He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba

solo en su “escritorio”: un piso arrendado en la avenida de Mayo para

sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían

sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una

manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba

a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que

en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la

existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo

público para sostener humildemente a su familia?...

La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus

vestidos, llevando la existencia dolorosa de los ricos arruinados que

buscan el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda

e inconcebible como un trastorno de las leyes astronómicas. ¿Era lógico

que Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...

Además sentía miedo al pensar en sus hijas. El conocía la historia de

muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas

conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se

resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen,

convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para

el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de

amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a

ser sus maridos.

El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus

hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la

misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un

nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas

y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo

que son.

VI

Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo

sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó

supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden

proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas

preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la

fortuna, tirando de él con un manotazo maternal para elevarlo sobre

aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le

tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?...

Había que abrir las ventanas a la suerte para que pudiese tocarle con

sus alas.

Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los Clubs aristocráticos, de

los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dió orden

también a las gentes de su “escritorio” para que dejasen libre la

entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el

más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En

los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los

aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales e

inventores, todo es posible.

Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla

amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de

su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima

importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes

réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el

aumento de una cantidad más...

El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus

compañeros; la puerta del “escritorio” seguía franca, y empezaron a

visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al

mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación

basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella,

y como continuaba acogiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron

pasarse el aviso unos a otros.

Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. Como a

pesar de su madurez se mantenía fuerte, y los médicos de las Compañías

de Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio

físico, libre de toda enfermedad, el negocio se hacía sin obstáculos. Al

poco tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de compañías,

unas del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había

firmado contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los

agentes, deseosos de ganar nuevas primas.

Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,

según manifestaba con regocijo a sus amigos. Esta era la cantidad que

deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte.

Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:

--Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.

¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.

Y el doctor sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se consideraba

más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las Compañías de

Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba, con una

displicencia de rico:

--Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando

para los míos.

Una mañana le escuché estas palabras en un Banco, cuando formábamos

grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un préstamo

inmediato.

Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron

“estúpida”, por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte

pudiera resultar oportuna.

Era en verano y la familia del doctor estaba pasando una temporada en

las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las

forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la

Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio

sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un

lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que

nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.

Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen

antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y

doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para

complemento del lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Considero

necesario decir de paso que las dos nobles viviendas estaban

hipotecadas.

El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas

cuando bailaban en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el tren

para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al

anochecer. Fué en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a

la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente

cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo

cierto es que el cadáver del doctor fué encontrado hecho pedazos entre

los rieles.

Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del

ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche

y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero

también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus

vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se

abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza,

preocupado a todas

[Illustration]

horas por sus negocios, al pasar distraído de un vagón a otro, había

sido víctima de tales deficiencias.

Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas

biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida

nacional.

¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos

fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos

mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a

expresarlo con palabras.

Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones

malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento

público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general

había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la

familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta

sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).

La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de

las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen

padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran

fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del

momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros

sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión

serviría para suavizar el dolor de la familia.

Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la

Suerte--a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que

entrase--se decidió repentinamente a ir en busca de sus herederos. Pasó

la crisis nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita

para vivir panecillos y bifteques, compró a buen precio los trigos y las

reses; las dos estancias de la familia, limpias de réditos,

proporcionaron magníficas rentas.

La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas

del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia;

pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar

envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas

blondas y joyas sólidas.

Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público

hasta en los pasillos es preciso que ella la organice. Los comerciantes

tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo

que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con miedosa

sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los

concertistas, los escritores que llegan

[Illustration]

de Europa a dar conferencias, están condenados al fracaso si no cuentan

con su protección.

No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre

materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París

van a enseñarla sus novedades antes que al público.

Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su

falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus

yernos, le dice suspirando:

--Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo

fué mi finado el doctor.

[Illustration: Firma: Vicente Blasco Ibáñez]

* * * * *

En el próximo número publicaremos

=UNA MUJER ESPIRITUAL=

por EDUARDO ZAMACOIS

Ilustraciones de _M. Quintanilla_.

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EDITORIAL “MUNDO LATINO”

---- MADRID----

Apartado 502.--Librería: Caballero de Gracia, 28

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(José María Carretero.)

Ptas.

“La virgen desnuda” (novela) 5

“Desamor” (6.ª edición) 4.50

“De pecado en pecado” 5

“El pozo de las pasiones” 5

“El libro de los toreros” 2

“La bien pagada” (4.ª edición) 5

“En carne viva” (2.ª edición) 5

“Emocionario” (almas y paisajes) 5

“La sin ventura” (novela) 5

“El divino pecado” 5

“Lo que sé por mí” (10 volúmenes de interviús) 5

“Con el pie en el corazón” (novela) 5

“Hombre de amor” (novela) 5

“Un hombre extraño” (novela) 5

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“Las horas cortesanas” (impresiones) 5

“El jefe político” (novela) 5

“Vírgenes y cortesanas” 5

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Apartado 502.

La familia de Doctor Pedraza · 第 3 / 3 段