La gloriosa servidumbre en que Juanita había llegado a ponerse, si no
era útil, era molesta en extremo, porque la amistad de doña Inés no
podía ser más exigente ni más imperativa. Y mientras más rebosaba
entusiasmo y ternura, más se recrudecía también en exigencia y en
imperio.
Había días en que no le quedaba a Juanita ni hora libre ni momento de
sosiego. Doña Inés la llamaba y se valía de ella para todo.
En los lugares, al menos hace algunos años, pues no sé si habrán variado
las costumbres, nunca salía una señora principal de visita o de paseo
sin llevar a una acompañante. Juanita tuvo, por consiguiente, a más de
leer y de escuchar disertaciones, que acompañar a doña Inés en sus
visitas y en sus paseos. Y cuando a esta se le antojaba de súbito
visitar o pasear y no tenía a Juanita en casa, iba a buscarla a la suya,
haciéndose acompañar hasta allí por Serafina.
En los paseos rara vez leía o hacía leer doña Inés; pero, convertida en
filósofa peripatética, disertaba de lo lindo, siempre sobre religión,
moral, menosprecio del mundo, alabanza del recogimiento y de la
conversión interior y aspiraciones a lo sobrenatural y divino.
Conviene que se sepa que doña Inés tenía un carácter tan dominante, que
no se aquietaba ni se satisfacía como no decidiese y gobernase cuanto
hay que decidir y gobernar.
Ella designaba el nombre que había de recibir en la pila bautismal cada
villalegrino que naciese; ella decretaba, después de estudiar aptitudes,
capacidades y recursos, el oficio que cada cual había de aprender y
ejercer, y ella escogía marido para cuantas niñas casaderas vivían en el
pueblo y pertenecían a familias merecedoras por algún título de su
atención y cuidado.
El concepto que formaba doña Inés del universo visible y de cuantas
cosas hay en él y en él se sustentan, era concepto más pesimista que el
del propio Schopenhauer; pero el de doña Inés estaba dulcificado por dos
potencias benéficas y fecundas que había en su alma. Ella podría ser, o
era, más o menos pecadora. Yo no he llegado a ponerlo bien en claro, de
suerte que, al ir escribiendo esta historia, lo probable es que lo deje
turbio o nebuloso. De cualquier modo que fuese, y sin escudriñar los
secretos de doña Inés en lo tocante a la conducta, aseguro con evidencia
que ella, en lo teórico, sin afectación ni mentira, tenía la más
acendrada fe religiosa. Con esta fe, y con las otras dos consoladoras y
divinas virtudes que de ella nacen, doña Inés iluminaba el mundo,
hermoseándolo con celestiales resplandores.
Toda deformidad moral, todo vicio, toda dolencia, la fealdad física, las
enfermedades, la miseria, el dolor y la muerte se despojaban en su
pensamiento de horror y de amargura al considerar que deben sufrirse por
el amor de Dios, y desvanecerse y disiparse, como la oscuridad de la
noche cuando aparece la aurora, ante la esperanza de lo trascendente y
de lo ultramontano. Para doña Inés, este mundo en que vivimos era un
valle de lágrimas y un transitorio lugar de prueba, indispensable camino
para otra vida mejor. La presente, pues, aunque fuese muy mala, no era
nunca mala, ya que en ella, si se padecía con resignación, mientras más
se padeciese, mejor y más abundante cosecha se recogía y se atesoraba de
frutos que no se corrompen y de riquezas que nadie roba. Y como doña
Inés no gustaba de quedarse atrás en nada, sino de adelantarse en todo,
y ser también importante cosechera de los mencionados frutos y riquezas,
muy candorosamente estaba persuadida de que padecía o había padecido
mucho ejerciendo y luciendo su paciencia, compitiendo un poquito con Job
y granjeándose los medios de ir al cielo derechita, sin tropezar en
rama, ya se entiende que contando con la misericordia de Dios, que le
perdonaría sus pecados, si los tenía, pues, según ya he dicho, no lo
sabemos.
