lleve el Simois al mar sus veloces aguas. Vivirá tambien el poeta de
Ascra, mientras la uva granará en la viña, mientras los dones de Céres
caerán bajo el cortante de la hoz. Siempre hablará el mundo entero
del hijo de Batto, aunque en este poeta el arte domine al génio. El
coturno de Sófocles no se usará, pero vivirá Arato tanto como el sol
y la luna. Tanto como la falacia caracterizará al esclavo; tanto como
el padre será severo, la alcahueta pérfida, la cortesana cariñosa,
vivirá Menandro. Ennio, que no conoció el arte; Accio, cuyos acentos
eran tan varoniles, tienen un nombre que el tiempo no destruirá. ¿Qué
siglo no conocerá á Varron, y el primer marinero, y el Vellocino de oro
conquistado por un jefe ausonio? Los versos del sublime Lucrecio, no
perecerán, sino el dia en que el mundo perezca. Títyro y los segadores,
Eneas y sus combates serán leidos, en tanto que Roma sea la reina del
mundo que ha conquistado. Mientras el arco y el fuego sean las armas
del Amor, se aprenderán tus cantos melodiosos, elegante Tibulo. Galo
será conocido por los pueblos de Occidente; Galo será conocido por los
pueblos de Oriente; en todas partes, con Galo, será conocida su querida
Lycoris.
Así, aunque el tiempo mine los peñascos, aunque destroce el diente
de la dura esteva, los versos escapan á la muerte. ¡El cetro con sus
conquistas, cedan, pues, el paso á la poesía! ¡Cédanselo tambien, las
riberas afortunadas del Tajo, que arrastra el oro con sus aguas!
En buen hora que el vulgo se entusiasme por cosas de poco más ó menos:
yo lo que pido es que Apolo me vacie á copa llena el agua de Castalia;
que el mirto que teme el frio orne mi cabeza, y que mis versos no dejen
de ser leidos por el agitado amante. Viviendo, se sirve de pasto á la
Envidia; muerto, se disfruta del reposo á la sombra de la gloria que se
ha merecido. Cuando la pira fúnebre me habrá consumido, viviré, y la
mejor parte de mí mismo habrá triunfado de la muerte.
LIBRO SEGUNDO.
ELEGIA PRIMERA.
ARGUMENTO.
Por qué en lugar de la Gigantomaquia que tenia comenzada, canta sus
Amores.
Vé ahí aun una obra de Ovidio, nacido en la húmeda comarca de los
Sabinos, de Ovidio, el cantor de sus propios devaneos. El Amor es
aun quien lo ha querido. ¡Lejos de aquí, sí, lejos de aquí bellezas
demasiado severas! no sois el auditorio que necesita para sus tiernos
acentos. No quiero para lectores más que á la vírgen que se inflama á
la vista de su prometido, y el novicio adolescente tocado del primer
amor. Quiero que el jóven Romano, herido por el mismo arco que yo,
reconozca en mis versos la imágen del fuego que le quema, y que despues
de un largo aturdimiento exclame: «¿Cómo, pues, este poeta ha sabido el
secreto de mis amores?»
Yo habia osado, me acuerdo, celebrar las guerras de los cielos y el
jigante de cien manos; y no es la fuerza lo que me hubiera faltado.
Iba á borrar la funesta venganza de la Tierra, y la caida del Pelion
rodando con la Ossa desde lo alto del Olimpo donde estaban amontonados.
Yo tenia en mis manos las nubes, Júpiter y su rayo, con el cual no
hubiese dejado de defender su imperio. Mi dueño me cerró su puerta:
inmediatamente dejé allí á Júpiter con su rayo; sí, el mismo Júpiter
salió de mi espíritu. ¡Perdon, Júpiter! para nada me sirven tus flechas;
esta puerta cerrada podia más sobre mí, que tu rayo. Vuelvo á mis
burlas, á mis lijeras elegías; estas son mis únicas armas: la dulzura
de mis cantos ablandó bien pronto la dureza de las puertas.
