polaco entró en la partida de aventureros capitaneada por Javier Mina.
Mina el mozo quería considerar su expedición no como antiespañola, sino
como antimonárquica. Esperaba que al proclamarse la República en Méjico
corriera por España y luego por Europa. Había dicho, con la petulancia
de un mozo, que iba a encender en Méjico las fraguas de Vulcano y a
lanzar desde allí sus rayos para abrasar los tronos de Europa.
Mina se entendió desde Virginia con los oficiales del general
Lallemant, establecido en Tejas, y con varios que procedían de los
cuerpos reformados de Napoleón que estaban en Nueva Orleáns, y,
reunidos unos y otros, desembarcaron en Soto la Marina. Allí les
esperaban algunos españoles, algunos indios y no muchos mejicanos para
unirse con ellos.
El general Apodaca se dispuso a batirlos y comenzó a preparar sus
fuerzas con calma.
Mandó vigilar la costa a la fragata _Sabina_ y a las goletas
_Proserpina_ y _Belona_, que estaban en Veracruz al mando del general
don Francisco Berenguer, y envió a luchar con Mina y los suyos a los
regimientos de Navarra y Zaragoza y a los dragones de San Luis, San
Carlos y Realistas, a las órdenes del mariscal de campo don Pascual
Sebastián de Liñán.
Si Liñán era un hombre de talento, Mina no le era menos; y si los
soldados de Liñán se batían admirablemente, los aventureros de Mina,
franceses, ingleses, polacos y españoles, luchaban como fieras. Eran
los extranjeros los que en medio de la indolencia y la estolidez
americana sostenían la insurrección. Así, cuando Liñán tomó el
fuerte de Comanja, dijo que garantía la vida de todos menos de los
extranjeros, considerando extranjeros igualmente a los españoles recién
venidos.
Mina el mozo, que era un caudillo de verdadero genio, había hecho
destrozos en las tropas del rey, derrotando a las fuerzas del coronel
Armiñán y a las del oficial Ordóñez, que murió en la acción.
Cuando Liñán apareció como jefe de todas las tropas que habían de
luchar contra los insurrectos, los mejicanos se rieron de él; decían
que un hombre tan pulido y tan afeminado no podía servir para la guerra.
Sin embargo, Liñán puso la campaña en buena marcha. Al poco tiempo
derrotó a los insurrectos y los desalojó del fuerte de Comanja.
Después comenzó a sitiar el fuerte de Remedios, ocupado por las tropas
mejicanas insurrectas.
Mina, nada aficionado a encerrarse dentro de murallas, hacía correrías
que desconcertaban a las tropas del Gobierno.
Liñán encargó primero al coronel Andrade, y luego al coronel Orrantia,
para que persiguieran a Mina.
Orrantia marchó con sus dragones en busca del caudillo navarro y lo
encontró. Las tropas del Gobierno lo hubieran pasado mal y hubieran
sido copadas a no venir en su auxilio la columna del teniente coronel
Bustamante.
Entre los dos jefes lograron sostener la acción y consiguieron que se
fraccionase la partida insurrecta. Terminado el combate, Orrantia
perdió la pista de Mina y dejó sus tropas entregadas al descanso.
Dos o tres días después de la acción estaba la columna de Orrantia
en la cañada de Marfil, cerca de Guanajuato, cuando vieron una gran
llamarada que supusieron procedía de la ciudad.
Se acercó Orrantia a Guanajuato y supo que habían incendiado una mina
que se llamaba la _Valenciana_. Estando aquí dispuesto a ayudar a
extinguir el incendio, se le presentó un confidente diciéndole que
aquella misma noche Mina estaba en la hacienda del Venadito, que hacía
parte de una aldea o rancho llamado Tlachiquera.
Orrantia, abandonando el incendio, avanzó con su gente hasta aquel
rancho, rodeó el cortijo del Venadito y prendió a Mina el mozo con
veinticinco hombres. Entre éstos se hallaba Volkonsky.
Fueron llevados todos al campamento de Remedios. Liñán era amigo de
Mina, a quien había conocido en la guerra de la Independencia, y quiso
salvarle. Propuso a los sitiados en el fuerte de Remedios que si
entregaban el fuerte perdonaría la vida a Mina; ellos no aceptaron, y
ahí, en un altozano, a la vista de los insurrectos, fué fusilado Javier
Mina, por la espalda, como traidor a la patria.
