Pero tú tambien, Macer, cantando los combates y los trabajos de Marte,

tú tambien has hablado, tanto como has podido, del amor y de sus

tesoros. En tu poema figuran Páris, y aquel adúltero cuyo crímen ha

hecho tanto ruido, y Laodamia acompañando á su esposo que ya no existe.

Sí, te conozco bien, tratas estos asuntos tan de buena gana como los

combates, y pasas frecuentemente de tu campo al mio.

ELEGIA DÉCIMANOVENA.

ARGUMENTO.

A un hombre cuya mujer amaba.

Insensato, si para tí tú no tienes necesidad de vigilar tu mujer,

vigílala al menos para mí á fin de hacérmela desear más. Lo que nos

está permitido nos es insípido; lo que nos está prohibido excita más

fuertemente nuestra pasion.

Aquel que ama lo que otro le permite amar, tiene un corazon de hierro.

En cuanto á nosotros, los que sabemos amar, nos falta esperar y temer á

la vez, y, para desear más vivamente, tener que sufrir algunas repulsas.

Que no se me hable de una fortuna que me pondria al abrigo de toda

decepcion. No sabria amar lo que no pueda inquietarme en ningun tiempo.

Este es mi flaco; bien lo habia visto la astuta Corina: demasiado sabia

ella por dónde podíaseme cojer. ¡Cuántas veces, ay le tengo visto

¡la mentirosa! fingir un violento mal de cabeza, á fin de despedirme!

¡Cuántas veces he debido, aunque me costase, alejarme á paso lento!

¡Cuántas veces me ha supuesto culpas, y, culpable ella misma, se ha

supuesto la inocente! Despues de haberme atormentado, despues de

haber así reanimado mis fuegos medio apagados, volvía á estar dulce y

sensible á mis deseos. ¡Qué de caricias, qué de ternuras entonces me

prodigaba! ¡Cuántos besos y ¡grandes dioses! qué besos!

Tú tambien, que recientemente has embelesado mis ojos, recurre

frecuentemente á la astucia, seas á menudo sorda á mis súplicas; déjame

tendido en el umbral de tu puerta, sufrir el penetrante frio de una

larga noche de invierno. Mi amor no tiene fuerza, únicamente á este

precio tiene duracion. Vé ahí lo que le falta, vé ahí lo que alimenta

mi pasion. Un amor llano y sin dificultad me llega á ser insípido: es

como un manjar muy dulce, que no puede excitarme el corazon. Si nunca

Danae hubiese estado encerrada en una torre de metal, jamás Júpiter la

hubiese hecho madre. Juno, haciendo vigilar á Io, con la frente cargada

de cuernos, la volvió á los ojos de Júpiter más graciosa que antes.

Aquel que limita sus deseos á lo que es fácil y permitido, vaya á cojer

la hoja sobre los árboles, y beba en plena ribera. Bellas, si quereis

aseguraros un largo imperio, sabed abusar de vuestros amantes. ¡Ay!

¿Para qué es menester que yo dé lecciones contra mí mismo? No importa;

ame quien quiera una complacencia sin límites: á mí me sirve de

molestia. Yo huyo de quien se detiene á mi paso, y me detengo al paso

de quien de mí huye.

Pero tú, que estás tan seguro á la vista de tu bella compañera,

comienza desde hoy á cerrar tu puerta desde la caida del dia; comienza

á preguntar á quien viene tan frecuentemente á golpearla furtivamente;

lo que hace ladrar á tus perros en el silencio de la noche; entérate

de los billetes que lleva y vuelve á llevar una diligente sirvienta; y

por qué tu bella, tan á menudo, quiere dormir sola en su cama. Deja en

fin estos cuidados roedores penetrar alguna vez hasta la médula de tus

huesos, y dame lugar para recurrir á la astucia.