Los versos hacen descender hácia nosotros el disco ensangrentado de
la Luna: ellos páran, en medio de su curso, los blancos corceles del
Sol. Los versos arrancan á la serpiente su dardo emponzoñado; hacen
remontar las aguas hácia su orígen. Los versos han hecho caer puertas;
han forzado la cerradura, por bien clavada que estuviese sobre un
grueso roble. ¿Qué hubiese yo ganado en cantar al impetuoso Aquiles?
¿Qué hubieran hecho por mí los dos hijos de Atrida, y este rey á quien
la guerra ocupó diez años, y que diez años vagó en la ventura, y ese
Héctor, inhumanamente arrastrado por los corceles de un príncipe de
Hemonia? Pero yo he cantado apenas la belleza de una tierna jóven
cuando ella misma viene al encuentro del poeta para sus versos. Es una
gran recompensa. ¡Adios, pues, héroes de nombres ilustres! vuestros
favores no son los que yo ambiciono. Hermosas niñas, fijad, echad una
dulce mirada sobre los versos que me dicta el purpúreo Amor.
ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Al eunuco Bagoas, para que le procure fácil acceso junto á la belleza
confiada á su guarda.
Oh tú, á quien está confiado el cuidado de guardar á tu señora,
escucha, Bagoas, no tengo más que dos palabras que decirte, pero estas
dos palabras son importantes. Ayer la ví pasear bajo el pórtico de las
hijas de Dánae. Luego, prendado de sus gracias, le dirigí por escrito
una súplica. A su vez, ella me escribió con mano trémula: _Imposible_.
¿Y por qué, _imposible_? le pregunté. Ella me respondió que tu
vigilancia era muy severa.
Si quieres ser cuerdo créeme, guardian importuno, deja de merecer el
odio; hacerse temer, es hacerse desear la muerte. Su marido mismo
es un loco: ¿por qué tanto atormentar en defender un bien que,
para quedar intacto, no necesita vigilancia? Le es permitido, sin
duda, dejarse llevar furioso por los transportes de su amor; le es
permitido creer casta á una mujer que gusta á todo el mundo. Por tu
bien déjala en secreto un poco de libertad: la que tú la darás sabrá
bien agradecértela. Consiente en que exista con ella complicidad,
y la señora esté bajo las leyes de su esclavo. ¡Esta complicidad te
horroriza! ya tú puedes cerrar los ojos. ¿Lee ella un billete aparte?
supón que lo recibe de su madre. ¿Llega á ella un desconocido? Tómale
por un antiguo amigo. ¿Vá á ver á una amiga enferma que no lo está?
Figúrate que lo está en efecto. ¿Tarda en volver? Para no aburrirte
en esperar puedes apoyar tu cabeza sobre tus rodillas y roncar á tu
contento. No he de inquirir lo que puede hacer en el templo de Isis, lo
que pueda pasar en los teatros.
Un cómplice discreto obtendrá siempre honores, y por tanto ¿qué hay
menos difícil que callarse? Entonces es amado, gobierna toda la casa;
no tiene que temer las entrevistas; para él omnipotencia; para los
otros, vil rebaño, la servidumbre. Por ocultar á un marido la verdad,
le embauca con quimeras, y, dueños ambos, encuentran bueno lo que no
habia de gustar mas que á la mujer. De un marido, por más que frunza la
ceja, por más que arrugue la frente, obtiene lo que quiere una mujer
cariñosa. Pero es menester que de tiempo en tiempo te busque querella,
que vierta lágrimas fingidas, que te trate de verdugo. Tú, entónces,
suponle faltas de que pueda con facilidad justificarse: acusándole
falsamente, alucina á su marido sobre la verdad. A este precio los
honores, á este precio los escudos lloverán sobre tí. Obra de esta
suerte, y al instante obtendrás tu libertad.
