LA NOVELA DE HOY
Director: ARTEMIO PRECIOSO
Oficinas: MENDIZÁBAL, 42, 2.º 1-4 Apartado número 473
Año 1 Madrid, 3 Noviembre 1922 Núm. 25
La familia del doctor Pedraza
NOVELA
POR
Vicente Blasco Ibáñez
Ilustraciones de VARELA DE SEIJAS
NÚMERO EXTRAORDINARIO
MADRID
SUCESORES DE RIVADENEYRA (S. A.)
Paseo de San Vicente, 20
1922
OBRAS DE
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
NOVELAS A CINCO PESETAS
=Arroz y tartana.--Flor de Mayo.--La Barraca.--Entre naranjos.--Sónnica
la cortesana.--Cañas y barro.--La Catedral.--El Intruso.--La Bodega.--La
Horda. La maja desnuda.--Sangre y arena.--Los muertos mandan.--Luna
Benamor.--Los argonautas= (dos tomos).--=Los cuatro jinetes del
Apocalipsis.--Mare nostrum.--Los enemigos de la mujer.--El préstamo de
la difunta.--El paraíso de las mujeres.--La tierra de todos.=
CUENTOS A CINCO PESETAS
=La Condenada.--Cuentos valencianos.=
VIAJES A CINCO PESETAS
=Oriente.--En el país del arte.= (Tres meses en Italia.)
ARTÍCULOS A CUATRO PESETAS
=El militarismo mejicano.=
Estas obras, encuadernadas en tela, una peseta de aumento el
volumen.--De venta en todas las librerías y bibliotecas de las
estaciones de ferrocarril.
PARA LOS PEDIDOS
Editorial PROMETEO.--Valencia
[Illustration]
A manera de prólogo
Hablando con Blasco Ibáñez.
_La mejor obra de Blasco Ibáñez, aun siendo por tantos conceptos
admirable cuanto ha salido de la pluma, del insigne valenciano, será su
autobiografía, cuando el maestro se decida a plasmar impresiones,
anécdotas y aventuras de su vida interesantísima..._
_--Es que mi vida no ha terminado aún--me decía un día--¡Quién sabe si_
ahora comienza!...
_--No, Maestro. Usted_ ha llegado, _pero de la manera_ completa _que
todos los verdaderos artistas deben alcanzar, saboreando las caricias de
la Gloria Universal, y al propio tiempo gustando de las comodidades y
magnificencias que proporciona el dinero... Y aunque en su vida futura
puedan existir hechos y apoteosis superiores a los de hoy--si es que
esto es posible--, ¿acaso no podría usted volcar en un tomo las
impresiones y acciones de su vida hasta ahora? ¿Por qué, entonces, no
comenzar ya la hermosa tarea, que será, no lo dude usted, superior a_ La
barraca, _con ser esta novela una obra-cumbre?_
_--Si llevo vida de millonario--decíame en la intimidad otro día--, no
soy digno de envidia. Trabajo doce o catorce horas diarias para atender
a los compromisos adquiridos con revistas y editores de Europa y
América... Además, la gente ve el resultado final de una vida de
continua producción, pero ignora lo que he tenido que sufrir y trabajar
para obtener eso. Baste decir que jamás fuí tertuliano de ningún café,
ni perdí el tiempo figurando en grupitos literarios, infecundos y
murmuradores. Tal vez el haberme dedicado a la política revolucionaria
desde los diez y siete años me libró de esa vida de pereza y crítica
negativa que ha atrofiado las facultades de tantos jóvenes en nuestro
país._
_--Realmente no parece usted un español. ¡Tiene usted alma de
norteamericano!_
_--Eso me han dicho muchas veces, hasta cuando me vieron de cerca en
Estados Unidos. Muchos yankees esperaban asombrarme con la prodigiosa
actividad de su país, y finalmente los periódicos de allá acabaron por
reconocer que en punto a voluntad enérgica y a potencia productora yo
podía figurar entre los más fuertes de sus compatriotas._
_El gran novelista español tiene en su vida un éxito material que pocas
veces se ha visto._
_Un día, estando en su regia posesión de la Costa Azul--y perdone el
maestro tan poco republicano adjetivo--, le visitó el presidente de una
de las más grandes casas cinematográficas de Nueva York. Venía a
