OVIDIO.
LOS AMORES.
[Illustration]
AMORES.
ELEGÍAS AMATORIAS
DE
OVIDIO,
por primera vez publicadas en lengua castellana.
_Traduccion hecha sobre el original latino por
dos literatos valencianos._
[Illustration]
VALENCIA; 1878.
LIBRERÍAS DE JUAN MARIANA Y SANZ, EDITOR,
librero de la Universidad y Ayuntamiento,
_Bajada de S. Francisco_,
núm. 11.
_Lonja de la Seda_,
núm. 7.
Esta obra es propiedad de su editor Sr. Mariana y Sanz, y todos los
ejemplares llevarán su sello para los efectos de la Ley.
[Illustration]
Valencia 1878.--Imp. de M. Alufre, Quevedo, 17.
EPÍGRAMA
DE P. OVIDIO NASON,
SOBRE SUS AMORES.
Nosotros que éramos poco há en número de cinco libros, somos ahora solo
tres: Ovidio, nuestro padre, así lo ha preferido. Si no experimentais
gusto alguno al leernos, la disminucion de dos libros aliviará vuestro
enfado.
LOS TRADUCTORES.
No hay español medianamente instruido, siquiera no posea la lengua
del Lacio, que no conozca á Ovidio por sus célebres _Metamórfosis_,
vertidas al castellano desde antiguo por Antonio Perez Sigler, Felipe
Mey y otros; vulgar se ha hecho ya el conocimiento del mismo eminente
poeta por su famoso _Arte de amar_, cuya última edicion española ha
publicado recientemente el editor del presente libro; á quien registre
nuestras bibliotecas no ha de ser difícil saborear en la propia lengua
de Castilla la traduccion que D. Sebastian de Albarado tituló _Heroyda
Ovidiana_ y hasta las _Epístolas amatorias_, causa, segun se dice, de
la desgracia y destierro de su autor, que tiempo há fueron traducidas
por Diego Megía; pero los AMORES, obra la más expontáneamente producida
por el génio poético del voluptuoso Ovidio, los _Amores_, que reflejan
fielmente la manera más íntima de ser y de pensar, no solo de su autor,
sino de la juventud romana de su época; los _Amores_, que marcan el
grado de la corrupcion de costumbres de la corte de Augusto, digna,
por más de un concepto, de profundo estudio; esos _Amores_ son poco
conocidos en el mundo literario, y jamás hasta ahora, que sepamos, han
sido traducidos á la lengua castellana.
¿Es menguado, acaso, el mérito de las elegías amorosas del autor de las
Metamórfosis?
De ningun modo: Ovidio habia nacido poeta; y á pesar suyo, á pesar
de la promesa de no componer más versos, hecha á su padre al pedirle
perdon, diciendo: «_Parce mihi, nunquam versificabo, pater!_», los
versos, como el anterior, brotaban naturalmente de su mente, como
el agua desbordada de manantial fecundo, hasta el punto de confesar
él mismo: «_Quid quid tentabam scribere, versus erat._» Poeta por
naturaleza, entre todos los géneros de poesía, el que mejor se adaptaba
á su génio é inclinaciones, era sin duda el amoroso.
En vano se propone escribir un poema en doce cantos, para celebrar al
jigante de cien manos Gyges, hijo del cielo y de la tierra; su musa es
el amor: «_hoc quoque jussit amor!_»
Ahora bien; ¿dónde más en su centro pudo encontrarse el génio poético
de Ovidio que al cantar sus propios amores?
Corina, la bella Corina, semejante á Lais y á Semíramis, y principal
objeto de las elegías amorosas de Ovidio, es á este poeta lo que Delia
á Tibulo, lo que Lesbia á Catullo, lo que Cynthia á Propercio, lo
que Lycoris á Galo, lo que Lydia, Gliceria, Cloris, Phyllida, Licia,
Phillis, Neera, Tyndaris y Pyrrhe al voluble Horacio[1].
Del mismo modo á Ovidio, que públicamente ama á Corina, tampoco le son
indiferentes la camarera Cypassis, la peinadora Nape y otras que no
nombra, pero que tambien le inspiran bellos versos como protectoras de
sus intrigas amorosas, á cuya sombra se ocultan.
Al desaparecer estos pasajeros amores, no queda en el pecho del poeta
otro afecto más íntimo que el recuerdo de la amistad consagrado á su
inolvidable compañero Tibulo, á cuya sentida muerte dedica una de sus
más bellas elegías de este libro, en la que evoca los queridos nombres
de Calvo, Catullo y Galo, cantores del amor, cuyos nombres figuran
juntamente en el Eliseo.
Solo otra de las elegías iguala tal vez á esta en fuerza de conviccion
y de sentimiento, y es la XV del libro I, dirigida contra los
detractores de la poesía.
La poesía, la amistad, el amor, hé aquí la trilogia que comprende toda
la vida de Ovidio; tales son la delicia, el consuelo y la necesidad
de su alma. ¿Dónde, pues, ha podido reflejarse mejor esta, que en las
elegías dedicadas á sus más íntimos afectos?
Leyendo las _Metamórfosis_ se puede apreciar la erudicion mitológica,
el ingénio para elegir, la facultad para poetizar de Ovidio; en _Arte
de amar_ hace gala de su aptitud didáctica; pero para conocer á Ovidio
como poeta y como hombre, es necesario leer sus _Amores_.
Verdad es que nada tienen de honestos tales _Amores_, que no serian
dignos de leerse, á no estar engalanados con toda la mágia de la poesía
y de la originalidad. En efecto, los _Amores_ de Ovidio, que no tienen
la tristeza de Tibulo, ni el buen humor y sencillez de Horacio; que
están lejos de los arrebatos de Catulo, y aun más lejos del insulso
platonismo de la mayor parte de los poetas eróticos, son la expresion
del placer y de la voluptuosidad en toda su desnudez, pero presentada
con el decoro del arte.
