Pasaron días y vino el obispo, como se esperaba.
Su señoría ilustrísima bautizó a los niños _moros_, que aguardaban su
venida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirmó a
los no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocos
harto talludos.
Doña Inés se lució dando hospedaje al señor obispo, y este se fue del
lugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que allí
se vivía.
Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena, se consagró con mayor
atención al estudio de la historia contemporánea, y al cabo, auxiliada
por los datos que le suministraba Crispina, y valiéndose de su rara
sagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, a
quien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lo
mismo se calló y no atormentó a su padre con insinuaciones ni bromas. El
asunto no se prestaba a bromas ni a medios términos. La ira de doña Inés
había de estallar y manifestarse de una manera más seria cuando
estuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de tal
la calificaba.
Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuración,
se sentía más enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces
desdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso examen de conciencia
y miraba y cataba la herida de su corazón, como un enfermo contempla con
amargo deleite la llaga o el cáncer que le lastima y en el que prevé la
causa de su muerte.
Toda la vida había sido don Paco el hombre más positivo y menos
romántico que puede imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que se
le había metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía tan
ridículo que, a par que le afectaba dolorosamente, le hacía reír cuando
estaba a solas, con risa descompuesta y que solía terminar en algo a
modo de ataque de nervios.
Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; ya
no veía a Juanita en la fuente y sola, porque él mismo había predicado
para que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a sustraerse a la
obsesión que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a los
perspicaces ojos de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño.
Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa o
duramente, a cuantos mozos la pretendían, y lo que es Antoñuelo iba ya
con menos frecuencia a casa de Juanita. Según en el lugar se sonaba,
andaba él muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto malas
compañías y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegre
no era el único teatro de sus proezas, sino que, a pesar de las
amonestaciones y reprensiones de su padre, a menudo muy duras, se solía
ir de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres días
no aparecía por su casa.
Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía completamente dueño del campo;
pero el campo estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograba
entrar en él y se quedaba fuera como los otros. No desistió por eso de
ir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario.
Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre,
hablaba con Juanita en conversación general, y Juanita hablaba
igualmente y le oía muy atenta manifestándose finísima amiga suya y
hasta su admiradora; pero, como de costumbre también, las miradas
ardientes y los mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin ser
notados y eran machacar en hierro frío, o hacían un efecto muy contrario
al que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal humor,
turbando su franca alegría y refrenando sus expansiones amistosas.
De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaron
algunos días y llegaron los últimos del mes de julio.
Hacía un calor insufrible. Durante el día los pajaritos se asaban en el
aire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la noche
refrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecían la luna y
multitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro, lo
teñían de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados de
oro.
Ambas Juanas no recibían a don Paco en la sala, sino en el patio, donde
se gozaba de mucha frescura y olía a los dompedros, que daban su más
rico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba luisa, que había en
no pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas de
enredadera, que en Andalucía llaman de _pitiminí_, y que trepan por las
rejas de las ventanas, en los cuartos del primer piso, donde dormían
Juanita y su madre.
En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.
Todavía allí, a la luz de un bruñido velón de Lucena, de refulgente
azófar, se jugaba al tute en una mesilla portátil, pero no con la
persistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempre
gastronómicas, suplían la falta del juego. Juana, que era tan
industriosa, solía hacer helado en una pequeña cantimplora que tenía;
pero con más frecuencia se entretenía comiendo ora piñones, ora
almendras y garbanzos tostados, ora flores de maíz, que Juanita tenía la
habilidad de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora altramuces y, a
veces, hasta palmitos cuando los arrieros los traían de la provincia de
Málaga, porque en la de Córdoba no se crían.
Estas rústicas semicenas, dignas de ser celebradas por don Francisco
Gregorio de Salas en su famoso _Observatorio_, deleitaban más a don Paco
que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas de Trimalción o de
Apicio y las modernas de la Maison Dorée o del Café Inglés en París,
pareciéndole mejor aquellos groseros alimentos que la ambrosía que comen
las deidades del Olimpo, ya que Juanita, comiéndolos, les comunicaba
cierta celestial u olímpica naturaleza. Dichas chucherías, apéndices de
la verdadera cena que cada uno había tomado ya en su casa antes de
empezar la tertulia, probaban además, cuando las dos Juanas y don Paco
se las comían, sin el menor susto y sin ninguna mala resulta, que
nuestros tres héroes poseían tres estómagos de los más sanos, eficaces y
potentes que hay en el mundo.
Una noche en que estaban aquellas señoras muy familiares, conversables y
benignas con don Paco, se atrevió este a ofrecer algo que pensaba en
ofrecer tiempo hacía, sin acabar de decidirse por temor de que no
aceptasen su obsequio.