comprarle sus derechos de autor de_ Los cuatro jinetes del Apocalipsis
_para hacer con esta novela--famosísima en el mundo entero-y de la cual
se han vendido en Estados Unidos cerca de dos millones de ejemplares--un
film de gran espectáculo. Y le entregó por dicha autorización 200.000
dólares, o sea más de un millón de pesetas. ¡Eso es recibir una visita
grata!... Pero hay que recordar que la citada novela la vendió en 1916
en 300 dólares a la traductora inglesa, y que ésta se ha enriquecido con
ella, así como los editores, sin que Blasco Ibáñez recibiese un céntimo
más. Justo es que la Providencia, en forma de Empresa cinematográfica,
le haya proporcionado esa magnífica compensación._
_--¿Usted sigue siendo republicano?_
_--Lo seré mientras viva. Yo no soy un político; no lo he sido nunca.
Soy un romántico de la República. A veces pienso como digno final de mi
existencia morir lo mismo que aquel viejo desconocido que muere en_ Los
Miserables _sobre una barricada, sin que nadie sepa su nombre, sirviendo
de bandera a la juventud revolucionaria. No quiero volver a la actividad
política para ser un político..., un diputado. Hay veinte mil españoles,
por lo menos, que pueden ser diputados, tan bien o mejor que yo lo fuí
durante muchos años. Españoles que puedan escribir novelas y las hagan
leer a los públicos de toda la tierra, son indudablemente algunos menos.
Yo creo servir a mi país haciendo lo que hago ahora: novelas. Y si algún
día renacen en España los movimientos para implantar la República,
entonces yo, aunque tenga ochenta años..._
_El brillo de los ojos del famoso novelista parece terminar esta
profesión de fe, verdaderamente de_ “romántico”, _eternamente joven.
Luego queda pensativo y añade:_
_--Dicen que disminuye el número de los republicanos en España. Esto no
significa nada. En veinticuatro horas una nación entera puede pasar de
monárquica a republicana. Además, no me impresiona que aumenten las
deserciones y se abran claros en las filas. Yo repito el verso del
inmenso Hugo en una situación semejante, cuando Napoleón III parecía
victorioso para siempre, y cada vez eran menos los republicanos en
Francia: “Si sólo queda uno, ése seré yo.”_
--_La literatura de nuestro país hoy..._
--_Hay muchos novelistas jóvenes a los que leo con verdadero deleite.
Todo el que trabaja y expresa sinceramente su manera de ver la vida,
tiene en mí un admirador. Lo único que les falta a algunos de ellos es
asomarse al mundo, vivir en otros ambientes, respirar otros aires,
renovarse..._
_La charla de Blasco Ibáñez está a su altura como escritor. Me gusta
casi tanto cuando habla como cuando escribe. A veces es mordaz, irónico,
y en dos palabras tajantes va al resumen de la cuestión._
--_¿No ha hablado usted nunca con el Rey?_
_El novelista me mira. ¿Quiere sondar con su mirada de estilete la
intención de mi pregunta? Ha debido ver en mis ojos lealtad, cuando
tranquilamente, pausadamente, me responde:_
--_No; no he hablado nunca con el Rey. ¿Qué motivos hay para ello?... Si
escribiese novelas, tal vez me interesaría verle. No digo que no acabe
haciéndolas, pues según dicen ha nacido con variadísimos talentos para
todo; pero hasta el presente sólo ha hecho discursos... Viviendo en el
extranjero, como yo vivo, bien podría ocurrir alguna vez que me
encontrase con él en sus viajes, y hablásemos. Fuera de España no hay
política; todos somos españoles._
_Blasco Ibáñez añade:_
--_Yo soy amigo particular de otro rey de España, que no está sentado en
el trono, pero cuyos derechos a la Corona sostienen aún muchos
españoles. Algunas tardes veo a Don Jaime de Borbón y echamos un párrafo
con la alegría de dos compatriotas que se encuentran en tierra