Volkonsky estuvo también expuesto a ser pasado por las armas; pero como
era desconocido, muy religioso y parecía que no había roto un plato,
obtuvo la protección de un fraile y consiguió el indulto, y después la
libertad.
Volkonsky fué a Veracruz, y alguien, sabiendo las ideas antiespañolas
de los Mirandas, le indicó esta casa como refugio.
Después de la expedición de Mina todavía hubo otro plan, organizado por
los ingleses, para preparar la independencia de Méjico, dirigido por un
español. Esta colaboración de los españoles en empresas filibusteras
era una vergüenza.
Se anunció que el nuevo movimiento iba a ser patrocinado por el general
Renovales. Mandaron agentes por toda América. Un aventurero escocés,
MacGregor, marcharía a Méjico con mil hombres. La expedición se uniría
a las fuerzas de Bolívar y mientrastanto los marinos Brion y Hore
atacarían a Veracruz.
Renovales, que era el jefe de esta expedición filibustera, la denunció
en Londres al embajador de España, duque de San Carlos, y, cobrando
todo el dinero que pudo y abandonando a la gente comprometida, se fué a
Nueva Orleáns.
Volkonsky no se mezcló en esta tentativa. No era hombre de mucha
firmeza de carácter, sino más bien mudable y antojadizo. Durante los
primeros meses de estancia en Veracruz había sido muy partidario de los
filibusteros; luego, desde que se juntó con Aviraneta, se hizo amigo de
los españoles.
Afirmó más en él esta tendencia el ponerse en relaciones con una
jovencita, huérfana de un militar vizcaíno, llamada Luisa Olaechea.
Luisa vivía en Puebla y llevaba una vida muy recogida, siempre en casa
y en la iglesia.
Volkonsky, que era hombre fogoso, se enamoró de la muchacha locamente y
no pensaba mas que en casarse con ella y en vivir en paz.
V
LA DESAPARICIÓN DE VOLKONSKY
Enamorado como estaba el polaco y lleno de ardor por sus negocios
mineros, todas las ocasiones le parecían buenas para ir a Puebla a ver
a su novia y a sus minas.
En una de estas excursiones Volkonsky fué y no volvió. Pasaron días y
días y no se supo nada de él. Aviraneta escribió a Luisa Olaechea, y
ésta contestó que llevaba más de una semana sin tener noticias de su
novio.
Volkonsky había desaparecido, se había extraviado, lo habían hecho
prisionero los indios, había caído en alguno de los abismos del
Orizaba...
La cosa para Aviraneta y para la Sociedad nuestra era grave. Se perdían
planos, expedientes, obra de mucho tiempo y mucho dinero.
Aviraneta no tenía seguridad ninguna de encontrar el sitio de los
yacimientos del mineral; pero inmediatamente se dispuso a volver a la
zona minera y a explorar. Formó una caravana, mandada por el capitán
Gavilanes. Yo me uní a ella. Tenía interesado algún capital en el
negocio y quería saber pronto si era dinero perdido o no.
Unos días antes de salir nuestra caravana, un oficial español, Arteaga,
que estaba de guarnición en el castillo de Ulúa, fué a ver a Aviraneta
y le contó que a Luisa Olaechea, la novia de Volkonsky, le habían
enviado una mano cortada en una cajita de laca. La muchacha afirmaba
que era la mano de su novio, porque tenía unas letras que ella creía
haberle visto anteriormente en la muñeca. Estas letras decían: i er as
ol n e.
--Es la mano de Volkonsky--dijo Aviraneta al oír a Arteaga.
--¿Por qué tienes esa seguridad?
--Por las letras.
--¿Sabías tú que las tenía?
--Sí.
--¿Qué quieren decir?
--Es lo que le quedaba de un tatuaje, ya medio borrado, con estas dos
palabras: _Libertas Poloniæ_.
A la pregunta de Arteaga de quién podía ser el que había matado al
polaco, Aviraneta no contestó.
Dos días después de esta conversión, Eugenio dió la orden de partida, y
salimos de Veracruz.
En vez de marchar por el camino conocido, Aviraneta dijo que había que
seguir otro itinerario.