Si es digna de condenarse á perecer esta clásica obra, cuya traduccion
presentamos, no deben por igual razon quedar en pié las clásicas
estátuas de Vénus, que tambien con toda su desnudez, pero con el
decoro del arte, nos legó la antigüedad, como representacion de la
voluptuosidad, del placer y de la belleza, si es que otra cosa no
representa la infiel esposa de Vulcano y lasciva amante de Adónis.
NOTAS AL PIE:
[1] Ello, no obstante, dice de él el Sr. Alarcon en su discurso de
recepcion por la Real Academia Española, que fué constantemente moral y
muchas veces moralista en sus inmortales versos.
LIBRO PRIMERO.
ELEGIA PRIMERA.
ARGUMENTO.
Por qué el poeta pasa de los versos heróicos á los eróticos.
Las armas y las encarnizadas batallas me preparaba á cantar en forma
heróica. Los versos eran todos de igual medida, pero dicen que se echó
á reir Cupido y acortó un pié. ¿Quién, niño cruel, te ha dado tal
derecho sobre la poesía? De las musas, y no tuyo, somos cortejo los
vates. ¿Qué se diria si Vénus se cubriese con las armas de Minerva
ó si esta atizase tu hacha para avivar su llama? ¿Quién hallaria
conforme que Céres reinase en las frondosas selvas y la vírgen del
Carcax presidiese el cultivo de los campos? ¿Apolo, el de los rubios
cabellos, será armado de aguda lanza mientras que Marte hará vibrar
las cuerdas de la lira Aonia? Demasiado grande y demasiado poderoso,
¡oh muchacho! es tu imperio; ¿por qué aun quieres extenderlo más? ¿Es
todo tuyo? ¿son tuyos el monte Helicon y el valle de Tempe? ¿Tambien ha
de ser tuya la lira de Apolo? El primer verso principiaba rotundamente
mi nuevo poema, cuando el Amor acorta repentinamente mi brio. Para
inspirarme versos más ligeros, no tengo ni un jóven ó una jóven de
blondos cabellos, que me den pié.
Apenas me habia quejado, cuando desligando su carcax, sacó flechas
destinadas á herirme y despues de tender fuertemente sobre la rodilla
su flexible arco: «Recibe, dijo, oh vate, asunto que cantar.»--¡Infeliz
de mí! el niño acertó la puntería. Me abrasó, y en mi pecho, hasta
ahora vacío, reina el Amor. Comencé mi obra con seis piés y acabé con
cinco. Adios, sangrientas guerras; adios, ritmo bélico. Ciñe tu rubia
cabeza con el verde mirto, Musa mia, que no tienes que modular más que
once piés en cada dos versos.
ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Descríbese el triunfo del amor.
¿Podrá haber quien me diga por qué me parece tan duro mi lecho, por
qué mi cubrecama no puede permanecer sobre él, por qué esta tan larga
noche ha pasado sin poder yo conciliar el sueño, y por qué, aun echado,
me duelen todos los huesos? Comprendo que así sucediera, si algun amor
viniese á tentarme. ¿Por dónde traidoramente se desliza y callado me
hiere con sus artificios? Sí, eso es: agudas flechas han penetrado mi
corazon, que fiero, el amor trata como pais conquistado. ¿Me daré por
vencido, ó, luchando, daré pábulo á esta súbita llama? Cedamos: leve
se hace la carga cuando se la sabe llevar. Crecen las llamas cuando se
las combate soplando, y se extinguen cuando nadie las toca. Más golpes
llevan los bueyes que repelen el yugo, que los habituados á llevarlo.
El caballo indómito es duramente regido, y ménos siente el freno el
que está pronto á marchar al combate. Así tambien el Amor apremia
más cruelmente á los rebeldes que á los que se conforman á prestarle
vasallaje.
¡Yo lo confieso, soy tu nueva presa, Cupido! somos los vencidos que
extendemos las manos ante tu poder. No hay necesidad de guerra; paz
y perdon te imploramos. Pero no mereces alabanza en vencer con tus
armas á un hombre inerme. Corónale de mirto, unce las palomas de tu
madre; el mismo Marte te dará el carro que te conviene, y sobre ese
carro, en medio de las aclamaciones del pueblo, te erigirás triunfador,
y guiarás con arte las uncidas aves. Seguiránte jóvenes cautivos y
cautivas niñas. Esta será la pompa de tu magnífico triunfo, y yo mismo,
postrer víctima, estaré allí con mi reciente herida, y, esclavo sumiso,
arrastraré mi nueva cadena. La Moralidad será conducida con las manos
atadas tras la espalda, lo mismo que el Pudor y cuanto es obstáculo
á las armas del Amor. Todos te temerán y, extendiendo hácia tí sus
brazos, entonará el pueblo con grandes voces «¡Victoria!» Las caricias
serán tus compañeras, y la ilusion y la locura tu inseparable escolta.
Con este ejército somete los hombres y los dioses. Alegre tu Madre te
aplaudirá triunfador, desde lo alto del Olimpo, y esparcirá rosas sobre
tu frente. Tus alas y tus cabellos se adornarán con piedras preciosas,
y resplandeciente como el oro, serás conducido por las doradas ruedas
de tu carro. Tambien entonces, si mal no te conozco, inflamarás no
pocos corazones; tambien entonces abrirás á tu paso muchas heridas. Tus
flechas, aunque lo quisieras, no pueden estar quietas, tu férvida llama
quema aun en medio del agua.
Tal era Baco cuando triunfó del pais donde corre el Ganges: tú eres
conducido por aves, él lo fué por tigres; así, pues, que forme yo
parte de tu sacra comitiva; no quieras perder el derecho del vencedor.
Contempla la feliz conquista de tu pariente César: con la misma mano
con que los vence proteje á los vencidos.