extranjera._
_Don Jaime ha comprado una propiedad agrícola en los alrededores de
Niza; Blasco Ibáñez tiene su poética “Fontana Rosa” en Menton; entre
estas dos ciudades cercanas de la Costa Azul viene a ser Montecarlo un
lugar intermedio, y es en el Casino de Montecarlo donde se encuentran
con frecuencia el pretendiente al trono de España y el novelista, como
dos vecinos._
--_El tiene sus creencias y yo las mías. Somos dos españoles que amamos
a España, cada uno a su modo, y nunca reñimos. Además, Don Jaime posee
la más sólida y positiva de las ilustraciones; la que no se adquiere en
los libros, sino viajando. ¡Ojalá todos sus partidarios y los más de los
españoles hubiesen hecho lo mismo!... El ha corrido una gran parte de la
tierra; yo no he viajado menos que él, y eso hace que nos entendamos
perfectamente, con la tolerancia y el mutuo respeto de dos hombres que
se libertaron de esas estrecheces de criterio y miserias mentales que
sufren los que no han salido nunca de “la sombra de su campanario”.
Además, lo repito: somos dos buenos españoles, y hay que vivir fuera de
España para saber lo que representa esto como fuerza atractiva._
_--Y si España peligrase, maestro, ¿abandonaría usted su dorada y
altísima Torre del Arte para acudir?_
_Los ojos del maestro llamean de patriótica exaltación._
_--¡Claro que sí!... ¿Acaso hay quien crea que porque no resido
habitualmente en España no la quiero y venero tanto como el que más? ¿No
presto yo mejor servicio a mi Patria estando fuera de ella que si
viviese aquí como uno de tantos españoles?..._
* * * * *
_En la terraza del Casino de Madrid, a los postres, hablamos de España,
de Europa, del mundo..._
_--Sí, indudablemente España progresa--dice el eminente novelista--,
pero el progreso que se ve es “material”; un progreso de ladrillos
puestos unos sobre otros y de nuevas calles en las ciudades. Pero
progreso moral, espiritual, intelectual... ¡lo dudo un poco! La vida
sigue siendo aquí dura, agresiva y áspera. Aún no hemos aprendido “la
dulzura de vivir”. Yo_ YA _no podría residir aquí continuamente, como
en otro tiempo. Al que viene de fuera, le parece que todo en este
ambiente le molesta y le pincha... Para las mujeres no hay respeto, sino
procacidad, grosería... Los hombres, ante una mujer hermosa parecen
lobos hambrientos... Es triste, pero es cierto..._
_--Sí--interrumpo--, aun los que todavía no hemos vivido, ni viajado, ni
aprendido, ni visto lo que usted, comprendemos con dolor y con tristeza
que España, en estos aspectos de que hablamos, es una aldea, una pobre
aldea sin botica, pero con cura... Una aldea en la que, naturalmente,
todo llama la atención: la mujer hermosa, los brillantes, las pieles,
las pantorrillas, los hombres altos, los hombres flacos, los hombres
gordos... ¡hasta las mujeres feas despiertan estupor! Y luego, todo se
toma por la tremenda, por lo trágico, en cobardes huídas del ingenio...
Tiene usted las corridas de toros..._
_--No me hable usted de las corridas de toros--interrumpe ahora el
maestro--¿Para qué hablar de tan cobarde espectáculo? El caballo, amigo
fiel del hombre, que le ayuda en todo, encuentra como premio a su vida
abnegada la plaza de toros, donde se le somete a los más infames
martirios... No hablemos, no hablemos de las corridas de toros..._
_Pasamos a conversar de otra cosa que interesa particularmente al
novelista: el viaje que va a hacer alrededor del mundo._
_En noviembre del año próximo 1923, Blasco Ibáñez irá a Nueva York para
embarcarse en un gran yacht que dará la vuelta a la tierra. Es un viaje
organizado para millonarios norteamericanos, a juzgar por lo que cuesta.
