XIII

Pasaron días y vino el obispo, como se esperaba.

Su señoría ilustrísima bautizó a los niños _moros_, que aguardaban su

venida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirmó a

los no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocos

harto talludos.

Doña Inés se lució dando hospedaje al señor obispo, y este se fue del

lugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que allí

se vivía.

Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena, se consagró con mayor

atención al estudio de la historia contemporánea, y al cabo, auxiliada

por los datos que le suministraba Crispina, y valiéndose de su rara

sagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, a

quien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lo

mismo se calló y no atormentó a su padre con insinuaciones ni bromas. El

asunto no se prestaba a bromas ni a medios términos. La ira de doña Inés

había de estallar y manifestarse de una manera más seria cuando

estuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de tal

la calificaba.

Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuración,

se sentía más enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces

desdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso examen de conciencia

y miraba y cataba la herida de su corazón, como un enfermo contempla con

amargo deleite la llaga o el cáncer que le lastima y en el que prevé la

causa de su muerte.

Toda la vida había sido don Paco el hombre más positivo y menos

romántico que puede imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que se

le había metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía tan

ridículo que, a par que le afectaba dolorosamente, le hacía reír cuando

estaba a solas, con risa descompuesta y que solía terminar en algo a

modo de ataque de nervios.

Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; ya

no veía a Juanita en la fuente y sola, porque él mismo había predicado

para que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a sustraerse a la

obsesión que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a los

perspicaces ojos de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño.

Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa o

duramente, a cuantos mozos la pretendían, y lo que es Antoñuelo iba ya

con menos frecuencia a casa de Juanita. Según en el lugar se sonaba,

andaba él muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto malas

compañías y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegre

no era el único teatro de sus proezas, sino que, a pesar de las

amonestaciones y reprensiones de su padre, a menudo muy duras, se solía

ir de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres días

no aparecía por su casa.

Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía completamente dueño del campo;

pero el campo estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograba

entrar en él y se quedaba fuera como los otros. No desistió por eso de

ir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario.

Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre,

hablaba con Juanita en conversación general, y Juanita hablaba

igualmente y le oía muy atenta manifestándose finísima amiga suya y

hasta su admiradora; pero, como de costumbre también, las miradas

ardientes y los mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin ser

notados y eran machacar en hierro frío, o hacían un efecto muy contrario

al que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal humor,

turbando su franca alegría y refrenando sus expansiones amistosas.

De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaron

algunos días y llegaron los últimos del mes de julio.

Hacía un calor insufrible. Durante el día los pajaritos se asaban en el

aire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la noche

refrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecían la luna y

multitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro, lo

teñían de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados de

oro.

Ambas Juanas no recibían a don Paco en la sala, sino en el patio, donde

se gozaba de mucha frescura y olía a los dompedros, que daban su más

rico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba luisa, que había en

no pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas de

enredadera, que en Andalucía llaman de _pitiminí_, y que trepan por las

rejas de las ventanas, en los cuartos del primer piso, donde dormían

Juanita y su madre.

En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.

Todavía allí, a la luz de un bruñido velón de Lucena, de refulgente

azófar, se jugaba al tute en una mesilla portátil, pero no con la

persistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempre

gastronómicas, suplían la falta del juego. Juana, que era tan

industriosa, solía hacer helado en una pequeña cantimplora que tenía;

pero con más frecuencia se entretenía comiendo ora piñones, ora

almendras y garbanzos tostados, ora flores de maíz, que Juanita tenía la

habilidad de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora altramuces y, a

veces, hasta palmitos cuando los arrieros los traían de la provincia de

Málaga, porque en la de Córdoba no se crían.

Estas rústicas semicenas, dignas de ser celebradas por don Francisco

Gregorio de Salas en su famoso _Observatorio_, deleitaban más a don Paco

que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas de Trimalción o de

Apicio y las modernas de la Maison Dorée o del Café Inglés en París,

pareciéndole mejor aquellos groseros alimentos que la ambrosía que comen

las deidades del Olimpo, ya que Juanita, comiéndolos, les comunicaba

cierta celestial u olímpica naturaleza. Dichas chucherías, apéndices de

la verdadera cena que cada uno había tomado ya en su casa antes de

empezar la tertulia, probaban además, cuando las dos Juanas y don Paco

se las comían, sin el menor susto y sin ninguna mala resulta, que

nuestros tres héroes poseían tres estómagos de los más sanos, eficaces y

potentes que hay en el mundo.

Una noche en que estaban aquellas señoras muy familiares, conversables y

benignas con don Paco, se atrevió este a ofrecer algo que pensaba en

ofrecer tiempo hacía, sin acabar de decidirse por temor de que no

aceptasen su obsequio.

