Urruña, y se entendía muy bien con su yerno. Constantemente andaban los
dos en un carricoche; el joven con las manos en las riendas, y el viejo
con las manos en el paraguas.
De hacer la vida igual suegro y yerno, y de su identificación de ideas,
habían llegado a parecerse, al menos, en la expresión, en los gestos y
en la manera de vestir. Los dos decían las mismas cosas, con el mismo
acento, el mismo accionado y la misma sonrisa.
Alzate era hombre rico; había traído de Méjico gran caudal, y además,
joyas, cadenas de oro y otra porción de cosas.
Después de estar cerca de medio siglo en América, a José Antonio de
Alzate le había entrado la avaricia por la tierra vasca; su afán,
que había comunicado a su yerno, era acaparar todo lo que podía,
intrigando, prestando.
Al mismo tiempo que esta furia de posesión, se le metió en la cabeza la
idea de que no debía emplear el castellano, y hablaba vascuence hasta
en los sitios donde no le entendían.
Alzate tenía varios caseríos en Oyarzun y por las mañanas iba a
visitarlos; luego, por la tarde, se establecía en la Botica Vieja--así
se llamaba a la de don Rafael--y, sentado cerca del mostrador, con las
correas del bastón vasco alrededor de la muñeca, charlaba.
Al principio yo pensé que su cabeza andaba mal; pero después fuí
comprendiendo que no oía y no quería parecer sordo.
Luego vi que tenía una memoria muy grande para las cosas antiguas.
Don Rafael me indicó que Alzate le había hablado, hacía ya mucho
tiempo, de una historia ocurrida en Méjico, donde intervenía Aviraneta,
y yo le rogué que le instara para que la contase de nuevo.
Don Rafael se prestó a ello y un día le dijo:
--Oye, José Antonio, ¿tú eres primo de Aviraneta?
--¿De quién?
--Digo que eres primo de Eugenio de Aviraneta,
--Sí, primo segundo o tercero.
--¿No le has conocido?
--Es más joven que yo.
--Pero ¿no le has conocido?
--¿A Eugenio? Sí.
--¿En Méjico?
--En Méjico y en España.
--No quiere contar nada--me dijo don Rafael--; otro día que le cojamos
de buen humor contará lo ocurrido.
I
LA CASA DE ALZATE
--¿Lo que hizo Aviraneta en Méjico la primera vez que estuvo
allá?--dijo Alzate mirando a Baroja--. Creo que lo he contado ya muchas
veces aquí.
--No recuerdo--dijo don Rafael.
--Sí, lo he contado; pero, en fin, lo volveré a contar, Aviraneta fué a
Méjico en tiempo del virrey Apodaca, por el año de 1816 al 17.
Yo llevaba ya cerca de veinte años viviendo en la ciudad de Veracruz
como socio de mi tío Ramón. Teníamos entre los dos un gran almacén, que
había comenzado por ser una tienda de comestibles, que por allá llaman
pulpería, y que llegó a convertirse en casa de banca.
Aviraneta se presentó en nuestro almacén y habló con mi tío y conmigo.
Le preguntamos si contaba con algún empleo y dijo que no. Entonces le
ofrecimos que se quedara en la casa. Mi tío y yo teníamos demasiado
trabajo.
--Muchas gracias--contestó él--. Si vengo aquí he de estar poco tiempo
en el almacén, porque tengo otros proyectos.
--Pero mientrastanto...
--Bueno; mientrastanto os acompañaré. ¿Tenéis muchas horas de trabajo?
--No. El almacén se abre a las nueve y media hasta la una y media, en
que se cierra; luego, a la tarde, se vuelve a abrir a las tres y media
y se vuelve a cerrar a las seis.
--Es muy poco. Y desde las seis en adelante, ¿se está libre?
--Completamente.
--Muy bien.
Al otro día vino Aviraneta con su equipaje, que en junto era un par de
maletas. Se instaló en nuestra casa y empezó a trabajar.
Allá en Veracruz, en mi tiempo, los dependientes de las tiendas
llevaban una vida muy regalada. Amos y criados hacíamos siete comidas
al día: en la cama, la jícara de chocolate; a media mañana, las
once, que consistía en un bizcocho con una copa de vino; a las dos,
la comida; a las cinco, nueva jícara de chocolate; a las ocho, otro
bizcochito, y a las diez, la cena.
Aviraneta no hizo caso de estas costumbres; comía una o dos veces al
día, a lo más, y trabajaba él solo como tres o cuatro personas juntas.
