Cupido, oh tú, que siempre te me muestras irritado, tú que nunca

permites el descanso á mi corazon, ¿por qué soy objeto de tus golpes,

yo que nunca he abandonado tu bandera? ¿por qué herirme en mi propio

campo? ¿por qué tu hacha quema á tus amigos? ¿por qué tu arco les

traspasa con sus flechas? Habria más gloria en vencer á un rebelde.

¡Qué! ¿el héroe hemoniano despues de haber pasado á Telefo con su lanza,

no curó con su lanza la herida de su enemigo? El cazador persigue al

animal que huye; y una vez alcanzado le deja para ir siempre á la pista

de una nueva presa. ¡Reservas para nosotros, que somos tus semejantes,

la fuerza de tus armas; y tu brazo entorpecido no sabe herir al enemigo

que te resiste! ¿A qué viene embolar tus afiladas flechas en los huesos

descarnados? porque el amor solo me ha dejado el hueso. ¡Sin amor hay

tantas jóvenes! ¡Hay tantos jóvenes sin amor! En ellos pues alcanzarás

un triunfo glorioso.

Si Roma no hubiese desplegado sus fuerzas por todo el universo, hoy

no seria aun sino un conjunto de chozas. El fatigado soldado abandona

la guerra por el campo que acaba de dársele. El corcel, libre de su

prision, corre á brincar en los prados; extensos muelles resguardan el

buque vuelto de nuevo al puerto, y el gladiador recibe en cambio de sus

armas, la varilla que le libra de los combates, y yo que puedo contar

tantas campañas al servicio del Amor, ¿no seria tiempo de que viviese

tranquilo?

Y sin embargo, si un dios me dijese: «En adelante vive sin amor;» yo me

defenderia; ¡tan dulce es el mal de amor! No sé qué vértigo arrastra

mi mal aconsejada alma cuando estoy bien repuesto de amor, cuando no

experimento sus fuegos. Como el caballero, recogiendo en vano las

riendas blanqueadas por la espuma, se vé arrebatado en el precipicio

por su corcel que no siente el freno; como el esquife, cerca de tocar

la tierra y de llegar al puerto, se vé á un tiempo arrojado por un

golpe de viento; así yo soy arrastrado aquí y allá por el soplo

incierto de Cupido, y el Amor de color de rosa vuelve á tomar contra mí

sus acostumbradas tretas.

Tira, niño, he depuesto las armas, y me ofrezco desnudo á tus tiros.

Desplega aquí tus fuerzas, y haz ver aquí tu destreza. Vé ahí el punto

en que, sin oir tus órdenes, vienen las mismas flechas á clavarse:

apenas el carcax le es tan conocido como mi corazon. ¡Triste de quien

puede descansar una noche entera, y comprar á gran precio el sueño!

¡Insensato! ¿Qué es el sueño sino la imágen de la fria muerte? Los

destinos te reservan un largo reposo.

Quiero que mi señora me engañe alguna vez con promesas falaces: la

esperanza por lo menos será para mí una verdadera dicha; quiero que

ella ya me acaricie, ya me riña: que frecuentemente se me entregue,

que frecuentemente me rechace. Si Mario, (Marte), es inconstante, lo

es por tí, Cupido; el amante de tu madre, imitándote, lleva de aquí

para allá sus armas. Eres veleidoso, eres cien veces más lijero que tus

alas, y, siempre inconstante, dás y rehusas el placer á medida de tu

capricho. Si no obstante, tu graciosa madre y tú os dignais atender

mis súplicas, ven á reinar como dueño en mi corazon y no lo abandones

jamás. Que las hermosas, en veleidoso tropel, acudan bajo tu imperio:

tú serás, á este precio, adorado de los dos sexos á la vez.

ELEGIA DÉCIMA.

ARGUMENTO.

A Grecino: se puede muy bien, dígase lo que se quiera, amar á dos

mujeres á la vez.

