Aviraneta; abrió él la puerta, cruzamos un largo corredor y entramos en
su cuarto. Abrimos el balcón que daba al tejado, saltamos por encima
de la barandilla y comenzamos a marchar por encima de las tejas.
Aviraneta, como había bebido mucho y no sentía la necesidad de estar
sereno, comenzaba a hacer locuras, reía sin motivo y se le ocurrían una
porción de simplezas.
--Verdaderamente--decía--, debe usted estar agradecido de mi invitación
a ser conspirador hecha en París, en un baile... Esta es una vida de
gato, señor barón...; y todo irá bien si no le dan a uno el golpe del
conejo y lo meten en la cazuela.
El viaje fué penosísimo. Aviraneta con el hábito no podía andar.
Tropezaba, se caía, se echaba a reír.
De pronto Aviraneta se detuvo, se remangó el hábito y se quedó inmóvil.
--¿Qué le pasa a usted?--le dije.
--No puedo más--contestó él.
--¿Es el alcohol que hace efecto diurético?
--Sí. Pero con este balandrán no me las puedo arreglar. ¡Aquí le
quisiera yo tener a Fernando VII!
--¿Para qué?
--Para inundarlo. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?
--¿Qué?
--Proclamar la República desde este tejado.
--La cabeza de usted no funciona bien, Aviraneta. Vamos.
--Espere usted un instante. Voy a quitarme el hábito y a tirarlo a la
Plaza Mayor. Que se lo ponga si quiere ese rey de bronce que está ahí
a caballo... Yo no quiero hábitos viles.
--No tire usted el hábito--le dije yo--. No haga usted barbaridades.
Algún sereno, el que ha hablado con usted, puede verlo.
--Es que con este hábito me parece que me voy sintiendo fraile. ¡Muera
el obscurantismo! ¡Salud y República, señor barón! No, barón, no..., no
hay barones. Ciudadano, nada más... Todos somos ciudadanos...
--Sí, hombre, sí. Tiene usted razón. Vamos adelante.
Avanzamos unos doscientos pasos más y vimos la ventana de una guardilla
que resplandecía.
--¿Qué habrá ahí?--exclamó Aviraneta, interrumpiendo su monólogo.
--Deje usted. ¿Qué importa lo que haya?
Aviraneta se acercó a la guardilla y me llamó con la mano.
Dentro de un cuartucho se veía un cadáver en una caja de madera, en el
suelo, rodeado de cuatro velas.
--Voy a entrar a ponerle el hábito del padre Madruga...; ¡ja... ja!...,
¡qué idea!
--No sea usted bárbaro.
--¿Por qué no? Creerán que es un milagro.
--No fastidie usted, Aviraneta. Está usted borracho. Obedézcame usted.
Nos va la vida.
Aviraneta se ofendió de que le llamara borracho, y dijo que aunque él
era un ciudadano y no un aristócrata, no se emborrachaba.
Seguimos avanzando y llegamos a la guardilla de la casa donde yo vivía.
Entramos en ella de cabeza, bajamos las escaleras, abrimos la puerta
y pasamos al cuarto. Conchita me esperaba impaciente. Conté yo lo
ocurrido y hablamos.
Era indudable que íbamos a ser perseguidos.
Freire y Magaz, en seguida que se viesen libres, darían nuestras señas
a la policía y se nos buscaría con ahinco.
Como Aviraneta no se enteraba de lo que se hablaba, le preparé una cama
en el suelo, y no hizo mas que tenderse y quedar dormido.
IX
LA OBSCURIDAD ALREDEDOR
La noche para mí fué horrible; no pude dormir un instante;
aquella escena final en el portal de la calle del Viento la tenía
constantemente ante los ojos. A veces dudaba de que fuese una realidad.
Por la mañana iba a conciliar el sueño cuando me despertó un
campanillazo.
--¡Ya está aquí la Justicia!--pensé.