ELEGIA TERCERA.
ARGUMENTO.
Se recomienda á su querida por las excelencias de la poesía, la pureza
de sus costumbres y la fidelidad á toda prueba, que ofrece.
Mi plegaria es justa: que la niña que há poco me han robado, ó me ame,
ó haga por que le ame toda mi vida. ¡Ah, demasiado he ambicionado! que
solamente me permita amarla. Ojalá Venus oyera mis súplicas. Acepta un
amante que te servirá por largos años, acepta un amante que sabe amar
con fidelidad eterna.
Si no me recomiendan ilustres apellidos de antigua familia; si mi
abuelo era solo un caballero particular, y si las tierras de mi casa
no se remueven con innumerables arados y mis padres restringen mi
escaso gasto, recomiéndenme no solamente Apolo y sus nueve compañeras
y el inventor de la viña, sino tambien el Amor que me entrega á tí, y
la fidelidad á que nadie me hará faltar; mis costumbres sin tacha, mi
inocente sencillez, y mi rubicundo pudor. No me gustan todas: no soy
burlador de Amores. Tú sola, si me correspondes con la misma fidelidad,
serás siempre mi perene cuidado. Ojalá pase junto á tí los años que la
Parca me deje, y muera con sentimiento tuyo.
Dame feliz tema para mis versos y serán dignos de quien los inspira. A
la poesía deben su celebridad la ninfa Io, asustada de sus cuernos; y
aquella á quien el adúltero sedujo, trasformado en Cisne[2], y la que
robada por un fingido toro se cogió á sus largos cuernos con virgínea
mano[3]. Nosotros tambien seremos cantados por todo el mundo, y siempre
citarán unidos tu nombre y el mio.
NOTAS AL PIE:
[2] Leda.
[3] Europa.
ELEGIA CUARTA.
ARGUMENTO.
Antes de cenar con su querida le indica las señas con que podrán
manifestarse su mútuo amor á presencia del marido.
Tu marido ha de cenar con nosotros; ¡así sea esta su última cena!
¿mientras tanto solo contemplaré á mi amada como convidado? ¿El
derecho de estar junto á ella será de otro? ¿Recostada con él darás
nuevo calor á su seno? ¿Cuando guste, pasará su mano sobre tu cuello?
No atiendas á la que tras el festin de su boda[4] puso en guerra á
los deformes Centauros. Yo no habito las selvas, ni soy medio caballo
como ellos, pero me parece que apenas podré contenerme. Aprende lo que
tienes que hacer y no dejes que se lleven mis palabras ni el Euro ni el
tibio Noto.
Llega ántes que tu marido; no preveo aun así qué puede hacerse, pero vé
primero. Cuando se acerque á la mesa, irás con aire modesto á ponerte
á su lado; procurando el oculto contacto de nuestros piés. Observa lo
que te indiquen mis señas y el lenguaje de mis ojos. Mira y devuelve
del mismo modo las furtivas señas. Sin voz le hablarán mis cejas y
leerás palabras trazadas con los dedos. Cuando te ocurra la idea de
nuestros placeres, toca con el tierno índice tus sonrosadas mejillas.
Si quieres darme alguna secreta queja, suspenda el extremo de tu oreja
tu blanda mano. Cuando te plazca, sol mio, lo que yo haga ó diga, haz
rodar tu sortija al rededor de tus dedos. Pon las manos sobre la mesa
del modo como cuando suplicantes piden para tu marido todos los males
que merece. Cuando él te escancie el vino, haz que se lo beba, y pide
despues por lo bajo al criado que te sirva el que prefieras. Yo tomaré
el primero la copa que tú dejes y beberé en ella por la misma parte
por donde tú hayas bebido. Si por casualidad te ofrece el vino libado
ántes por él, rehúsalo. No permitas que oprima tu cuello con indignas
caricias, ni reposes tu cabeza sobre su rudo pecho; sobre todo,
guárdate de darle besos. Si se los das, yo me declararé públicamente tu
amante, diciendo «son mios;» y se los disputaré con mis manos.
Estas caricias, sin embargo, las veré; pero las que me ocultará la
cubierta de la mesa serán mi mayor tormento. No juntes, pues, ni tus
piernas, ni tus rodillas á las de tu marido, ni roces con tu delicado
pié, su pié grosero.
Temo, infeliz, muchos males, porque muchos males hice, y me atormento
con el temor de mi mismo ejemplo. Muchas veces mi querida y yo hemos
estimulado bajo los vestidos que nos cubrian, el momento del dulce
placer. Tú no harás eso; pero, para ahuyentar toda duda, desnuda tus
espaldas del manto que las cubre. Ruega contínuamente á tu marido que
beba, pero sin acompañar las súplicas con besos; y mientras beba,
añádele furtivamente si puedes vino puro, y si se deja caer por efecto
del sueño y del vino, nos aconsejarán el sitio y las circunstancias.
Cuando te levantes y todos nos levantemos para irnos á casa, no olvides
introducirte en medio de la comitiva; allí me encontrarás ó allí te
encontraré, y entonces tienta de mí lo que puedas.
¡Infeliz de mí! Te he enseñado lo que debe aprovechar para pocas horas,
pues la noche manda separarme de mi compañera. Su marido se encerrará
con ella toda la noche, y yo, bañado de lágrimas, no podré seguirle
sino hasta la puerta. Le dará besos, despues se tomará algo más que
besos, y le darás como un deber, lo que á mí me concedes furtivamente;
pero no te prestes, esto te es posible, sino de mala gana y como á la
fuerza. Callen las caricias, y séale Vénus avara. Si de algo sirven mis
votos, él no hallará placer alguno; á lo menos tú no lo recibas de él.
Por lo demás, cualesquiera que sean los sucesos esta noche, niégame
mañana porfiadamente haberle concedido cosa alguna.