Los otros dependientes, acostumbrados a la pereza de un país tropical,
le tenían como a un hombre extraordinario.
Como allí se ganaba el dinero fácilmente y Aviraneta nos hacía tan buen
servicio, le quisimos aumentar el sueldo e interesarle en nuestros
negocios; pero él no se entusiasmó; seguía pensando en otra cosa.
Hacia mediados de verano, seis meses después de llegar, me dijo a mí
que se marchaba.
Mi tío y yo, suponiendo, por los antecedentes que nos había contado,
que pensaría intervenir en la política mejicana, le convencimos de que
no lo hiciera.
--España va a perder el imperio mejicano--le dijo mi tío--. Si tú eres
un patriota español no te mezcles en esto; será una vergüenza para ti y
para nosotros.
Mi tío tenía razón; la correría de Mina el mozo y después la
intervención de los masones españoles durante el mando de O'Donojú,
acabaron de precipitar la independencia de Méjico.
Más tarde o más temprano, América se tenía que perder. Bien perdida
está. ¡Ojalá se hubiera perdido antes!
Aviraneta, al oír lo que le decíamos, replicó que no pensaba ocuparse
de política en Méjico; que su idea era explorar las zonas próximas a
Veracruz y dedicarse a negocios de minas.
--¿En el verano? ¿En la estación de las lluvias?--le pregunté yo.
--Sí.
--¡Creo que no sabes lo que te haces!
--¿Por qué no?
--Porque aquí no se puede hacer nada durante el verano.
--Ya veremos.
La estación de las lluvias es allí la época del vómito negro y de los
mosquitos.
La gente de Veracruz, en estos meses de calor sofocante, se encerraba
en sus casas como para un sitio; muchos iban a sus haciendas, otros a
Jalapa, villa colocada a bastante altura sobre el nivel del mar y de
clima sano.
En nuestras casas nos encerrábamos dentro amos y dependientes, y mi tío
Ramón se dedicaba a hacer de médico: al uno le daba un purgante; al
otro, un emético. Tenía el negociado de sanidad.
Yo no sé cómo será hoy Veracruz; entonces era uno de los pueblos más
malsanos, más inclementes del mundo. La poca gente que transitaba por
la calle tenía aire febril; al que no, se le veía pasar irritado,
desafiador por el calor y el alcohol.
La ciudad, muy blanca, llena de cúpulas y terrazas de conventos, ardía,
calcinada por el sol; las calles, anchas y tiradas a cordel, estaban
desiertas; las casas, blancas, se veían herméticamente cerradas, y los
miradores y los balcones, vacíos.
Los únicos pobladores del pueblo eran unos pajarracos negros, como
cuervos, que allí llaman zopilotes, y que se lanzan desde los tejados a
la calle a llevarse en el pico las basuras que echan de las casas.
Alrededor de la ciudad, sobre la muralla de piedra con sus garitas y
fortines, se veían dunas de arena rojiza, arenales blancos salpicados
por pantanos negruzcos, y muy cerca del mar, arrecifes cubiertos de
algas.
No había por allí rastro de vegetación; ni un árbol ni una mata en
muchas leguas a la redonda. Era una calma de desierto, un cielo
implacable, sin una nube, en el cual únicamente se veían bandadas
de cuervos del país, que se detenían a mondar los esqueletos de los
caballos enterrados en medio de los arenales. En estos meses de verano
la poca gente que quedaba en Veracruz no salía de casa ni aun de noche.
Toda la vida comercial estaba paralizada.
Los domingos, en el paseo que había fuera de la puerta del Sur, no se
veía en este tiempo a nadie, y solamente algunos vagabundos y ladrones,
que allí llaman léperos, dormían tendidos en los bancos.
II
LOS CALAVERAS
Pasamos algún tiempo, casi un año, sin saber lo que hacía Aviraneta,
y las primeras noticias que tuvimos de él fueron que estaba hecho un
calavera y que se reunía con lo más perdido de Veracruz, con un grupo
de unos cuantos españoles y extranjeros en bandada, que se dedicaban a
escandalizar el pueblo.
Algunos de los españoles eran militares que habían tomado parte en
la guerra de la Independencia y en las conspiraciones liberales; los
extranjeros, los _gringos_, que decían allí, eran restos del ejército
de Napoleón, italianos, griegos, polacos, gente de todas castas y
condiciones.
