Al disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se añadía otro no menor y más
positivo.
Al principio se difundió tanto la idea de que Juana había llevado su
complacencia inmoral hasta ser tercera de su hija, que la llamaban menos
para trabajar en las casas principales por el temor de que fuese ella la
propia Celestina resucitada y tratara de pervertir a las Melibeas de
dichas casas. No obstante, y como ya he dicho, aquella malísima
situación se fue poco a poco suavizando. Además, eran tan notorios y tan
irreemplazables el arte y la inspiración de Juana para dirigir una
matanza, para hacer arrope, piñonate, empanadas y tortas, y para
preparar festines, que las personas de gusto y de medios desecharon los
recelosos escrúpulos, y, poniéndoles el correctivo de estar a la mira y
ojo avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas artes
_proxenéticas_, siguieron llamándola a trabajar a sus casas; y los
ingresos y rentas de Juana, que habían disminuido, volvieron a su estado
normal, aunque no se aumentaron.
El recogimiento y la austeridad de Juanita al fin surtieron efecto. La
idea que el padre Anselmo concibió de que había logrado convertir a
aquella pecadora incipiente y de atraer al aprisco a la ovejita
descarriada antes que cayese entre las uñas y la boca del lobo, fue
adquiriendo resonancia y eco entre el vulgo. Juanita fue, pues, mirada,
si no como paloma sin mancilla, como Magdalena arrepentida y penitente,
no de la culpa, sino del conato.
Transcurrió más de un año antes que Juanita, a fuerza de ingenio y de
fatigas, lograse resultado tan brillante.
La rígida doña Inés era la más difícil de ablandar. No quería creer en
la virtud de la muchacha, y sospechaba que era todo hipocresía.
Cuando llegaban a oídos de Juanita noticias de la terca incredulidad de
doña Inés y de que la sospechaba de hipócrita, Juanita decía para sí:
«No es mal sastre el que conoce el paño»; y sin arredrarse seguía por el
camino que se había trazado.
Llegó en esto el invierno, y doña Inés quiso vestir a todos sus niños
con buena ropa de abrigo; Juanita alcanzaba ya alta reputación de
costurera. Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del lugar era una
chapucería cursi si se comparaba con las confecciones de nuestra
heroína, que estaba al corriente de las últimas modas de París, que
recibía los figurines y que, ajustándose a ellos, sin encadenar
servilmente su fantasía a una imitación minuciosa, ideaba, trazaba,
cortaba y hacía trajes para las mujeres, dignos de figurar en los
salones de la corte y de ser descritos por _Montecristo_ o por
_Asmodeo_, y para los niños y niñas no inferiores por su gracia y por su
chic a aquellos con que la prole de un milord opulento o de un banquero
inglés se engalana.
Ruego al lector que me dé entero crédito y que no imagine que son
ponderaciones andaluzas, o que mis simpatías hacia Juanita me ciegan. Lo
que digo es la verdad exacta, pura y no exagerada. Yo he estado en
Villalegre, he visto algunos trajes hechos por Juanita y me he quedado
estupefacto. Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo sabe.
En fin, doña Inés se dio a pensar y a repensar en lo muy preciosos que
estarían sus niños con los trajes que Juanita les hiciese; venció la
repugnancia que sentía contra ella, la llamó a su casa y le encomendó
trajes para todos, según la edad y el sexo de cada uno.
Fue Juanita a casa de doña Inés tan pobre y modestamente vestida como si
saliese de un beaterio, y tan modosita en el hablar, en la voz y en los
modales, que parecía, sin visos ni asomos de afectación, una criatura
seráfica.
Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle o de ponerle entornadas las
puertas del corazón de doña Inés, la cual sabía mucho y pensaría y diría
en su interior.
--Si no lo finge, en verdad que es muy buena esta muchacha; y sí lo
finge, sabe más que Cardona: es admirable su fingimiento.
Así, doña Inés se predispuso ya favorablemente.
Su favor valía mucho, y doña Inés acertó a cobrárselo por instinto.
También hay su poco de gorronería en los grandes y poderosos de la
tierra. Viene o propósito esta sentencia, porque doña Inés pagó el
trabajo de Juanita en la tercera parte de lo que valía, aun en aquel
lugar donde se trabaja barato, y pagó las otras dos terceras partes en
el favor tan deseado y apetecido que empezó entonces a alcanzar la linda
costurera.