NOTAS AL PIE:
[4] Hippodamia
ELEGÍA QUINTA.
ARGUMENTO.
Alégrase de haber poseido á su amiga.
Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para
descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media
luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la
que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se
distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal
es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su
tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.
Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello
dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa
Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le
separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero
luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere
vencer, fué vencida sin gran pena.
Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni
una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y
toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su
preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué
descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime
su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos
los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!
ELEGÍA SEXTA.
ARGUMENTO.
Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.
Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los
goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo
lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion
amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito
para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes,
y dirije, protegiéndolos, mis pasos.
En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me
admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis
oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te
volverás valiente.»
La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que
vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona.
No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo
con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles
barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando
desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora.
Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor
tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que
me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La
noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la
larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!
Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la
puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas
sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes
las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La
noche avanza; descorre los cerrojos.
No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no
viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria
aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á
la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es
lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su
encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.
¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que
sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me
acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba
en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu
lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así
pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza,
descorre los cerrojos.
¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de
que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá
impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado
mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia,
llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego.
Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la
noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á
hierro y á fuego, la puerta que se me niega.
La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no
conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he
probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover,
¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar
la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un
calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo
llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste
frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás
testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo
tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá
experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien,
crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral
cruel como tu guardian, «¡Adios!»
ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.
Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si
te _muestras_ amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi
señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz
entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos
dioses.
¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños
á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á
su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos
contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su
peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que
aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco
perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de
Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los
bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus
cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu
templo.
¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado
bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor.
Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su
boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis
brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido
carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis
fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que
ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos
sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los
romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El
hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el
primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él
menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué
cruel con su enemiga.
Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el
laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que
seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya
delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á
la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.
Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello
para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me
desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje,
¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con
demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta
la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo;
pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.
Quedó ella sin sentido con el rostro descolorido y blanco como el
mármol de Páros. He visto sus nervios inanimados y sus miembros
temblando como la hoja del álamo agitada por el viento, como la débil
caña mecida por el blando céfiro, como la onda rizada por el Noto. Sus
lágrimas, retenidas por mucho tiempo, corrieron sobre sus mejillas,
como fluye el agua de la nieve que se deshiela. Entónces comencé á
reconocerme culpable: las lágrimas que ella derramaba, eran mi propia
sangre. Tres veces quise arrojarme suplicante á sus piés, y tres veces
rechazó mis temidas manos.
No lo dudes, la venganza disminuirá tu dolor: araña mi rostro con tus
uñas, no perdones mis cabellos. La ira ayude tus débiles manos, ó por
lo ménos, para borrar las tristes señales de mi crímen arregla y peina
tus cabellos.
NOTAS AL PIE:
[5] Diómedes.
ELEGIA OCTAVA.
ARGUMENTO.
Contra una alcahueta que intentaba enseñar á la querida del poeta las
artes de la prostitucion.
Oiga, quien quiera conocer una alcahueta: hay cierta vieja Dipsas; su
nombre lo toma de su oficio[6]; jamás vió en ayunas á la madre del
negro Memnon[7], en su carro de púrpura. Conoce las artes mágicas y
los versos de encantamientos, y con su poder hace volver hácia su
orígen las rápidas aguas. Conoce bien la virtud de las yerbas, la del
lino arrollado sobre el torno cabalístico y la del hipomanes. Cuando
ella quiere, se llena el cielo de nubes; cuando ella quiere, brilla
la luz del dia en el puro firmamento. Yo he visto, ¿lo creereis? las
estrellas destilando sangre, y la faz de la luna estaba tambien
ensangrentada.
Sospecho que suele volar viva entre las sombras de la noche y cubrir
con plumas su viejo cuerpo. Lo sospecho y así es fama: en sus ojos
brilla una doble pupila de donde nace la luz más viva. Evoca á los
antepasados, que yacen en los sepulcros, y al són de su plañidero
canto, se abre el duro suelo. Se complace en profanar el casto tálamo,
y no carece de elocuencia su corruptora lengua. La casualidad me hizo
testigo de su enseñanza, á favor de una doble puerta que me ocultaba,
mientras decia así: «¿Sabes, luz de mis ojos, que prendaste ayer á un
rico jóven? Te vió y no cesó de fijar sus ojos en tu rostro. ¿Y á quién
no has de gustar? No cedes en belleza á ninguna otra. Pero ¡ay de mí!
faltan galas dignas de tan bellas formas. ¡Quisiera yo que fueses tan
rica como hermosísima eres! No seré pobre cuando seas rica. Has tenido
que sufrir la adversa estrella de Marte, pero Marte ha cesado y ahora
Vénus te es favorable. Mira cómo te es propicia su llegada: un rico
amante te quiere y desea saber qué es lo que te haga falta. Su cara no
desdice de la tuya, y si no te quisiera comprar los suyos, habrias tú
de comprarle tus encantos.»
La jóven se sonrojó. «El pudor, continuó la vieja, sienta bien á las
blancas mejillas; si lo finges, aprovecha; pero cuando tengas tus ojos
con arte inclinados sobre tu seno, no mires á nadie sino á proporcion
de lo que te ofrezca. Quizá, bajo el reinado de Tacio, las rudas
Sabinas no hubiesen querido entregarse á muchos hombres. Ahora escita
Marte los ánimos contra las armas extranjeras, y Vénus reina en la
ciudad de su querido Eneas. Divertíos, hermosas jóvenes, solo es casta
aquella á quien nadie solicita, y aun si su rusticidad no lo impide,
ella misma busca. Desarruga el entrecejo; ¡cuántos crímenes se ocultan
á menudo debajo de una arruga! Penélope probaba las fuerzas de los
jóvenes con un arco, y para el que quiera saber más este arco era de
cuerno. El tiempo vuela sin sentir y engaña la voluble edad, como se
desliza el agua del rio, renovada incesantemente. El acero brilla con
el uso: un buen trage quiere ser llevado. Los palacios deshabitados se
arruinan bajo la yerba. La belleza, si nadie la regocija, envejece. Y
no son bastantes uno ó dos amantes; ¡cuantos más, es más seguro y fácil
el provecho! Los lobos viejos buscan su presa en un rebaño entero.