Ha nacido para hurtar la arena de las riberas desiertas, quien puede

ser amante de la mujer de un tonto. Te prevengo, que si no vigilas

más á tu mujer, no tardará en cesar de ser mi señora. Yo esperaba que

llegaria dia en que tu atenta vigilancia me obligase á más astucia. Tú

no te mueves, tú sufres lo que no sufriria ningun marido. ¡Ah, bien!

soy yo quien pondrá fin á un amor que tú permites.

¡Qué desgraciado soy! ¿No es esto lo mismo que decir que jamás me

impedirás la entrada en tu casa? ¿Que no estaré durante la noche

expuesto á tu venganza? ¿Que jamás tendré nada que temer de tí? ¿Que

jamás encontrará mi sueño un suspiro tímido? ¡Qué! ¿no harás nada que me

dé el derecho de desear tu muerte? ¿Es á mí á quien conviene un marido

fácil, un marido que prostituye á su mujer? Tú acabas de emponzoñar mis

placeres con tu complacencia. ¿Por qué no buscas á otro, que se avenga

á una tan prolongada paciencia? Si te conviene que yo sea tu rival,

prohíbeme serlo.

LIBRO TERCERO.

ELEGÍA PRIMERA.

ARGUMENTO.

La Tragedia y la Elegía se disputan la posesion de Ovidio.

Existe una antigua selva, que durante largos años ha permanecido

virgen, y se la cree el santuario de una divinidad. En medio hay una

fuente sagrada, que domina una gruta cortada en la roca: el aire

resuena al alrededor, con el dulce murmullo de las aves. Paseándome un

dia en los espesos sotos de este bosque, pensaba sobre qué género de

obra ocuparia mi musa.

Ví venir hácia mí la Elegía con los cabellos olorosos y atados con

arte; y, si no me engaño, uno de sus piés era más largo que el otro.

Su aire era decente: su ropa, del tisú más lijero; su aspecto, el de

una amante. El defecto mismo de sus piés aumentaba su gracia. Ví venir

tambien á la Tragedia avanzándose á grandes pasos, la mirada feroz,

los cabellos dispersos, la ropa talar. En su mano izquierda llevaba

con arrogancia el cetro de los reyes; sus piés calzaban noblemente el

coturno Lydio.

La primera, dirigiéndose á mi, me dijo: «¿Cuál será, cuál será el

término de tus amores, poeta infiel á mi culto? En los festines

licenciosos cuéntanse tus locuras, cuéntanse en las encrucijadas.

Casi siempre que pasas te señalan con el dedo, y dicen: «Ved ahí ese

poeta á quien consume el cruel Amor.» Tú eres, sin duda, la fábula de

la capital cuando cuentas sin pudor tus espansiones amorosas. Tiempo

es ya de que, cediendo á los impulsos del thyrso, trates asuntos más

elevados. Por largo tiempo has estado reposado; emprende una nueva

obra. El asunto de tus cantos apoca tu génio: celebra los grandes

hechos de los guerreros. ¿Soy yo, dirás tú, para servir en esa carrera?

¿Pero tu Musa no ha prodigado bastantes canciones á las bellas? Tu

primera juventud está enteramente entregada á esas bagatelas. Sé

conmigo ahora; que yo te debo el nombre de Tragedia romana. Tu génio

puede bastar para esta noble tasca.» Dijo ella, y, apoyándose con

altanería en sus coturnos bordados, sacudió tres ó cuatro veces su

cabeza sombreada por una espesa cabellera.

La Elegía, si no recuerdo mal, sonrió mirándome de soslayo. Tenia, si

no me engaño, un ramo de mirto en la mano. «¿Por qué, dijo, orgullosa

Tragedia, me tratas con tan pocos miramientos? ¿no puedes jamás dejar

de ser severa? Esta vez no obstante has tenido á bien combatirme en

versos desiguales con mi propia rima. No comparo mis cantos á tus

sublimes acentos: tu soberbio palacio aplasta mi humilde morada. Lijera

como soy, me deleito con Cupido, no menos lijero que yo. No tengo la

vanidad de creerme superior á mi papel. Sin mí, la madre del voluptuoso

Amor no tendria tantos encantos: soy la auxiliar y la compañera de

esta diosa. La puerta que no sabria forzar tu duro coturno, se abre á

los dulces acentos de mi voz; y sin embargo, si mi poder es superior

al tuyo, lo debo á la paciencia con la cual sufro bien las cosas que

sublevarian tu orgullo. De mí aprende Corina á engañar á su guardian,

á forzar la cerradura de una puerta rigurosamente cerrada, á salir

furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á

avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche.