Durante la marcha, los capataces afirmaron que Aviraneta no sabía lo
que se traía entre manos; que aquel no era el camino para ir hacia el
Orizaba; que nos estábamos alejando cada vez más.
Al quinto o sexto día, al anochecer, nos acercamos a un gran bosque de
cedros americanos. En el lindero del bosque Aviraneta mandó hacer alto,
cenamos y, después de ordenar a unos cuantos indios dirigidos por un
capataz que guardasen nuestros caballos y nuestros equipajes, nombró
una pequeña tropa de ocho hombres, entre los que estaba yo, y mandó que
cada uno llevara fusil, pistola, machete y municiones en abundancia, y
así, armados hasta los dientes, nos internamos en aquella selva. Había
una calzada grande en medio que cortaba este bosque; pero Aviraneta no
quiso seguirla, y marchamos paralelamente a ella por entre los árboles.
La luna, muy redonda y rojiza, aparecía en el cielo con una aureola
amarillenta.
A las dos horas o dos horas y media de marcha entramos en una vega
feraz cruzada por un río, con grandes extensiones de tierras de labor.
En medio había una casa amplia con ventanas y galerías que brillaban a
la luz de la luna. El humo salía blanquecino en aquel momento de una
chimenea. Cerca de la granja se distinguía una capilla con su cruz, y
alrededor, chozas pequeñas desparramadas por el campo.
Al ponernos a la vista de la casa, por orden de Aviraneta dimos un
rodeo, metiéndonos por un barranco, que él, sin duda, calculó bastaba
para ocultarnos. Estos detalles de estrategia denunciaban en Eugenio al
guerrillero.
Salimos cerca de la alquería, y Aviraneta destacó cuatro hombres para
que espiaran y nos anunciaran con una seña a los cuatro que esperábamos
si salía alguno de la granja.
No tardó media hora en aparecer una mujer. Los cuatro marchamos en la
dirección que nos indicó el espía, y sin que diera un grito la cogimos,
la atamos y la llevamos dentro del bosque.
Yo hasta entonces no sabía que aquella casa que estábamos sitiando era
la de don Luis Miranda y que en aquel momento se encontraban allí sus
hijos, don Fernando y Coral.
A la india, a quien habíamos prendido, le hizo Aviraneta algunas
preguntas que me sorprendieron, entre ellas si sabía de un _gringo_ a
quien habían matado allá. Ella dijo que no sabía nada.
Se le amenazó con darle tormento, se le dijo que se le colgaría y se le
pondría fuego a los pies. Ella permaneció tranquila sin contestar.
En vista del mal resultado de las preguntas y de las amenazas quedó
la vieja india a mi cargo para que no se escapara y fuese a dar parte
a sus amos de lo que ocurría, y Aviraneta y los otros dos volvieron
hacia la granja.
Pasé unos momentos malos dentro del bosque; la vieja, atada, me lanzaba
unas miradas que me llenaban de espanto. Yo no sé qué maldiciones debía
estar echándome en su lengua. A la hora próximamente vino uno de los
nuestros corriendo a decirme que me reuniera con ellos.
Habían prendido a un viejo capataz, y éste, asustado por las amenazas
de atormentarle, cantó de plano.
Dijo que Coral había mandado al _gringo_ rubio, a Volkonsky, una carta
diciéndole que fuera a su casa a despedirse de ella.
El _gringo_ fué a la granja; estuvo hablando con la señorita, y en el
patio, al ir a marcharse, dos indios apostados allí le mataron.
Al verlo tendido en el suelo, ella preguntó:
--¿Está muerto?
--Sí, mi ama--contestaron los indios.
--Cortadle la mano derecha y enterradle.
El viejo capataz dijo que el _gringo_ rubio había sido enterrado en el
corral de la casa, en un ángulo, cerca de un banco con una cruz. Por lo
que dijo, era fácil saltar la tapia y entrar en el corral.
Se llevó a la india y al capataz viejo a una choza, se les encerró
allí, se sujetó la puerta por fuera, y nosotros, los ocho, cogimos
azadas, palas y picos, y uno tras otro saltamos la tapia de la casa de
Miranda.
Encontramos el sitio indicado por el capataz, que se señalaba por estar
la tierra removida, y nos pusimos a cavar.
