Los rios deberian secundar á los jóvenes enamorados; los mismos rios

han sentido lo que es el amor. El pálido Inaco se prendó, segun dicen,

de los encantos de Melia, ninfa de Bithinia, y se abrasó por ella,

hasta en sus frias aguas. Troya no habia aun sostenido sus diez años

de sitio, oh Xantho, cuando Nerea fijó tus miradas. ¿Qué hizo recorrer

á Alfeo tantos países diversos? ¿no fué su amor por una vírgen de

Arcadia? Y tú, Penea, cuando Créusa estaba prometida á Xantho, tú la

tenias, se dice, escondida en los campos de la Phthiótida. ¿Hablaria

yo de Asopo, prendado de los encantos de la guerrera Thebe, Thebe que

debia dar á luz cinco hijos? Y tú, Acheloe, si te pregunto dónde están

hoy tus cuernos, me dirás con dolor que la mano de Hércules con ira

los ha cortado. Esto que no lo hubiese hecho Hércules por Calydon, que

no lo hubiese hecho por Etolia misma, lo hizo por la sola Dejanira.

El Nilo, ese rico rio que precipitándose por siete embocaduras, tan

bien oculta el orígen de sus fecundas aguas, dicen que no pudo en sus

profundos atolladeros, matar la llama que le consumia por Evadna,

hija de Asopo. Enipea, para poder abrazar á la hija de Salmoneo sin

inundarla, Enipea ordenó á sus aguas retirarse, y á su vez las aguas

se retiraron. No te olvidaré tampoco, á tí que, huyendo á través de

las rocas que has socavado, riegas con tus aguas espumosas los campos

del argeo Tíber; ni á tí á quien agradó Ilia, toda descuidada como

estaba en su compostura, después de haberse arrancado los cabellos

y golpeado el rostro con sus uñas. Llorando el sacrilegio de su tio

y el atentado de Marte, vagaba ella, con los piés desnudos, en los

caminos solitarios. Del seno de sus rápidas ondas, el rio generoso la

descubrió, y levantando la cabeza por encima de las olas, le dijo una

voz sonora: «¿Por qué vagar en mis riberas, con un aire inquieto,

Ilia, descendiente de la sangre del Ideo Laomedonte? ¿Qué has hecho de

tus adornos? ¿dónde dirijes tus pasos solitarios? ¿por qué la blanca

cintilla no retiene tus desordenados cabellos? ¿por qué llorar y ajar

con esas lágrimas el brillo de tus ojos? ¿por qué, en tu delirio, te

golpeas así el pecho? Tiene un corazon de roca ó bronce, quien puede

ver, sin conmoverse, un rostro encantador regado por las lágrimas.

Ilia, cesa de temer; mi palacio estará abierto para tí: mis ondas te

protejerán: Ilia, cesa de temer. En medio de más de cien ninfas, tú

sola serás reina; porque más de cien ninfas habitan en el fondo de

mis aguas. No me desdeñes, es todo lo que te pido, ilustre vástago de

Troya. Mis presentes serán superiores á mis promesas.»

Así habia dicho; é Ilia, con los ojos dirigidos humildemente hácia

tierra, bañaba con lágrimas su conmovido seno. Tres veces trató de

huir; tres veces se detuvo en el borde de las profundas aguas, el temor

le quitó la fuerza para correr. Por último, sin embargo, arrancándose

los cabellos con mano enemiga, dejó escapar de su boca balbuciente

estas lamentables palabras: «¡Oh! pluguiese al cielo que mis huesos

hubiesen sido recogidos y encerrados en el sepulcro de mi familia,

cuando eran aun los de una vírgen! ¿Por qué invitarme al himeneo, á mí,

vestal ayer, hija infame hoy dia, indigna en adelante de velar el fuego

sagrado de Ilion? ¿Qué espero aun? Ya se me señala con el dedo como á

una adúltera. ¡Perezca conmigo el pudor que no me permite levantar los

ojos sin sonrojarme!» Dijo, y cubriendo con su ropa sus hermosos ojos

llenos de lágrimas, se precipitó desesperadamente en medio de las olas.

