Cuando aquella noche vino don Paco de tertulia, le dieron la sorpresa de
enseñarle la levita.
El casi se enojó, y hasta se le saltaron las lágrimas de puro
agradecido.
En el patio mismo se probó la levita; le hicieron dar con ella cuatro o
cinco paseos, y ambas mujeres encontraron que con la levita estaba don
Paco muy airoso; y eso que no se veía todo el efecto, porque no había
traído la gabina, sino el hongo, como de costumbre, y la levita y el
hongo no armonizan bien.
Animados ya los tres y de buen humor, dijo don Paco:
--No comprendo por qué gustan ustedes tanto de la soledad y están tan
retraídas. La plaza esta noche estará animadísima. Todo el mundo habrá
acudido a la verbena y a ver los fuegos, que dicen que serán
magníficos. Empezarán en punto de las once, y como habrá muchos cohetes
y dos o tres soles o ruedas, y a lo último un gran castillo, que
terminará con un espantoso trueno gordo, durará la fiesta hasta después
de medianoche. La gente quiere que el trueno gordo estalle en el momento
mismo que empiece el día del santo, y espera que el santo lo oiga desde
el cielo y se alegre de que sus patrocinados le saluden y feliciten.
¿Por qué no se animan ustedes y van a gozar de todo esto? Iremos juntos.
Yo las acompañaré.
--Bien quisiera yo ir--contestó Juana--; pero temo que nos pongan como
chupa de dómine cuando nos vean reunidos.
--Pues mira, mamá, deja que nos pongan como les de la gana; a mí me sale
de adentro el ir, y no quiero andar con repulgos. Vamos allá, y arda
Troya. Como estamos, vamos bien, sin nada en la cabeza; no tenemos más
que echar a andar.
Sin hacer más reparos, los tres se fueron en seguida a la velada y feria
que había en la plaza, la cual, con los muchos farolillos y candilejas
que la iluminaban, parecía una ascua de oro; y por el bullicio y por la
muchedumbre de gente, que casi la llenaba, era un hormiguero de seres
humanos.
En los balcones, en las ventanas y en las puertas de las casas, las
personas de más edad y fuste estaban sentadas en sillas.
Las jóvenes se paseaban o se paraban a contemplar las tiendas de
mercaderes ambulantes que se extendían por la plaza y por dos o tres
calles de las que en la plaza desembocan.
Las tiendas a las que se agolpaba más gente eran las de juguetes y
muñecos. Apenas había chicuelo que no fuese obsequiado por sus padres o
por los amigos de sus padres con un pito, con una trompeta o con un
tambor. Y como casi todos desplegaban en seguida su capacidad musical en
los instrumentos que les habían mercado, el aire resonaba con marcial y
alegre, aunque algo discordante armonía. Ni faltaban en las tiendas de
muñecos trompas marinas, siempretiesos, sables y fusiles de madera y de
latón, y especialmente Santos Domingos de diversos tamaños, todos de
barro cocido y pintados de vivísimos colores. Estas imágenes eran las
que más se vendían, porque el santo inspiraba en el pueblo devoción
fervorosa.
El ambiente estaba embalsamado por el aroma del aceite frito de más de
quince buñolerías, donde gitanas viejas y mozas freían y despachaban de
continuo esponjados buñuelos, que unas personas se comían allí mismo con
aguardiente o con chocolate y otras se los llevaban a su casa,
ensartados todos en un largo, flexible y verde junco.
Ni faltaban allí tampoco puestos de exquisitas frutas; pero los que más
atraían la atención de los chicuelos eran los de almecinas, ya que,
además del gusto de comérselas, proporcionaban la diversión de ejercitar
la puntería tirando al blanco. Cada muchacho que compraba almecinas
compraba también un canuto de caña, cerbatana por donde, después de
haberse comido la poca y negra carne de la fruta, disparaba soplando el
huesecillo redondo y duro. Estos proyectiles corrían silbando por el
aire como las balas en una reñida batalla, salvo que eran mucho más
inocentes, pues apenas hacían daño, si por una maldita y rara casualidad
no acertaban a darle a alguien en un ojo, pues entonces bien podían
dejarle tuerto. Caso tan lastimoso, sin embargo, rara vez ocurre, y, por
consiguiente, la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de aquel
feroz tiroteo. Había, por último, en la feria nocturna siete u ocho
mesillas de turrón, y hasta tres confiterías, donde lo que con más
abundancia se despachaba eran las yemas, los roscos de huevo y las
batatas confitadas.
Se cuenta que cuando algún campesino que presume de muy rumboso quiere
obsequiar a su novia o a la muchacha a quien va acompañando, se dirige
al confitero y le pide yemas o batatas.
--¿Cuántas quiere usted?--dice el confitero poniendo en uno de los
platillos del peso la pesa de cuarterón.
--Eche usted _jierro_--responde el galán.
El confitero pone la pesa de media libra.
--Eche usted más _jierro_--repite varias veces el galán, y el confitero
va echando casi todas las pesas.
Pero siempre la muchacha, llena de exquisita delicadeza, y con los más
modestos remilgos, alega la dificultad que hay en trasladar a casa tanta
balumba y pesadumbre de confites, y asegura que no se los podrá comer en
una o dos semanas, y que se pondrán agrios, secos o rancios. En fin,
ella está tan elocuente, que el galán, aunque al principio se resiste
llamando a la muchacha dama de la media almendra, al cabo se deja
convencer, pero no de repente, sino poquito a poco; y según va entrando
el convencimiento en su ánimo y ella sigue hablando, él la interrumpe a
trechos diciendo al confitero:
--Quite usted _jierro_.