Tú eras, Grecino, lo recuerdo, quien me negaba que pudiese amar á dos

mujeres á un mismo tiempo. Gracias á tí he sucumbido; gracias á tí he

sido apresado sin defensa, y vé aquí que tengo vergüenza, vé aquí que

amo á dos mujeres á la vez, bellas las dos, las dos en estado de buen

servicio: seria imposible decir cuál tiene más talento. La primera

aventaja en belleza á la segunda, esta á la primera: tan pronto es una

como otra la que más me place. Mi corazon, como el esquife batido por

los opuestos vientos, marcha á la ventura, dividido entre estos dos

amores. ¿Por qué, diosa del monte Erycino, multiplicar así mis eternos

tormentos? ¿No era bastante tener que ocuparme de una sola querida?

¿Por qué añadir hojas á los árboles, estrellas al cielo, y nuevas aguas

á las olas del inmenso Océano?

Prefiero, no obstante, amar así, á consumirme sin amor. ¡Para mis

enemigos una vida sin voluptuosidad; para mis enemigos el sueño en

una cama solitaria y la facilidad de descansar contentos en medio de

un lecho no dividido! Para mí, quiero que el cruel amor me arranque á

las dulzuras del sueño; no quiero ser solo en estrujar el plumon de

mi cama. Que solo una mujer apure sin obstáculo mi amor, si una sola

puede hacerlo; y si no es suficiente una, que sean dos. Mi cuerpo seco,

pero no débil, me dará fuerza; es la gordura y no el vigor lo que le

falta. Por otra parte la voluptuosidad me animará con su poder: jamás

he quedado en falla junto á una hermosa. Frecuentemente, despues de

una noche consagrada al placer, me he encontrado por la mañana lleno

de vigor y dispuesto á la accion. ¡Dichoso quien muere en los dulces

combates de Vénus! ¡Hagan los dioses que yo encuentre ese dia la muerte!

Que el soldado presente su pecho á los dardos del enemigo, que compre

al precio de su sangre una gloria inmortal; que el avaro busque lejos

las riquezas, y que, sumergido en los mares que ha cansado su nave,

trague las aguas con su boca perjura: por lo que á mí toca, quiero

encanecer bajo la bandera de Vénus, quiero morir en medio de la lucha,

y que puedan decir llorando sobre mi sepulcro: «Ha muerto como ha

vivido.»

ELEGIA ONCENA.

ARGUMENTO.

Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.

El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en

las olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos,

para traer el toison de oro. ¡Oh! ¡quiera el cielo que Argo haya sido

absorbido en los profundos abismos del mar, á fin de que ningun mortal

fatigue con su remo la inmensidad de las olas!

Vé aquí que, abandonando su cama acostumbrada y sus penates domésticos,

Corina se va á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu

desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento

glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino

ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo espectáculo no

tendrás más que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde

se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino

en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que

debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo

allí hay seguridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os

cuenten los combates que libran los vientos, qué mares son infestados

por Carybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los

montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que

otros os instruyan, cualesquiera que sean sus relaciones, creedlas:

creer en la relacion de una tempestad, no es correr riesgo alguno.

Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de

la ribera, la nave voga á velas llenas en el vasto mar. El navegante

inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como

las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Triton levanta con furia sus

agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los

compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que

vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho,

leer algun libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia.

Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, ¡que

al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer

tal belleza, vuestro seria el crímen y de vuestro padre, Diosas y

Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio,

y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso

Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje

las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma

ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos

ayudarán á hacer mover.

Yo seré el primero en descubrir desde la ribera tu nave querida; y

diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos,

tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofrecida para tu

regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la

lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí

con el vaso en la mano me contarás todas tus aventuras; me describirás

tu navío medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia

mí no temias ni al frio ni á la noche, ni á los austros impetuosos.

Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo.

¿Y por qué no he de creer yo con complacencia lo que más deseo? ¡Ojalá

pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes,

traerme desde luego este dichoso dia!

ELEGIA DUODÉCIMA.

ARGUMENTO.

Se goza de haber por fin obtenido los favores de Corina.

Ceñid mi frente, laureles de la victoria. Soy vencedor: Corina está

en mis brazos; aquella que un marido, que un guardian, que una puerta

de encina, ¡que tanto antemural ponian al abrigo de una sorpresa! La

victoria que, ante todas las otras, merece los honores del triunfo, es

seguramente aquella que no está manchada por la sangre del vencido. No

son humildes murallas, no son plazas cercadas por estrechos fosos, una

bella es la que he sabido tomar por asalto.