El rio, dicen, la sostuvo, llevando amorosamente la mano bajo su pecho,

y la admitió en su lecho, como á esposa.

Tú mismo, es probable que te hayas tambien consumido por alguna bella:

pero los bosques, las selvas, están allá para ocultar tus crímenes.

Mientras que hablo, tus olas van engrosando siempre, y tu lecho, tan

largo como es, no basta para contener las aguas que á él afluyen de

todas partes. ¿Qué he de disputar contigo, rio furioso? ¿Por qué

diferir los placeres de dos amantes? ¿Por qué detenerme tan brutalmente

en medio de mi camino? Si á lo menos tú corrieras, no debiendo más

que á tí tus olas orgullosas, y envanecido de un nombre conocido por

el universo entero. Un nombre... tú no tienes: tus ondas, las debes á

miserables arroyos. Tú no has tenido nunca ni orígen, ni morada cierta.

Tu orígen, en tí, son las lluvias y las nieves derretidas; riquezas

que debes al perezoso invierno. O llevas espumosas aguas durante la

estacion de las escarchas, ó tu lecho no es durante el estío más que

un sulco ávido y pútrido. ¿Qué viajero ha podido entonces encontrar

en él jamás bastante agua para extinguir su sed, y decirte en su

reconocimiento: «¡Sea eterno tu curso!»

Tu curso es funesto á los rebaños, más funesto aun á los campos. Otros,

quizá, serán sensibles á estos males: yo no lo soy más que á los que

sufro. ¡Qué insensato soy! ¡Le he contado los amores de los rios! Tengo

vergüenza de haber pronunciado tan grandes nombres delante de un tan

pobre arroyo. ¿En qué pensaba yo, pues, al citar delante de él los

nombres de Acheloon é Inaco y el tuyo, Nilo de dilatadas ondas?

¡Pero tú, torrente cenagoso, bien lo mereces, ojalá no veas más que

estíos abrasadores é inviernos siempre secos!

ELEGIA SÉPTIMA.

ARGUMENTO.

Contra él mismo, por haber caido en falta con su querida.

Pero esta muchacha no es bella, ni atractiva. ¡Por eso no ha sido pues

bastante largo tiempo el objeto de mis deseos! ¡Oh vergüenza! la he

tenido en mis brazos, perdiendo el tiempo: en su lecho me he quedado,

como una masa inerte, sin fuerza y sin accion. A pesar de todos mis

deseos, á pesar de los deseos de mi bella, no he podido despertar mi

extenuado órgano del placer. Ella tuvo cuidado en pasar con tiento al

rededor de mi cuello sus brazos de marfil, más blancos que la nieve de

Tracia; ella tuvo cuidado en luchar su lengua amorosa contra la mia

ávida, y meter bajo mi muslo su muslo lascivo; por más que me prodigaba

los nombres más tiernos, me llamaba su vencedor, añadia todo lo que se

repite en semejante caso para excitar la pasion, mi órgano adormecido,

como si hubiera sido frotado con la fria cicuta, no supo llenar su

deber. Quedé como un tronco sin vigor, como una estátua, como una masa

inútil, al punto que ella ha podido dudar si yo era un cuerpo ó una

sombra.

¿Qué haré cuando viejo, suponiendo que llegue, si mi juventud cae en

tal defecto? ¡ay! tengo vergüenza de mi edad: soy jóven, soy hombre,

y no he podido probar á mi señora que soy jóven, que soy hombre. Ella

ha abandonado su lecho como la piadosa sacerdotisa que vela por la

conservacion del fuego eterno de Vesta, tal cual una casta hermana

abandonando á un hermano querido. Poco antes, sin embargo, dos veces

pagaba mi débito con la rubia Chie, tres veces con la blanca Pitho,

tres veces tambien con Libas; y, acosado por Corina, en una corta

noche, nueve veces, recuerdo, tengo librado el combate.

