XII

La víspera de la llegada del obispo, que fue el 15 de julio, víspera

también de la Virgen del Carmen, Juana había trabajado ya mucho, sudando

el quilo para condimentar los manjares y las golosinas, y hasta para

disponer el aparato y la magnificencia que habían de desplegarse en la

recepción y en el hospedaje de su señoría ilustrísima, y en el refresco

y ambigú que había de darse en aquella casa a todo lo más granado e

ilustre de la villa, después de terminadas las cristianas ceremonias de

la confirmación y del bautismo. En ella, doña Inés iba a dar al señor

obispo más trabajo que nadie, pues tenía siete chiquillos no confirmados

aún, y uno todavía _moro_, como apellidan en Andalucía a todo ser humano

antes de recibir el agua sacramental que le trae al gremio de la

Iglesia.

La noche del 15 de julio hacía muchísimo calor. A eso de las nueve, don

Paco, según costumbre, se fue de tertulia a casa de Juana la Larga; pero

Juana seguía trabajando aún en la de los señores de Roldán, y Juanita

estaba sola con la criada, tomando el fresco en la reja de su sala baja.

La vio don Paco, y llegó a hablarle antes de dirigirse a la puerta.

Juanita, después de los saludos de costumbre, dijo a don Paco, que

pretendía que le abriese:

--Mi madre no ha vuelto aún. No sé cuándo volverá. Estando yo sola no

me atrevo a abrir a usted la puerta y a dejarle entrar. La gente murmura

ya contra nosotros, y murmurará mil veces más si yo tal cosa hiciera.

Váyase usted, pues, y perdóneme que no le reciba.

Ninguna objeción acertó a poner don Paco, convencido de lo puesta en

razón que estaba Juanita. Solamente le dijo:

--Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato.

Aunque la gente nos vea, ¿qué podrán decir?

--Podrán decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podrán

creer que yo interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, y

podrán censurar que pudiendo ser yo nietecita de usted, tire a ser su

novia y tal vez su amiga. Con esta suposición me sacarán todos el

pellejo a túrdigas; y si llega a oídos de su hija de usted, mi señora

doña Inés López de Roldán y otras hierbas, que usted y yo estamos aquí

pelando la pava, será capaz de venir, aunque se halla delicada y

convaleciente, y nos pelará o nos desollará a ambos, ya que no envíe por

aquí al señor cura acompañado del monaguillo, con el caldero y el hisopo

del agua bendita, no para que nos case, sino para que nos rocíe y

refresque con ella, sacándonos los demonios del cuerpo.

--Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero el

león como lo pintan. Y si tú gustases un poquito de mí, y mi

conversación te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías tanto

miedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de los

exorcismos del cura.

--¿Y de dónde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato de

palique? Pocas cosas encuentro yo más divertidas que la conversación de

usted, y además siempre aprendo algo y gano oyéndole hablar. Yo soy

ignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaña, me parece

que no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor que

tienen sus palabras.

--Entonces, ¿cómo es que no me quieres?

--Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres se trata?

--De amor.

--Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene el

padre Anselmo a su breviario, como el que tiene doña Inés a sus libros

devotos o como el que tiene usted a las leyes o a los reglamentos que

estudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quieren

esos libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yo

en oír a usted cuando habla.

--Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me matas a la vez. Yo no

quiero instruirte, sino enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tu

novio.

--Jesús, María y José. ¿Está usted loco, don Paco? ¿En qué vendría a

parar, qué fin que no fuera desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No le

tiemblan a usted las carnes al figurarse la estrepitosa cencerrada que

nos darían si nos casáramos? Y si el noviazgo no terminase en

casamiento, ¿adónde iría yo a ocultar mi vergüenza, arrojada de este

pueblo por seductora de señores ancianos?

Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendió mucho a don Paco en

aquella ocasión, y muy picado, y con tono desabrido, exclamó haciendo

demostración de retirarse:

--Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellos

por mi culpa. Adiós, Juanita.

--Deténgase usted, don Paco; no se vaya usted enojado contra mí. ¿No

conoce usted muy a las claras que yo le quiero de corazón y que mi mayor

placer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, procuro no retener a

usted con esperanzas vanas. Mucho me pesaría de que usted me acusase un

día de que yo le engañaba. Por esto digo a usted que de amor no le

quiero y me parece que no le querré nunca. Pero lo que es por amistad,

debe usted contar conmigo hasta la pared de enfrente. ¿Por qué no se

contenta usted con esa amistad? ¿Por qué me pide usted lo que no puedo

ni debo darle? No sería flojo el alboroto que se armaría en el pueblo si

usted y yo fuésemos novios y sí el noviazgo se supiese.

Don Paco se atrevió a decir entonces, en mala hora y con poco acierto:

--¿Pues qué necesidad hay de que nuestro noviazgo se sepa?

--Y usted, ¿por quién me toma para insinuar ese sigilo, dado que sea

posible? Sólo se oculta lo poco decente, y, por tanto, yo no he de

ocultar nada aunque pueda. Si me decidiese yo a ser novia de usted,

sería por considerarlo bueno y honrado, y en vez de ocultarlo como fea

mancha, lo pregonaría y lo dejaría ver a todos con más orgullo que si

enseñase una joya, jactándome de ello, en vez de andar con tapujos. Ya

sabe usted mi modo de pensar. Nada más tenemos que decirnos. Ahora, lo

repito, váyase usted y déjeme tranquila. Malo es siempre dar que hablar;

pero dar que hablar sin motivo es malo y tonto.

Don Paco depuso el enojo, no acertó a responder a Juanita con ninguna

frase concertada y se fue, despidiéndose de ella resignado y triste.

Juanita La Larga · 第 15 / 50 题