Cuando Pérgamo cayó, despues de diez años de guerra, ¿qué parte de

honor, entre tantos sitiadores, alcanza el hijo de Atreo? Mi gloria,

es mia, me es toda personal: ningun soldado puede reclamar su parte,

ninguno tiene título para pretenderla. Como jefe y soldado á la vez

he logrado mis fines: yo mismo fuí á la vez caballero, infante,

abanderado, y en mis hechos no tuvo lugar la casualidad. ¡Para mí,

pues, mi triunfo que es premio de mis esfuerzos!

No seré tampoco la causa de una nueva guerra. Sin el rapto de la hija

de Píndaro, la paz de Europa y del Asia no se hubiese alterado. Una

mujer es quien, con el vino, arma vergonzosamente, unos contra otros, á

los salvajes Lapithas y la raza monstruosa de los Centauros. Una mujer

es quien en tu reino, justo latino, obligó á los Troyanos á empezar

de nuevo desastrosas guerras. Una mujer es quien, desde los primeros

tiempos de Roma, fué causa del sangriento combate en que los Romanos

tuvieron que defenderse contra sus suegros. He visto pelearse los toros

por una blanca vaquilla, que, espectadora de la lucha, animaba su

valor. Yo tambien soy uno de los numerosos soldados del Amor; pero es

sin efusion de sangre como me hace seguir sus estandartes.

ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.

ARGUMENTO.

A Isis: le pide proteja la preñez de Corina.

La imprudente Corina tratando de desembarazarse de la carga que lleva

en su seno, se expone ella misma á perder la vida. Ciertamente por

haber afrontado, sin saberlo, tan gran peligro, merecia toda mi cólera;

pero la cólera cede ante el temor. Pues ó habia concebido por mi causa

ó al menos yo así lo creo: porque frecuentemente tomo por un hecho

cierto, lo que no es más que posible.

Isis, tú que habitas el Paretonio, y los campos deliciosos de Canope,

y Mémfis, y Pharos fértil en palmeras, y aquellas llanuras en donde el

Nilo, abandonando su vasto cauce, va, por siete bocas, á llevar sus

aguas al mar; yo te conjuro por tu sistro[8], por la cabeza misteriosa

de Anubis, (y que á este precio el pio Osiris acepte siempre tus

sacrificios, la serpiente amodorrada se arrastre lentamente en torno

de las ofrendas, y en medio del cortejo se adelante Apis con su media

luna sobre la frente); fija tus miradas en Corina: ahorra en ella sola

dos víctimas, porque ambas recibiremos la vida, ella de tí, yo de ella.

Muy frecuentemente tú la has visto, en los dias que te son consagrados,

celebrar tus misterios, á la hora en que tus sacerdotes coronen sus

frentes con laureles.

Y tú, que tienes piedad de las jóvenes esposas en los dolores del

parto, cuando el fruto que llevan escondido busca salir de su prisión,

Ilithyia, séasme propicia, y dígnate atender mis súplicas: ella merece

que tú la cuentes en el número de tus protegidas. Y yo, revestido

de una ropa blanca, iré á hacer ahumar el incienso en tus altares:

iré á cumplir mis votos, depositar mis ofrendas á tus piés, con esta

inscripcion: «Ovidio, por la salud de Corina.» Dígnate solamente dar

lugar á mis ofrendas y á esta inscripcion.

Y tú, Corina, si en mi espanto, me es permitido darte un aviso, despues

de una tal lucha, no aventuro una segunda.

NOTAS AL PIE:

[8] Instrumento músico.

ELEGIA DÉCIMOCUARTA.

ARGUMENTO.

A Corina: aprovecha su restablecimiento para exponerle más libremente

la gravedad de su falta.

¿De qué sirve á las bellas el estar fuera de combates, de no tener que

seguir, escudo en mano, nuestras formidables legiones, si, lejos de

los peligros de la guerra, ellas se lastiman con sus propias armas, si

con sus ciegas manos atentan á sus dias? La que primero ensayó hacer

abortar en sus entrañas el tierno fruto que llevaba, merecia perecer en

esta lucha empeñada por ella. ¡Qué! ¡para ahorrar á tu vientre algunas

arrugas, convendrá asolar el triste campo en que se libró el combate!