¿Es la virtud mágica de un veneno Thessálico el que embota hoy dia

mis miembros? ¿es un encantamiento, una yerba venenosa, lo que me

reduce á un tan triste estado? ¿ó bien una hechicera habrá grabado mi

nombre sobre la cera roja, y me habrá hundido una aguja en el hígado?

Los tesoros de Céres, golpeados por un encantamiento, no son más que

una yerba estéril; golpeados por un encantamiento los manantiales de

agua viva se secaron; bajo el peso de un encantamiento la bellota se

desune del roble, el racimo cae de la viña, y los frutos abandonan el

árbol sin que se les sacuda. ¿Quién niega que el arte mágico paralice

tambien los nervios? Quizá á él debo haber sido de hielo. A esto añadid

la vergüenza; la misma vergüenza me quitaba mis medios; ella fué la

segunda causa de mi impotencia.

¡Qué belleza, en tanto, se ofrecia á mis miradas, á mis tocamientos!

Porque la toqué como la túnica que la cubre. El rey de Pilos, á este

dulce contacto, habria podido rejuvenecer, y Tithon se sentiria con

fuerzas superiores de su edad. Encontré en ella una mujer: ella no

encontró en mí un hombre. ¿A qué nuevos votos, á qué súplica recurrir

hoy dia? Sin duda despues del vergonzoso uso que tengo hecho, los

dioses están arrepentidos de haberme otorgado un tan raro presente. Me

deshacia por ser admitido cerca de aquella bella; y he sido admitido;

por darla besos, y se los he dado; por obtener todos sus favores, y

los he obtenido. ¿De qué me ha servido ser tan dichoso? ¿De ser rey

sin reinar? ¡Avaro en medio de las riquezas, no he tenido de tantos

tesoros más que la posesion y no el goce! Así abrasa de sed, en medio

de las aguas, al indiscreto Tántalo; así vé al rededor suyo frutos que

no obtendrá jamás; así el marido deja en la madrugada á su cariñosa

esposa, para aproximarse santamente al altar de los dioses.

Pero quizá ella no me ha prodigado sus más dulces y ardientes besos;

quizá ella no lo ha puesto todo en obra para estimularme. Los más

robustos robles, el diamante más duro, los más escabrosos peñascos,

hubiese podido ella animarlos con sus caricias. Hubiese podido mover

todo sér dotado de vida, todo lo que es hombre; pero entonces yo no

era un sér vivo, ni un hombre. ¿Qué placer producirian á un sordo los

cantos de Femio? ¿qué placer causaria un cuadro al desgraciado Thamyras?

¡Qué deleites, empero, no me tenia yo prometidos en secreto! ¡qué

série de placeres, qué variedad de goces no habia imaginado! y mis

miembros, ¡oh vergüenza! han quedado como muertos, más lánguidos que la

rosa cogida de la víspera. Al presente hé ahí que intempestivamente se

reaccionan y vuelven á la vida; hélos ahí que piden obrar y prestar de

nuevo su servicio. ¿No quedas confundida de vergüenza, oh parte la más

vil de mí mismo? así es como he sido juguete de tus promesas. Por tí mi

señora ha sido engañada, por tí me encuentro caido en falta, por tí he

probado la más sensible afrenta, el más grave daño.

Y no obstante mi bella no desdeñó aguijonear con su mano delicada;

pero, viendo que todo su arte no puede nada, que el órgano, olvidando

su antigua arrogancia, se obstina en recaer impotente sobre sí mismo.

«¿Por qué, dice ella, te burlas de mí? ¿Quién te forzaba, insensato, á

venir, á pesar tuyo, á acostarte en mi cama? ó bien un mágico de Ea,

con su aguja y su lana, te ha hechizado: ó tú vienes enervado de los

brazos de otra.»

Al instante se arrojó de la cama, apenas vestida con su túnica lijera,

y no titubeó en escaparse con los piés desnudos; y no queriendo que

sus camareras dudaran de si salia intacta del combate, tomó agua, para

disimular la afrenta.

ELEGIA OCTAVA.

ARGUMENTO.

A su señora, que habia preferido un amante más rico que Ovidio.

