Desde el amanecer empezó a solemnizarse el 4 de agosto de manera
estruendosa con repique general de campanas.
Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos,
circulaba por la vía pública, acudía a la plaza, donde seguía la feria
como en la noche antes, o se agolpaba en la carretera por donde había de
ir la procesión, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la
parroquia, y volviendo a entrar en ella después de haber dado gentil
paseo por las calles principales. Estas habían sido bien barridas y
alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesión
se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones,
pendientes de cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras de
damasco encarnado, verde y amarillo, o de colchas de algodón estampado
con enormes floripondios y orladas de rizados y cándidos faralaes.
La población toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la
víspera quedaron abiertas las barberías y afeita que afeita hasta muy
dadas las doce. Los señores más importantes y ricos, cuantos recibían el
tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o
tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con
sus mejores ropas; si eran jóvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o
larga vara de membrillo, oliva o fresno; y si eran ya mayores de edad,
con capa, para el conveniente decoro, por ser por allí la capa el traje
de etiqueta, del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o
derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol
hacía chiribitas.
Las mujeres de todas las clases sociales habían sacado sus trapitos de
cristianar para adornarse aquel día. Ninguna iba con la cabeza
descubierta. Todas, sí no tenían mantilla, llevaban mantones de lana
ligera, o bien pañuelos que denominaban allí _seáticos_, o sea percal
lustrosísimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas,
vestían trajes negros u oscuros de tafetán, de sarga malagueña o de
alepín o de cúbica; y las señoritas, sus hijas, iban con trajes de
muselina o de otras telas aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla,
ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez
y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre,
relucían, junto a las peinetas de carey, las moñas de jazmines, la
albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos,
amarillos, blancos y disciplinados.
Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas
milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias también a otros
caudalosos veneros, que brotan entre rocas al pie de la inmediata
sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los
cuales se riegan huertos, macetas y arriates.
Por entre los hierros de las cancelas que había en las mejores casas se
veían los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las
acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las
paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.
En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caía en
roja taza de bruñido jaspe, o se levantaba gran pirámide de tiestos,
formando compacta masa de flores y verdura.
Las libélulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las
avispas y las abejas zumbaban buscando miel.
El territorio o término de Villalegre confina con la campiña, donde
todas son tierras de pan llevar o baldíos incultos, sin huertas, ni
olivares, ni viñedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual
melonar en las hondonadas. Todo lo demás es en aquella estación pajizo,
ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y
suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan más
por allí y dan mayor sombra son las pitas. Son las más leñosas y
arborescentes los cardos y los girasoles. Así es que en los hogares se
guisa con cierto producto animal, que no sólo da calor, sino perfume,
salvando por el aire una o dos leguas de distancia, de suerte que las
poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de
columbrarse en el horizonte sus campanarios.
Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de
pintados y alegres pajarillos salen a la campiña con el alba, a coger
semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse; pero todos
anidan en el término de Villalegre, y vuelven a él, después de sus
excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbrías, para beber en sus
cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus
chirridos, trinos y gorjeos.
Aquel día, que era en extremo caluroso, o no habían salido las aves a
merodear o habían vuelto tempranito, y trinando y piando, mientras que
arrullaban tórtolas y palomas, hacían salva y música al Santo Patrono,
así en los alrededores como dentro de la misma villa.
Para mayor ornato y esplendor se habían erigido en ella seis triunfales
arcos de lozano y verde follaje.
La procesión salió en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la
mañana. Rompían la marcha el sacristán y los monaguillos, que llevaban
el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y
otro lado de la manga. Después muchísima cera, esto es, multitud de
hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos
aparecían, conducidas en andas, hasta seis imágenes de santos, todas
policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo
Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía
una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo
bendiciones. A sus pies había un perro, muy bien figurado, que llevaba
entre los dientes una antorcha, al parecer encendida, con la cual, según
el sueño de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y
en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con
velas ardiendo, y por último venía una bella efigie de la Virgen, que
estaba sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de plata, lo mismo
que la corona que llevaba la Santísima Celestial Señora.