Dime, ¿qué te dá ese tu poeta, fuera de nuevos versos? De tu amante
muchos miles lees. El mismo dios de los poetas, cubierto con un manto
recamado de oro, pulsa las cuerdas de una dorada lira. Quien te dé oro
sea á tus ojos más grande que el grande Homero. Créeme, el dar es cosa
ingeniosa. Ni desdeñes al redimido por merced; pues el tener el pié
marcado con la señal de la esclavitud, no es un crímen; pero tampoco te
dejes engatusar por rancios títulos de nobleza. Váyase con sus abuelos
el amante pobre. ¿Qué? porque sea guapo, ¿querrá el otro pasar una
noche sin pagar? Que busque antes el oro de su amigo.
No seas demasiado exijente mientras tiendes las redes, por miedo
de que te se escape la presa: una vez apresados, remátalos á tu
antojo. Ningun efecto hace un amor fingido, deja creer que tu amante
es amado, pero cuida de que este amor no sea cierto. Rehusa muchas
veces pasar la noche juntos, finge para ello un dolor de cabeza ó la
abstinencia que requieren los dias consagrados á Isis; pero recíbele
á menudo para que no se habitúe á la privacion, ó que no se enfrie
el amor frecuentemente rechazado. Sean tus puertas sordas al que
ruega y blandas al que dá; oiga el amante recibido las palabras del
desdeñado. Y no dejes nunca en cualquier desavenencia de quejarte como
primeramente ofendida. Desvanece tus culpas con tus inculpaciones; pero
no te abandones demasiado tiempo á la cólera: una cólera prolongada
ha engendrado á menudo el odio.--Aprendan tambien tus ojos á derramar
lágrimas forzadas, y á humedecer tus mejillas--y con tal de engañar á
alguno, no temas ser perjura: Vénus hace que los Dioses sean sordos á
las lágrimas de los ilusos. Toma á tu servicio un siervo y una criada
hábiles que sepan indicar lo que se haya de comprar para tí, y para
sí pidan cortos regalos. Si entre muchos, piden un poco á cada uno,
de muchas migajas se hará grande monton. Y tu hermana y tu madre y tu
ama de leche, hagan contribuir á tu amante. Pronto se hace buen botin
cuando muchas manos ayudan á ello. Cuando te falte un pretesto, celebra
tu cumpleaños.
Cuida sobre todo de no dejar creer á tu amante que está seguro sin
rival; sin la rivalidad, poco dura el amor. Vea sobre tu lecho indicios
de otro poseedor de tu belleza, y marcado tu cuello con lascivas
señales, y vea principalmente los regalos que otro te hubiese enviado.
Si nada te lleva, háblale de las novedades que se venden en la Via
sacra. Cuando le hayas sacado bastante, para que no todo sea dar,
pídele prestado lo que nunca le habrás de volver. Ayude tu lengua á lo
que se proponga tu mente; halágale para mejor perderle; el mortífero
veneno se encubre con dulce miel. Si sigues mis lecciones, fruto de una
larga experiencia, y no dejas que mis palabras se las lleve el viento,
llegará dia en que me dirás «vive desahogadamente.» ¡Cuántas veces
despues que yo muera pedirás al cielo que descansen en paz mis huesos!»
Así decia, cuando me delató mi sombra. No sé cómo pude contener mis
manos para no arrancarle su blanco y escaso pelo, sus ojos llorosos de
vino, y sus rugosas mejillas. ¡Sin casa ni hogar, exclamé, dente los
Dioses una miserable vejez, largos inviernos y perpétua sed!
NOTAS AL PIE:
[6] Viene del griego y significa _tener sed_.
[7] La Aurora.
ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.
Gracioso paralelo entre la guerra y el amor.
Todo amante es soldado, y Cupido tiene su campo: sí, Atico, créeme,
todo amante es soldado.
La edad que conviene para la guerra es la propia para Vénus. ¡Malhaya
un soldado viejo! ¡Malhaya un amante anciano! La edad que quiere un
general en un bravo soldado, es la que pide una jóven beldad en el
poseedor de sus encantos. Uno y otro vigilan; ambos duermen en tierra;
ambos hacen centinela: el uno á la puerta de casa su querida, el otro
en la de su general.
¡Cuánto camino tiene que hacer el soldado! El amante, cuando su
querida está desterrada, la seguirá intrépido hasta el fin del mundo.
Atravesará las montañas más altas y los rios más engruesados por
las tempestades; cruzará las amontonadas nieves. ¿Conviene pasar
los mares? No pretestará los vientos desencadenados; no buscará
el tiempo propicio para la navegacion. ¿Qué otro que un soldado ó
un amante despreciará la frescura de las noches y los torrentes de
lluvia mezclados de nieve? El uno es enviado delante del enemigo como
explorador; el otro tiene los ojos fijos en su rival, como en un
enemigo. Aquel sitia las ciudades amenazadoras, este la casa de su
inflexible dama: más ó menos grandes, ambos baten las puertas para irse
á fondo.
Se fué frecuentemente vencedor, por haber podido sorprender á un
enemigo sumerjido en el sueño, y matar, espada en mano, á un ejército
sin defensa. Así fueron degollados los bravos batallones del tracio
Reso, quien se vió robar sus famosísimos caballos. Tambien con
frecuencia los amantes saben aprovecharse del sueño de los maridos,
y volver sus armas contra el enemigo. El cuidado de escapar á la
vigilancia de los guardas y de los centinelas tiene siempre en suspenso
al soldado y al amante.