¿Y quién contará ahora con las bellas artes para cosa alguna? ¿Quién

otorgará algun valor á tiernos versos? El génio era en otro tiempo más

precioso que el oro: hoy dia es más bárbaro que el no tener nada. Mis

libros han tenido la dicha de gustar á mi señora: la ventaja de ser

admitidos cerca de la misma han tenido ellos; yo no la tengo. Despues

de haber prodigado elogios al poeta, ella le tiene, á pesar de estos

elogios, cerrada su puerta. Con todo el ingenio que se me concede, se

me deja, confuso, vagar á la ventura. Vese un rico advenedizo que debe

su fortuna á sus heridas, y su título de caballero á la sangre de que

está mantenido, y se le antepone á mí.

¿Puedes, insensata, abrazarle con tus bellos brazos? ¿Puedes,

insensata, echarte en los suyos? si tú lo ignoras, un casco cubria

no mucho esa cabeza; una espada pendía de ese costado que te es tan

adicto. Su mano izquierda, en la cual sienta mal ese anillo de oro, ha

llevado un escudo: toca su mano derecha, está bañada en sangre. Esa

mano homicida ¿puedes bien tocarla? ¿Qué se ha hecho ¡ay! la ternura

de tu corazon? Cuenta aquellas cicatrices, señales de sus antiguos

combates: cuanto posee lo ha adquirido con el precio de su sangre.

¡Quizá te cuente cuántos hombres ha degollado; y tú, avara, tocas manos

tan crueles! ¡Y yo, sacerdote inocente de Apolo y de las Musas, dirijo

inútilmente versos á tu inflexible puerta!

Aprended, vosotros que sois sábios, no á saber lo que nosotros sabemos

para nuestro mal, sino á seguir los ejércitos tumultuosos y el curso de

los combates. En lugar de ser un poeta de génio, sed primer centurion.

Con este título solamente, podrias, si quisieses, Homero, obtener los

favores de la belleza. Júpiter que sabia que nada es tan poderoso como

el oro, fué bajo la forma del mismo el precio de una vírgen seducida.

En tanto que no dió nada, encontró un padre intratable, una hija

inflexible, puertas de hierro, una torre de metal; pero cuando el

seductor, mejor enterado, se mostró bajo la forma de un presente, la

bella descubrió su seno, é invitada á someterse, se sometió.

En otro caso se encontraba bajo el reinado del viejo Saturno: todos los

metales estaban profundamente sepultados en las entrañas de la tierra;

el cobre como la plata, y el oro como el hierro, tocaban al imperio

de los Manes; no se veian tesoros amontonados; pero los que daba la

tierra eran más preciosos; habian ricas mieses sin cultivar, frutos en

abundancia y miel pura depositada en los huecos de los robles. Nadie

se fatigaba en surcar los campos con el arado: no habia agrimensor que

viniese allí á trazar los lindes: no habia remeros que azotasen las

embravecidas olas del mar: sus riberas eran para los mortales, los

limites intransitables del mundo.

¡Oh hombre! contra tí has vuelto tu industria; has sido demasiado

ingenioso para crearte mil males. ¿Qué has ganado en cercar las

ciudades de murallas y torres? ¿Qué has ganado en armar la una contra

la otra, enemigas manos? Dí, ¿qué tenias que debatir con el mar? la

tierra podia bastarte. El cielo es un tercer reino por conquistar. ¿Por

qué no lo atacas? ¿Qué digo? tú aspiras tanto cuanto de tí pende, á

alcanzarlo. Quirino, Baco, Alcides y César tras ellos, tienen cada uno

su templo.

Nosotros cavamos la tierra para sacar el oro macizo en lugar de mieses.

El soldado posee los tesoros adquiridos al precio de su sangre. El

Senado está cerrado para los pobres; la riqueza dá los honores. Ella

es tambien la que dá tanta gravedad al juez, tanta arrogancia al

caballero. ¡En hora buena que solo ellos lo posean todo; que dispongan

como soberanos del campo de Marte y del Foro; que guarden para sí el

derecho de decidir la paz ó la guerra! A lo menos su concupiscencia no

llegue hasta el extremo de arrebatarnos nuestros amores. Todo lo que se

les pide, es que permitan á los pobres tener alguna cosa.