Ves á los delatores con el cuello cargado de estrechas cadenas; ves á
los hombres de pérfido corazon encerrados en oscuros calabozos. Tántalo
busca el agua entre aguas y coje los fugaces frutos: el agua y el fruto
escapan á sus lábios: vé ahí lo que le ha valido su indiscrecion. Por
haber seguido demasiado severamente las órdenes de Juno, el guardian de
Io perece en la flor de la edad, Io es una diosa.
He visto cargar de hierro, que le magullaban las piernas, á un
indiscreto que habia revelado á un marido los amores incestuosos de su
mujer. Merecia un castigo más severo: porque su lengua ruin habia hecho
dos víctimas: sumergia al marido en el dolor, y ajaba el honor de la
esposa.
Créeme: no es el marido quien quiere semejantes acusaciones; puede
oirlas, pero nunca con placer. Si es indiferente, su indiferencia hace
inútil vuestra delacion; si ama, os debe su infelicidad. Por otra
parte, por evidente que sea la falta de una mujer, no es fácil de
probar: tiene en su pro la indulgencia de su juez. Aunque él mismo lo
hubiese visto todo, admitirá la negativa, acusará á sus propios ojos,
se atormentará á sí mismo. Cuando vea á su mujer llorar, llorará con
ella, diciendo: «¡Este maldito hablador me lo pagará caro!» ¡Es desigual
la lucha en que te empeñas! Vencido, pasas por azotes, mientras que la
bella reposa sobre las rodillas de su juez.
No queremos un crímen: no deseamos vernos para componer bebidas
emponzoñadas: en nuestras manos no brilla una espada amenazadora. Lo
que pedimos es que por tu mediacion nos podamos amar sin peligro.
¿Hay ruego más inocente?
ELEGIA TERCERA.
ARGUMENTO.
Al mismo, que se mostraba inflexible.
¡Ay de mí! pues guardas mi señora, tú que no eres ni hombre, ni mujer,
tú que no puedes conocer los placeres que saborean juntamente dos
amantes! El que primero mutiló vergonzosamente la infancia, merecia
sufrir á su vez el mismo suplicio. Serias más complaciente, más
sensible á mis ruegos, si hubieras amado á alguna mujer. No estás hecho
para montar á caballo, para llevar las pesadas armas, para cargar tu
mano con la belicosa lanza. Es menester ser hombre para esto; tú,
renuncia á todo acto viril. No sigo otras banderas que las de tu
señora. A ella es á quien debes servir; aprovecha sus buenas gracias.
Si tú la pierdes, ¿para qué servirias? Su figura, su edad, invitan al
placer: su belleza no debe marchitarse y perecer en perezoso abandono.
Por severo que parezcas, ella no necesita mucho para engañarte. Lo que
han resuelto dos amantes, jamás deja de tener efecto: pero como es más
fácil valerse de los ruegos, te dirigimos los nuestros, mientras aun
tienes tiempo de complacernos.
ELEGIA CUARTA.
ARGUMENTO.
Su inclinacion al amor; por qué todas las bellas, sin distincion, le
agradan.
No pretendo justificar el relajamiento de mis costumbres, ni recurrir
jamás á pretextos engañosos para excusar mis desvaríos. Confieso mis
faltas por si tal declaracion puede ser útil para algo. Ahora que me
reconozco culpable, quiero revelar todas mis locuras. Reniego de mis
errores, y no puedo dejar de complacerme en los errores que maldigo.
¡Oh! ¡Cuán pesado es de llevar el yugo que se querria sacudir! Yo no
tengo ni la fuerza ni el poder de domar mis pasiones: ellas me atraen,
como las rápidas olas llevan la lijera barca.