«¡Cuántas veces me he visto suspendida en una puerta rebelde,

importándome poco ser vista por los paseantes! Hay más: recuerdo que

la sirvienta de Corina me recibió y tuvo escondida en su seno, hasta

que vió alejarse al severo guardian de su señora. ¿Te recordaré que

para celebrar el aniversario del nacimiento de tu bella, me enviabas

á ella en presente, y que me rasgó y me arrojó despiadada en el agua?

Soy yo la primera que ha hecho germinar en tí las semillas fecundas de

la poesía: á mí debes el privilegiado talento que reclama para sí mi

rival.»

Las dos Musas habian acabado, y, dirigiéndome á ellas, les dije: «Por

vosotras mismas os conjuro; acojed sin prevencion mis tímidas palabras.

Vosotras me ofreceis el cetro y el noble coturno y ya los acentos

sublimes salen de mi boca apenas entreabierta; y vosotras haceis

inmortales mis amores. Sé, pues, propicia á mis votos y déjame mezclar

entre sí el grande y el pequeño verso: otórgame una poca dilacion,

majestuosa Tragedia: tus obras exigen años, y las de tu rival solamente

algunas horas.»

No fué sorda á mi ruego: los tiernos amores esméranse en aprovechar

la próroga otorgada: he de ultimar una obra mucho más grande que me

apremia.

ELEGIA SEGUNDA.

ARGUMENTO.

Los juegos del Circo.

«Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos

corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú

favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no

dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida

y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada,

ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. ¡Oh, dichoso, sea

quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de

interesarte. Que semejante dicha me alcance; al instante me lanzaria

de la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabria, aquí,

soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo;

más lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera

rápida, llegara á divisarte, ¡oh! me detendria, y las riendas se me

escaparian de las manos. ¡Ah! faltó poco para que Pelops no cayera

en medio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte,

¡bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su

señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de

sus bellas!

¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene

al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos

del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente

bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estais

colocados detrás, no extendais tanto vuestras piernas; tened bastante

circunspeccion para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla.

Cuidado, amiga mia, tu ropa demasiado baja arrastra por tierra;

levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por

cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en verlas; si, tú

estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que

Milanion hubiera querido tocar con sus manos: tales tambien las de

Diana, cuando, levantada la ropa, perseguia en las selvas los venados,

menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas

que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á

añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que he visto,

lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu

lijera ropa.

¿Quieres tú, entretanto, que un aire agradable venga á refrescar tu

rostro? esta tablilla agitada por mi mano, te dará ese placer; á menos

que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que

te ahoga, y que tu corazon no arda con una placentera llama. Mientras

que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca

ropa: ¡huye de encima de aquellas espaldas de nieve, polvorosa tierra!

Mas vé ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atencion. Es

llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.

En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh

diosa, seme favorable, y haz que mi amor sea vencedor. Aplaudid á

Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus ondas. Por

lo que á mí toca, nada tengo de comun con el mar, y no amo mas que

la tierra que habito. Tú, soldado, aplaude á tu dios Marte. Yo huyo

de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que

Febo sea propicio á los augures, Febé á los cazadores. Tú, Minerva,

recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vosotros,

labradores, saludad á Céres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votos

del gladiador, y Cástor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á

tí, dulce Vénus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis

esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje

amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxito. Lo que ella me

ha prometido, prométemelo tú tambien. Atiende mi súplica, y perdóneme

Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo

en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa

corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no tienen

punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar en medio de estos barrotes

la punta de tus piés.

Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor

acaba de dar la señal: los cuádrigas[10], se han lanzado todos á un

tiempo, desde la barrera. Miro aquel por que te interesas; quien quiera

que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos

parecen adivinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrededor del

mojon, desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que ha

rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos

de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda izquierda. Nos

hemos interesado por un torpe. Vamos, romanos, llamad, y dad la señal

sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama:

pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la

simetría de tu tocado, puedes ponerle al abrigo bajo la falda de la mia.

Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales,

á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta

vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante

tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son

efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la

palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante

mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte

darás el resto.

NOTAS AL PIE:

[10] Carro de dos ruedas con cuatro caballos. (N. T.)

ELEGÍA TERCERA.

ARGUMENTO.

A su amiga, que habia faltado á sus juramentos.

¿En adelante creeré que hay dioses? ¡Ella ha hecho traicion á la fé

jurada, y su belleza es la misma que antes! Tan larga como era su

cabellera antes que tomase por testimonio á los dioses, tan larga es

hoy día en que los ha engañado.

Las rosas se mezclaban á la blancura de su color, y su tez ostenta aun

el matiz de las rosas.

Tenia un pequeño pié, y su pié es aun lo que tiene de más lindo. Su

talle era á la vez noble y gracioso; noble y gracioso es aun su talle.

Los ojos relumbrantes que tan frecuentemente me han engañado, los ojos,

semejantes á dos astros, lanzan aun los mismos fuegos.

Así los mismos dioses permiten el perjurio á las bellas, y la misma

belleza es una diosa. No há mucho, no lo he olvidado, ella juraba por

sus ojos y los mios; y los mios han vertido lágrimas. ¡Oh dioses! si la

perfidia ha podido abusar de vosotros impunemente, decid, ¿por qué me

habeis penado de su crímen? pero no temeis en hacer condenar á muerte á

la hija de Cefea, para castigar en ella el orgullo de su madre. Si no

es bastante que yo haya encontrado en vosotros testigos sin valor, y

que ella triunfe hoy dia de haberos engañado, al mismo tiempo que á mí;

¿será menester aun que sufra yo la pena de su perjurio, que yo sea á la

vez víctima y responsable de su perfidia?

Ó la divinidad no es más que un nombre sin realidad, una quimera

imaginada para espantar la necia credulidad de los pueblos; ó si hay un

Dios, no es favorable más que á las bellas y les dá muy exclusivamente

el derecho de atreverse á todo. Solo contra nosotros se arma Marte

con homicida espada; solo contra nosotros Pálas vuelve su formidable

lanza. Contra nosotros solo dirije Apolo sus flechas: contra nosotros

amenaza el rayo en la mano soberana de Júpiter. Los dioses no osan

penar las ofensas de las bellas, y, no habiendo sabido hacerse temer,

son los que las temen. ¿Y aun irán á quemar incienso en sus altares?

No, los hombres deben tener más corazon.

Júpiter fulmina contra los bosques y las ciudadelas, y prohibe á

su trueno alcanzar á las mujeres perjuras. En presencia de tantos

culpables, la desgraciada Semelé es la sola quemada por el rayo: su

complacencia es la causa de su suplicio. Si hubiera evitado la visita

de su amante, el padre de Baco no hubiese sido cargado del peso que

debia llevar su madre.

Mas ¿por qué estos reproches y esta guerra que hago á todo el cielo?

Los dioses tienen ojos como nosotros, y como nosotros tienen corazon.

Yo mismo, si fuera un dios, no me ofenderia de que una mujer engañara

mi divinidad con una mentira. Atestiguaria con un juramento la verdad

de los juramentos de una bella, y no pasaria por un dios uraño.

Tú, sin embargo, jóven belleza, usa más moderadamente de la proteccion

de los dioses, ó al menos evita la vista de tu amante.

ELEGÍA CUARTA.

ARGUMENTO.