Si, en las primeras edades del mundo, las madres hubieran tenido

esta viciosa costumbre, el género humano hubiera desaparecido de la

tierra; y para repoblar el universo y sembrar las piedras de que

nacieron nuestros abuelos, seria menester otra Deucalion. ¿Quién

hubiera destruido el imperio de Príamo, si la diosa de los mares,

Thétis, no hubiera querido llevar su fruto hasta el término fijado

por la naturaleza? Si Ilia hubiese ahogado los mellizos de quienes

estaba embarazada, no hubiese existido el fundador de la villa señora

del mundo. Si Vénus hubiese hecho morir á Eneas en su seno, la tierra

hubiese sido privada de los Césares. Tú misma, que debias nacer tan

bella, hubieras perecido, si tu madre hubiese hecho lo que tú acabas

de osar. Y yo, más bien nacido para morir de amor, no hubiese jamás

existido, si mi madre me hubiese muerto de antemano.

¿Por qué despojar á la viña fecunda del racimo que crece? ¿Por qué, con

mano cruel, arrancar el fruto antes de su madurez? muerto caerá por sí

mismo; una vez nacido, déjale crecer; la vida es bastante buen premio

para algunos meses de paciencia.

Mujeres, ¿por qué manchais vuestras entrañas con un hierro homicida?

¿Por qué presentais el cruel veneno al niño que aun no existe? Se

maldice á la madrastra de Colquida, que se manchó con la sangre de

sus hijos y se compadece á Itis degollado por su madre. Sí, estas dos

mujeres fueron bárbaras; pero su barbarie tenia un motivo: se vengaban

de sus esposos en los hijos que tenian de ellos. ¿Os escita, decidme,

algun Tereo, algun Jason á despedazar vuestras entrañas con sacrílega

mano?

Jamás se ha visto tanta crueldad en los tigres de las cuevas de la

Armenia; jamás la leona se atrevió á procurar el aborto. Á las tiernas

bellezas estaba reservado el intentarlo, pero no impunemente. Ahogando

á su hijo en su seno, perece muchas veces la madre. Perece, y se lo

lleva toda desmelenada en su lecho de dolor; y todos exclaman al verla:

«¡Lo tiene bien merecido!»

Pero que mis vanas palabras se pierdan en el aire; ¡que mis presajios

queden sin efecto! Dioses clementes, sufrid que Corina haya cometido

impunemente una primera falla, es todo lo que pido. Que el castigo sea

reservado para la segunda.

ELEGÍA DÉCIMAQUINTA.

ARGUMENTO.

Al anillo que él habia enviado como presente á su señora.

Anillo, que vas á ceñir el dedo de mi bella señora, tú que no tienes

otro precio que el amor de aquel que te dá, sé para ella un presente

agradable: ojalá te reciba con placer, ¡y te coloque desde luego en

su dedo! Sé hecho para ella, como ella para mí; que tu círculo abrace

cómodamente su dedo, sin lastimarlo.

Dichoso anillo, tú vas á ser tocado por mi señora. ¡Ay! yo envidio

ya la suerte de mi presente. ¡Oh! que no pueda yo de un golpe

transformarme en tí, por el arte del májico de Ea ó del viejo

de Carpthos. Entonces yo querría que tú tocaras su cuello, ó te

introdujeses con su mano izquierda bajo su túnica. Yo me escaparia de

su dedo, por muy apretado y ajustado que estuviese, y me libertaria por

encantamiento para ir á caer sobre su seno. Yo tambien, cuando ella

querria sellar sus tabletas misteriosas, é impedir á la cera adherirse

á la piedra muy seca, yo tocaria ante todo los húmedos lábios de mi

bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso

para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rehusaré dejar su

dedo; me encojeré para sujetarle más fuertemente.

Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de

vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te

zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero

quizá entonces viéndote desnuda, el amor despertará mis sentidos, y ese

mismo anillo tomará de nuevo su papel de amante.

¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y

que mi señora no vea en tí más que la prenda de mi fidelidad.

ELEGIA DÉCIMASEXTA.

ARGUMENTO.