Entre los españoles se distinguían el capitán Gavilanes, Arquez,
Aviraneta y un bribón llamado Paulo Mancha, que llevaba el monte en una
chirlata y que jugaba muchas veces con cartas marcadas.
Estos aventureros españoles alarmaban al pueblo con sus juegos,
sus riñas y sus amores y, sobre todo, por el alarde que hacían de
irreligión y de impiedad.
El gobernador los toleraba porque no tomaban carácter político. Allí lo
que se temía era la política. Así se oía decir a algún lépero cuando le
llevaban preso, dirigiéndose al público: «Me toman por político, y yo
no soy mas que ladrón».
Aviraneta se distinguió pronto entre la cuadrilla de calaveras por su
valor y su audacia. Una noche ataron a un policía a una reja; otra vez,
varios amigos que habían ido a cazar patos silvestres a la luz de la
luna, dieron una paliza terrible a unos cuantos ladrones que salieron a
atacarles.
Contra esta partida de calaveras españoles y extranjeros se había
formado otra de criollos, casi todos afiliados a la masonería.
Los criollos tenían más arraigo en el país, más partidarios entre la
gente pobre, y también más prudencia. No iban ellos a atacar a los que
consideraban intrusos, sino que enviaban a sus criados y deudos contra
los españoles al grito de: «¡Dios y libertad! ¡Mueran los gachupines!»
Los aventureros españoles y extranjeros se defendían a fuerza de
audacia. Los criollos contaban con la protección del ejército y del
Gobierno. Aviraneta y sus amigos tenían relación con los bandidos que
pululaban por el estado de Veracruz, a los que se llamaba salteadores
del camino grande.
El capitán Gavilanes, íntimo de Aviraneta, había sido jefe de una
partida de bandidos, y estaba dispuesto a volver de nuevo a serlo
cuando se cansara de la vida tranquila de la ciudad. Gavilanes tenía
amistades con lo peor del país: con los léperos, con los bandidos y con
los indios totonacas.
Aviraneta, rodeado de tan excelentes camaradas, se distinguió pronto
entre ellos y fué considerado como su jefe. Su tipo extraño, su
mirada atravesada, el gusto de vestir de negro, le daban un aire
verdaderamente siniestro.
Se comenzó a acumular sobre él aventuras e historias.
Muchos robos y asesinatos que se cometían en el camino de Veracruz a
Méjico se atribuyeron a él y a sus camaradas.
Eugenio era un personaje casi popular.
Los hombres le miraban de reojo, y las mujeres le sonreían.
Estos países americanos, que han heredado todo lo malo de los
españoles, adoran al bravucón y al Tenorio.
Cuando Aviraneta paseaba a caballo fuera de la puerta del Sur, en
compañía del capitán Gavilanes, el antiguo jefe de bandidos, y con un
polaco amigo suyo llamado Volkonsky, podía tener la seguridad de que la
mayoría de las damas habían hablado de él.
Mi tío y yo preguntábamos a los conocidos qué se sabía de Eugenio,
y uno de ellos nos contó que tenía una novia riquísima, hija de una
familia criolla, muy entonada y orgullosa, los Miranda, y que iba por
la noche a hablar con la muchacha.
¿Serían éstos los planes de Aviraneta?, nos preguntamos mi tío y yo.
¿Querría llegar a la fortuna, haciendo una buena boda?
No lo creíamos.
De pronto se comenzó a hablar de una expedición misteriosa, para buscar
minas, que iban a hacer Volkonsky el polaco y Aviraneta.
Efectivamente: partieron para su expedición, y al cabo de tres o
cuatro meses, cuando ya creíamos que se habían perdido o que estarían
prisioneros de los indios, volvieron a Veracruz diciendo que habían
encontrado riquísimas minas de plata.
Se habló de que el filón descubierto por ellos era abundantísimo; de
que iban a formar una Sociedad por acciones; de que habían encontrado
dinero. De lo que no se hablaba ya era de los amores de Aviraneta.
--¿Y la novia?--preguntaba mi tío, que era muy curioso--. ¿Qué ha hecho
Eugenio de la novia?
--Ahora parece que la novia es la mina de plata--le contestaba yo.
Desde aquella expedición minera, las calaveradas de Aviraneta
concluyeron; ya no se le veía en ninguna parte. Por lo que decían, se
pasaba la vida en casa trabajando, escribiendo cartas, y de quince en
quince días marchaba a Puebla, pues era la ciudad más próxima a la zona
minera encontrada por el polaco y por Aviraneta.