Un centenar de pasajeros hará esto, circunnavegación en un
transatlántico de 20.000 toneladas, convertido en yacht. Después de
visitar muchas islas de Oceanía, el Japón, Corea, China, Java, la India,
Ceilán, Egipto, etc., el novelista bajará a tierra en Montecarlo, único
puerto de Europa en que tocará el yacht, y se irá tranquilamente a su
villa “Fontana Rosa” en el tranvía de Menton (veinte minutos), o en uno
de sus dos automóviles, mientras el buque continúa navegando hacia Nueva
York con los demás pasajeros._
_Esto se llama vivir en nuestro planeta como si fuese casa propia._
* * * * *
_Referir cuanto hemos oído al maestro durante su última estancia en
España, sería labor prolija._
_Vicente Blasco Ibáñez es el más alto y más sólido prestigio literario
de la España de nuestros días, y uno de los primeros novelistas del
mundo, como lo han declarado famosos críticos de Europa y América._ LA
NOVELA DE HOY _experimenta verdadera satisfacción al decir a sus
lectores: el maestro, el glorioso autor de_ La barraca, _de_ Entre
naranjos, _de_ Mare Nostrum, _de_ Los cuatro jinetes del Apocalipsis,
_de tantas obras famosas, leídas y saboreadas por millones y millones de
almas, traducidas a todos los idiomas, el maestro Blasco Ibáñez, el
insigne valenciano, el célebre español aclamado por los más diversos
públicos, colaborará asiduamente en nuestras páginas._
_¡Salud, maestro! Hasta su próxima novela, y hasta la visita que le
prometí en la Costa Azul, le abraza su devoto_
[Illustration]
[Illustration]
La familia del doctor Pedraza
I
--Yo también--dijo Serrano--conocí, como algunos de ustedes, al doctor
Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los
restaurants de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite
llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo
diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.
Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no
vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización y
roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando
desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas
productivas.
La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la
capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a
hacerme más préstamos dudando del éxito de mi colonización, tuve que
buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco
Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos
directores de este establecimiento, dependiente del Gobierno, podría
pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando
mi prestigio financiero, y terminaría, igualmente, los trabajos de
roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.
Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi
propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario.
No era empresa fácil, ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado
allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países
americanos de habla española.
Todo lo que tiene una relación, más o menos lejana, con el Gobierno debe
desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los
negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que
se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda
oficina pública le responden a usted ordinariamente: “Vuelva mañana”; y
este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o
tarda años.
Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto
de protectores, y que además no estaba casado con una señora del
país--alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de
la antigua tribu--, tuve que oír muchas veces “Vuelva usted mañana” y
esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que
llegase mi “mañana”, o sea la concesión del préstamo.
Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho
Banco vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna
de su protectora conversación.
Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan
y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado “doctor”, no
porque fuese médico, sino por ser abogado.
Desde Tejas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son
tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las
repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan
simplemente “licenciados”, y abajo, en la Argentina y otros países,
“doctores”.
He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al
rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que
fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones,
menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la
prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaban con
prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien
asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida--lo más céntrico
y concurrido de Buenos Aires--alguien grita en plena tarde “¿Doctor?”,
cincuenta transeuntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza
creyéndose llamados. Algunos van más lejos y afirman que si el grito se
repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la
circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en
mi opinión, por rigurosamente exacto.
Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como
tantos otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca había
ejercido su profesión y cuando tenía que acudir a los tribunales por
asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con “estudio”
abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en
aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza
incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la Humanidad de
panecillos y bifteques.