No es tal ó cual belleza la que me inflama: cien motivos me obligan
á amar siempre. Si alguna tiene sus ojos modestamente inclinados,
mi corazon se enciende, y su pudor es el cepo en que caigo. Si es
incitativa, me dejo apresar porque no es novicia, y porque promete
ser viva y eficaz sobre un mullido lecho. Si veo una cuyo aire arisco
recuerda la severidad de las Sabinas, me figuro que tiene deseos, pero
que sabe disimularlos. ¿Eres sábia? me gustas por tus raros talentos:
¿eres ignorante? me gusta tu simplicidad. Esta halla los versos de
Calímaco sin gracia en comparacion á los mios; lo agradezco y me
gusta al momento: aquella criticando mis versos, me disputa el título
de poeta; á pesar de sus críticas quisiera tocarla de cerca. Esta
marcha muellemente, su suavidad me encanta: aquella, pesadamente; la
aproximidad de un amante le prestará tal vez agilidad. La una canta con
gracia, y su garganta flexible exhala los acentos más melodiosos; yo
quisiera robar un beso á su boca medio abierta; la otra recorre con un
dedo lijero las temblorosas cuerdas de su lira: ¿quién podria dejar de
amar manos tan diestras? Esta otra, en fin, me seduce por su danza: amo
al ver sus lascivas posiciones, el movimiento cadencioso de sus brazos,
su destreza en responder al compás por el contoneo de todo su cuerpo.
No hablemos de mí, que todo me inflamo: colocad á Hipólito delante de
ella; se volvería un Priapo. Tú que eres alta no cedes á las heroinas
de la antigüedad, y tienes tu puesto á lo largo del lecho. Tú que eres
baja sabes gustarme tambien. Ambas me arrebatan; la grande y la pequeña
me convienen igualmente. ¿Esta está sin adorno? pienso en lo que la
compostura podria aumentar sus encantos; ¿aquella está engalanada?
brilla con todos sus atractivos. Soy esclavo de la rubia y de la
morena, que tambien es agradable Vénus bajo atezado color. ¿Flotan
negros cabellos sobre un cuello de nieve? La belleza de Leda consistia
en su negra cabellera. ¿Veo blondos cabellos? Una cabellera dorada hace
la belleza de la Aurora. En todas partes la historia me ayuda para
justificar mi amor. La juventud me encanta, la madurez me seduce: la
una tiene en su favor la belleza del cuerpo, la otra su espíritu. En
una palabra, de todas las bellas que se admiran en Roma, no hay una que
no le apetezca á mi amor.
ELEGIA QUINTA.
ARGUMENTO.
Dirije reproches á su señora, quien, á su vista, mientras fingía
dormir, habia dado á otro convidado señales inequívocas de su amor.
¡Cupido; huye con tu carcax! el Amor no tiene bastante precio, para
que yo invoque tan frecuentemente la muerte. Sí, yo invoco la muerte
cuando sueño en tu perfidia, ingrata belleza, nacida para mi eterna
desgracia. No son tus tablitas mal borradas las que me descubren tu
conducta: no son los presentes recibidos furtivamente los que revelan
tu crímen. Quieran los dioses que acusándote yo, no pueda convencerte.
¡Infeliz de mí! ¿por qué mi causa es tan buena? Dichoso el amante que
puede defender valientemente lo que él ama, y á quien su señora puede
decir: «¡Yo no soy culpable!» Tiene un corazon de hierro y se abandona
demasiado á su ira, aquel que quiere adquirir un laurel ensangrentado
por la condenacion de una pérfida.
Desgraciadamente lo he visto todo, cuando tú me creias dormido. Sí,
he visto por mis ojos, que el vapor del vino no perturbaba, he visto
vuestra traicion. Os he visto entenderos por el movimiento de vuestras
cejas: vuestros signos de cabeza, lenguaje bastante claro, eran como
palabras. Tus ojos no fueron mudos: se trazaron letras con el vino
sobre la mesa: tus propios dedos no estaban sin hablar su lenguaje.
