Doña Inés López de Roldán distaba mucho de ser una lugareña vulgar y
adocenada. Era, por el contrario, distinguidísima; y en su tanto de
méritos mirados, o sea guardando la debida proporción, pudiéramos
calificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Récamier aldeana.
Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas y
en fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada,
ayudándola en este ejercicio el señor don Andrés Rubio. No descuidaba
ella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, y
todo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tenía, el mayor
de ocho años; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores,
entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tenía en el
extremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasen
con sus chillidos y gritería, ya sus solitarias meditaciones, ya sus
lecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con el
cacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla.
A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno,
mandaba acostar a los niños, y desde entonces, hasta las once, y a veces
hasta más tarde, tenía tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cual
rara vez asistía el señor Roldán, que no presumía ni podía presumir de
discreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban y
enorgullecían, pero al mismo tiempo le excitaban al sueño.
En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aun
de la administración de la hacienda, de la que suavemente había
despojado a su marido por no considerarle capaz, doña Inés solía
ocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espíritu. Rara vez
perdía su tiempo en leer novelas, condenándolas por insípidas o
inmorales y libidinosas. De la poesía no era muy partidaria tampoco, y
sin plagiar a Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese preceptuado,
desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptores
de las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religión y de la paz
que debe reinar en las bien concertadas repúblicas; pero en cambio,
doña Inés leía Historia de España y de otros países y, sobre todo,
muchos libros de devoción. El cura la admiraba tanto al oírle hablar de
teología que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y su
cabeza con el bonete y la borla.
Era tan grande la actividad de doña Inés, que a pesar de tan varias
ocupaciones, aún le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo de
enterarse a fondo de la historia contemporánea y local, que tenía para
ella más atractivos que la Historia Universal o de épocas y países
remotos.
Para conocer bien esta historia contemporánea y local y ejercer sobre
los hechos la más severa crítica, se valía doña Inés de diferentes
medios, siendo el más importante una criada antigua, que hacía recados,
que entraba y salía por todas partes y que se llamaba Crispina, émula en
su favor y privanza de Serafina, la doncella.
Gracias a Crispina, doña Inés estaba al corriente de los noviazgos que
había en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistades
y enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo que
este debía y de lo que aquel había dado a premio, y hasta de lo que
comía o gastaba en comer cada familia. A los que comían bien, doña Inés
los censuraba por su glotonería y despilfarro, y a los que comían poco y
mal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes.
No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener noticia de las aficiones
de su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas.
Muchísimo la molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente la
apellidaba; pero disimuló y se reportó durante muchos días, sin decir
nada a su padre. Doña Inés estaba muy adelantada en sus concebidas
esperanzas de octavo vástago, y en tal delicada situación se cuidaba
mucho y procuraba no alterarse por ningún motivo, para que las dichas
esperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizándose de un
modo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doña
Inés no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tenía guardada y
seguía observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia de
que era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretendía o cortejaba.
Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doña Inés, porgue no podía
entrar en su cabeza que su padre intentase jamás contraer segundas
nupcias con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba en este muy
ásperamente era la inmoralidad y el escándalo de unas relaciones
amorosas contraídas por hombre que tenía más de medio siglo y que iba a
ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba también la condición harto
plebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignos
de aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido con
alguna hidalga recatada y de su posición, como había dos o tres en el
lugar, que, según pensaba doña Inés, hubieran abierto a don Paco, si él
hubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba,
pues, doña Inés de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Le
dolía asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga,
suponiendo, según las noticias que le trajo Crispina, que gastaba mucho
más de lo que ganaba.
--¿Conque juega al tute con ella?
--Sí, señora--contestó Crispina--. Y ya por echarla de fino, ya porque
está embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a medio
morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganándole
diez o doce reales cada noche. Además, los regalos de don Paco llueven
sin descampar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya una docena de
morcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced,
hecho por el hombre que viene expresamente desde Córdoba a hacerlo a
esta casa.
Lo de que don Paco hubiese regalado también parte de su chocolate irritó
ferozmente a doña Inés; lo consideró una verdadera profanación y casi le
hizo perder los estribos; pero al fin pensó en la situación en que se
encontraba, ya fuera de cuenta, y logró reportarse. Su moderación y sus
cuidados no fueron inútiles.
El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, sintió doña Inés desde muy de
mañana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquel
mismo día a un hermoso niño. La madre y el señor Roldán decidieron que
debía llamarse Pedro, en honor del Príncipe de los apóstoles en cuyo día
había nacido y del que eran muy devotos. El señor don Andrés Rubio
prometió tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como el
infante fue robustísimo y el médico asegurase que no corría peligro su
vida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, así porque
ya estaría levantada la señora doña Inés y podría asistir a las fiestas
que se hiciesen, como porque para entonces se realizaría la anunciada
visita del señor obispo, el cual, a más de confirmar a todos los
muchachos que no lo estuviesen, les haría la honra de bautizar al futuro
Periquito.
El obispo sería hospedado en casa de los señores de Roldán los tres o
cuatro días que estuviese en Villalegre. Doña Inés, por tanto, pensando
en los preparativos y en todos los medios que había de emplear para
hacer con lucimiento recepción tan honrosa, perseveró en refrenar su ira
contra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Y
disimulando el odio que le había tomado, no quiso dejar de valerse de
ella en ocasión de tanto empeño. Ya la había llamado el día del
alumbramiento, porque bien sabía por experiencia que no había en el
mundo conocido más hábil comadre que Juana.
Y como tampoco había por allí mujer tan dispuesta para preparar y
dirigir los festines, con tiempo comprometió a Juana a fin de que desde
dos días antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volver
a la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo.
Juana prometió hacerlo así y lo cumplió muy gustosa.