Era María Visconti, que había pasado la noche en el taller de el _Majo
de Maravillas_, atendida por la mujer y por una hermana del chispero.
Aviraneta se despertó y discutimos lo que había que hacer.
Eugenio no recordaba detalles de lo ocurrido la noche anterior.
No hicimos la menor alusión a la muerte del fraile.
Nos parecía que bastaba que reconociéramos nosotros el hecho para que
lo conociera todo el mundo.
Por lo que dijo María, a ella no la había seguido nadie. Al entrar en
casa no se encontró tampoco persona alguna.
--En cambio, yo parece que hablé con el sereno ayer noche--dijo
Aviraneta.
--Eso me contó usted--repuse yo.
--¿Dije, no que le vi, sino que le hablé?
--Sí, que le habló usted.
--Entonces pueden encontrar nuestra pista.
--No me parece tan fácil.
--Sí, no es difícil; cuando vean al _otro_ sin el hábito de fraile
comprenderán que nosotros se lo llevamos e interrogarán a los serenos
del barrio.
--¿Y qué hacemos?--dije yo.
--Si no fuera por Arquez, que va a venir y nos va a fastidiar, porque
ya le han visto varias veces con nosotros, lo más prudente sería
quedarnos aquí ocho o diez días. Pero viniendo el _Perrete_, como
vendrá, lo mejor es marcharnos.
--¿Adónde?
--Eso es lo que estoy pensando. Porque la cuestión es que
desaparezcamos los cuatro.
Eugenio comenzó a pasearse arriba y abajo por el cuarto; luego se puso
a escribir con mucho trabajo, simulando la letra.
--¿Qué hace usted?--le dije.
--Voy a ver si les estorbo un tanto a Corpas y a Freire. Les voy a
denunciar a la policía.
--Se va usted a comprometer.
--No; si me comprometiera no lo haría. Esto, por el contrario, nos
puede servir.
--Pero, ¿qué crédito cree usted que van a dar a una denuncia anónima?
--Pueden darle alguno. Porque yo, que he tenido siempre el temor de que
Corpas nos denunciara, he dejado disimuladamente en su casa, metido
entre las hojas de un libro de su biblioteca, los estatutos de la Santa
Fe y una lista de conspiradores amigos de Don Carlos. Una maniobra
parecida he hecho en casa de Freire, dejando debajo de la estera una
serie de facturas de compra de armas. Ahora le digo a la policía que
busquen en la biblioteca del uno y debajo de la estera del cuarto del
otro. Antes de que Corpas y Freire vayan a denunciarnos se encontrarán
ellos denunciados.
--Está bien--dije a Aviraneta.
--Hay que ennegrecer el agua de alrededor--repuso él--. Empezamos a
jugarnos la cabeza seriamente.
--¡Y tan seriamente!
--Pero no hay que desesperar.
--Claro que no.
De cuando en cuando íbamos a mirar al balcón de la casa de Aviraneta,
que estaba frente por frente de la mía, para ver si abrían las
persianas. Esto indicaría que entraban en el cuarto, y de entrar,
siempre era posible que fuese la policía.
--¿Usted sabe si cerramos ayer las persianas bien?--me preguntó
Aviraneta.
--No; no lo sé.
Otro problema lo tuvimos con el hábito. ¿Qué íbamos a hacer con el
balandrán del padre Madruga? Tirarlo era peligroso. Quemarlo, no
teníamos dónde.
Por indicación de Conchita decidimos que se hiciera con él un refajo,
uno de esos refajos de aldeana pesados que hacen abultar el cuerpo.
María y Conchita se pusieron a coserlo a grandes puntadas, mientras
Aviraneta y yo seguíamos discutiendo.
Por la tarde llegó Arquez y le contamos lo ocurrido. El hombre se
quedó pasmado con los sucesos que le contamos; le dijimos que teníamos
necesidad de encontrar otro rincón donde meternos.