Á Corina, induciéndola á que vaya á verle en su casa de campo de

Sulmona.

Estoy en Sulmona, tercer canton del territorio de los Sabinos[9]. Este

canton es pequeño, pero el aire es saludable, gracias á frescas fuentes

de agua viva. Aunque los rayos más cercanos del sol hienden aquí la

tierra, aunque se sienten los ardores funestos de la canícula, límpidos

arroyos serpentean á través de los campos Pelignos, y una vejetacion

vigorosa cubre el suelo de fresco césped. El pais es fértil en trigo,

más fértil aun en uva: produce alguna vez ademas la almendra que viene

del árbol de Palas. Las aguas que corren por las praderas las tienen al

instante cubiertas de una yerba nueva, y el suelo, siempre refrescado,

presenta un espeso tapiz de verdura.

Pero allí no se encuentra mi amor; me engaño de una palabra: allí no

se encuentra el objeto de mi amor, mi amor se encuentra solo. Aunque

se me colocase entre Castor y Pollux, sin tí yo no querria habitar el

cielo.

¡Que la muerte sea cruel y la tierra pesada á aquellos que han trazado

los primeros, en sus carreras, lejanos surcos en el globo! Al menos

debian mandar á las jóvenes bellezas á acompañar á sus amantes, si

fuera menester surcar la tierra por caminos interminables. Por lo que

á mí toca, si habia de trepar, helado de frio, los Alpes expuestos á

todos los vientos, este viaje, penoso como es, me pareceria dulce con

mi señora; con mi señora, no dudaria en atravesar los Sirtes de la

Libia, en presentar mi vela al pérfido Noto; con ella no temería ni á

los mónstruos marinos que ladran á los lados de Scila, ni tus estrechas

gargantas, tortuosa Malea, ni las aguas que el infatigable Caribdis,

hartada sin cesar de navíos sumergidos, vomita y engulle de nuevo.

Que si los vientos son más fuertes que Neptuno, si las olas se

llevan los dioses que nos protejen, enlaza á mis hombros tus brazos

tan blancos como la nieve, yo llevaré fácilmente tan dulce peso.

Frecuentemente, para ir á ver á Hero, su jóven amante habia atravesado

los mares á nado; no hubiese perecido, sin la oscuridad que ocultó el

camino á sus ojos.

Yo, aquí solo sin mi señora, tengo agradable vista de ricos viñedos,

de campos en todas partes bañados por límpidos rios; veo al agua,

obedeciendo al cultivador, dividirse en numerosos arroyos, y las

hojas de los árboles suavemente agitadas por el fresco aliento de

los vientos; mas no creo habitar el bello pais de los Pelignos; no

encuentro la heredad de mis antepasados, el lugar que me ha visto

nacer; me creo en medio de la Scythia, de los bravos cilicianos, de los

Bretones con el rostro pintado de verde y entre peñascos teñidos con la

sangre de Prometheo.

El olmo ama la viña, la viña se une al olmo; ¿por qué estoy tan á

menudo lejos de mi señora? Sin embargo, tú debias no separarte nunca:

tú me lo habias jurado, y por mí y por tus ojos que son mis astros

tutelares. Más lijeras que las hojas de otoño, las vanas promesas de la

belleza huyen siempre á merced de los céfiros y de las aguas.

Si por tanto eres aun sensible á mi desamparo, comienza en fin á

cumplir tus promesas; sube sin más tardar en un carro lijero tirado

por dos veloces caballos, y sacude tú misma las riendas sobre su

clin flotante. Y vosotros, montes orgullosos, humillaos á su paso; y

vosotros, tortuosos valles, abridle fácil camino.

NOTAS AL PIE:

[9] Abruzo.

ELEGIA DÉCIMASÉPTIMA.

ARGUMENTO.

Se compadece de Corina, demasiado engreida de su belleza.

Si hay alguno que piense que es vergonzoso el ser el esclavo de una

bella, acepto su condenacion. Que me declare pues infame, con tal que

la diosa que reina á Paphos y á Cytheres me trate con un poco más

miramiento. ¿Por qué no he sido el esclavo de una amante sensible y

dulce, puesto que yo habia nacido para ser el esclavo de una bella? La

belleza dá orgullo: la belleza de Corina la vuelve intratable. ¡Ay! ¡por

qué se conoce tan bien! De su espejo saca su arrogancia; aunque no se

mira en él mas que despues de componerse.