A pesar de todos vuestros esfuerzos para ocultarle, he penetrado el
sentido de vuestras palabras: he comprendido el valor de los signos
convenidos entre vosotros. Ya la mayor parte de los convidados se
habian alejado; no quedaban más que dos jóvenes, dormidos por la
embriaguez. Yo os ví entonces cambiar culpables besos, besos en los
cuales, yo lo he visto, vuestras dos lenguas se confundian; no de los
besos que recibia de una hermana un hermano virtuoso, sino de los que
dá una tierna mujer á su ávido amante; no de los besos que Febo podia
dar á Diana, sino de los que Vénus prodigaba á su querido Marte.
«¿Qué haces tú? exclamaba yo, ¿á quién das los favores que me
pertenecen? Es mi derecho, es mi bien; yo la vindico y yo la defenderé.
Solo para mí tus caricias, solo para tí las mias; ¿por qué un tercero
quiere tener una parte en lo que no pertenece mas que á nosotros dos?»
En estos términos es como se exhalaba mi despecho: el color de la
vergüenza cubrió bien pronto sus culpables mejillas. Así se colora el
cielo al nacer de la esposa de Titon, ó la jóven virgen á la vista
de su prometido: así brillan las rosas en medio de los lirios que
las rodean: tal enrojece la luna, detenida en su curso por algun
encantamiento; tal aun el marfil asirio, que tiñe una mujer de Meome
para impedirle se vuelva amarillo con los años. Tal ó poco menos, era
el color de la pérfida, y quizás jamás habia estado más bella. Miraba
á tierra y esta mirada era hechicera: la tristeza estaba pintada en su
cara y esa misma tristeza la agraciaba. Sus cabellos, y nada era tan
bello como sus cabellos, estuve á punto de arrancárselos; sus mejillas
delicadas, estuve por abofetearlas.
Cuando mis ojos encontraron los suyos, mis nerviosos brazos cayeron á
pesar mio, y mi señora encontró su seguridad en sus armas. Al ver que
ella venia amenazante, yo me arrojé á sus rodillas, y la supliqué no me
diera menos tiernos besos. Sonrió y me dió de todo su corazon el más
dulce beso, uno de esos besos que arrancarian á la mano irritada de
Júpiter su rayo luminoso. Lo que me atormenta hoy es el temor de que
mi rival habrá recibido de tan deliciosos: yo no quiero que los suyos
hayan podido ser del mismo género.
Ciertamente habia en aquel beso mucho más arte del que debe á mis
lecciones: me parece que ella habia aprendido algo nuevo. Ese
refinamiento de voluptuosidad nada bueno me presagia; tengo por mal lo
que más plugo; nuestras lenguas, cruzándose mútuamente, fueron todas
enteras estrechadas por nuestros lábios, y con todo no es esto solo lo
que me apena: no es solamente de aquellos besos voluptuosos de lo que
me quejo, aunque no obstante me compadezco; pero tales lecciones no se
dan más que en la cama, y no sé qué maestro ha recibido la inestimable
paga.
ELEGIA SEXTA.
ARGUMENTO.
Deplora la muerte del papagayo que habia regalado á su señora.
El ave imitador venido de las Indias Orientales, aquel papagayo no
existe. ¡Llegad en tropel á sus funerales; venid todos, piadosos
habitantes de los aires; herid vuestro pecho con las alas, y surcad
con aguzadas uñas vuestras cabezas delicadas! En defecto de plañideras
que se arranquen los cabellos, despedazad vuestras plumas erizadas; en
defecto de los acentos del clarin que resuena á lo lejos, haced oir
funerarios cantos.
¿Por qué te quejas, Filomela, de la maldad del tirano ismario? el
tiempo ha debido poner término á tus lamentos. Resérvalos para la
muerte del ave más rara. La suerte de Itis fué un gran motivo de dolor,
pero es un asunto muy antiguo.
Vosotras que os balanceais dulcemente en las llanuras de los cielos,
y tú más que otra, tórtola querida, exhalad vuestras lúgubres quejas.