--Mandadme--dijo él--. ¿Qué tenéis pensado?
Nosotros no teníamos nada pensado; no habíamos encontrado aún una
solución aceptable. En esto Aviraneta vino con el anteojo en la mano.
--¡Diablo!--exclamó.
--¿Qué pasa?
--Que han abierto las ventanas de mi cuarto.
Cierto que podía ser el viento, o la patrona, que entrara a cualquier
menester; pero temíamos que fuera la policía.
--Decidan ustedes algo--dijo Arquez.
--Aviraneta comenzó a pasear por la habitación con la cabeza baja.
--¿Tú conoces los alrededores de Madrid?--preguntó de pronto a Arquez.
--No. Pero puedo preguntar...
--No... no... no. Eso no nos conviene. Yo quisiera que fueras a buscar
a un conocido mío, a Santiaguito el _Chaval_, que vive en la calle del
Tribulete, número once, y lo traigas aquí. No preguntes a nadie por
la calle: compra un planito de Madrid, que se vende en la librería
de la calle de Carretas; mira dónde está la del Tribulete, busca a
Santiaguito el _Chaval_, que es zapatero, ven con él, y de paso echa
esta carta al Correo.
Se marchó Arquez, y nosotros dos seguimos en observación de la casa de
Aviraneta y de la Plaza Mayor.
La ausencia de Arquez nos pareció larguísima.
X
EL ASILO DE MAESE JUAN «EL FILÓSOFO»
Al anochecer aparecieron Arquez y Santiaguito, el _Chaval_.
Santiaguito, que era un hombrecillo bajito, rubio, algo cojo y
jorobado, y que hablaba de tú a Aviraneta, dijo a éste que en su casa
no podía esconder a nadie. A los requerimientos de Eugenio concluyó
diciendo que, si no teníamos escrúpulos en meternos en cualquier
rincón, nos llevaría a todos a un sitio donde estaríamos seguros.
--Nada; ahora mismo.
Decidimos dejar la casa de dos en dos y reunimos en la Puerta de
Atocha. Marcharon primero María y Conchita. A Conchita se le puso el
refajo hecho con el hábito del fraile y un mantón; parecía una criada
alcarreña. Luego salieron Santiaguito y Aviraneta, y, por último,
Arquez y yo, embozados en nuestras capas.
Al pasar por la plaza de Santa Cruz nos encontramos con una patrulla
de gente armada, a las órdenes del corregidor, que iba, sin duda, a
recorrer los barrios bajos.
Pasamos el susto correspondiente y seguimos nuestro camino por la calle
de Atocha. Ya estaba completamente obscuro. Hacía una noche fría,
venteaba con furia y los farolillos de aceite de las calles oscilaban
con las ráfagas del aire. Salía a ratos la luna entre nubarrones
negros.
Al llegar a la plaza de Antón Martín tuvimos otro susto; nos
encontramos con un grupo de sayones que se nos acercaron cantando
canciones tristísimas. No podía yo comprender qué era aquéllo, y luego
Santiaguito me explicó que era la Ronda de los Hermanos del Pecado
Mortal, que iba entonando saetas.
Al llegar a la Puerta de Atocha salimos todos, menos Arquez, y
comenzamos a marchar a campo traviesa. Llegamos a las orillas de un
arroyo que se llama el Arroyo Abroñigal; allí Santiaguito se paró
delante de una casa solitaria, en cuya pared se leía este letrero a la
luz de la luna:
_Orno de hasados._
--Esperen un momento--nos advirtió.
Esperamos media hora. Al cabo de este tiempo Santiaguito volvió y dijo:
--Entren ustedes. Ahí no les buscará nadie.
Pasamos a un local grande y destartalado. Era la cocina de un horno
derruído, donde había un viejo calentándose delante de una hoguera.
Saludamos al viejo y nos sentamos. Aviraneta se entendió con él para
que nos pusiera de cenar.