Exhorta á un marido á no hacer vigilar tan severamente á su mujer.

Intratable esposo, tú has atado un guardian á los pasos de tu jóven

compañera: ¡pena inútil! el guardian de una mujer es su virtud. Es

solo casta aquella que no se vé obligada á serlo por el temor y la que

es fiel á la fuerza no es verdaderamente fiel. Gracias á tu contínua

vigilancia, su cuerpo ha podido quedar intacto; su corazon es adúltero.

No se sabria guardar una alma á despecho de ella, y los cerrojos

entonces nada valen. Por bien que cierres las entradas de tu casa, el

adúltero penetrará: quien impúnemente puede cometer algunas faltas

comete menos: el poder de hacer mal enfria el deseo. Cesa, créeme,

de incitar al vicio prohibiéndolo: triunfarás mucho mejor por la

complacencia.

Yo ví no há mucho un corcel rebelde al freno ponerse furioso y

dispararse como el rayo: despues se detuvo de un golpe, desde que

sintió las riendas flotar muellemente sobre su larga crin. Nosotros

corremos siempre á lo que es prohibido, y deseamos lo que se nos

rehusa. Así el enfermo desea el agua que le es vedada.

Argos tenia cien ojos en la cabeza y en la frente, y solo el amor supo

frecuentemente engañarle. La roca y la arena componian la imperecedera

torre donde Danae fue encerrada vírgen, y allí llegó á ser madre.

Penélope, sin estar guardada, quedó pura en medio de tantos jóvenes

adoradores.

Cuanto más cuidadosamente se guarda una cosa, más la deseamos: la

vigilancia no es más que una provocacion al ladron: pocas gentes

aman los placeres permitidos. No es la belleza de tu esposa, es tu

amor lo que hace buscarla; se la supone no sé qué atractivos que te

cautivan. Una mujer guardada por su marido, no sea virtuosa, sino que

sea adúltera, y es codiciada. Los peligros que acompañan á la posesion

son más preciosos que la posesion misma. Soy sedicioso, si tú quieres,

yo no amo más que los placeres prohibidos. Agrádame solo aquella que

puede decir: «Tengo miedo.» Y en tanto está permitido tratar como

esclava á la mujer que ha nacido libre, no usamos de esta tiranía más

que con las mujeres de naciones extrañas. Tú sin duda quieres que su

guardian pueda decir: «Eso es gracias á mí.» ¡Ah, bien! Si tu esposa es

casta, que el honor sea todo para tu esclavo.

Es ser muy tonto, ofenderse del adulterio de una esposa: es conocer muy

poco las costumbres de la ciudad en donde no nacieron sin crímen Rómulo

y Remo, hijos de Marte y de Ilia. ¿Por qué tomarla bella si la quieres

virtuosa? virtud y belleza no sabrian ir en compañía.

Si tú haces bien, ten un poco de indulgencia, deja ese aire severo,

y no hagas prevalecer tus derechos como un esposo rígido. Acepta los

amigos que te dé tu esposa; ella te dará muchos; así es como se obtiene

sin trabajo un gran crédito. A este precio tendrás siempre sitio en

los banquetes de una juventud juguetona, y encontrarás en tu casa mil

objetos que no te habrán costado nada.

ELEGÍA QUINTA.

ARGUMENTO.

Sueño.

Era de noche, y el sueño habia cerrado mis fatigados ojos, cuando una

vision vino á traer el terror á mi alma.

Sobre la vertiente de una colina expuesta al Mediodía, habia un bosque

sagrado lleno de robles, cuyas frondosas ramas servian de abrigo á

millares de aves. Más abajo se extendia un llano, revestido del más

verde césped, y regado por un arroyo que allí arrastraba sus aguas con

dulce susurro.

A la sombra de un frondoso roble traté de huir del calor; pero este se

hacia sentir á la misma sombra de los frondosos árboles. Hé aquí que,

paciendo en el césped sembrado de mil diversas flores, se ofreció á mis

miradas una blanca vaquilla, una vaquilla más blanca que la nieve caida

de reciente y que no ha tenido tiempo de transformarse en agua límpida;

más blanca que la tremente espuma de la leche de la oveja que se acaba

de ordeñar.