Pero hoy dia una mujer, aunque fuese tan inflexible como las Sabinas,

es tratada como pais conquistado por cualquiera que está en el caso de

dar mucho. El guardian de la bella me rechaza; ella misma teme por mí á

su marido. Si enseño oro, ya no hay guardian, ya no hay marido en toda

la casa. ¡Oh! si existe un Dios vengador de las afrentas del amante, que

reduzca á polvo riquezas tan mal adquiridas!

ELEGIA NOVENA.

ARGUMENTO.

Sobre la muerte de Tíbulo.

Si la madre de Memnon, si la madre de Aquiles han llorado la muerte de

sus hijos; si las más grandes diosas no son insensibles á los golpes

de la suerte, tú tambien, plañidera Elegía, deja caer tus cabellos

en desórden. Tu nombre, ¡ay! no te convendrá nunca mejor que en este

momento.

Este poeta que tú inspirabas y que fue tu gloria, Tíbulo, no es más que

un cuerpo sin vida, que la llama de la pira vá á consumir. Mira, el

hijo de Venus lleva su carcax derribado, los restos de su arco y sus

hachas apagadas. Ved cómo marcha triste con las alas caidas; cómo hiere

con su mano cruel su desnudo pecho. Sus lágrimas se derraman sobre

los cabellos esparcidos que flotan sobre su cuello; su boca deja oir

sollozos entrecortados. Tal, para asistir á los funerales de su hermano

Eneas, salió de tu palacio, encantadora Jule. La misma Vénus no se

conmovió menos por la muerte de Tíbulo que por la de su jóven amante,

cuando le vió desgarrado por un feroz jabalí.

Y no obstante, á los poetas, se nos llama séres sagrados, favoritos

de los dioses. No falta quien nos mira como si hubiera en nosotros

algo divino. Mas ¡ay! la despiadada muerte profana todo lo sagrado, á

todos alcanza su invisible mano. ¿Qué sirvieron á Orfeo el Ismario, ni

su padre ni su madre? ¿Qué le sirvió haber domado y hecho sensibles

á sus cantos los animales más feroces? Lino debia la vida al mismo

padre, y Lino fue, dicen, llorado sobre la lyra en lo más retirado de

las selvas. Añadid al cantor de Meonia, ese manantial inagotable donde

vienen á beber y á inspirarse los poetas. Tambien ha tenido su último

dia, que le ha precipitado al fondo del negro Averno. Solo los versos

escapan á la llama de la ávida pira. La obra del poeta es imperecedera:

siempre se hablará del sitio de Ilion y de aquella tela famosa, que,

gracias á una astucia nocturna, duró tan largo tiempo sin concluir.

Así el nombre de Némesis, así el nombre de Delia será eterno: la una,

última amante de Tíbulo, y la otra, su primer amor.

¿De qué os sirven los sacrificios ofrecidos á los dioses? ¿De qué

os sirven los sistros[11] de los egipcios? ¿De qué os sirve no haber

admitido á nadie en vuestra cama? Cuando veo á los más virtuosos

arrastrados por un destino cruel, perdonadme esta idea, estoy tentado

de creer que no existen dioses. Vivid piadosamente; á pesar de vuestra

piedad, morireis; honrad la religion; la despiadada muerte os arrancará

de los templos, tan religiosos como sois, para precipitaros en el

sepulcro. Contad con vuestro génio poético; hé ahi á Tíbulo muerto: de

un tan grande poeta, apenas queda con qué llenar la más pequeña urna.

¡Qué! ¡es á tí, poeta sagrado, á quien acaba de consumir la llama de la

pira, y no teme alimentarse de tus entrañas! Habrá podido consumir los

templos dorados de los más augustos dioses esa llama que fue para tí

tan culpable. La diosa del monte Erycis desvió sus miradas; tambien

dicen que ella no pudo retener sus lágrimas.