Era el viejo un aldeano de ojos azules y pequeños, cara de zorro, mal
afeitada, el aire de malicia y socarronería. Se llamaba el señor Juan.
Nos dijo que estaba allá al fuego porque tenía gran resfrío.
Hablaba un castellano tan claro y tan sonoro, que a mí me maravillaba;
me parecía estar oyendo a un español del siglo XVII.
Después de cenar nos preparó unas camas de paja, y allí nos acomodamos.
El viejo se tendió sobre un saco, se echó dos capas encima y se quedó
dormido. Yo no pude conciliar el sueño en toda la noche. El recuerdo
de los acontecimientos me tenía nervioso, excitado; sólo al amanecer
pude descansar un poco.
Al día siguiente, al despertarme, entraba un hermoso sol por la
ventana. El cuarto donde estábamos era grande, encalado, con unas
cuantas sillas de paja, una mesa de aspas, un arcón y una imagen de la
Virgen en la pared.
El señor Juan salió a la puerta con su hacha y rajó unas cuantas
maderas viejas; luego hizo fuego y puso dos pucheros a la lumbre.
Comimos muy bien. Me chocó que no apareciese nadie por los alrededores
de aquella casa, realmente desolados y tristes.
El señor Juan nos contó historias de su vida de cazador, con su
lenguaje castizo y puro.
Se le podía oír como a un libro. Era tal la fuerza de su egoísmo, que,
al escucharle, daba la impresión de que habitaba un mundo sin gente.
Le gustaba explicarlo todo con una gran profusión de detalles. Nos
habló de la vida que hacía en el campo, de lo que comía por la mañana;
después, cómo guardaba el tocino en la _cuerna_ (como la llamaba él) y
la tapaba con la _corcha_. Luego contó lo que le habían costado las dos
capas que tenía, de las que estaba muy orgulloso.
Por la noche, el señor Juan rezó el rosario con un gran fervor, y los
demás le acompañamos.
Realmente, como la preocupación de no ser presos era en todos nosotros
tan grande, no se me ocurrió pensar qué oficio tendría aquel hombre.
Un día que el señor Juan abrió su arca, vi dentro una porción de
cuerdas muy nuevas, garfios y otros aparatos.
--¿Para qué tiene usted tantas cuerdas?--le pregunté.
--Son para mi oficio--contestó él sonriendo.
No quise ser indiscreto. A Aviraneta, que supuse lo sabría, le dije:
--¿Pero quién es este hombre en cuya casa vivimos? ¿Qué es?
--¿Este? Es nada menos que maese Juan, el verdugo de Madrid--me
contestó Aviraneta.
--¡El verdugo!
--Sí.
La noticia me hizo impresión.
--No se lo diga usted a ellas--advirtió Eugenio.
--No, no.
--¿Y se le puede hablar de su oficio?
--Sí; le contará a usted sus ejecuciones como cuenta sus batidas de
caza. Igual.
Efectivamente: maese Juan, al preguntarle si era verdugo, me contestó,
sonriendo, que sí, y me habló de los hombres que había echado al otro
mundo como un médico de sus enfermos o un párroco de sus feligreses. La
cosa, sin duda, le parecía natural y sin gran importancia.
Me contó también que había sido pastor en el pueblo y que había venido
a Madrid de guarda. Al quedar vacante la plaza de verdugo, él la había
solicitado, porque se ganaba más; pero a su mujer y a su hijo les había
parecido tan horrible su decisión, que no querían vivir con él.
Maese Juan no comprendía esto, y se encogió de hombros, como quien no
se explica una preocupación absurda.
--¿Usía no estaba enterado de que yo era el verdugo?--me preguntó luego
sonriendo.
--No.
--Don Eugenio sí lo sabía.
--Sí; don Eugenio, sí.
--Cuando se tiene el oficio de usía, hay que estar bien con el
verdugo--dijo filosóficamente maese Juan.
Yo me estremecí.