Junto á ella estaba un toro, su dichoso esposo. Se acostó á su lado,

sobre el espeso tapíz de verdura. Así muellemente tendido, rumia

lentamente la tierna yerba, y se alimenta segunda vez de su primer

alimento; luego el sueño le quitó sus fuerzas, y creí verle dejar caer

en tierra su cabeza armada de cuernos, no pudiendo sostenerla.

Al mismo tiempo ví una corneja, hendiendo rápidamente los aires,

descender graznando, sobre el verde césped. Tres veces hundió el pico

audaz en el pecho de la vaquilla, tres veces arrancó como copos de

nieve. Despues de una larga resistencia, abandonó aquella el sitio y el

toro; pero su blanco pecho dejaba vislumbrar una mancha negra. Desde

que ella vió otros toros que pascían á lo lejos sabrosos pastos (porque

efectivamente otros toros á lo lejos pascían) corrió á mezclarse entre

ellos y tomar su parte de las riquezas de un suelo más fértil.

«Oh tú, intérprete de los sueños de la noche, exclamé, si el mio

encierra alguna verdad, dime lo que significa.» Entonces el intérprete

de los sueños de la noche, reflexionando sobre todos los detalles de

mi sueño, me dió esta respuesta:

«El calor de que procuras guardarte á la sombra del follaje, y que no

alcanzas evitar, es el fuego del amor. La vaquilla, es tu señora: tu

señora es blanca como ella, tú eres el toro que seguia su compañía.

La corneja, cuyo agudo pico se hundía en el pecho de la vaquilla, es

aquel viejo pervertidor que corrompió el corazon de tu amante. La tenaz

resistencia de la vaquilla que abandona en seguida á su toro, es el

alejamiento de tu señora, quien no calentará de nuevo tu solitaria

cama. Las manchas negras que afean el pecho del animal es el signo del

adulterio que deshonra el corazon de tu bella.»

A estas palabras del intérprete, mi sangre huia de mi helado rostro, y

ante mis ojos se extendia una profunda noche.

ELEGIA SEXTA.

ARGUMENTO.

Á un rio que crecía de repente de una manera prodigiosa, y se oponia al

paso del poeta, ansioso de llegar cerca de su señora.

Rio cuyas cañas obstruian las riberas cenagosas, vuelo cerca de mi

señora: deten un momento el curso de tus aguas. Tú no tienes ni puente,

ni barca, que sin remero me lleve á la otra ribera, con ayuda solamente

de un cable.

No há mucho, recuerdo que eras pequeño: no he temido vadearte á pié,

y la superficie de tus aguas apenas mojaba mis talones. Hoy dia,

has crecido por el deshielo de las nieves de la montaña vecina, te

precipitas con furia, y por tu cauce cenagoso, arrastras profundas

aguas.

¿Qué ventaja me trae ser tan apresurado, haber otorgado tan poco tiempo

al sueño, haber hecho de la noche dia, si es preciso que me detenga

aquí, si no hay medio para mí de poner el pié en la otra ribera? ¡No

tener yo en este momento las alas del héroe hijo Danae, cuando llevaba

la cabeza de Medusa, erizada de mil serpientes! ¡No tener yo aquí el

carro de Triptoleme, quien, el primero, enseñó á los salvajes humanos

el arte de confiar á la tierra las semillas de Céres! Estos prodigios,

¡ay! jamás han existido mas que en la imaginacion de los antiguos

poetas: ni se han visto, ni se verán. Pero tú, rio desbordado, (¡ojalá

en recompensa sea eterna tu corriente!), vuelve otra vez á tus primeros

límites. No podrás, créeme, llevar el peso del ódio público, si se sabe

que tú has detenido los pasos de un amante.

Amores: elegías amatorias · 第 4 / 6 段