Era su manto de raso azul celeste, todo él bordado también de plata, y
que había costado un dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo,
apoyado contra el corazón, a un precioso Niño Jesús con la bola del
mundo, que ostentaba la cruz en lo más alto. En la mano derecha llevaba
la Virgen el escapulario del Carmen.
Iban delante de la Virgen, con dalmáticas e incensarios, dos diáconos,
que por allí llaman _jumeones_.
En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofradía,
con túnica de seda azul sobre el frac, y empuñando larga pértiga de
plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doña Inés y
yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldán, uno de cuyos
antepasados había costeado la imagen de la Virgen, así como la de Santo
Domingo, obras ambas de Montañés, según se jactaban de ello los
naturales de Villalegre.
En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa pluvial, aparecía el
padre Anselmo, y en torno de él varios capellanes, así indígenas como
forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos, y
otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnífico palio,
debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado
cura párroco.
Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde
a la cabeza, el cual llevaba bengala con puño y borlas de oro. El
secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva,
elegantísimo, y excitando la envidia de otros señores cuyas levitas o
fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados, y ya que no
con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros
y tal cual lamparón o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que
las que notó y censuró el Cid en el hábito del monje don Bermudo.
El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la procesión por su ausencia.
Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre más
forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era larguísima.
La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetán de diversos y
vivísimos colores. Y era la gala que aquel jayán, cuando había para ello
espacio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo menos cuatro
varas en cuadro, revolotease la bandera girándola en torno, paralela al
suelo, de modo que, agachándose los muchachos y hasta algunos hombres y
mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operación del
revoloteo y el cobijo iba siempre acompañada de un precipitado redoble
de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesiástico y
consagrado a aquel menester.
No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, porque en el pueblo,
desde que se había extinguido la milicia nacional, no había soldados.
Sólo había dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los
_tragalentejas_; que solían venir en lo antiguo de una ciudad cercana,
iban los músicos municipales casi siempre tocando y vistiendo aún el
uniforme de la extinguida milicia.
No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, más o
menos confusamente, que el Santo Patrono había tenido algo de guerrero,
quisieron que aquella pompa fuese más militar, y tuvieron una felicísima
idea. A los soldados romanos que salen allí en las procesiones de Semana
Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmesí y los
convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de
los que los amigos del santo habían metido en costura. Los soldados
romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo había
un santo nacido en él, el cual santo perteneció a la Legión Tebana; y
como en compañía de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino
de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo para hacer los
de los soldados romanos.
En cuanto al traje de los judíos, era tan fantástico, que podía valer
para cualquier época, si bien tenía el inconveniente de ser tan rico y
primoroso, que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo lo podían
costear; así es que había pocos judíos, muchos menos que soldados
romanos; mas no por eso se sometían del todo, sino que de cuando en
cuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosas
escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía y
era como el sainete o parte cómica de la procesión.
Debemos advertir que estos judíos herejes, tan elegantes en el vestir,
gastaban ciertas espantosas carátulas, con enormes narices, a veces como
berenjenas amoratadas y llenas de verrugas, porque los judíos de los
tiempos antiguos eran más feos que los de ahora, si bien entonces tenían
la mar de dinero, cuando se vestían con tanto lujo.
La devota muchedumbre no veía pasar la procesión en reverente y mustio
silencio, sino con alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y
sonoros vivas, entre los cuales se oían a veces proposiciones
candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro
entusiásticas, como, por ejemplo: «¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que
joroba a todos los demonios!» «¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica a
todos los otros santos!»
Para colmo de la devoción y muestras de júbilo, varios mozos tenían
escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones, pero
con mucha pólvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase más
el tronido. En suma, la procesión no dejó nada que desear. El público
quedó muy satisfecho.