--Es verdad--dije--, porque el mejor día se está expuesto a entregar a
uno de ustedes el cuello.
--Por fortuna--dijo él--, no todos los verdugos son iguales; hay
verdugos y verdugos, caballero.
--Cierto. En esa profesión, como en todas, habrá sus más y sus menos.
--Y que lo puede usía decir muy alto, señor, porque parte del oficio
depende del material. Y buenas cuerdas, como yo, no hay verdugo que las
tenga; pero parte, y perdone que se lo diga a usía, depende de la mano.
--¿Y usted la tiene buena, maese Juan?
--No es por alabarme, caballero; pero creo que para enviar con limpieza
a un cristiano al otro mundo no hay muchos que se me puedan poner
delante.
--Y, sin embargo, ¿usted no habrá matado a nadie antes de ser verdugo?
--A nadie, señor. Es más: la idea sola de matar me desazonaba; pero
cuando entré en las funciones del cargo, cambié y me dije: «Juan, tú
no eres un hombre; tú eres la misma Justicia bajada del cielo, que se
sirve de tus manos para castigar».
--¿Así que no tiene usted remordimientos?
--¿Remordimientos? ¿Por qué, señor? Cumplo mi oficio lo mejor que puedo.
--¿Y cree usted que con esta profesión ganará usted el cielo?
--Así lo espero, señor; habré de pasar por el purgatorio; pero supongo
no será por mucho tiempo.
--Lo malo de los verdugos es que no tendrán un santo patrono que
interceda por ustedes.
--No; eso, no. Es verdad, eso nos falta; pero yo tengo a la Virgen de
la Fuencisla, que intercederá por mí.
Con estas charlas, maese Juan, el verdugo y yo, nos entreteníamos.
XI
LOS SACRIFICADOS
No supimos hasta mucho tiempo después lo que había ocurrido en Madrid.
A la casa del verdugo no llegaba noticia alguna.
El padre Madruga había muerto; pero, sin duda, era personaje de vida
misteriosa y no se quiso hacer luz sobre su pasado.
Respecto a nuestra conspiración, quedó en la obscuridad. Solamente los
triángulos 12 y 13, al ver que no podían denunciar el complot entero
porque nos habíamos dado cuenta de su traición, delataron al comisario
don Vicente Ramón Richart.
Richart, al saber que iban a prenderle por sospechoso, quemó todos los
papeles comprometedores que guardaba y fué a casa de dos sargentos de
Infantería de Marina, que formaban el triángulo con él.
Les dijo que estaban descubiertos, que se salvaran, que hicieran
desaparecer todo papel comprometedor, y aquellos miserables, que eran
precisamente los traidores, le pusieron una pistola al pecho y lo
prendieron.
El Gobierno recompensó a los sargentos y pagó las delaciones a buen
precio. Se encarceló al cirujano don Baltasar Gutiérrez, al empleado
don Juan Antonio Yandiola y al general O'Donojú.
Richart, Gutiérrez y Yandiola sufrieron el tormento en el potro; pero,
como hombres de alma fuerte, no confesaron nada.
Pocos días después la policía prendió al sargento de Húsares Vicente
Plaza, a un ex fraile, guerrillero de la Independencia, llamado fray
José, conocido por sus ideas liberales y amigo de Richart, pero que no
había entrado en la conspiración; a don Francisco Esbriz y a algunas
otras personas.
El Gobierno no pudo averiguar de dónde había partido el complot ni
quiénes lo dirigieron.
El 6 de mayo de 1816 don Vicente Ramón Richart y don Baltasar
Gutiérrez, después de sufrir el martirio, fueron ahorcados y luego
descuartizados por maese Juan, el verdugo de Madrid. Las cabezas de los
dos conspiradores, separadas del tronco, quedaron expuestas al público
en la Puerta de Alcalá, punto que se suponía había de ser teatro de la
conspiración abortada.
