíbares de toda Andalucía. Mientras trazaba y preparaba doña Inés todo
esto en favor de Juanita, de quien se había declarado protectora y
directora, su cariño hacia la protegida y la discípula iba creciendo más
y más, dando de sí raras muestras y combinándose en él lo sagrado y lo
profano.
Un día estuvo doña Inés tan sentimental, que deshizo el peinado de
Juanita, admiró su abundante, undosa y suave mata de pelo, la besó
varias veces, calificó de horrible desacato el que las manos rudas e
impuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, y
se la figuró ya como cortada al pie del altar el día en que Juanita
profesase, rogándole que para entonces se la legase a ella, porque ella
la conservaría como reliquia del más subido precio.
Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición de doña Inés, y, casi
con lágrimas de gratitud en los ojos, prometió a doña Inés que la mata
de pelo sería suya cuando se la cortase.
Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanita
estaba casi todas las tardes en casa de doña Inés, no yéndose de su lado
o de su casa hasta pasada la hora en que solían venir los señores de la
tertulia.
Algunos de estos veían a Juanita en la antesala, y como allí estaba sin
cubrirse la cabeza y sin ocultar y dar sombra a la cara, con el mantón
muy echado hacia adelante, según el recato y el beaterio lo exigen,
Juanita, sin poderlo evitar, no les parecía saco de paja, y a menudo la
miraban por estilo pecaminoso.
Quien más se adelantó en esto fue el propio amo de la casa, el señor don
Alvaro Roldán, que era muy tentado de la risa. En varias ocasiones,
hallando a Juanita sola, la requebró con más fervor que chiste y finura,
y Juanita, que veía en aquel caballero sujeto a propósito para descargar
su mal humor, le respondía siempre con feroz desabrimiento o con
sangrienta burla. Y como don Alvaro ni por esas se desengañase y se
atreviese un día a dar a la muchacha una palmadita en la cara, ella le
dijo mirándole de arriba abajo con desprecio y enojo:
--Las manos quietas, señor don Alvaro. Conténtese usted con tocar el
violón, y a mí no me toque. ¡Pues no faltaría más! ¿Será menester que me
queje yo a doña Inés de la insolencia de usted? Para que una mocita
decente esté tranquila en esta casa, ¿necesitará la señora atar a usted
con una cadena al lado del mono?
Don Alvaro, que era tímido, blandengue y avezado a la servidumbre,
receló que Juanita armase un alboroto, le cobró miedo y desistió de su
amorosa empresa.
Había al mismo tiempo, ya se entiende que en otras ocasiones y apartes,
otro personaje más emprendedor y menos asustadizo. Fue este el propio y
respetado cacique de Villalegre: el excelentísimo señor don Andrés
Rubio.
También don Andrés, que no faltaba nunca a la tertulia, encontró no
pocas veces a Juanita, ya en la antesala, ya en los corredores, ya en la
escalera, ya en el zaguán cuando ella se iba.
Don Andrés había admirado mucho a Juanita el día en que ella se mostró
imprudentemente tan engalanada en la iglesia, y había conservado de ella
muy buena impresión. No la defendió en la tertulia por no contradecir a
doña Inés y por no censurar indirectamente la excesiva severidad del
padre Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero allá en su interior no
vio nunca malicia en lo que Juanita había hecho, y se limitó a
calificarlo de inoportuna ligereza, de que la madre era más culpable que
la hija. De suerte que don Andrés no creyó en su arrepentimiento y en su
deseo de ser monja.
Don Andrés conocía el carácter de doña Inés y daba por evidente que doña
Inés, así como en un principio había hecho víctima a Juanita de su
enojo, imaginándosela, aunque en cierne, una desaforada pecadora,
después, trocado el enojo en estimación, admiración y cariño, se
proponía, con el mejor intento y por su manía de gobernarlo y de
arreglarlo todo, hacer víctima a Juanita empujándola a la santidad por
un camino que ella no tenía ganas de seguir.
Así predispuesto, don Andrés empezó por mirar a Juanita con cierta
benigna curiosidad cuando casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba
sola. Después, sin reflexionar en lo que hacía, don Andrés y quién sabe
si la muchacha misma, ya que hasta la más inocente suele dejarse guiar
por endiablados instintos, prestaron auxilio a la casualidad y la
convirtieron en providencia, hallándose casi todos los días y pasando
tan cerca de ella, que casi tropezaban o se tocaban.
Es natural que Juanita no se escondiese ni huyese, porque ni ella era
medrosa ni don Andrés era el bu ni una fiera.
Don Andrés era un caballero muy bien educado, pulcro y finísimo,
soltero, que no había cumplido aún cuarenta años, y verdadero amo y
señor de Villalegre, donde hacía ya ocho años que reinaba con lo que
podemos calificar de despotismo ilustrado.
No me incumbe aprobar ni reprobar aquí el despotismo, aunque sea con
ilustración, ni mostrame partidario o adversario del cacicazgo. Yo tomo
y empleo el vocablo en cierta acepción, como generalmente se emplea,
aunque siento que contenga implícita una injuria para las poblaciones en
que hay cacique, porque es suponerlas salvajes, y no quiero calificar de
tales a los de Villalegre. Desecho, pues, la suposición implícita y
acepto y empleo los vocablos de «cacique» y «cacicazgo» como los más
usados y adecuados para expresar la condición de don Andrés y el poder
que en Villalegre ejercía. El había heredado este poder de su padre y
luego le había mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la actividad y
variadas aptitudes de don Paco, y aun por los consejos e inspiraciones
de doña Inés, quien, según se decía, ya con malicia, ya con sencillo
aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa.
El, antes de retirarse al lugar después de la muerte de su padre para
cuidar de la hacienda y hacer vida de labriego, desengañado y harto del
estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas vanas, había pasado
mucho tiempo en Madrid, en cuya Universidad había hecho sus estudios, y
hasta había viajado algo por Francia, Italia e Inglaterra.
Era, por tanto, don Andrés un cacique archiculto y como hay pocos. Y
conviniendo yo en esto con mi entusiástico amigo el diputado novel,
afirmo que si todos los caciques fueran como don Andrés, sería gran
ventura que cada pueblo tuviese su cacique; todo en cada pueblo estaría
bien aseado y mejor cuidado; daría gusto andar por sus paseos y por sus
caminos; el maestro de escuela no se moriría de hambre, y se gozaría de
tan ordenada libertad, que el boticario podría ser impunemente, como don
Policarpo, brujo y ateo, sin que por esto se suprimiesen ni dejasen de
celebrarse con devoción, entusiasmo y regocijo hasta las más candorosas
procesiones, aunque hubiese en ellas judíos, soldados romanos, Longinos
con lanza y lazarillo después de quedarse ciego, paso de Abrahán y
apóstoles y profetas.
Todas estas tradicionales, artísticas y pintorescas manifestaciones de
la piedad religiosa encantaban más a don Andrés que al más sencillo
devoto de todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto no se
suprimía nada, sino que se aumentaba y se mejoraba bastante.
Tal era el cacique don Andrés Rubio, inclinado a admirar todo lo bello y
candoroso. ¿Cómo, pues, no había de admirar también a Juanita, dejándose
llevar de su irreflexiva admiración a modo de quien se desliza y cae sin
sentir por un suave declive?