Desechado el temor, dijo al cabo:
--De hoy en ocho días, el cuatro de agosto, habrá grandes fiestas en
este pueblo. Habrá procesión, feria, velada, función de iglesia y
sermón, que predicará el padre Anselmo, contando y celebrando la vida y
milagros del glorioso Santo Domingo de Guzmán, nuestro patrono y abogado
en el cielo. Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, por el
estilo de la de estos mantones que llaman de espumilla o de Manila.
Carece de bordados y es de color verde oscuro. Me la envió meses ha de
regalo mi sobrino Jacinto, que está en Filipinas empleado en Hacienda.
Tiempo hay todavía de hacer con esta tela un precioso vestido de mujer.
¿Y quién lo llevaría con más garbo y lucimiento que Juanita, si aceptase
mi presente? La tela es pintiparada para hacer el traje, y si ustedes
quieren darse prisa, aún tienen tiempo de sobra.
Madre e hija dieron mil gracias a don Paco por su buena intención,
mostrando repugnancia en aceptar por el qué dirán y sosteniendo que
cuando viesen a Juanita con traje tan lujoso todo el lugar se
alborotaría, adivinaría que la seda era regalo de don Paco y él y ellas
darían una estruendosa campanada.
Nada contestó don Paco a tan juiciosos razonamientos; pero hizo algo más
elocuente y persuasivo. Tomó de una silla un paquete que había traído
recatadamente envuelto en un pañuelo, y desdoblándolo, mostró la tela a
la luz del velón.
Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; la calificaron de divina. Los
ojos y el alma se les iban en pos de la tela. En suma, no pudieron
resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mostrarse más difícil y
Juanita tuvo que ceder y que aceptar antes que ella.
No bien se fue don Paco, a eso de las doce, Juanita dijo a su madre.
--Yo no he sabido resistir. La tela es encantadora. Lo que más me agrada
de ella es su flexibilidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se
ceñirá muy bien al cuerpo y se podrá dar mucho vuelo a las faldas, que
formarán pliegues muy graciosos. Vamos..., he caído en la tentación.
¿Qué no van a murmurar y a morder las envidiosas cuando me vean tan
peripuesta y tan guapa ir a la función de iglesia el día de Santo
Domingo? Porque tú, mamá, irás con tu mantilla de tul bordado, y me
emprestarás o me regalarás la otra que tienes de madroños, que me está
como pintada. Varias veces la he sacado del fondo del arca y me la he
probado, mirándome al espejo. Mucho van a rabiar cuando me vean tan maja
las hijas del escribano, que gastan tanta fantasía como si fueran dos
marquesas, aunque son dos esperpentos y van siempre mal pergeñadas.
--Sí, hija; pues la menor está tan escuchimizada que parece una lombriz
de caño sucio, y la otra es tan pequeñuela y tan gorda como una bolita.
Si llega a casarse, a tener hijos y a engordar más, perderá la forma de
mujer y se convertirá en cochinillo de San Antón. Pero, dejando esto a
un lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos la más tremenda
envidia y nos pondrán como un regalado trapo.
--Pecho al agua y preparémonos para la lucha. ¿Qué podrán decir de mí?
¿Que don Paco me viste? Pues yo voy a vestir a don Paco..., y patas.
Mira: con mis ahorrillos iré mañana a la tienda del _Murciano_ y
compraré paño de Tarrasa o del mejor que tenga. Calcula tú cuántas
varas se necesitan. El tiene gabina, castora o como se llame; pero su
levita, aunque no se la pone más que diez o doce veces al año, está ya
desvergonzada de puro raída. Sin chistar, con mucho sigilo, vamos tú y
yo a hacerle una levita nueva, según el último figurín de _La Moda
Elegante e Ilustrada_ que recibiste de Madrid el otro día. Como tú
tienes las medidas de don Paco y eres muy hábil, la levita, sin
probársela ni nada, le caerá muy bien, y ya verás con qué majestad y con
qué chiste la luce en la procesión, cuando marche en ella entre los
demás señores del Ayuntamiento. Así no seré yo sola, sino él también,
quien estrene prenda en tan solemne día.
--Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el fuego, sino echarle leña
para que arda más. Si han de murmurar como uno al verte con el vestido
nuevo, murmurarán como dos al ver con levita nueva a don Paco.
--Pues que murmuren. Lo que yo me propongo al regalar la levita, además
de la satisfacción que me cause el obsequiar a don Paco, es que nadie me
acuse, y sobre todo, que no me acuse yo misma de tener el vestido sin
dar en pago algo equivalente.
Decididas así las cosas, al otro día se compró el paño. Juana cortó con
segura destreza la levita y el traje de mujer, y madre e hija y dos
oficialas trabajaron con tal ahínco, que el tres de agosto, víspera del
santo, levita y vestido de mujer estaban terminados.