Realmente la escena era fantástica: dos de los nuestros trabajaban con
el azadón y la pala, mientras los otros, en acecho, estaban con las
armas dispuestas para disparar.
Al cabo de unos minutos se dió con el cuerpo del polaco y se dejó a la
superficie su cadáver, ensangrentado y lleno de tierra.
Aviraneta, con una serenidad tremenda, le registró los bolsillos y
sacó una cartera abultada. Luego fué viendo uno a uno los papeles.
Allá estaban los planos y los documentos de las minas. Ibamos a volver
a enterrar al polaco cuando se oyeron voces en el patio. Alguien se
acercaba.
--Cuidado--dijo Aviraneta--; si alguien viene, prendedlo sin ruido.
El que se acercaba era Fernando. Cuando estuvo a pocos pasos de
nosotros quedó preso y con la boca tapada.
El espanto y la sorpresa lo dejaron amilanado.
De pronto se oyó la voz de Coral, que decía:
--Pero, Fernando, ¿dónde estás? ¿Qué pasa?
--No le hagáis nada--nos dijo Aviraneta, y avanzando exclamó:--Fernando
está aquí, señorita. Mira en este momento con nosotros el cadáver de
Volkonsky.
Un grito ahogado fué la respuesta de Coral; pronto logró calmarse y
quedar tranquila. Coral contempló el cadáver del polaco a la luz de la
luna.
--Su hermano, que la tiene a usted por un ángel--siguió diciendo
Aviraneta--y a mí por un demonio, comenzará a comprender la clase de
mujer que es usted. Verá que no sólo tiene usted amantes, sino que los
manda matar cuando le estorban.
--Cuando me estorban, no: cuando me engañan--replicó ella.
Fernando lanzó un quejido lastimero. Aviraneta mandó que lo soltáramos.
--¡Pobre hermano! ¡Lo siento por él!--exclamó Coral--. ¿Van ustedes a
dejar el muerto así?--preguntó luego.
Dos de los nuestros cogieron el cadáver, y después todos, con las
palas, comenzamos a echar tierra encima.
--Y ustedes, ¿qué son?--me preguntó de pronto Coral--. ¿De la Justicia?
--No--contesté yo, secándome el sudor que corría por mi frente.
--¿Pues qué interés han tenido ustedes para venir aquí?
--Es que Volkonsky guardaba los planos de nuestras minas.
--¡Ah!--exclamó ella con desprecio--. Son ustedes comerciantes.
Realmente, lo lógico hubiera sido prender a aquella mujer y entregarla
a los tribunales de Justicia; pero a ninguno se le ocurrió esto.
Cuando concluímos de enterrar de nuevo el cadáver miramos a Aviraneta
esperando sus órdenes, y por su indicación cruzamos el patio tras él y
salimos al vestíbulo de la granja.
--Y con esta real moza, ¿qué hacemos?--preguntó de pronto Gavilanes.
--Amigo, allá usted--replicó Aviraneta--; esta real moza un día le dirá
a usted que le quiere y al otro le cortará la mano... o la cabeza.
Ella nos miraba indiferente, con frialdad y con desprecio. Salimos de
la granja, nos formamos y echamos a andar por el camino. Aviraneta
temía que nos fueran a atacar; pero no nos atacaron.
A la mitad del camino Gavilanes se retrasó; le esperamos, y no vino.
--¡A ti también te cortarán la mano, Gavilanes!--gritó Aviraneta en
burla.
Nadie contestó.
Avanzamos hasta salir del bosque y reunirnos con nuestra caravana. Al
día siguiente volvimos de nuevo camino de Veracruz; se copiaron los
planos de las minas, y la Sociedad siguió adelante.
VI
AVIRANETA SE VA
Un mes más tarde Aviraneta iba en una expedición, con varios
capitalistas e ingenieros, al coto minero de la Sociedad. Se comenzó en
Veracruz a hablar con gran entusiasmo de estas minas. El país, gracias
a las disposiciones del general don Juan Ruiz de Apodaca, comenzaba a
disfrutar de la paz. Las acciones de las minas subían...
En este momento, cuando se empezaba a pensar en la explotación,
Aviraneta realizaba sus acciones de la Sociedad y se marchaba a España,
acompañando a su amigo Arteaga, a quien habían dado licencia como
enfermo y que salía para la Península con su mujer.
