La salida del buque fué precedida de una confusión clamorosa y triunfal.

Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle

para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡_hocs_!

incesantes al Káiser, cánticos del _Hüber Alles_. Además, gran afluencia

de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se

marchaban; haces de flores enormes, como gavillas de trigo; cajas de

chocolates que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados

como banderas...

Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no

conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un

[Illustration]

encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba

deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del

río de la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.

Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo

qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre

varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que

habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de

violenta novedad, “modelos únicos”, encargados, sin duda, por cable a

París apenas la familia decidió el viaje.

El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el

presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al

salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos

visto aún los retratos de Lloyd George!...

Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables,

rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso

del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y

hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me

acogieron con una indiferencia cortés.

Era la familia más importante de a bordo por el número de sus

individuos y por su lujosa instalación.

Doña Zoila y su esposo habitaban un amplio dormitorio, con salón propio

y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres

amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además,

formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al

servicio de las señoritas: una parienta, pobre, de doña Zoila, que no se

dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas

en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una

vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de

Pedraza y seguía la familia a todas partes, como un recuerdo histórico

de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas,

ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las

mejores habitaciones.

La señora y señoritas de Pedraza viajaban “a la ligera”, según

declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su

vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las

puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso

numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del

equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba

a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar

de vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían

resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se

habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por

cada una de ellas, ¡y eran siete!...

Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas

las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas luego juntas

en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores

bailaban en el gran salón o en la cubierta cuando los camareros del

vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda,

otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para

cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito

juvenil, excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi

siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este líquido

con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.

En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de

a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en

sus paseos por el buque.

--Es un doctor de Buenos Aires--decían algunos europeos de regreso a su

tierra, al mostrarse a este personaje--, un estanciero riquísimo, una

persona “bien”. ¡La plata que debe tener!...

Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el transatlántico, me

saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.

--¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?...

Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.

¡Simpático y bondadoso personaje! Recordé nuestras conversaciones

durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del

Banco Hipotecario.

Luego una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me

ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir

en su mayor parte para este viaje suntuoso.

Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a

su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un

viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban

a sus espaldas.

IV

Terminada la navegación nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo

plano que este millonario.

Además huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por

miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir

una nueva luz sobre París.

[Illustration]

_Le Figaro_, que es el diario que presta más atención al paso de los

americanos, hablaba casi todos los días de “Madame de Pedraza, ilustre

dama argentina, y sus hermosas hijas”.

Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto

hotel monumental, próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas el

doctor, con su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar

por las avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en

el primer momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de

circo, servía para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos

eran excelentes jinetes, que habían aprendido la equitación por

instinto, en la estancia natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.

[Illustration]

No se sabe si fué la admiración o la envidia la que inventó el mote;

pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas “Las walkirias

argentinas”.

El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la

vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas.

París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el

fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la

porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares,

la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.

En los establecimientos de la calle de la Paz, de los Campos Elíseos y

de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de madame de Pedraza

y sus _demoiselles_, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el

rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces,

al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios,

escuché las mismas palabras:

--Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con

su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro

de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener

el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...

Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué

hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza, sólida,

inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible,

inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que

se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituírse, haciendo que

un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario

como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.

Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo apreciaba desde

lejos, acabó por desorientarme, haciéndome dudar de lo que había visto

al otro lado del Océano.

En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de

sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el

Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso

añadir: “¿Cuánto debe?”. Todos, por ricos que sean, tienen deudas

enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El

crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un

poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena

suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la

esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.

Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo

debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia.

Al año siguiente una portentosa cosecha de trigo, o una de aquellas

ventas de “hacienda”, en las que entraban los novillos a miles, y que él

me había descrito entusiásticamente en sus conversaciones, bastaría para

pagar enteramente su deuda sin tener que imponerse sacrificio alguno.

Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los

grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos

mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en

fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y

austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de

su sexo, lo mismo que su noble madre.

--Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra

tierra.

Las dos seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en

Buenos Aires. Unicamente les interesaban en París los vestidos y los

elogios de las mujeres.

En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las

peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto

y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por

esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido

por todos los círculos, más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes

que se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido

los últimos miles de francos en la sala destinada al juego.

Además, en los años anteriores a la guerra la República Argentina

acababa de ponerse de moda, y los conocimientos geográficos de los

hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se ensancharon

considerablemente.

Todos habían acabado por descubrir una gran novedad; que existen dos

Américas: la del Norte y la del Sur. El matrimonio con americanas de los

Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos

nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país,

dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se

reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien

alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una

especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno de la casa...

Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen

millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de

alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas

casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del

matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el

tango y chapurrear algunas palabras de español.

Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una

rivalidad aristocrática:

--Yo puedo ser duquesa si quiero--decía una de ellas--, y a ti sólo te

pretende un marqués.

--Pero el mío es más joven que el tuyo--contestaba la otra.

Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su

noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban

a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al

pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero

los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si

llegaban a casarse con sus niñas no tendrían por qué ruborizarse, pues

éstas eran iguales a ellos.

Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un

duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría

prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese

a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa

igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con

títulos nobiliarios.

Yo me marché de París en aquellos días; pero las confidencias de

algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo

que debió ocurrir.

Estos nobles personajes que descienden a emparentarse con los ricos del

otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés cuando llega el

momento de tratar las condiciones materiales que deben regir la

asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven millonaria,

no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares discusiones

financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un notario que ha

servido siempre a su familia o al administrador de su hacienda

quebrantada para que ajuste el convenio con los padres.

El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos

tratos preliminares del matrimonio. El manejaría a su gusto a los dos

nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con

ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra

melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de

rapiña.

Pedraza y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no

pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron

desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta

anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas

que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en

los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital

positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores

mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquiera hora,

dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.

En resumen: que éstas conferencias laboriosas, en las que se batían

ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan

mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten

los Gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.

El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco.

¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más

íntimas, para envidia de las amigas!...

Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo

nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.

--Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en

Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la

plata y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...

Doña Zoila apoyaba estas palabras:

--Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí.

Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra

madre.

La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus

amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos

habían osado hablarla, en los salones, de “almas dormidas que deben ser

despertadas”, burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al

marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador

y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por

todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias era

por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y

famoso tirador de pistola.

Pedraza, arrepentido sinceramente de la satisfacción que le había

procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan

aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus

entusiasmos de americano, hijo de una República.

--Lo de los títulos de nobleza, che, puede deslumbrar a los gringos de

Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.

V

Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré

por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez su

nombre y el de todas las mujeres que componían su familia volvieron a

aparecer en las crónicas de la alta vida social.

Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas

las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su

palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y

en qué consiste la falta de _chic_. Después de haber pasado un año en

París, su autoridad parecía inconmovible.

La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar

en su lujoso automóvil por la avenida de Mayo o apearse en la calle

Reconquista, donde están establecidos los Bancos de la ciudad, yendo de

uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos seguían

considerándole con respeto, como un personaje influyente, y muchos

envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí noticias

inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos contaban que

había gastado en Europa un

[Illustration]

millón de pesos (más de lo que le había prestado el Banco Hipotecario).

En las reuniones de alta sociedad se hablaba con asombro del collar de

perlas que doña Zoila había adquirido en París, y los envidiosos

apuntaban que el marido no tenía fortuna para tantos dispendios.

En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con

preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos

momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a

modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente

cada diez años.

A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido

la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la

pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de

negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que

exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar

mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre.

De no ocurrir tal calamidad estarían ustedes escuchando ahora a un

millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y

vivir aquí con modestia.

Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros

compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes:

seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y

los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían

los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su

infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y

espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un combate

remoto, según los caprichos del viento.

La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al

empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta

inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes

morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del

palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas

épocas muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie

cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del

viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué

grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la

fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta

nosotros.

También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su

mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores con una magnificencia

que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dió

a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico.

Mientras tanto el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por

conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener

el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos, y pagar los

enormes réditos de sus deudas.

Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en

sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza,

deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de

esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de

lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas

seguras del porvenir; necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una

serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día

siguiente.

No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fué

acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre

dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y

recurrió al préstamo usurario. Además tuvo que vender con pérdida enorme

los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en la

buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.

Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos,

la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir

dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la

menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían

en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los

negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al

hacer a su marido la enumeración de los gastos de la familia, pensando

en la posibilidad de ciertas economías. Un día hasta le dió a entender

que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas.

Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la

señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.

Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su vida

ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuído el lujo de

la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que

evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y

para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de

abundancia segura y ostentosa.

Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra

solemne y los ojos protectores de mi amigo adivinaba yo los estragos que

iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza disimulada. Iba

vestido con la elegancia de siempre; conservaba su aspecto señoril; pero

estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por su edad.

--¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para

todos!... Pero esto no puede durar.

Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que

existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por

encima de las miserias del vulgo.

Su caída fué larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan

los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por

regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias

y novelas. Hay ruinas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que

sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con

lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño

tras peldaño. El naufragio del doctor fué igual al de los grandes

veleros, que después de estar llenos de agua, todavía flotan con la

quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las

corrientes.

En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente

algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios

sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo

compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del

álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió

al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte

invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser

lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los

periódicos.

La familia de Doctor Pedraza · 第 2 / 3 段