IX

Reza el refrán, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana la

Larga, sobre ser honrada, rayando su honradez en austeridad para que se

borrase la mala impresión de sus deslices juveniles, era además, una

matrona llena de discreción y de juicio, y sabía que el mencionado

refrán se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababa

de presentar, en vez de no caber en un saco, el provecho no podía ser

sin la honra, y la honra tenía que producir naturalmente el provecho.

Si Juanita se dejaba camelar a tontas y a locas, se exponía a dar al

traste con su reputación y a ser el blanco de las más feroces

murmuraciones y a perder siempre la esperanza de hallar un buen marido.

Y todo ello por unas cuantas chucherías y regalillos de mala muerte.

Mientras que si Juanita acertaba a ser rígida sin disgustar y ahuyentar

al pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor favor de

importancia antes que el cura diese en la iglesia el pasaporte para los

favores, convirtiéndolos en actos de deber y cargas de justicia, harto

posible era que don Paco se emberrenchinase hasta tal punto que entrase

por el aro, rompiendo todo el tejido de dificultades que al aro pusiesen

doña Inés y otras personas, y elevando a Juanita a ser legítimamente la

señora del personaje más importante del lugar, después de don Andrés

Rubio, el cacique.

Con tales pensamientos en la mente, a par que con notable destreza, y

desarrollando la cinta que estaba enrollada en una carretilla, tomó

Juana a don Paco las medidas convenientes. Estuvo con él más dulce que

una arropía, y aunque le dijo que no tenía que venir a su casa para

probarse la primera camisa, porque cuando estuviese medio hecha o

hilvanada se la enviaría para la prueba, le convidó a que algunas

noches, de nueve a once, cuando no tuviese nada mejor que hacer,

viniese, sí quería, un rato de tertulia a su casa, porque ni ella ni

Juanita gustaban de acostarse temprano, y aunque estaban casi siempre

solas, velaban hasta las doce. Juanita cosía o bordaba; pero como esto

se hace con las manos, su lengua quedaba expedita y charlaba más que una

cotorra.

--Yo--añadía Juana la Larga--no coso ni bordo de noche, porque tengo la

vista perdida, y así estoy mano sobre mano o paso las cuentas de mí

rosario y rezo. Si alguna vez está usted de mal humor, podemos echar

juntos cuatro o cinco manos de tute, que yo sé que a usted le agrada. A

mí me agrada también, pero mi mala suerte y mis cortos medios no me

permiten jugarlo más que a real cada juego. Y aun así, si se le da a una

muy mal, bien puede perder veinte o treinta reales en una noche, como

quien no quiere la cosa.

Ya se comprende que don Paco aceptó el convite y fue de tertulia a casa

de Juana; al principio, de cuando en cuando; al cabo de poco tiempo,

todas las noches. Casi siempre jugaba al tute y perdía. Sus pérdidas

podían evaluarse, una noche con otra, en una peseta diaria. Todo, no

obstante, lo daba don Paco por bien empleado.

Las camisas estuvieron pronto concluidas y don Paco quedó muy

satisfecho. En la vida se había puesto otras que mejor le sentasen.

No las hubiera hecho más lindas el camisero más acreditado de París. Las

lustrosas pecheras no hacían una arruga; los cuellos eran derechos, a la

diplomática, y los puños muy bonitos y para los botones que en el día se

estilan, Juana le regaló, en compensación de los muchos regalos que de

él recibía, un par de botones preciosos de plata sobredorada que mercó

en la tienda del _Murciano_, tienda bien abastecida, y donde, según

dicen por allí, había de cuanto Dios crió y de cuanto puede imaginar,

forjar, tejer y confeccionar la industria humana: naipes, fósforos,

telas de seda, lana y algodón, especiería, quesos, garbanzos y

habichuelas, ajonjolí, matalahúva y otras semillas. Casi eran los únicos

artículos que allí faltaban las carnes de vaca y de carnero y toda la

pasmosa variedad de sabrosos productos que resultan de la matanza y

sacrificio de los cerdos.

Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute,

Juanita rara vez suspendía su costura o su bordado; pero, sin

suspenderlos, solía tomar parte en la conversación del modo más

agradable. Nadie venía a interrumpir esta tertulia de los tres, salvo

Antoñuelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y de

mal humor.

Crecía este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tute

y Juana le acusaba las cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca de

Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosía, y ambos

cuchicheaban con mucha animación y en voz tan baja, que don Paco no

podía pescar ni palabra de lo que decían. Con esto se ponía como sobre

ascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese el

disimulo.

Entonces don Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del mismo palo

y se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y él

tenía el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. Así es que las

noches en que venía Antoñuelo a la tertulia, sobre la desazón que daba a

don Paco, le hacía perder un par de pesetas y hasta tres a veces.

Viniese o no viniese Antoñuelo a la tertulia, Juana la Larga estaba

siempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas con

Juanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antoñuelo enredándose en

cuchicheos con la hija.

Alguna vez que lo intentó, hablando bajo a Juanita, esta le contestó

alto, haciendo la conversación general y despojándola de todo misterio.

Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo venía, rodear las cosas

de suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando al

tute con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía jugar al tute y

daba a entender que nada tenía que decir a Juana.

Con frecuencia salía don Paco tan cargado de esta tertulia, que se

proponía y casi resolvía no volver a ella o, al menos, ir poco a poco

retirándose. Pero ya había tomado la maldita costumbre de ir, y todas

las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de ánimas a

hormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronunciándose y

rebelándose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encanto

a casa de ambas Juanas.

X

Pronto notaron todos los vecinos, cundiendo la noticia por el resto de

la población, las constantes visitas nocturnas de don Paco; pero como

Antoñuelo solía ir también, y entre don Paco y Juanita había tan grande

desproporción de edad, la gente murmuradora lo explicó todo suponiendo

que Antoñuelo era novio de Juanita, y que don Paco tenía o trataba de

tener relaciones amorosas con la madre, la cual, a pesar de sus cuarenta

y cinco años y de los muchos trabajos y disgustos que había pasado en

esta vida, apenas tenía canas, y estaba ágil, esbelta, y aunque de

pocas, de bien puestas, frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes.

La austeridad esquiva de Juana la Larga durante muchos años, desde que

tuvo su juvenil tropiezo, no pudo en esta ocasión eximirla de la

maledicencia. La gente decía que al fin se había dejado tentar y lo daba

todo por hecho. Cuando veía la gente que Antoñuelo y don Paco iban a las

nueve a la casa y permanecían allí hasta cerca de las doce, no juzgaba

aquella tertulia tan inocente como era en realidad, y la calificaba de

amor por partida doble.

Las bromas que sobre ello dieron a don Paco algunos de sus amigos le

soliviantaron bastante.

Así es que, excitado, si bien no tenía derecho para pedir explicaciones,

con más o menos disimulados rodeos, y cuando Antoñuelo no estaba

presente, se atrevió a pedirlas y a indagar por qué venía Antoñuelo con

tanta frecuencia y de qué trataba con Juanita en sus largos apartes y

cuchicheos.

Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa más natural

y sencilla, lo explicaban todo, afirmando que Juanita y Antoñuelo eran

exactamente de la misma edad, se habían criado juntos desde que estaban

en pañales y podían considerarse como hermanos.

Añadían ambas que Antoñuelo era travieso y muy tronera, que daba a su

padre grandes desazones, que de él podían temerse mayores males aún y

que a Juanita ni remotamente le convenía para novio; pero ella no

acertaba a prescindir del cariño fraternal que le tenía, ni a prohibirle

que viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos y

amonestaciones, los cuales eran el asunto de los cuchicheos.

Don Paco aparentaba aquietarse al oír tal explicación; pero en realidad

no se aquietaba; y mostrando el verdadero interés que el buen nombre de

Juanita le inspiraba, insinuaba que, aunque todo fuese moral e

inocentísimo, convenía, a fin de evitar el qué dirán, no recibir a

Antoñuelo con tanta frecuencia.

Los sermones que predicaba don Paco, más que morales conducentes a

observar el decoro de Juanita, no se puede decir que fueron predicados

en desierto. Poco a poco dejaron de menudear las visitas de Antoñuelo;

sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y visitas

vinieron a ser raros.

Esto dio ánimo a don Paco. Creyó notar que se prestaba dócil oído a sus

cariñosas reprimendas, y se atrevió a predicar también sobre otro punto.

En extremo gustaba él de ver a Juanita charlar en la fuente o subir la

cuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre la

gentil cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, y

más majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que también lavaba la

ropa cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por el suelo, solían

hacerlo las princesas, allá en los siglos de oro.

Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, entendimiento de amor de

hermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que no

tenía el liviano, provocativo y sucio movimiento de caderas y los

pasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andar

sereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía de

andar Diana Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquises

en las selvas que rodeaban a Cartago.

En Villalegre se gastaban corsés, y hasta era Juana la Larga quien mejor

los hacía; pero la indómita Juanita nunca quiso meterse en semejante

apretura ni llevar aquel cilicio que para nada necesitaba ella y que

entendía que hubiera desfigurado su cuerpo. Sólo llevaba, entre el

ligero vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justillo

o corpiño sin hierros ni ballenas, cosa que bastaba a ceñir la estrecha

y virginal cintura, dejando libre lo demás que, derecho y firme, no había

menester de sostén ni apoyo.

En el espíritu de don Paco pudo, sin embargo, más que el deleite de ver

a Juanita en la fuente o volviendo del albercón, la idea de que, estando

ya muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar a la princesa

Nausicaa, sin rebajarse o avillanarse demasiado; y así, aconsejó y

amonestó tantas veces y con tan discretas razones a Juanita para que no

fuese a la fuente, apoyándole siempre la madre de ella, que Juanita

cedió, al cabo, y dejó de ir a la fuente y al albercón, retrayéndose,

además, de otros varios ejercicios y faenas que no son propios de una

señorita.

Juanita La Larga · 第 13 / 50 题