Estuvo toda su vida en perfecta inteligencia con vosotras, y su
fidelidad á toda prueba no se desmintió jamás. Lo que fué el griego
Pílades para su amigo Orestes, la tórtola, oh papagayo, lo fué para tí,
mientras viviste.
¿De qué te ha servido esa fidelidad? ¿De qué te ha servido el brillante
explendor de tu raro plumaje? ¿De qué te ha servido esa voz tan hábil
para imitar nuestro lenguaje? ¿De qué te ha servido haber agradado á
mi señora desde que le fuiste regalado? ¡infeliz! ¡eras la gloria de
las aves, y ya no existes! Tú podrias, por el brillo de tu plumaje,
eclipsar la verde esmeralda, y el rojo color de tu pico igualaba al
brillo de la púrpura. Ninguna ave en la tierra hablaria tan bien como
tú: ¡tan grande era tu habilidad en repetir tartajeando los sonidos que
no habias entendido!
La muerte envidiosa te ha herido; tú no declarabas la guerra á ninguna
ave, tú eras á la vez hablador y amigo de las dulzuras de la paz. Vemos
las codornices, siempre en guerra, y por esto mismo quizás, alcanzar
frecuentemente la vejez. Los menores alimentos te bastaban; el placer
que encontrabas en hablar no te permitía tomar un frecuente alimento.
Una nuez constituia tu comida; algunas adormideras le invitaban al
sueño; algunas gotas de agua pura extinguian tu sed. Vemos vivir al
insaciable buitre, y al milano, el que en su vuelo, describe grandes
círculos en medio de los aires, y al grajo, que pronostica la lluvia.
Vemos á la corneja, odiosa á la belicosa Minerva: apenas muere al
cabo de nueve siglos. ¡Y ha muerto el pájaro que sabia imitar tan
bien la voz del hombre, aquel papagayo, raro presente traido de las
extremidades del mundo! Casi siempre las manos avaras de la muerte
hieren desde luego lo que hay de mejor en la tierra, y las cosas más
malas cumplen su destino. Thérsistes vió los tristes funerales de
Phylácides: Héctor estaba reducido á cenizas, cuando sus hermanos aun
vivian.
¿Á qué recordar los tiernos votos que hizo por tí mi señora alarmada,
votos que el tempestuoso Noto llevó al medio de los mares? Habias
alcanzado el séptimo dia, que debia ser el último para tí: ya la Parca
habia enteramente dividido su huso: sin embargo, tu lengua tuvo el
valor de hacerse oir aun y exclamaste muriendo: «¡Corina, adios!»
En el Elíseo, en la pendiente de una colina hay una selva á la que
dan sombra las apiñadas encinas; allí la tierra húmeda está siempre
ornada de un verde césped. Aquel lugar, si se dá crédito á la fábula,
se dice es la mansion de las aves piadosas: las aves de augurios malos
no penetran en él. Es donde habitan los inocentes cisnes y el eterno
fénix, siempre único entre las aves. Es donde el pavo real ostenta con
orgullo su brillante plumaje, y donde la paloma cariñosa prodiga sus
besos á su ávido esposo. Recibido en medio de ellas, en esta riente
floresta, nuestro papagayo llama por su lenguaje la atencion de esas
piadosas aves.
Sus huesos están cubiertos por una tumba, y esta tumba, pequeña como su
cuerpo, presenta una pequeña piedra con esta corta inscripcion: «Por
este monumento se puede juzgar cuánto gusté á mi señora: mi boca para
hablarla sabia más que un pico de ave.»
ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
A Corina: niega haber tenido jamás ningun comercio con Cipasis.
¿He de ser siempre el blanco de tus nuevas acusaciones? por más que
hagas, tengo que salir victorioso de esta lucha que se repite á cada
momento. Si dirijo la vista á las más elevadas gradas del teatro, tú
elijes, entre mil, la mujer que debe servir de pretesto á tus quejas.