Meses después, el 4 de julio del mismo año, fueron ahorcados en la
plaza de la Cebada el sargento de Húsares Vicente Plaza, el guerrillero
fray José y don Francisco Esbriz. Yandiola y O'Donojú fueron absueltos.
Después del fracaso de esta conspiración, y poco tiempo más tarde, se
descubrió que Renovales estaba en Bilbao y que intentaba un movimiento.
Aquello debió obedecer a una maniobra de agentes provocadores por el
estilo de Couzier; luego se supo que Regato y su mujer habían estado
en Bilbao y dado un banquete el día de San Joaquín a los amigos de
Renovales; banquete en el cual se brindó por la Constitución, por la
muerte de Fernando y por Carlos IV.
Para denunciar estos hechos fué a Madrid un tal Juan Antonio Carrera,
probablemente enviado por Regato.
Los conspiradores de Bilbao, Renovales, Olavarría, Colombo, Olalde,
Acevedo, tuvieron que andar huyendo a salto de mata, escondiéndose por
el campo en las chozas y en las cuevas, hasta que se refugiaron en
Francia; Arquez se marchó a Gibraltar; Istúriz tuvo que escapar de
Cádiz.
Paulino Couzier y Regato habían vendido a todos.
Se formó causa a muchas personas por cómplices en la conspiración de
Bilbao, y en pueblos como en Pamplona y en Tolosa hubo gente atrevida
que entró en el Juzgado, robó los procesos y les prendió fuego.
Aviraneta, María, Conchita y yo estuvimos quince días ocultos en casa
de maese Juan, el verdugo. Aviraneta se dejó las patillas y yo la barba.
Pasadas dos semanas pensamos que la vigilancia de la policía habría
aminorado. Con esta idea hicimos que María y Conchita tomaran la
diligencia y se encaminaran hacia Portugal y nos esperaran en Lisboa.
Una semana después Aviraneta se entendió con una partida de
contrabandistas, y en unión de ellos entramos en Portugal.
Al llegar a Lisboa, un agente realista debió sospechar de nosotros y
nos denunció y nos persiguió, y nos vimos tan en peligro, que tuvimos
que tomar un barco inglés que iba a Gibraltar. De aquí fuimos a
Marsella y de Marsella a París.
Dimos cuenta de nuestra gestión a la Junta y del dinero gastado, y yo
me casé con Conchita. No tenía ganas de más conspiraciones ni de más
enredos.
--Y ahora, ¿qué proyecta usted, Aviraneta?--le dije.
--Me voy a Méjico, a ver si hago un poco de dinero.
--¿Y después?
--Después a España. Yo no cedo. Hasta que no le vea ahorcado a Fernando
VII o, por lo menos muerto por cualquier otro procedimiento, no estaré
tranquilo...
--Y María Visconti, ¿qué fué de ella?--preguntamos Arnao y yo a un
mismo tiempo.
--María entró en un convento de Austria. Antes tuvo memoria y envió una
miniatura con un retrato suyo y una cantidad de dinero bastante grande
al _Majo de Maravillas_, el chispero.
De todos nosotros no hubo mas que uno que siguió en la brecha:
Aviraneta.
Hace dos años me decían que había tramado un proyecto para ir a
Azcoitia y quemar la casa de Don Carlos estando el Pretendiente dentro.
No me choca. Aviraneta es un liberal y un patriota monomaníaco. Ha
presenciado tantos horrores, tantas brutalidades, que su alma está
enconada y siempre intranquila...
* * * * *
--¡Pero qué energía indica eso!--dije yo.
--¡Ah! ¡Ya lo creo!--exclamó el barón--. El liberalismo en España ha
tenido y tiene figuras admirables; pero nuestra historia de hoy es
la historia de un país pobre, exhausto, aniquilado por tres siglos
de aventuras en América... A nuestros hombres les ha faltado el
pedestal... la masa, el pueblo... y también la cultura.
