XV

Desde el amanecer empezó a solemnizarse el 4 de agosto de manera

estruendosa con repique general de campanas.

Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos,

circulaba por la vía pública, acudía a la plaza, donde seguía la feria

como en la noche antes, o se agolpaba en la carretera por donde había de

ir la procesión, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la

parroquia, y volviendo a entrar en ella después de haber dado gentil

paseo por las calles principales. Estas habían sido bien barridas y

alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesión

se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones,

pendientes de cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras de

damasco encarnado, verde y amarillo, o de colchas de algodón estampado

con enormes floripondios y orladas de rizados y cándidos faralaes.

La población toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la

víspera quedaron abiertas las barberías y afeita que afeita hasta muy

dadas las doce. Los señores más importantes y ricos, cuantos recibían el

tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o

tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con

sus mejores ropas; si eran jóvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o

larga vara de membrillo, oliva o fresno; y si eran ya mayores de edad,

con capa, para el conveniente decoro, por ser por allí la capa el traje

de etiqueta, del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o

derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol

hacía chiribitas.

Las mujeres de todas las clases sociales habían sacado sus trapitos de

cristianar para adornarse aquel día. Ninguna iba con la cabeza

descubierta. Todas, sí no tenían mantilla, llevaban mantones de lana

ligera, o bien pañuelos que denominaban allí _seáticos_, o sea percal

lustrosísimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas,

vestían trajes negros u oscuros de tafetán, de sarga malagueña o de

alepín o de cúbica; y las señoritas, sus hijas, iban con trajes de

muselina o de otras telas aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla,

ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez

y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre,

relucían, junto a las peinetas de carey, las moñas de jazmines, la

albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos,

amarillos, blancos y disciplinados.

Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas

milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias también a otros

caudalosos veneros, que brotan entre rocas al pie de la inmediata

sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los

cuales se riegan huertos, macetas y arriates.

Por entre los hierros de las cancelas que había en las mejores casas se

veían los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las

acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las

paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.

En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caía en

roja taza de bruñido jaspe, o se levantaba gran pirámide de tiestos,

formando compacta masa de flores y verdura.

Las libélulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las

avispas y las abejas zumbaban buscando miel.

El territorio o término de Villalegre confina con la campiña, donde

todas son tierras de pan llevar o baldíos incultos, sin huertas, ni

olivares, ni viñedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual

melonar en las hondonadas. Todo lo demás es en aquella estación pajizo,

ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y

suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan más

por allí y dan mayor sombra son las pitas. Son las más leñosas y

arborescentes los cardos y los girasoles. Así es que en los hogares se

guisa con cierto producto animal, que no sólo da calor, sino perfume,

salvando por el aire una o dos leguas de distancia, de suerte que las

poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de

columbrarse en el horizonte sus campanarios.

Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de

pintados y alegres pajarillos salen a la campiña con el alba, a coger

semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse; pero todos

anidan en el término de Villalegre, y vuelven a él, después de sus

excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbrías, para beber en sus

cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus

chirridos, trinos y gorjeos.

Aquel día, que era en extremo caluroso, o no habían salido las aves a

merodear o habían vuelto tempranito, y trinando y piando, mientras que

arrullaban tórtolas y palomas, hacían salva y música al Santo Patrono,

así en los alrededores como dentro de la misma villa.

Para mayor ornato y esplendor se habían erigido en ella seis triunfales

arcos de lozano y verde follaje.

La procesión salió en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la

mañana. Rompían la marcha el sacristán y los monaguillos, que llevaban

el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y

otro lado de la manga. Después muchísima cera, esto es, multitud de

hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos

aparecían, conducidas en andas, hasta seis imágenes de santos, todas

policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo

Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía

una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo

bendiciones. A sus pies había un perro, muy bien figurado, que llevaba

entre los dientes una antorcha, al parecer encendida, con la cual, según

el sueño de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y

en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con

velas ardiendo, y por último venía una bella efigie de la Virgen, que

estaba sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de plata, lo mismo

que la corona que llevaba la Santísima Celestial Señora.