Marte es dudoso y Vénus nada tiene de asegurada: los vencidos se
reaniman, y los que os parecen no poder ser derrotados, caen á su vez.
Que se deje, pues, de llamar al amor la desidia: es menester un alma á
toda prueba para amar.
Aquiles arde por Brisada, arrebatada á su amor: mientras que su dolor
os lo permita, Troyanos, quebrantad las fuerzas de la Grecia. De los
abrazos de Andrómaca, Héctor corria á las armas: su esposa le cubria la
cabeza con su casco. El primero de los jefes de la Grecia, el hijo de
Atrea, á la vista de la hija de Priamo con los cabellos esparcidos á la
manera de las bacantes, quedó, se dice, suspenso de admiracion. Pero él
mismo fué preso en el lazo que habia forjado Vulcano: ninguna historia
hizo tanto ruido en el cielo. Yo mismo estaba sosegado y nacido para no
hacer nada: el lecho y el descanso habian ablandado mi alma. El cuidado
de una jóven belleza puso término á mi apatía: ella me mandó hacer mis
primeras armas á su servicio. Desde entonces, me veiais ágil y siempre
ocupado en alguna expedicion nocturna. ¿Quereis no ser cobardes? Amad.
ELEGÍA DÉCIMA.
ARGUMENTO.
A una jóven para apartarla de la prostitucion.
Como la princesa, que arrebatada en las orillas del Eurolas sobre
los bajeles frigios, fué para sus dos esposos la causa de una tan
larga guerra; y la bella Leda, que el diestro Júpiter, oculto bajo
la engañosa apariencia de un cisne de blancas plumas, sedujo con
menosprecio de himeneo; y Anémona corriendo con una urna sobre la
cabeza, los campos estériles de la Argólida: tal eras tú á mis ojos.
Temia para tí la metamórfosis del águila y del toro, y todas las
astucias que sugiere el Amor al poder de Júpiter. Hoy dia, no temo
nada; estoy fuera de mi error, y tu belleza no anubla mis ojos. ¿De
qué proviene, pues, este cambio? me preguntas. Consiste en que tú la
pones á precio: y vé ahí lo que hace que tú no sabrias gustarme. Cuanto
más sencilla y sin arte fueras, tanto más amaria tu alma y tu cuerpo:
hoy dia, la enfermedad de tu alma ha despojado tu cuerpo de todos sus
encantos. El Amor es á la vez niño y desnudo. Si su edad es tan tierna,
si no lleva ningun vestido, es por mostrarse en toda su sinceridad.
¿Para qué querer que el hijo de Vénus nos haga pagar sus favores? No
tiene ropa donde pueda guardar su precio. Ni Vénus, ni su hijo, son
propios al duro manejo de las armas. ¿Conviene que los Dioses que no
son hechos para la guerra reciban un sueldo?
Una prostituta se vende, á tal precio, al primero que llega: entregando
su cuerpo, es como adquiere miserables riquezas. Aun maldice la tiranía
de su avaro corruptor, y lo que haceis de buen grado, ella no lo hace
más que con desagrado.
Tomad por modelos los animales desprovistos de razon: os abochornareis
al ver que las bestias son más tratables que vosotras. La yegua nada
exige al garañon, ni la vaquilla al toro; el carnero no tiene que pagar
á la oveja que le gusta. Solo la mujer quiere engalanarse con los
despojos del hombre; solo ella pone sus noches á precio, solo ella se
dá en locacion. Vende un placer hecho para dos, un placer que ambos han
buscado; y su tarifa está establecida por ella en razon de su goce.
Cuando el amor debe tener el mismo hechizo para ambos, ¿qué razon para
comprarlo el uno, para venderlo el otro? ¿Por qué perderé yo mientras
que vos ganais, en un juego en que el hombre y la mujer van asociados?
Los testigos no pueden, sin cometer un crímen, perjurarse por el
dinero; sin cometer un crímen, el juez no puede tender la mano á la
seduccion. Es una vergüenza para un abogado el vender sus palabras á
un pobre; es una vergüenza para un tribunal el enriquecerse vendiendo
la justicia; así como es una vergüenza para la mujer aumentar su
patrimonio con las rentas de su cama, y prostituir sus gracias al que
más ofrece. Se debe reconocimiento por un favor gratuito, nunca por
la odiosa locacion de una cama. Una vez recibido el precio de vuestra
mercancía, todo acabó, y el arrendatario no está obligado á más.
Guardaos, bellas, de poner á precio el favor de una noche: una ganancia
mal adquirida nunca aprovecha. ¿Qué valieron los brazaletes de los
Sabinos á la jóven vestal que pereció aplastada bajo el peso de sus
armas? Un hijo traspasó con su espada el vientre de que nació: un
collar fué la causa de su crímen.
No quiere decir esto que sea excusado exijir de un rico algunos
presentes; tiene que satisfacer vuestras exijencias: rebuscad los
racimos en las viñas ricas de uvas; cojed los frutos en los fecundos
vergeles de Alcino. En cuanto al pobre, tomad en cuenta sus buenos
oficios, sus cuidados, su fidelidad. Lo que se tiene, es todo lo
que se puede dar al dueño. Mi riqueza, consiste en ilustrar con mis
versos á las bellas que se hacen dignas. Aquello que me place llega
á ser célebre, en gracia á mi arte. Se verá gastarse los vestidos, y
desgastarse el oro y las piedras preciosas; pero la gloria que darán
mis versos durará eternamente. Lo que me indigna y me subleva, no es el
dar, es ver que se pide un salario. Lo que rehuso á tus solicitaciones,
deja de quererlo, y lo tendrás.
ELEGÍA ONCENA.
ARGUMENTO.
Suplica á Nape lleve un billete amoroso á Corina.