Si los inocentes ojos de una bella se fijan por casualidad en los mios;
según tú, mi silencio dice bastante, yo me entiendo con ella. Si alabo
á esta, tus uñas acometen sin piedad á tu cabellera; si vitupero á
aquella, entonces es para mejor ocultar mi crímen. Si tengo buen color,
es que estoy frio contigo; si estoy pálido, es que yo muero de amor por
otra.
¡Si al menos tuviera algunas faltas que reprocharme! en este caso se
sufre más pacientemente la pena que se tiene merecida. Pero tú me
acusas sin razon, y por tu inclinacion en creerlo todo intencionado,
destruyes tú misma el efecto que podria causar tu ira. Ves ese animal
con largas orejas, ves al pobre pollino: á pesar de los golpes de azote
con que se le abruma, no va más lijero.
Ve ahí un nuevo motivo de acusacion. Hoy es Cipasis tu hábil peinadora
y dices tú que habrá mancillado conmigo el lecho de su señora.
Presérvenme los dioses, ¡si el deseo me diese de ser culpable, de
querer serlo con una mujer de vil condicion! ¿Qué hombre libre querria
unirse á una esclava, y entre sus brazos apretar un cuerpo magullado
de golpes de azote? Añade que es ella quien pone la última mano á
tu tocado, y que sus hábiles dedos te lo han vuelto precioso. ¿Y yo
insultaria á una muchacha que te es tan adicta? ¿Qué ganaria yo en
ello, sino el ser denunciado, despues de haber sufrido una negativa? Te
lo juro por Vénus y por el arco de su veleidoso hijo, no soy culpable
de este crímen de que me acusas.
ELEGÍA OCTAVA.
ARGUMENTO.
A Cipasis le pregunta cómo Corina ha podido saber el secreto de sus
amores.
Cipasis, tú que tan bien sabes componer de mil maneras un peinado,
tú que eres digna de no peinar mas que á las diosas, tú cuyo mérito
conozco por un dulce latrocinio; tú, tan estimada por tu señora, pero
más por mí, dime ¿quién ha podido revelar el secreto de nuestros
amores? ¿Cómo Corina ha podido sospechar nuestros placeres? Esto
me abochorna. ¿Acaso se me ha escapado una sola palabra que pueda
descubrir nuestras furtivas voluptuosidades? Por el contrario, ¿no
tengo jurado que para querer ser culpable con una sirvienta, era
menester no tener sentido comun?
Y por tanto el héroe de Thesalia se ha consumido de amor por la bella
Briseidos, que no era más que una sirvienta. Una sirvienta fué la
sacerdotisa que supo conquistar al rey Miceno. ¿Soy, pues, más grande
que Aquiles, más grande que el descendiente de Tántalo? ¿Lo que fué
conveniente para los reyes seria para mí un asunto vergonzoso?
Sin embargo, cuando ella fijó en tí sus airadas miradas, ví colorearse
tus mejillas. Para mayor seguridad, si no lo has olvidado, ¡he tomado
en testimonio de mi inocencia á la augusta Vénus! Y tú misma, sí, tú,
bella diosa, ordena que ese perjurio de un corazon inocente, sea por el
ardiente aliento del Noto, llevado más allá de las olas carpathianas.
Por tal servicio, otórgame, morena Cipasis, el dulce favor de
encontrarme hoy á solas contigo. ¿Por qué rehúsas? ¿por qué, ingrata,
finges nuevas alarmas? Basta haber bien merecido de uno de tus amos. Si
eres bastante necia para rechazarme, referiré lo que hemos hecho; yo
me convertiré en mi propio acusador, y diré, Cipasis, sí, yo diré á tu
señora el lugar y el número de nuestras citas, y también el número y
naturaleza de nuestros placeres.
ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.
A Cupido: le exhorta para que no gaste todas sus flechas contra él solo.