Un día que estábamos en el almacén se nos presentó don Luis Miranda, el
padre de la que había sido novia de Aviraneta.
Bajó de su coche y entró en casa.
Venía a vernos a mi tío o a mí. Le hice pasar a mi despacho, llamé a mi
tío y hablamos.
Don Luis nos dijo que nuestro pariente, Eugenio de Aviraneta, después
de estar en relaciones con su hija, a pesar de ser un hombre de fortuna
y de calidad inferior a la suya, había dejado de aparecer por su casa,
a la vuelta de una excursión al Orizaba en busca de minas. Esto creía
él que era una informalidad o una tontería; pero, fuese lo que fuese,
no se hallaba dispuesto a tolerarla.
--Yo necesito una explicación--terminó diciendo don Luis--. El buen
nombre de mi hija no puede estar en manos de un aventurero o de un
calavera. Ustedes, que son parientes de Aviraneta, hagan ustedes el
favor de hablarle.
Yo le hubiera contestado a aquel señor del mismo modo que nos había
hablado él; pero mi tío veía en todo el negocio, y contestó amablemente
diciendo que don Luis tenía razón, que hablaría a Eugenio y que le
convencería de lo incorrecto de su conducta.
El señor Miranda se fué arrogantemente, como si él fuera un príncipe y
nosotros unos pobres tenderos.
Era don Luis Miranda un criollo, hijo de un español y de una mestiza.
En estos países americanos, que se las echan de demócratas, la cuestión
de sangre tiene una importancia capital; un lejano ascendiente de color
entre cierta clase de personas es una deshonra. Sentirse mestizo allí
es una inferioridad; de esto proviene el fondo de odio inextinguible
del americano contra el español.
El americano, hijo de España y nacido en América, odia al país de donde
procede y desdeña interiormente aquel donde ha nacido. Le pasa como al
mulato hijo de blanco y de esclava, que odia al padre y desprecia a la
madre.
Don Luis Miranda odiaba a los españoles de una manera furiosa. Se
atribuía a él la frase de que si se hubiera podido sacar la sangre
española de sus venas a puñaladas, lo hubiera hecho con gusto.
En casi todos los criollos, más en los ricos que en los pobres,
existía, y existirá seguramente, el espíritu filibustero, que no cesó
con la independencia, ni cesará nunca, hasta que las Américas españolas
sean conquistadas por los yanquis.
Los criollos fingían burlarse de nosotros, y nos llamaban gachupines,
chapetones, patones, porque decían que teníamos los pies grandes, como
es natural en gente acostumbrada a andar y a trabajar; pero debajo
de estas burlas aparecía la verdad, y ésta era que nos odiaban y nos
envidiaban.
Don Luis Miranda era el jefe del partido antiespañol de Veracruz. Tenía
casa de banca importante, mucho dinero y una enorme hacienda a diez o
doce leguas de la ciudad.
Don Luis estaba casado con una cubana muy guapa, de la que decían
también que tenía algo de sangre negra.
Los dos hijos de don Luis, don Fernando y Coral, eran tipos del criollo
puro. Don Fernando, el hermano mayor, era alto, delgado, de tez mate,
el pelo muy negro y muy lacio, las manos y los pies muy pequeños.
Don Fernando se parecía a su padre en la figura y en las inclinaciones.
Era orgulloso, altivo, con gustos de aristócrata, y sentía el mismo
odio frenético por los españoles.
Eso de que allí lejos, en España, hubiera condes y marqueses de verdad,
sin mezcla de indios y de negros en su ascendencia, le producía una
gran desesperación.
Coral, la hija menor, era una mujer soberbia. Tenía la piel blanca y
muy mate, el pelo rizado, los ojos azules, claros, ardientes; la boca,
muy roja, y las manos y los pies, pequeñísimos. Vestía casi siempre de
negro, trajes de seda, e iba llena de joyas.
Algunas veces, muy pocas, se la veía en coche. A pie no andaba nunca.
III
LAS RAZONES DE AVIRANETA
Llamamos a Eugenio a casa, y mi tío comenzó a sermonearle. Le dijo
que le parecía muy mal su conducta con la señorita de Miranda, una
muchacha de familia tan distinguida. No tenía más remedio que volver de
su acuerdo. Iba a creer todo el mundo que había pretendido a aquella
señorita cuando estaba sin un cuarto y que desde el momento que había
encontrado algún dinero no quería nada con ella.