La otra potencia de que se valía doña Inés, sin estudio, espontánea y
sencillamente para blanquear y hasta para dorar la tenebrosa negrura de
su concepto _schopenhaueriano_ del mundo, era el sentimiento vivísimo y
atinado, fuente inexhausta de puros deleites, con que percibía su alma
toda belleza, tanto espiritual cuanto corpórea. Llamar a esto buen gusto
me parece poco. El buen gusto, por lo general, es pasivo y estéril. En
doña Inés alcanzaba actividad creadora. La visión de la belleza
concebida por doña Inés relucía en las profundidades de su alma y creaba
allí otro universo ideal, semejante al exterior universo, salvo que de
él todo mal y toda mengua habían sido expulsados.
Como se ve, no era doña Inés mujer adocenada, sino persona memorable, o
dígase digna de la historia, por lo cual me complazco yo en ponerla en
la mía.
Doña Inés, y perdone el pío lector si me repito, a pesar de sus ocho
vástagos, estaba aún muy guapa; en lo mejor de su edad, bien cuidada,
alimentada y vestida.
El asomo de rivalidad que brotó en su alma, el día de la intempestiva y
pomposa aparición de Juanita en la iglesia, había desaparecido
enteramente, merced a la humildad de la muchacha y a la sumisión con que
la acataba y servía. Desechados así los celos, la mente y el corazón de
doña Inés dieron entrada franca al afecto y a la admiración de la
bondad, del talento y de la hermosura de que Juanita estaba dotada.
No había primor en Juanita que doña Inés no advirtiese, celebrase y
ponderase. Llegó a notar, a pesar del pobre pañolito con que se cubría
la chica espalda y pecho, la admirable perfección de toda aquella sana y
virginal estructura. De su rostro no quiero ni puedo decir más sino que
le parecía el de un ángel. Y, por último, ponía en Juanita casi, casi
tanta discreción, ingenio y bondad como en ella misma. En suma, doña
Inés miraba y estudiaba a Juanita como el sabio crítico, buen gramático
y mejor estético mira y estudia un bello poema, o como el gran conocedor
y perito en las artes plásticas mira y estudia una obra maestra de
escultura.
Cualquiera imaginará que, llegadas las cosas a este punto, Juanita
podría apoderarse de la voluntad de doña Inés y hacer de ella lo que le
diese la gana; pero sucedió lo contrarío. Frecuentemente recelaba
Juanita que se le iba a acabar la paciencia, y allá en sus adentros
decía: «Peor está que estaba.» A fin de que se comprenda el fundamento
que tenía Juanita para decir «que estaba peor», pondré aquí uno de los
discursos que doña Inés, con frecuencia, le dirigía:
--Hija mía--exclamaba--, hay en las condiciones y circunstancias que han
de influir en tu destino cierta contradicción que puede ser causa de mil
desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la elevación moral de
tu alma mereces casarte con un príncipe, dechado de todas las
perfecciones. Por tu desventurado nacimiento, por la clase humilde a que
perteneces y por la pobreza que te obliga a residir en este lugar,
tendrás que quedarte soltera o tendrás que casarte con un labrador rudo
y zafio. Si te quedas soltera, de continuo te verás expuesta a los tiros
de la envidia y a las emponzoñadas mordeduras de la calumnia, y te
rodearán, además, groseras seducciones, a alguna de las cuales quién
sabe si cederás en un momento de flaqueza, porque todas somos débiles y
ninguna puede estar segura de no tropezar y de no caer si en un solo
momento la deja Dios de su mano y no la sostiene con su gracia. Pues no
digo nada si, movida por la vanidad o por pasiones más tiernas y propias
de tus verdes años, y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad del
sujeto que te enamora, te casas al fin con un hombre de tu clase, con
algún palurdo de esta tierra. ¡Qué desgracia la tuya entonces! ¡Pronto
llegaría el desengaño! Vaya..., me horrorizo de pensar en ello. Sería
una profanación. Sería un sacrilegio nefando. ¿Cómo entregar tanto
tesoro a quien sería incapaz de comprenderlo y de saber lo que vale? En
mi sentir, sería locura semejante a la de echar ramilletes de flores, en
vez de paja y cebada, en el pesebre del mulo, o la de derramar perlas en
la pocilga del marrano en vez de un celemín de bellotas. Por otra parte,
hija mía, ¿cuántos disgustos, desvelos y cuidados no vendrán sobre ti
con el matrimonio? Quiero prescindir de que tu marido acaso sería pobre;
y si era también torpe y holgazán, tendrías que matarte trabajando para
mantenerle; y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que te darían
tus hijos, si los tenías. Lo más espantoso..., aunque no lo sé por
experiencia, me horripilo de imaginarlo..., es si descubrías en tu
consorte vicios y miserias que le hiciesen aborrecido y que hasta asco
te causasen. Acudiría entonces a tu espíritu, ¡obsesión diabólica!, un
pensamiento pertinaz que puede conducir a los mayores pecados. Figúrate
tú que pensase y discurriese como ser racional y filantrópico la
turquesa en que se forman las balas: ¡qué desesperación no tendría de
que la empleasen tan en perjuicio de la Humanidad! Pues no es menor la
rabia de la esposa que, cuando va a ser madre, recela que ha de dar al
mundo como copias exactas de la ruindad o de la perversidad de su
marido. Tan horrible pensamiento la inclinará a ser infiel o la
arrastrará a la locura.