Aviraneta tuvo gran acierto en liquidar todo--concluyó diciendo el
viejo Alzate--, porque luego las minas aquellas no dieron resultado
alguno, por más de que se gastó en la explotación mucho dinero.
--Y en la muerte del polaco, ¿no intervino la policía? ¿No se indagó
quién era el autor?--pregunté yo.
--No; el muerto era un desconocido, y a nadie le interesaba averiguar
lo que había pasado.
--¿Y Coral, la hija de Miranda?
--No se supo su paradero--contestó Alzate--. No volvió a Veracruz. Unos
dijeron que estaba en Nueva Orleán; otros, que en la Habana...
--¡Qué barbaridad!--exclamé yo--. ¡Qué Justicia!
--¡Cosas de la vida!--dijo don Rafael Baroja frotándose las manos.
Alzate se levantó, sacó del bolsillo del chaleco un reloj de plata,
grande y pesado, y, acercándose al yerno, que le miraba en silencio, le
dijo:
--¡Vamos, tú, que ya es tarde!
Y el viejo Alzate y su yerno salieron de la botica, montaron en el
carricoche y marcharon rápidamente a tomar el camino de Irún.
Madrid, marzo, 1914.
FIN DE LOS CAMINOS DEL MUNDO
ÍNDICE
Páginas.
Al lector. 7
La culta Europa.--Amores, hambre, peste y filosofía.--Los
papeles de Arteaga. 9
LIBRO PRIMERO
EN LA EMIGRACIÓN
I.--Prisionero. 11
II.--El depósito. 15
III.--Chalon-Sur-Saone. 19
IV.--La vida en Chalon. 23
V.--La reunión de madama de Montrever. 27
VI.--El Chateau de Aubepines. 33
VII.--Proyectos de fuga. 39
VIII.--Aviraneta en Chalon. 43
IX.--Dificultades. 47
LIBRO SEGUNDO
RASTROS DE LA GUERRA
I.--La salida de Chalon. 53
II.--La mañana. 57
III.--En Bellevue. 59
IV.--Lons-le-Saunier. 65
V.--El trineo. 71
VI.--Una anécdota importante acerca de Calvino. 77
VII.--La diligencia. 81
VIII.--El placer de ver a un rey guapo. 85
IX.--Las cornetas en la Selva Negra. 89
X.--Las posadas del camino. 93
XI.--Corina descubre España y Arteaga a Beethoven. 97
XII.--Intento de duelo. 103
XIII.--Alegría y hambre. 105
LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS
I.--El judío de Francfort. 109
II.--Un burgomaestre osado y una vieja iracunda. 113
III.--El paso del Rhin y la «Landsturm» de Colonia. 119
IV.--Un país tranquilo. 123
V.--Una inglesa antiespañola. 127
VI.--El chino de La Haya. 129
VII.--Efecto de sol en el techo de una posada. 133
VIII.--«El Fénix», la «Sofía» y el «Vulcano». 135
IX.--Jura de la Constitución. 139
Una intriga tenebrosa.--Los hombres de la conspiración
del Triángulo.--Habla Leguía. 141
LIBRO PRIMERO
DE PARÍS A MADRID
I.--Antecedentes. 147
II.--Un baile de conspiradores. 155
III.--Rapto. 163
IV.--La reunión en la librería. 169
V.--Hombres de destino trágico. 175
VI.--Preparativos. 177
VII.--La historia de María Visconti. 181
VIII.--En Bayona. 185
IX.--Los liberales de Bilbao. 189
X.--Don Mariano Renovales. 195
XI.--Camino de Castilla. 201
LIBRO SEGUNDO
LUCHA EN LAS SOMBRAS
I.--Primeros pasos. 205
II.--Proyectos de regicidio. 211
III.--Gente de la camarilla. 215
IV.--La Sociedad de la Santa Fe. 219
V.--Los triángulos 12 y 13. 225
VI.--La coartada del fraile. 231
VII.--La venganza. 241
VIII.--Las peripecias de la fuga. 245
IX.--La obscuridad alrededor. 249
X.--El asilo de Maese Juan «El Filósofo». 253
XI.--Los sacrificados. 259
La mano cortada: Historia de tierra caliente.--Prólogo. 263
I.--La casa de Alzate. 267
II.--Los calaveras. 271
III.--Las razones de Aviraneta. 277
IV.--Volkonsky. 283
V.--La desaparición de Volkonsky. 289
VI.--Aviraneta se va. 295
Obras publicadas por esta Casa.