Desechado el temor, dijo al cabo:

--De hoy en ocho días, el cuatro de agosto, habrá grandes fiestas en

este pueblo. Habrá procesión, feria, velada, función de iglesia y

sermón, que predicará el padre Anselmo, contando y celebrando la vida y

milagros del glorioso Santo Domingo de Guzmán, nuestro patrono y abogado

en el cielo. Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, por el

estilo de la de estos mantones que llaman de espumilla o de Manila.

Carece de bordados y es de color verde oscuro. Me la envió meses ha de

regalo mi sobrino Jacinto, que está en Filipinas empleado en Hacienda.

Tiempo hay todavía de hacer con esta tela un precioso vestido de mujer.

¿Y quién lo llevaría con más garbo y lucimiento que Juanita, si aceptase

mi presente? La tela es pintiparada para hacer el traje, y si ustedes

quieren darse prisa, aún tienen tiempo de sobra.

Madre e hija dieron mil gracias a don Paco por su buena intención,

mostrando repugnancia en aceptar por el qué dirán y sosteniendo que

cuando viesen a Juanita con traje tan lujoso todo el lugar se

alborotaría, adivinaría que la seda era regalo de don Paco y él y ellas

darían una estruendosa campanada.

Nada contestó don Paco a tan juiciosos razonamientos; pero hizo algo más

elocuente y persuasivo. Tomó de una silla un paquete que había traído

recatadamente envuelto en un pañuelo, y desdoblándolo, mostró la tela a

la luz del velón.

Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; la calificaron de divina. Los

ojos y el alma se les iban en pos de la tela. En suma, no pudieron

resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mostrarse más difícil y

Juanita tuvo que ceder y que aceptar antes que ella.

No bien se fue don Paco, a eso de las doce, Juanita dijo a su madre.

--Yo no he sabido resistir. La tela es encantadora. Lo que más me agrada

de ella es su flexibilidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se

ceñirá muy bien al cuerpo y se podrá dar mucho vuelo a las faldas, que

formarán pliegues muy graciosos. Vamos..., he caído en la tentación.

¿Qué no van a murmurar y a morder las envidiosas cuando me vean tan

peripuesta y tan guapa ir a la función de iglesia el día de Santo

Domingo? Porque tú, mamá, irás con tu mantilla de tul bordado, y me

emprestarás o me regalarás la otra que tienes de madroños, que me está

como pintada. Varias veces la he sacado del fondo del arca y me la he

probado, mirándome al espejo. Mucho van a rabiar cuando me vean tan maja

las hijas del escribano, que gastan tanta fantasía como si fueran dos

marquesas, aunque son dos esperpentos y van siempre mal pergeñadas.

--Sí, hija; pues la menor está tan escuchimizada que parece una lombriz

de caño sucio, y la otra es tan pequeñuela y tan gorda como una bolita.

Si llega a casarse, a tener hijos y a engordar más, perderá la forma de

mujer y se convertirá en cochinillo de San Antón. Pero, dejando esto a

un lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos la más tremenda

envidia y nos pondrán como un regalado trapo.

--Pecho al agua y preparémonos para la lucha. ¿Qué podrán decir de mí?

¿Que don Paco me viste? Pues yo voy a vestir a don Paco..., y patas.

Mira: con mis ahorrillos iré mañana a la tienda del _Murciano_ y

compraré paño de Tarrasa o del mejor que tenga. Calcula tú cuántas

varas se necesitan. El tiene gabina, castora o como se llame; pero su

levita, aunque no se la pone más que diez o doce veces al año, está ya

desvergonzada de puro raída. Sin chistar, con mucho sigilo, vamos tú y

yo a hacerle una levita nueva, según el último figurín de _La Moda

Elegante e Ilustrada_ que recibiste de Madrid el otro día. Como tú

tienes las medidas de don Paco y eres muy hábil, la levita, sin

probársela ni nada, le caerá muy bien, y ya verás con qué majestad y con

qué chiste la luce en la procesión, cuando marche en ella entre los

demás señores del Ayuntamiento. Así no seré yo sola, sino él también,

quien estrene prenda en tan solemne día.

--Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el fuego, sino echarle leña

para que arda más. Si han de murmurar como uno al verte con el vestido

nuevo, murmurarán como dos al ver con levita nueva a don Paco.

--Pues que murmuren. Lo que yo me propongo al regalar la levita, además

de la satisfacción que me cause el obsequiar a don Paco, es que nadie me

acuse, y sobre todo, que no me acuse yo misma de tener el vestido sin

dar en pago algo equivalente.

Decididas así las cosas, al otro día se compró el paño. Juana cortó con

segura destreza la levita y el traje de mujer, y madre e hija y dos

oficialas trabajaron con tal ahínco, que el tres de agosto, víspera del

santo, levita y vestido de mujer estaban terminados.

Juanita La Larga · 第 16 / 50 题