Era su manto de raso azul celeste, todo él bordado también de plata, y

que había costado un dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo,

apoyado contra el corazón, a un precioso Niño Jesús con la bola del

mundo, que ostentaba la cruz en lo más alto. En la mano derecha llevaba

la Virgen el escapulario del Carmen.

Iban delante de la Virgen, con dalmáticas e incensarios, dos diáconos,

que por allí llaman _jumeones_.

En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofradía,

con túnica de seda azul sobre el frac, y empuñando larga pértiga de

plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doña Inés y

yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldán, uno de cuyos

antepasados había costeado la imagen de la Virgen, así como la de Santo

Domingo, obras ambas de Montañés, según se jactaban de ello los

naturales de Villalegre.

En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa pluvial, aparecía el

padre Anselmo, y en torno de él varios capellanes, así indígenas como

forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos, y

otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnífico palio,

debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado

cura párroco.

Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde

a la cabeza, el cual llevaba bengala con puño y borlas de oro. El

secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva,

elegantísimo, y excitando la envidia de otros señores cuyas levitas o

fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados, y ya que no

con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros

y tal cual lamparón o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que

las que notó y censuró el Cid en el hábito del monje don Bermudo.

El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la procesión por su ausencia.

Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre más

forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era larguísima.

La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetán de diversos y

vivísimos colores. Y era la gala que aquel jayán, cuando había para ello

espacio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo menos cuatro

varas en cuadro, revolotease la bandera girándola en torno, paralela al

suelo, de modo que, agachándose los muchachos y hasta algunos hombres y

mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operación del

revoloteo y el cobijo iba siempre acompañada de un precipitado redoble

de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesiástico y

consagrado a aquel menester.

No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, porque en el pueblo,

desde que se había extinguido la milicia nacional, no había soldados.

Sólo había dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los

_tragalentejas_; que solían venir en lo antiguo de una ciudad cercana,

iban los músicos municipales casi siempre tocando y vistiendo aún el

uniforme de la extinguida milicia.

No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, más o

menos confusamente, que el Santo Patrono había tenido algo de guerrero,

quisieron que aquella pompa fuese más militar, y tuvieron una felicísima

idea. A los soldados romanos que salen allí en las procesiones de Semana

Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmesí y los

convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de

los que los amigos del santo habían metido en costura. Los soldados

romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo había

un santo nacido en él, el cual santo perteneció a la Legión Tebana; y

como en compañía de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino

de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo para hacer los

de los soldados romanos.

En cuanto al traje de los judíos, era tan fantástico, que podía valer

para cualquier época, si bien tenía el inconveniente de ser tan rico y

primoroso, que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo lo podían

costear; así es que había pocos judíos, muchos menos que soldados

romanos; mas no por eso se sometían del todo, sino que de cuando en

cuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosas

escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía y

era como el sainete o parte cómica de la procesión.

Debemos advertir que estos judíos herejes, tan elegantes en el vestir,

gastaban ciertas espantosas carátulas, con enormes narices, a veces como

berenjenas amoratadas y llenas de verrugas, porque los judíos de los

tiempos antiguos eran más feos que los de ahora, si bien entonces tenían

la mar de dinero, cuando se vestían con tanto lujo.

La devota muchedumbre no veía pasar la procesión en reverente y mustio

silencio, sino con alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y

sonoros vivas, entre los cuales se oían a veces proposiciones

candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro

entusiásticas, como, por ejemplo: «¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que

joroba a todos los demonios!» «¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica a

todos los otros santos!»

Para colmo de la devoción y muestras de júbilo, varios mozos tenían

escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones, pero

con mucha pólvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase más

el tronido. En suma, la procesión no dejó nada que desear. El público

quedó muy satisfecho.

Juanita La Larga · 第 18 / 50 题