Novelas de Willy.
WILLY:
Los amigos de Siska.
La insaciable Siska.
Historia sombría.
Ginette la soñadora.
Ledos, tapicero.
El éter consolador.
Historia, Sociología y Biografía.
CARLOS RIVET:
El último Romanof (historia del Tsar y su corte).
JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA:
Los conquistadores. (Origen heroico de América.)
En la vorágine.
JULIÁN SOREL:
Los hombres del 98: Unamuno.
La raza.
Literatura española contemporánea.
A. MARTÍNEZ OLMEDILLA:
Resurgimiento.
R. BAROJA (J. G. Nessi):
Aventuras del submarino alemán U...
Fernanda.
Fiebre de amor.
JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA:
Páginas novelescas.
A. DE HOYOS Y VINENT:
Las tragedias cotidianas.
CIRO BAYO:
(Ilustraciones de Galván.)
Indios pampas, gauchos y collas.
La terraza de los Andes.
El tempe boliviano.
Los ríos del oro negro.
FELIPE A. SALTO:
Aristocracia de sangre.
AZORÍN, BAROJA, BYRON, GAUTIER, PALACIO VALDÉS, etcétera:
Páginas taurómacas.
NÉSTOR DE LA TORRE:
La huella perdida.
JAIME BRUNET:
Por el mérito.
HENRI BARBUSSE:
El fuego (nueva edición).
Claridad.
STENDHAL:
Un oficial enamorado (Luciano Leuwen), dos tomos.
A. S. PUCHKIN:
El bandido Dubrovsky.
La casita solitaria.
Novelas contemporáneas extranjeras.
HENRI KISTEMAECKERS:
El relevo galante.
ABEL BOTELHO:
El libro de Alda (dos tomos).
ABEL HERMANT:
Los amores de Fanfan.
JUAN D'IVRAI:
Memorias de un eunuco.
HENRI BORDEAUX:
Una mujer honrada.
PAUL ACKER:
Pequeñas confesiones (dos tomos).
SÉMÉNE ZEMLAK:
La eterna fatalidad.
J. DE GACHONS:
El valle azul.
CARLOS FOLEY:
La dama de los millones.
ARTZYBASHEF:
Sanin (dos tomos).
H. HARLAND:
La tabaquera del Cardenal.
P. VILLETARD:
Las muñecas se rompen.
HORACIO VAN OFFEL:
La exaltación.
CLEMENTE VAUTEL:
La reapertura del paraíso terrenal.
JUAN LORRAIN:
La feria de las pasiones.
JEHAN TESTEWIDE:
Amar...
MARC TWAIN:
Aventuras de Huck.
ANDRÉS GUILMAIN:
El divino instante.
M. RUIZ MAYA:
Los incultos.
Novelas ligeras.
ANDRÉS GUILMAIN:
Margot peca siete veces.
«Frou-Frou», vendedora de caricias.
La Condesa busca un amante.
Las perversiones de Totó.
La ninfa de los «Souper-tangos».
La virgen desflorada.
Una «cocotte» último grito.
El divino instante.
El favorito de las damas.
La sonrisa de la Aventura.
ÁLVARO RETANA:
La primera aventura de Leticia.
Las mujeres del diablo.
El príncipe que quiso ser princesa (ilustrada).
Una confesión «muy siglo XX».
Rosas blancas.
Rosas ingenuas.
A. HOYOS Y VINENT:
Obscenidad (ilustrada).
RAFAEL GERINO:
Una aventura erótica.
A. REGUERA:
Melita busca sensaciones.
A. HERNÁNDEZ:
Lulú, pasional y ambigua.
J. G. NESSI:
De tobillera a «cocotte».
FÉLIX CUQUERELLA:
Mariposas del placer.
VALENTÍN DE PEDRO:
Cartas de amor de Clara Matei.
Florián.
E. M. DEL PORTILLO:
La señorita Capricho.
Novelas clásicas extranjeras.
JULIO VALLÉS:
El niño (vida de Jaime Vingtras).
RUDYARD KIPLING:
Capitanes valientes.