Y sin embargo, la suerte del poeta era menos de lamentar que si, muerto

en el pais de los Feacianos, hubiese sido enterrado sin honor y sin

nombre. Aquí al menos una madre ha cerrado sus ojos cubiertos de las

sombras de la muerte, y llevado sus últimos dones á las cenizas de su

hijo. Aquí al menos una hermana ha partido el dolor de su desgraciada

madre, y, agarrándose los cabellos, ha venido á llorar junto á él.

Némesis y Delia han dado ambas á tus lábios un último beso, y no han

dejado un instante tu pira abandonada. Delia decia alejándose: «Yo soy

la que ha hecho tu amor más dichosa: tú vivias cuando yo era el objeto

de tu llama.»«--¿Qué dices tú? replica Némesis. ¿Te toca llorar la

pérdida que yo he experimentado? Á mí es á quien al morir ha estrechado

la mano con la suya desfallecida.»

Si no obstante queda de nosotros alguna otra cosa que un nombre y una

sombra, Tíbulo habitará en los risueños valles de Elíseo. Ven á su

encuentro, con la frente coronada de yedra, ven aquí con tu querido

Calvo, jóven y docto Catulo. Y tú tambien, si te acusan injustamente de

haber ofendido á un amigo, ven aquí, Galo, pródigo de tu sangre y de tu

vida.

Vé ahí las sombras que deben juntarse á la tuya, si todavía la sombra

de un cuerpo es alguna cosa; porque á sus cantos de amor tú has unido

los tuyos, elegante Tíbulo. ¡Que tus huesos descansen tranquilos y á

salvo en la urna! ¡Que la tierra sea lijera á tu ceniza!

NOTAS AL PIE:

[11] Instrumento músico.

ELEGIA DÉCIMA.

ARGUMENTO.

A Céres: se lamenta de que no le sea permitido asistir á sus misterios

con su señora.

Vé aquí el aniversario de las fiestas de Céres; la jóven bella reposa

sola en su lecho no dividido. Rubia Céres, cuya fina cabellera es

coronada de espigas, ¿por qué, pues, el dia de tu fiesta, nos privas

tú el placer? Sin embargo, oh diosa, las naciones hablan de tu

munificencia, y ninguna otra divinidad es más propicia á los mortales.

Antes de tí, los groseros habitantes de los campos no cocian pan, y el

área era un nombre desconocido entre ellos. Pero los robles, primeros

oráculos, producian la bellota: la bellota y la yerba tierna eran todo

el alimento de los mortales. Céres, la primera, les enseñó á confiar

á la tierra el grano que debia allí multiplicarse, y á segar con la

hoz las espigas doradas; la primera que forzó á los toros á llevar el

yugo, y partió, con el corvo diente del arado, la tierra largo tiempo

ociosa. ¿Quién podria creer, después de esto, que quiera ver correr

las lágrimas de los amantes, y ser honrada con sus tormentos y su

continencia? Ciertamente que para gozar la vida activa de los campos no

tiene aspereza, y su corazon no está cerrado al amor. Tomo por testigo

á los cretenses, y todo no es pura fábula en esta Creta tan ufana

por haber alimentado á Júpiter. Allí se crió el soberano del imperio

celeste: allí mamó con infantiles lábios una leche bienhechora. Los

testigos son aquí dignos de fé: su hijo de leche es el que garantiza su

veracidad, y Céres convendrá, segun creo, en una debilidad muy conocida.

La diosa habia visto, al pié del monte Ida, al jóven Yasio, cuya mano

segura cazaba las bestias feroces. Ella lo vió, y de pronto un fuego

secreto se introdujo en sus venas delicadas. De un lado el pudor, y de

otro el amor se disputaban su corazon; el amor triunfó del pudor. Desde

entonces hubiéseis visto secarse los surcos; y la tierra apenas dió

tantos granos como se la habian confiado. Despues de haber, con ayuda

de azadas, revuelto bien sus campos, y abierto, con la reja del arado,

el regazo rebelde de la tierra; despues de haberla en todas partes

igualmente sembrado el confiado labrador veia defraudados sus deseos.