Los niños, con los trajes hechos por Juanita, salieron tan bien vestidos
el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, que daba gloria verlos, y la
gente los miraba y los seguía en la calle. La vanidad maternal de doña
Inés quedó muy satisfecha. Ni la propia Cornelia se ufanó más cuando
enseñaba a sus Gracos. Pero doña Inés fue más allá de Cornelia: no se
contentó con lucir a sus hijos, sino que se propuso competir con ellos y
aun superarlos en indumentaria, y decidió que Juanita también la
vistiese.
Juanita se prestó a todo con el mejor talante y prodigioso acierto e
hizo a doña Inés corsés y varios trajes.
Nacieron de aquí la confianza y alguna familiaridad, hasta donde es
lícito y decoroso que la familiaridad se entable entre una dama
principal y una trabajadora plebeya; pero al fin, como doña Inés tenía
que mostrarse a Juanita en paños menores para probarse corsés y
vestidos, ¿qué mucho que la confianza naciese y creciese?
Juanita supo después, con lentitud y por sus pasos contados, darse tal
maña, que doña Inés, que ya le había confiado su cuerpo para que lo
vistiese, empezó a confiarle también y a descubrirle su espíritu, aunque
sólo hasta cierto punto, porque el espíritu de doña Inés, según pensaba
Juanita, acaso con malicia sobrada, tenía más conchas que un galápago y
jamás se desnudaba y se descubría por completo.
Juanita tenía una voz melodiosa y clara y sabía leer muy bien, lo cual
es bastante raro, dando a lo que leía entonación y sentido. Pronto atinó
a mostrar a doña Inés que ella poseía habilidad tan útil, y no tardó
doña Inés, que se fatigaba algo leyendo, en tomar a Juanita por
lectora.
Claro está que doña Inés, que era mística muy elevada en sus
pensamientos y un tanto cuanto asceta, aunque más en lo especulativo que
en lo práctico, hacía que Juanita le leyese vidas de santos y libros
devotos y morales como _Monte Calvario_, _Gracias de la gracia_, _Gritos
del infierno_, _Espejo de religiosos_, _Casos raros de vicios y virtudes
y Estragos de la lujuria_.
Era doña Inés aficionadísima a disertar y a convencer a sus oyentes y
contradictores cuando disertaba. Si por algo se dolía de haber nacido
mujer, era por no poder transformarse en predicador o en catedrático.
Juanita supo con tanto pulso seguirle el humor, que no se callaba ni lo
aceptaba todo desde luego, sino que impugnaba algo sus tesis y discursos
para darle ocasión de que hablase más y desplegase su elocuencia, a la
cual acababa por ceder, reconociéndose vencida. De esta suerte se
alegraba y se exaltaba el ánimo de doña Inés, corroborando la creencia
que ella tenía en su virtud persuasiva y en su saber y talento, y
haciéndole creer, además, que después de ella, aunque a muy razonable
distancia, no había en todo Villalegre, salvo quizá el padre Anselmo,
persona más talentosa y más sabia que Juanita.
La privanza de esta con doña Inés llegó al fin a su colmo.
En presencia de cualquier persona, Juanita seguía atendiéndola con el
mayor respeto y dándole el tratamiento de _su merced_; pero en momentos
de expansión, una vez que Juanita la oyó atentísimamente, impugnó sus
razones y terminó por ceder a ellas, doña Inés, entusiasmada, se allanó
hasta el extremo de mandarle que cuando estuviesen las dos solitas la
tutease.
Estas prodigiosas conquistas de la paciente y despejada muchacha le
prestaron desde luego confianza en sí misma, y pudieron darle mucha
honra, sí ella entendiese que la necesitaba; mas apenas le dieron
material provechoso, que era de lo que más necesidad tenía.
Pensaba doña Inés que no había mejor ni más espléndida paga que su
afecto. Suponía tal la elevación de alma de Juanita, que hubiera sido
injuriarla ofrecerle dinero. Un ochavo más que doña Inés le hubiese dado
sobre el jornal que de ordinario ganaba, hubiera parecido una limosna.
No era delicado socorrer a Juanita como a una pordiosera.
Y después de estos razonamientos tan juiciosos, como doña Inés no pagaba
a Juanita sino lo que cosía, y no le pagaba, para no humillarla, ni las
horas que empleaba leyéndole libros ni el tiempo que perdía escuchando
sus disertaciones, resultaba doña Inés, por obra y gracia de lo mirada
que era, tenía lectora y auditorio y acompañante de balde.