El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios lo mismo que muchos
argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado
una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor
substituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de
Buenos Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su
palabra reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas,
para cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los
triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas
de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo
honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.
Compraba campos--las más de las veces sin conocerlos--y los vendía,
valiéndose para tan enormes transacciones de las cantidades que le
prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una
rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su
esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba
casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires;
“un exponente representativo de la alta vida del país” como decía él con
su lenguaje rebuscado.
Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud tenía la gallarda soltura
de miembros de todos los hombres de allá, criados en las estancias, que
aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que
ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una
tierra donde los destetan de niños con carne asada.
Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes,
cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía
sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fué su esposa.
Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un
encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las
primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la
corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajah. Jamás, al
extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor
Pedraza puesto de _smoking_, si iba a comer con los amigos en el Jockey
Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.
Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las
reglas que debe observar todo _gentleman_ en uno u otro hemisferio de la
tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible en
el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los
caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.
[Illustration]
Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su
persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la
más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa;
para gustar a su mujer; para que le admirasen sus niñas con esa
satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las
elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.
Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le
inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes
que el hombre que les voy describiendo fué un héroe más grande que los
héroes de la guerra o de la ciencia. Estos mueren por la gloria,
orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.
Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese
sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.
Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir
escuchándome.
II
Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en
el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de
esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o
la forma de la propiedad.
Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las
menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y
sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.
Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a
causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego.
Una llamada “artista”, o una profesional, con sus dientecitos
incansables había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras
tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para
remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna,
llevaban una existencia de sobriedad monjil.
Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas,
los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso
privilegio de las “artistas”, de las mundanas, de todas las criaturas
brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta
sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica,
modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera
de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres “malas”, para las
criaturas versátiles y locas sin otra preocupación que danzar en torno
a la llama que acaba por quemarlas.
La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos
ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para
discurrir con ellas sobre el amor, los prodigios de las artes y el lujo,
mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la
limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.
Pero un día la mujer moderna se dió cuenta de la inferioridad que
significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que
procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y
despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.
--Si nuestros maridos o nuestros padres--dijeron muchas--desean
arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos
vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se
aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los
refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que
cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su
locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las
profesionales y tengamos sus mismas exigencias...
Total: que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten
iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la
señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener
por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en
la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una
religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.
Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a
Europa desde América en los últimos cincuenta años; como los _Palaces_,
como la afición exagerada al baile, como los _jazz-band_ y tantas cosas
contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia
americana para esto, pues en todo tiempo han existido en Europa esposas
que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su
época una excepción, y de ningún modo algo general y corriente como en
nuestros tiempos.
El hecho es que ahora, cuando se pregunta: “¿Cómo se arruinó Fulano de
Tal?”, se escucha con frecuencia la misma respuesta: “Al pobrecito lo
arruinaron su mujer y sus hijas.”
Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos
míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener
el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de
ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes
era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas; es decir,
en algo duradero y que representaba un capital, guardado en reserva. Un
hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando
en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo
terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y
plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de
años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues
carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras
preciosas.
Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estaba a sus
pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros
napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres
de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una
consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo
llevaba unas horas nada más, y lo regalaba después a su doncella.
¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...
Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los
indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos.
Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la
divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no
necesitaba
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más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, a escuchar
los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por su amigo
Chateaubriand.
Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva
vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y
lo mismo ocurre con el sombrero, las botas, etcétera. Además, la pobre
Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas
cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué
atraso!... Una mujer _chic_ cambia ahora ritualmente de vestido tres
veces al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer
la deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos
llevando las mismas ropas.
Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Sabá y
devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los
libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya
personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la
imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la
plaza Vendôme, a los modistos de la rue de la Paix y demás proveedores
del lujo femenino; pregúntenles por las “artistas” de costumbres ligeras
y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y
verán cómo tuercen el gesto:
--Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos
convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que
las protejan. Unicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá
llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con
bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos.
Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de
señoras decentes; de mamás y de niñas. Esa es la verdadera clientela de
nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el
dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura
marchan ahora del brazo con la moral.
Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta
franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los
veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores
más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a
proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna
comediante joven y de buen rostro.
La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación
del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que
su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna
privación en sus deseos de lujo.
Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas
aristocráticas publicados por los diarios a “la distinguidísima señora
de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas”, sentía la misma emoción
de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve
elogiadas sus obras.
Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas
estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta
admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas
sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los
asuntos concernientes a la familia. El, para los negocios, para ganar
dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con
“distinción”.
No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio
siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros
nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre
de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la
primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de
sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba
todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta
por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por
ellos.
Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a
una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser
considerado como “guarango”. Se estremecía de orgullo al declarar que
todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se
preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil
leguas oceánicas. Cuando llegaban los comisionistas de la rue de la Paix
a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel sus
modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a
“Madame Pedraza”. Contaban con ella como gran compradora, y además sus
gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.
Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al
conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:
--Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.
Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se
apresuraba a añadir:
--Una hermana mía tiene diez y ocho hijos; muchos de ellos varones.
Esto es natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un habitante
por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la cría de sus
reses, en las ciudades, las esposas se afanan por aumentar el número de
ciudadanos.
Además, amigos míos, aquellas mujeres que llevan en sus entrañas el
porvenir de su país son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud
de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos
de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre
para ser extremadamente delgadas. “Hay que conservar la línea.” Pero a
pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no
pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus
antecesores los centauros de la pampa. Parecen, por lo flacas, que
acaban de salir de una ciudad sitiada, o de un transatlántico con
averías en alta mar que sometieron a los pasajeros a la media ración.
Pero que la moda les dé permiso para comer y renacerán esplendorosas,
como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.
Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a
su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las
peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni
escrúpulos en los gastos para sostener, como ella decía, “el prestigio
de la familia”. Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las
cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno
de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y
a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las
fiestas de sociedad, y el llamado “gran mundo” se ve y se habla durante
los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su
servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de
“negocios”, para el señor, y otros dos que empleaban la señora y las
niñas para visitas o excursiones.
Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su
“escritorio”, todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las
que llegaban de París y Londres los días de vapor correo. Y Pedraza, sin
hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de
cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.
Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una
demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el
doctor creía más aún que su mujer en el linaje aristocrático de ésta.
--Soy de los Pérez Zurrialde--declaraba doña Zoila con orgullo en
determinados momentos.
Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de
ensalzar su elegancia
[Illustration]
y su buen gusto, acababan diciendo: “Es una Pérez Zurrialde.”
Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder
explicar el porqué de su creencia. En América se ve esto muchas veces.
Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres,
héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos
no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más
distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos
predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del
país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su
inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos,
emparentándose solamente con sus allegados.
Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su
voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de
un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella.
¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el
bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de América
el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda abierta: un
establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de
todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por
fundadores a tenderos españoles o criollos, que representaban la
riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y la ganadería no
valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que vivían detrás
de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: “Soy una Pérez
Zurrialde.” Y su marido, simple Pedraza que había alcanzado de niño a
conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba
también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la
historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que
equivale en América a perderse en la noche de los tiempos.
Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida
y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona,
merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.
Con doña Zoila “no había miedo a novelas”, como decía el doctor, y un
marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias
elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la
sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer.
Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e
invenciones eran buenos para las “locas de París” y no para ella, una
señora, casada y madre.
Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus
vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es _chic_ y lo que no lo
es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o
admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al
tiempo.
--Pero usted--le dijo un europeo--gasta una fortuna en vestidos todos
los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo
digan.
La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras: Eso
sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los
hombres.
--Entonces--siguió preguntando el curioso--,¿para qué viste usted con
tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...
Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como
apiadada de su ignorancia:
--Para dar envidia a mis amigas y que rabien un poco.
III
Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala
del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de
empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando
hablé por primera vez con el doctor Pedraza.
Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco
Hipotecario Argentino. En las Bolsas de Europa las consideran como un
papel de esos que llaman “de todo reposo”; un valor para que el padre de
familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa
herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente
tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones
de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado.
Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido,
tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una
catástrofe. Y como los directores del Banco Hipotecario desean mantener
incólume el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que
procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus
operaciones, como si aun vivieran en la época colonial.
Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero
ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas
nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de
América vagas ideas, necesitaban minuciosos informes y repetidas
exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible
una depreciación de la hipoteca.
El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre
vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Le abrió la puerta del
despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para
que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no
obstante mi larga espera.
--Es el doctor Pedraza..., un señor muy rico que ha sido diputado
nacional.
Volví a verle otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo
mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las
oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario,
le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus
primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala
cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba
hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo
informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera
nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las
confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo
optimistas que siguen al almuerzo, y son en Buenos Aires las de visita a
las oficinas.
El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus
pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba
mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran
propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres,
operación importante para el Banco por tratarse de un préstamo de muchos
centenares de miles de pesos.
Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el
doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y
deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga
aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se
compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo
comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en
tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel
país.
Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero
de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
Seducido por el silencio con que le escuchaba, iba enumerando Pedraza
las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo
argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser
elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor,
exagerando
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un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por
el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo,
escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las
tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento
rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin
cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en
su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.
--Ha habido año que he vendido diez mil novillos; ¿sabe, compañero?...
Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos
Aires de su infancia. Casas bajas de sobria arquitectura colonial;
aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos;
calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan
llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que
riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.
--Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos “bien” llegaban
del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas
cuantas docenas de caballitos “petizos”, que entretenían su impaciencia
escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi
“petizo”
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había abierto un hoyo así de grande. Los mendigos también iban montados,
pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban
que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les
morían, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de
la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo
caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha
cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo
esas avenidas y esas casas que parecen las de Nueva York... A veces creo
que lo de mi niñez fué algo soñado.
Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una
de sus miradas bondadosas:
--Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos
señores le acepten la operación?...
Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el
producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos;
compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que
fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las
ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la
deuda y suprimirla finalmente, vendiendo tierra en pequeñas parcelas.
Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la
importancia del hombre que me estaba escuchando.
--Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa
fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...
Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa
gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y
venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la
especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como
lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas,
modernizándolas...
Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y
de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea
el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los
obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor
Pedraza, y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble
criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de
los directores del Banco.
Como si la protección que me había dispensado el doctor--expresada
únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas
majestuosas--empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas
semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi
insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.
Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el
cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona
la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos
en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que
tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la
nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual
permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a
Europa.
Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me
quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar
en el regalo de mi propia persona, e inmediatamente sentí lo que llaman
en Buenos Aires “la enfermedad de París”. ¿Por qué yo, que pretendía
llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía
dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en
Europa la vida de un personaje de tal clase?...
Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las
gentes hablaban todos los días del _Cap Bojador_, transatlántico alemán
que había hecho su primer viaje desde Hamburgo e iba a emprender su
travesía de regreso. Esto fué antes de la última guerra europea, y el
tal _Cap Bojador_, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de
los transatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como
una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río
de la Plata.
Las gentes hablaban de sus salones lujosos; de su piscina de natación;
de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para
atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que
esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una
muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar
esta maravilla flotante.
¡Pobre _Cap Bojador_! La organización germánica lo había previsto todo
en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos
cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si
estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió,
años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y
salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros
ingleses cerca de las costas de Africa.
Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a
Europa, sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fué de
moda ser pasajero del _Cap Bojador_ en su primera travesía. Representaba
una gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el
vulgo, este gusto inaudito.
Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque cuando me avisaron que
en el famoso transatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien
había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de
darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los
opulentos pasajeros del _Cap Bojador_, cuando precisamente iba yo a
Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro
millonario?...