La diosa que preside á las mieses vivia retirada en lo más espeso de

las selvas. Las coronas de espigas se habian desprendido de su larga

cabellera. La Creta sola tuvo un año fértil y cosechas abundantes.

Todos los lugares por donde la diosa habia pasado, estaban cubiertos

de mieses. La misma Ida habia visto sus bosques llenarse de espigas

amarillentas, y el feroz jabalí se alimentaba de trigo. El legislador

Minos deseó muchos años semejantes; deseó que el amor de Céres fuese de

larga duracion.

La pena que tú hubieras experimentado, rubia diosa, si te hubiese sido

preciso descansar lejos de tu amante, estoy precisado á sufrirla en

este dia consagrado á tus misterios. ¿Por qué es necesario que esté

triste, cuando tú has vuelto á encontrar á una hija, á una reina que

no es inferior á Juno más que por el capricho de la suerte? Los dias

festivos invitan á la voluptuosidad, á los cantos y á los festines:

tales son los presentes que conviene ofrecer á los dioses señores del

universo.

ELEGIA UNDÉCIMA.

ARGUMENTO.

Cansado en fin de los numerosos desprecios de su señora, el poeta hace

aquí el juramento de no volver á amar.

Mucho y por mucho tiempo he sufrido: tu perfidia ha puesto á prueba

mi paciencia. ¡Huye de mi fatigado corazon, vergonzoso amor! Esto es

hecho, me he sustraido al yugo, y he quebrantado mis cadenas: estos

hierros que llevé sin vergüenza, tengo vergüenza al presente de

haberlos llevado. Triunfo y pisoteo al Amor vencido. Es muy tarde, es

verdad, que el bochorno me sube á la cara. ¡Vamos, valor y energía!

Estos males tendrán un dia su recompensa. Los enfermos han debido

frecuentemente su curacion á los venenos más amargos.

¡Qué! ¡yo he podido, yo, despues de tantas humillaciones, olvidarme

hasta el punto de dormir en el suelo de tu puerta! ¡Qué! ¡yo he podido,

yo, para no sé cuál amante que tú estrechabas entre tus brazos,

hacerme, como un esclavo, el guardian de la casa que me estaba cerrada!

Yo mismo lo he visto salir fatigado de tu casa, con el paso de un

veterano gastado por el servicio. Aun he sufrido menos de verlo que de

ser visto. ¡Ojalá semejante afrenta sea reservada para mis enemigos!

¿Cuándo has paseado tú sin encontrarme á tu lado, á mí, tu guardian,

á mí, tu amante, á mí, tu inseparable compañero? mucho agradabas

á las gentes, acompañada por mí; y mi amor te ha valido buen

número de amantes. ¿Por qué recordaré los vergonzosos engaños de

tu mentirosa lengua, y los dioses testigos de tantos juramentos

violados para perderme? ¿Por qué diré aquellas señas de inteligencia,

dirigidas durante la corrida, á jóvenes amantes, y aquellos términos

convencionales para disfrazar el sentido de nuestras palabras? Un dia

se me dijo que ella estaba enferma: yo corro á su casa enteramente

perdido, enteramente fuera de mí; llego y no estaba enferma para mi

rival.

Vé ahí, sin hablar de otras muchas, las afrentas que he tenido que

sufrir frecuentemente. Busca hoy dia otro que pueda soportarlas en mi

lugar. Ya mi popa, adornada de una corona votiva, vé, sin conmoverse,

el fracaso de las olas que se levantan tras ella. Basta de caricias y

de palabras otras veces poderosas: es trabajo perdido: no soy tan loco

como lo fuí. Siento luchar en mi corazon, muy lijero y diversamente

agitado, el amor á la vez y el ódio: y si no me engaño es el amor

quien le enoja. Yo aborreceré, si puedo; si no yo amaré únicamente

mi defendido cuerpo. El toro tampoco ama el yugo: lo aborrece y sin

embargo lo lleva.

Amores: elegías amatorias · 第 5 / 6 段