Y de esta suerte acaba por no quedar en el platillo de las pesas más que
la de cuarterón, y a veces la de dos onzas.
Para que no careciere la velada de ningún atractivo, hubo en ella
también una banda de música militar, que se había conservado desde la
época en que hubo milicianos nacionales, gracias a los desvelos y
esfuerzos de don Andrés Rubio, que había sido comandante de la milicia.
Los ocho músicos de que constaba la banda vestían aún, cuando iban a
tocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la extinguida institución
defensora de nuestras libertades. Eran los músicos menestrales o
jornaleros de los más listos; no tocaban mal, y siempre el Municipio les
pagaba un buen estipendio: seis y hasta ocho reales a cada uno. De este
modo se libertaba Villalegre del tributo a que estaba sometida en lo
antiguo, haciendo venir de la ciudad vecina, siempre que había función,
a los músicos, a quienes apellidaban en el lugar _tragalentejas_.
Don Paco paseó a sus amigas por toda la feria, dando no poco que
murmurar, según habían previsto.
Como ellas eran más finas que los jornaleros, ninguno se acercaba a
hablarles, y como estaban en más humilde posición que las ricas
labradoras, propietarias e hidalgas, la aristocracia las desdeñaba. El
nacimiento ilegítimo de Juanita hacía mayor este aislamiento. Juanita no
tenía ya una amiga. Entre los mozos, como había desdeñado a muchos, los
pobres no se le acercaban por ofendidos o tímidos, y los ricachos, que
si ella hubiera sido fácil hubieran porfiado por visitarla en su casa,
temían desconcharse o rebajarse acompañándola en público. Antoñuelo era
el único galán que aún se complacía en acompañar a Juanita; pero
Antoñuelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba ausente en una de
sus correrías por los lugares cercanos.
Las mozas que solían ir por agua a la fuente del ejido, y los arrieros,
pastores y porquerizos que acudían a dar agua al ganado, considerando
que desde que Juanita dejó de ir allí se daba tono de señora, no se
atrevían ya ni a saludarla.
Toda la noche, o sea hasta que los fuegos terminaron, que fue ya cerca
de la una, madre e hija permanecieron en la plaza, y hubieran estado sin
otro acompañante que don Paco, si don Pascual, el maestro de escuela, no
se hubiera unido también a ellas.
Era don Pascual un solterón de más de sesenta años, delicado de salud,
flaco y pequeño de cuerpo, pero inteligente y dulce de carácter.
Desde que Juanita tuvo seis años don Pascual, prendado de su despejo y
de su viveza, se había esmerado en enseñarle a leer y escribir, algo de
cuentas y otros conocimientos elementales.
Juanita había tenido en el maestro de escuela un admirador constante y
útil, porque había sido para ella, a falta de aya, ayo gratuito y
celosísimo.
Ella, en cambio, hacía mucho honor a su maestro, pues tomando sus
lecciones en horas de asueto y cuando la escuela estaba desierta de
muchachos, salió discípula tan aventajada, que avergonzaba a casi todos
los que a la escuela asistían.
Nadie sabía mejor que ella el Catecismo de Ripalda y el Epítome de la
gramática. Nadie conocía mejor las cuatro reglas.
Había aprendido también Juanita algo de geografía y de historia; y ya,
cuando apenas tenía nueve años, recitaba con mucha gracia varios
antiguos romances y no pocas fábulas de Samaniego.
Tiempo hacía que don Pascual no visitaba a Juanita ni a su madre.
Primero, las frecuentes visitas de Antoñuelo le habían espantado.
Después le retrajo más de ir a casa de las dos Juanas el saber que tanto
las frecuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del maestro que
Antoñuelo y don Paco bastaban en aquella casa, y que si él iba estaría
de non y sería un estorbo.
Aquella noche pasó por acaso don Pascual cerca de Juanita, y esta se
dirigió a él diciéndole:
--Buenas noches, maestro. ¿Qué le hemos hecho a usted, que tan caro se
vende y que nos tiene tan olvidadas?
Fueron tantas las cordiales zalamerías de la muchacha, que la
preocupación de que él pudiera ser estorbo se le borró por completo del
magín y acompañó a ambas mujeres durante toda la velada, siendo el
cuarto personaje del grupo.
Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los bancos de piedra que hay
en la plaza. Siempre estaban o iban en medio las dos mujeres, y
alternando, a un lado y otro, ambos galanes.
Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero ninguna de las dos
consintió tamaño despilfarro. Para que don Paco no lo tomase a desaire,
dejó Juana que le comprase un buen puñado de cacahuetes y cotufas, que
se echó en el bolsillo y que iba comiendo. Juanita, que gustaba mucho de
las castañas, como la Amarilis de Virgilio, se avino a que don Pascual
le comprase un cuarterón de pilongas, que también se iba comiendo sin el
menor melindre.
A don Pascual le bastó con una que ella le dio con fineza, porque como
don Pascual no tenía dientes, no la podía roer ni mascar y la tuvo hora
y media en la boca, tratando en balde de ablandarla, y recordando que
sin duda por eso, así como por su baratura, se llaman las castañas
pilongas caramelos de cadete. Agradablemente pasaron, pues, la velada, y
fueron de los que más gozaron en ella, sin perdonar los fuegos con los
que la velada terminó, y que estuvieron espléndidos.
Los galanes, ya cerca de la una, acompañaron a ambas Juanas hasta la
puerta de su casa.
Cada mochuelo a su olivo, como suele decirse. Todos en el lugar se
retiraron a dormir y trataron de dormir profundamente y de prisa, a fin
de estar listos y bien apercibidos, desde muy temprano, para las
magníficas fiestas que había de haber al día siguiente.