Esto, con adornos y variantes, era lo que decía doña Inés casi de diario
a su amiga y acompañante, sentando premisas, pero sin sacar por lo
pronto consecuencia alguna.
Otras veces le describía con viveza y con sombríos colores la corrupción
de nuestro siglo, el bajo nivel en que estaban las almas, las
mezquindades y maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente que
sería retirarse de él, en vista de que no puede satisfacer ninguna de
nuestras nobles aspiraciones.
Afirmaba doña Inés que ella había deseado y deseaba siempre buscar un
santo retiro; pero ya que no podía ser por las mil obligaciones que
había contraído y que le era indispensable cumplir por enojosas que
fuesen; porque tenía hijos que criar y educar, marido de que cuidar y
hacienda que ir conservando y mejorando, a fin de transmitirla a los que
habían de heredar un nombre ilustre, que deslustrarían al quedar
huérfanos y abatidos por la villana pobreza.
En resolución, doña Inés quiso persuadir a Juanita, y me parece que
hasta logró persuadirse ella misma, de que deseaba ser monja, de que por
imposibilidad no lo era y de que hacía un sacrificio en no serlo.
De todo ello acabó por deducir y por declarar, como lógica solución, que
Juanita debía huir de los peligros, miserias y adversidades de esta
sociedad corrompida, la cual no merecía gozar de su presencia, y que
debía refugiarse en el claustro mientras permaneciese en la tierra, ya
que la tierra no la merecía y ya que por su valer, para el cielo, sin
duda, estaba predestinada.
A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones de doña Inés, Juanita
distaba más cada día de hallar peligroso el mundo (maldito el miedo que
le tenía ella), no lograba persuadirse de que la sociedad fuese tan
viciosa y tan mala, ni de que el enamorarse y el casarse pudieran
acarrear tamañas desventuras. De aquí que no tuviese la menor
inclinación ni vocación a la vida monástica. Pero como a doña Inés se le
había puesto en la cabeza que ella fuese monja, y cuando formaba un plan
era punto menos que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se veía
muy apurada.
A cada momento sentía el conato de echarlo todo a rodar y de declarar a
doña Inés que Dios no la llamaba por el camino por donde ella quería que
fuese. Se contenía, no obstante, a fin de no armar la de Dios es Cristo,
de no perder en un minuto cuanto había conseguido trabajando más de un
año y de no verse de nuevo en guerra con los poderes constituidos y con
toda la población que respetaba y obedecía a dichos poderes.
Juanita no dijo que sí; no aceptó lo del monjío, pero no dijo que no;
pronunció frases vagas o se calló y bajó la cabeza.
Tomando doña Inés para regla de interpretación el refrán de «quien calla
otorga», dio por sentado que Juanita estaba decidida a entrar en un
convento, y ya, en su fantasía entusiástica, se la representaba santa,
cuya vida se intercalaría en las ediciones futuras del _Año Cristiano_.
Doña Inés dio parte de este triunfo al padre Anselmo, quien se llenó de
piadoso júbilo, y aun se sintió lisonjeado al prever que él figuraría en
la vida de la nueva santa como el instrumento de que se valía el Cielo
para convertirla y glorificarla.