¡Oh tú, tan hábil para reunir y disponer con arte los cabellos de
tu dama, y que no te se debe colocar en la clase de los simples
sirvientes, Nape, tú que, no menos hábil en concertar citas nocturnas
que en llevar billetes amorosos, has decidido más de una vez á
la indecisa Corina á venirme á encontrar! Oh tú, cuya fidelidad
frecuentemente me ha sacado de embarazos; toma estas tablillas y
entrégalas, esta mañana misma, á tu señora; que tu solicitud allane
todos los obstáculos. Tú no tienes en el corazon la dureza del
diamante, la inflexibilidad del hierro, y tu simplicidad no es más
grande de lo que conviene: tú, además, verosímilmente, has sentido
los dardos de Cupido; defiende, pues, para mí la bandera bajo la cual
marchamos ambos. Si ella te pregunta cómo estoy, dile que la esperanza
de obtener una noche me hace vivir; en cuanto á lo demás, mi amorosa
mano lo ha confiado á esta cera.
Mientras hablo, el tiempo vuela. Ve, escoje el momento en que estará
sola para entregarle estas tablillas, pero haz de modo que las lea en
seguida. Observa sus ojos y su frente mientras lea: su mirada muda
puede enseñarte mi destino. Así que haya acabado, pídele una larga
respuesta; nada me hace tanto daño como ver un grande espacio de cera
sin llenar. Que estreche sus líneas; que mis ojos estén fijos por largo
tiempo en su letra; que llene hasta las extremidades del márgen. ¿Pero
qué necesidad tengo de que se fatigue en manejar el estilo? Que en la
tableta se lea únicamente esta palabra «_Ven_,» y habré así cubierto de
lauro mis tablillas victoriosas, y bien pronto las habré suspendido en
el templo de Vénus con esta inscripcion: «A Vénus os consagra Ovidio,
fieles instrumentos de su amor, vosotras que ahora mismo no érais más
que un vil fragmento de árbol.»
ELEGIA DUODECIMA.
ARGUMENTO.
Maldice las tabletas portadoras de la respuesta negativa de su dama.
Llorad mi infortunio: mis tabletas han llegado, pero no contienen
mas que esta tan triste palabra: ¡_Imposible_! Los presagios son algo
efectivamente: al salir Nape ha tropezado con el pié en el umbral de la
puerta. De hoy en adelante, cuando te se envíe á alguna parte, procura
salir con más precaucion; y despues de parada, marchar con el pié
levantado. ¡Lejos de mí, siniestras tabletas, madera lúgubre, y tú, cera
maldita, que no me traes mas que una negativa! Extracto de la flor de
la larga cicuta, tú no puedes ser mas que el resíduo de la miel impura
de una abeja Córsica.
Parecias deber tu brillo únicamente al bermellon y era la sangre á
lo que debias tu color. Id á embarazar las encrucijadas, tabletas
inútiles: que la rueda parada del primer trajinero os haga astillas.
No, aquel que os desgajó del árbol, para puliros, no tenia las manos
puras. Ese árbol mismo debió servir únicamente para colgar á algun
infeliz, para suministrar al verdugo infames cruces; para dar lúgubre
sombra al buho graznador, y para sostener sobre sus ramas los huevos
del buitre y del osifraga. ¡Y á esta madera he tenido la locura de
confiar los secretos de mi amor! ¡Á ella he encargado llevar á mi dueña
las palabras más tiernas! A esa cera convenia mucho mejor la insípida
asignacion que despacha el juez en tono feroz; era mucho más propia
para servir de diario al avaro, quien no habria consignado mas que
llorando los gastos hechos con pena. Tabletas engañosas, no sin razon
se os llama dobles; tampoco este número era de buen agüero. ¿Qué puedo
desear para vosotras en mi cólera? Que el tiempo os inme y os roa,
y que la cera que os cubre se enmohezca y sea manchada por un robin
inmundo.
ELEGÍA DÉCIMO TERCIA.
ARGUMENTO.
A la Aurora, para que no acelere demasiado su marcha.
Ya aparece sobre el Océano, al salir de los brazos de su anciano
marido, la blonda diosa, cuyo carro resplandeciente conduce el dia.
¿A dónde corres, bella Aurora? detente; y que á este precio un combate
solemne sea, cada año, ofrecido por las aves á los manes de Memnon.
Vé ahí el momento en que deseo quedar en los brazos cariñosos de mi
dueña; vé ahí el momento, mejor que nunca, de estrechar amorosamente su
cuerpo contra el mio; vé ahí el momento en que el sueño es dulce y el
aire fresco, en que la garganta flexible de las aves, deja oir sonidos
melodiosos. ¿A dónde vas contra los votos de los amantes, contra los
votos de las bellas? Acorta con tu radiosa mano, las riendas húmedas de
tus corceles.
Antes de que asomes, el piloto observa mejor los astros y no vaga á
la aventura en medio de los mares. Cuando apareces, por fatigado que
esté, el viajero se levanta, y el soldado empuña sus armas belicosas.
Eres la primera en ver al trabajador cargado de la azada; la primera en
llamar bajo su yugo al pesado buey. Tú arrancas á los niños al sueño,
y los entregas al pedagogo, para que sus delicadas manos se ofrezcan
á la cruel férula. Tú tambien traes la caucion delante el tribunal,
donde va á pesar sobre ella la responsabilidad de una sola palabra.
Tan importuno para el abogado como para el juez, les obligas cada dia á
levantarse para nuevos procesos. Eres tú aun quien, cuando las mujeres
podrian saborear las dulzuras del descanso, las llamas á hilar la lana
con sus manos laboriosas.