Aviraneta escuchó las reflexiones nuestras y contestó que había reñido
con la chica y que le molestaba la familia, que constantemente y con
cualquier motivo estaba hablando mal de los españoles.
Este odio le irritaba.
--Sí; pero tú debes dar una satisfacción a los padres.
--¿Por qué?
--Porque has comprometido a esa muchacha de una familia tan respetable.
Para mi tío, toda familia rica era necesariamente respetable.
--Yo no veo que la haya comprometido--replicó Eugenio--. La he
galanteado, he ido a hablar algunas noches con ella, y nada más.
--Pero tú la has dejado..., y no tienes motivos para dejarla.
--Sí tengo motivos. ¡Ya lo creo!
--¿Pues?
--Nada, que la niña ha tenido ya unos cuantos amantes antes de hablar
conmigo.
--¿Amantes?... Quieres decir novios.
--No, no, amantes--replicó con indiferencia Aviraneta.
--¿De manera que la hija de don Luis Miranda?...
--La hija de don Luis Miranda es una Mesalina criolla.
Mi tío no sabía quién era Mesalina; pero por el tono comprendió que la
acusación de Eugenio se agravaba.
--¿Y tú cómo has averiguado eso?
--Usted sabe que yo he andado hecho un perdido en Veracruz. Tenía mi
objeto. Quería orientarme, conocer la vida de aquí... Entre mis amigos
estaba Ladislao Volkonsky, ese polaco que fué el primero que cogió la
pista de estas minas próximas a Puebla. Nos hicimos amigos Volkonsky y
yo, y decidimos encontrar un capital, ir a ese punto y ver las minas.
Formamos nuestra caravana y nos pusimos en camino. Hombres que llevan
doce o catorce días de marcha juntos no tienen más remedio que hacerse
amigos o enemigos. Nosotros nos hicimos amigos. Yo le hablé de mis
correrías con el Cura Merino y de mis conspiraciones; él, de Waterloo,
donde había estado, y de su campaña con Mina el mozo.
Yo le conté que tenía relaciones con Coral, la hija de Miranda, y él me
escuchó sin decir nada.
De pronto, una vez en la conversación, me habla de don Luis Miranda, me
dice que había vivido en su casa, que había sido profesor de francés de
Coral y tenido relaciones con ella.
Entonces yo le pregunté de pronto:
--¿Y cómo me has ocultado eso sabiendo que Coral es novia mía?
Volkonsky se turbó y no supo qué contestarme.
El polaco, que es un hombre inteligente y efusivo, comprendió que yo
no dejaría nunca de sospechar de Coral, y al día siguiente de esta
conversación me preguntó:
--¿Qué vas a hacer con Coral?
--La voy a dejar.
--¿No estás enamorado de ella?
--No. Puedes decirme lo que sepas de su vida. ¿Tú has sido su amante?
--Sí.
--¿Y la sedujiste y la abandonaste luego?
--No, yo no la seduje ni la abandoné. Coral es una mujer lasciva. A
los trece o catorce años había tenido amores con un viejo, amigo del
padre, que le ayudó a pervertirla. Cuando la conocí yo tenía diez y
seis o diez y siete años. Aunque yo en mi país sea de una familia más
aristocrática que la de un simple hacendado rico mejicano, aquí, en
Veracruz, era un pobre emigrado, obscuro y hambriento. Llegué a casa
de los Mirandas recomendado y me puse a dar lecciones de francés a
los dos hijos. Yo no soy muy decidido, y apenas me atrevía a hablar
con Coral. Ella me provocó con sarcasmos por mi timidez; si había una
barrera entre ella y yo, ella me convenció de que podía saltar esa
barrera. Fuí el amante de Coral durante varios meses, y cuando ella me
dijo que nuestros amores iban a tener fruto, yo me apresuré a decirle
que debíamos casarnos, y que si no quería quedarse allí, nos iríamos a
Europa. Ella no aceptó mi propuesta, y después supe que había llamado a
una vieja india y que había abortado.
Esto fué lo que me contó Volkonsky--siguió diciendo Aviraneta--; y al
llegar a Veracruz de vuelta de nuestra excursión por el Orizaba y los
montes próximos, comencé a hacer indagaciones para averiguar la verdad,
cosa no muy difícil en un pueblo pequeño como Veracruz y conociéndolo,
como lo conozco yo, bien.