Si tu belleza, nacida para hechizar mis ojos, te asegura el imperio

de todos los corazones, no debes, comparándome á tí, despreciarme; la

inferioridad puede asociarse con la grandeza. Se sabe que la ninfa

Calipso, ardiendo en amor por un simple mortal, le retiene contra su

voluntad para hacerle su esposo. Se sabe que una de las Nereidas no

se abochornaba por tener comercio con el rey de Phthia, Egeria con el

justo Numa, Vénus con Vulcano, cojo, y todo sucio como está al dejar

su yunque. Estos versos no son de un metro igual, y por tanto el verso

heróico se combina muy bien con un verso de más pequeño corte.

Tú tambien, oh alma mia, acójeme á cualquier título que sea. Que de

lo alto de tu lecho te plazca dictarme leyes. No verás nunca en mí

un acusador pronto á vengarse de su desgracia: no tendrás que negar

nuestro amor.

Que cerca de tí mis versos suplan en mí la riqueza. Más de una bella

quiere deberme su celebridad. Sé de una que en todas partes va

haciéndose pasar por Corina: ¿por serlo efectivamente qué no daria

ella? Pero como no se vé correr por un mismo cauce al fresco Eurotas y

al Pó guarnecido de chopos, del mismo modo ninguna otra que tú será el

objeto de mis cantos: solo á tí está reservado inspirar mi genio.

ELEGIA DÉCIMAOCTAVA.

ARGUMENTO.

A Macer: se justifica de entregarse enteramente á cantos eróticos.

Mientras que juntas en tus versos la cólera de Aquiles, y revistes de

sus primeras armas á los héroes encadenados por sus juramentos, yo,

Macer, gozo del reposo á la sombra de la indolente Vénus, y el tierno

Amor viene á parar el vuelo audaz de mi genio. Más de una vez he dicho

á mi señora: «Basta ya, retírate,» y al punto ella se sienta sobre mis

rodillas. Frecuentemente le he dicho: «En verdad estoy avergonzado;»

y ella, reteniendo con pena sus lágrimas, exclamaba: «¡Qué desgraciada

soy! ¡ya te avergüenzas de amarme!» Entónces estrechándome entre sus

brazos, me prodigaba mil besos de aquellos que hacen mi perdicion.

Estoy vencido; mi espíritu no sueña en los combates: lo que yo canto

son mis hazañas domésticas y mis guerras privadas. No obstante he

manejado el cetro; mi pluma ha osado abordar la trajedia, y la empresa

no era superior á mis fuerzas. El Amor se echó á reir al ver mi noble

manto, mi coturno pintado y mi cetro tan bien llevado por manos para

las cuales está hecho. Las exigencias de una señora imperiosa me han

arrancado de este trabajo, y el poeta de coturno es batido por el Amor.

Puesto que esta es mi suerte, me limito á profesar el arte de amar; y

soy el primero ¡ay! abrumado bajo el peso de mis preceptos. O escribo

una carta de Penélope á Ulyses, ó pinto tus lágrimas, Phyllis, cuando

te ves abandonada. Escribo á Páris y á Macarea, y al ingrato Jason, y

al padre de Hippólyto, y al mismo Hippólyto. Repito los lamentos de la

infortunada Didon, armada de su amenazante espada, y los suspiros de la

heroina de Lesbos, amiga de la lira Eolia.

¡Con qué velocidad mi amigo Sabino ha recorrido el mundo, y traido de

mil diversos lugares la respuesta á estas letras! La casta Penélope

ha reconocido el sello de Ulyses, y la suegra de Hippólyto ha leido

los reproches que él le dirije. Ya el piadoso Eneas ha respondido á

la muy desgraciada Elisa; y Phyllis, si con todo eso ella respirara,

tambien tiene su respuesta. Las tristes despedidas de Jason han llegado

á Hypsipyle; y Safo, querida de Apolo, no tiene mas que depositar á los

piés del Dios la Lyra que le tiene consagrada.

Amores: elegías amatorias · 第 3 / 6 段