Pasaria por alto lo demás; pero ¿quién sino el que no tenga ninguna,
sufrirá que las bellas se levanten tan de mañana? ¡Cuántas veces he
deseado que la noche no quisiera hacerte lugar, y que los astros
fugitivos no se cubriesen delante de tí! ¡cuántas veces he deseado que
el viento volcara tu carro, ó que uno de tus caballos cayera atascado
en la espesura de una nube! ¡Cruel! ¿A dónde corres? Si has tenido un
hijo cuya piel era negra, debió este color al del corazon de su madre.
¡Qué! si se hubiese abrasado menos de amor por Céfalo, ¿crée que su
culpable pasion nos seria desconocida? Yo quisiera que Tithon pudiese
libremente hablar de tí: jamás nadie hubiera oido en los cielos la
historia de tan vergonzosos amores. Tú huyes de tu viejo esposo, porque
la edad le ha helado, y te apresuras á montar sobre un carro que él
detesta. Pero si tú tuvieras amorosamente en tus brazos algun Céfalo,
se te oiria gritar: caminad lentamente, corceles de la noche.
¿Si tu esposo siente el frio de su perdurable edad, debo yo pagarlo?
¿Soy yo quien te ha unido á un viejo? Vé cuántas horas de sueño la Luna
otorga á su jóven amante; y su belleza no es menor á la tuya. El padre
mismo de los dioses, para no verte con tanta frecuencia, de dos noches
no hace mas que una, á fin de dar un más libre campo al amor.
Habia terminado estos reproches, y, como si ella me hubiese oido, su
frente se enrojecia, sin que no obstante el dia apareciera más tarde
que de costumbre.
ELEGIA DECIMACUARTA.
ARGUMENTO.
A una muchacha vuelta calva de repente.
Bien te lo decia yo: «Deja de teñir tus cabellos.» Hoy dia no tienes
cabellera que teñir. No obstante, si tú lo hubieras querido, ¡qué habia
más hermoso que tus cabellos! Descendian hasta tus rodillas. Tal era
su finura que temias peinarles. No era más fino el tejido de que se
cubren los Tártaros de atezado color; no es más fino el hilo que, con
su delicado pié, desarrolla la araña, suspendida en la viga solitaria,
para tramar allí su desliada tela. Sin embargo, su color no era el del
ébano, no era tampoco el del oro: era una mezcla de ambos. Tal es, en
los delicados valles del monte Ida, el color del alto cedro despojado
de su corteza.
Tal era tambien su flexibilidad, que se prestaban á mil colocaciones,
sin causarte jamás el menor dolor. Jamás la punta de la aguja, jamás el
diente del peine los partió, jamás tu peinadora tuvo nada que temer.
Muchas veces he asistido á su tocador, y jamás tomó la _aguja para
pincharle los brazos_. Más de una vez tambien, por la mañana, con sus
cabellos aun desordenados, quedó hasta medio dia acostada en su cama
de púrpura, y su descuido no carecia de gracia: se la hubiese tomado
entónces por una bacante de la Tracia, muellemente recostada sobre el
verde césped para reparar sus fatigas.
Aunque sus cabellos fueran tan flexibles como el vello, ¡cuántas veces,
ay fueran puestos en tortura! ¡cuántas veces sufrieron pacientemente
el hierro y el fuego, para sujetarse en torneadas trenzas! «Un crímen
es, exclamaba yo, sí, es un crímen quemar estos cabellos: ellos mismos
se arreglan con gracia: ¡cruel, conserva tu cabeza! Lejos de tí esa
violencia: no son cabellos para quemar: muestran ellos mismos su sitio
á la aguja.»
Ya no existe aquella bella cabellera de que Apolo y Baco hubieran
estado celosos, aquella cabellera comparable á la que Dione, saliendo
desnuda de la espuma de las olas, sostenia con sus húmedas manos.
¿Por qué, si no te gustaban, deplorar la pérdida de tus cabellos?
Insensata, ¿por qué con mano enojada rechazas el espejo? tus ojos no
se fijan en él tan á gusto como otras veces: para gustar aun, tienes
necesidad de olvidar lo que eras.
Su caida no es debida á las yerbas encantadas de una enemiga, ni al
agua sacada de las fuentes de Hemonia por un pérfido hechicero. No es
efecto tampoco de una enfermedad grave (de que el cielo te preserve),
ni de los celos de una rival, envidiosa de su hermosura. No, la falta
está en tí; á tu propia mano debes la pérdida que te desola, tú misma
derramabas el veneno sobre tu cabeza. Entretanto la Germanía te
enviará cabellos de esclavos: una nacion vencida se encargará de tu
compostura. ¡Cuántas veces, cuando oirás alabar la belleza de tus
cabellos, te dirás abochornada: «Hoy dia es un adorno comprado que me
hace parecer bella; no sé que Sicambro se admira en mí. Y sin embargo,
recuerdo hubo un tiempo en que estos homenajes no se dirigian mas que á
mí misma!»
¡Infeliz! ¿qué he dicho? Apenas puede contener sus lágrimas; con sus
manos oculta su frente, y el rubor ha pintado sus mejillas hechiceras.
Tiene el valor de contemplar sobre sus rodillas los cabellos que no
eran hechos para hallarse en este puesto. Calma la perturbacion de tu
corazon y de tu mirada: el mal no es irreparable: presto embellecerás
aun, con tu primera cabellera.
ELEGIA DECIMAQUINTA.
ARGUMENTO.
Contra los adversarios de la poesía.
¿Por qué me acusas, maldiciente Envidia, de consumir mis años sin hacer
nada? ¿por qué llamas á mis versos la obra de un perezoso? ¿por qué
reprocharme de no seguir las huellas de nuestros antepasados, de no
aprovechar las fuerzas de mi edad para cojer los laureles empolvados
del dios de la guerra; de no estudiar la prosa de nuestras leyes, de no
prostituir mi palabra en las luchas fastidiosas del foro? Estas obras
que alabas, son perecederas; aspiro á una gloria inmortal, á fin de ser
celebrado siempre y en todos lugares.