El capitán Gavilanes me llevó a casa de una india, celestina de gente
rica, y ésta me contó los devaneos de Coral. Efectivamente, lo dicho
por Volkonsky era verdad. La celestina me dijo el nombre del primer
amante de la niña, un criollo que goza fama de hombre respetable en
Veracruz. Después de sus amores con Volkonsky, la niña de Miranda se
lanzó. Tuvo amores con un capataz mulato de su hacienda, y porque el
mulato estaba en relaciones íntimas con una india, la mandó azotar
a ella y luego a él lo tuvo cargado de cadenas. La celestina me ha
asegurado que Coral, por intermedio suyo, ha tenido citas amorosas,
aquí en Veracruz, con marinos extranjeros, a quienes no conocía de
antemano.
--En fin--concluyó diciendo Aviraneta--; esta vieja me ha pintado a
Coral, no como una mujer que puede haber marchado por el mal camino,
sino como una hembra lasciva, mal intencionada y perversa. Tanto es
así, que la india, al concluír de hablar conmigo, temblaba pensando en
la venganza de Coral, y yo le tuve que dar algún dinero para que se
marchara de Veracruz.
--¿Y ahora, qué vas a hacer?--le preguntamos mi tío y yo a Aviraneta.
--¿Ahora? Nada. Coral me escribió preguntándome por qué no iba a verla.
Le contesté que tenía razones para no ir. Volvió a escribirme y a
preguntarme qué razones tenía, y le contesté que lo sabía todo. Que no
me obligue a dar explicaciones a su padre o a su hermano, porque sería
para mí muy desagradable; pero si cree ella que debe vengarse de mí y
me envía al hermano, al amigo o al amante, aceptaré el desafío en las
condiciones que quieran.
Mi tío estaba espantado oyendo a Aviraneta.
Pasaron días y no ocurrió nada. En casa no volvió a aparecer don Luis
Miranda.
Por lo que contó Aviraneta, Coral había ido con gran sigilo a ver a la
celestina india; y al saber que había escapado comprendió de dónde
venían las noticias de su novio.
Un día le dieron a Aviraneta una cita de noche. Eugenio, que era
desconfiado, se presentó con cinco amigos suyos, entre ellos Gavilanes
y Volkonsky.
Aviraneta iba algo separado de los otros, que marchaban a pocos pasos
tras él.
Al llegar al punto de la cita, siete u ocho enmantados, dirigidos por
Fernando Miranda, se echaron sobre Eugenio. Mientras éste se defendía,
Gavilanes, Volkonsky y los demás corrieron al lugar de la pelea y se
enzarzaron a puñaladas y a tiros, dejando descalabrados a unos cuantos
y haciendo huír a los otros, entre ellos a Miranda.
IV
VOLKONSKY
Aviraneta y Volkonsky, trabajando mucho, consolidaron su sociedad
minera, que fundaron con muy buen capital, e hicieron que nuestra casa
se encargase de los giros.
Entonces conocí yo a Ladislao Volkonsky. Volkonsky era un muchacho muy
simpático. Su historia era curiosa.
Poco más o menos, al mismo tiempo que llegaba en el barco a Méjico el
general don Juan Ruiz de Apodaca, venía Mina el mozo al mando de una
expedición que organizó la masonería para favorecer la independencia de
Nueva España.
Nunca pudo encontrar Mina el mozo peor ocasión. Apodaca fué un hombre
que entró en la capital de Méjico mientras por las calles andaban a
tiros, y al cabo de algunos meses imponía la paz y el orden en todo el
vasto imperio mejicano.
Mina el joven, que era un aturdido, aceptó el mando de esta expedición
sin pensar que no se debe pelear contra la patria. Su tío, el general
don Francisco Espoz, nunca sancionó tal correría.
Javier Mina, a quien se llamaba _Mina el mozo_ y _Mina el Estudiante_,
salió de Liverpool y desembarcó en Norfolk, en Virginia.
Le acompañaba un cuerpo expedicionario de oficiales franceses
republicanos, italianos y polacos. Entre ellos iba Volkonsky, muchacho
joven que se había alistado en el ejército de Napoleón meses antes de
Waterloo.
Volkonsky, a pesar de ser de familia aristocrática y católica, había
sido muy republicano y muy patriota. Cuando nosotros le conocimos nos
enseñó en la muñeca derecha un tatuaje, hecho por un compañero suyo al
salir de Varsovia, con estas palabras: _Libertas Poloniæ_.
Después, algo avergonzado de aquella marca, se había quemado la muñeca
para borrarse el tatuaje.
Volkonsky era un tipo muy fino, rubio, delgado, distinguido.