* * * * *
Estuvimos todos un momento sin hablar, embebidos en nuestras
reflexiones.
--Bueno, caballeros, vámonos--dijo González Arnao.
Salimos los cuatro del Rocher de Cancale y fuimos a dar una vuelta por
los bulevares. Al día siguiente volvía yo a Bayona.
LA MANO CORTADA
(HISTORIA DE TIERRA CALIENTE)
PRÓLOGO
Hace ya muchos años estuve con mi mujer pasando el verano en Irún.
Escogí este pueblo porque podía ir rápidamente a Vera, donde vivía mi
madre, y también porque me gustaba enseñar a mi mujer los sitios y
lugares de las correrías hechas por Aviraneta y por mí.
Visitaba con frecuencia el valle de Oyarzun, donde tengo parientes, y
charlaba con algunos amigos del pueblo en la tertulia de la botica.
--El boticario, don Rafael Baroja, era un señor que de joven fué a
Oyarzun desde un pueblo de Alava y se estableció allí, casándose con la
hermana de otro farmacéutico, apellidado Arrieta.
Don Rafael Baroja, o de Baroja, como se llamaba él, el buen viejo, como
hombre del siglo XVIII, tenía la chifladura de la hidalguía,
y a poco que se insistiese sobre este punto sacaba sus ejecutorias;
sentía, al mismo tiempo que la efusión por el pasado y por la casta,
gran entusiasmo por el progreso.
Una de las manifestaciones de su entusiasmo había sido instalar, a poco
de llegar a Oyarzun, una pequeña imprenta y ponerse a componer en el
rincón de la rebotica, contento como un chico con un juguete nuevo.
Baroja imprimió en su farmacia proclamas de los franceses, desde
1808 a 1813; manifiestos de los patriotas, de los realistas, de los
constitucionales de Riego y Quiroga, de los _feotas_ de Quesada y
Juanito, de los personajes de la Junta de Oyarzun, de los generales de
Angulema, de los cristinos y de los carlistas.
Mientrastanto iba dando a la estampa catecismos en vascuence,
almanaques y alguno que otro libro más voluminoso.
Baroja recordaba muchas cosas. Como impresor, se había tenido que
avistar con generales de Napoleón, con guerrilleros, con liberales
acérrimos y con reaccionarios furibundos, y contaba sus recuerdos de
una manera amena y graciosa.
Baroja había tenido su corta vida política. Se había afiliado a una
Sociedad, constituída en San Sebastián de 1820 a 1823, llamada La
Balandra, Sociedad dirigida por su secretario, un tal Legarda. Entonces
San Sebastián era pequeño, pero tenía espíritu y algún carácter vasco;
no se parecía a la ciudad de hoy, híbrida como un pueblo americano,
petulante, sin tipo, dominada por los jesuítas y por una burguesía
ramplona y vulgar.
Baroja en aquella época se sintió atrevido, y en unión de su cuñado
y de su hijo comenzó a publicar en San Sebastián _El Liberal
Guipuzcoano_, periódico radicalísimo, muy bien informado de los asuntos
del extranjero, y que fué como un vigía de los liberales españoles en
la frontera.
Miñano, Llorente, González Arnao, y otros, mandaban artículos y sueltos
al periódico.
El ex fraile Arrambide daba en _El Liberal Guipuzcoano_ la nota irónica
y furiosamente anticlerical.
_El Espectador_ y los periódicos liberales de Madrid copiaban las
noticias de _El Liberal Guipuzcoano_. Al acercarse la invasión de los
franceses con Angulema, el periódico, editado por don Rafael, tuvo un
momento de importancia.
Don Rafael, al entrar el duque de Angulema, dejó San Sebastián, que
estaba sitiado, y se volvió a Oyarzun. Nadie le molestó. Aquella fué
toda su vida política.
Baroja conocía a Aviraneta, y celebraba mucho las ocurrencias de
Eugenio, como le llamaba él.
Algunos días iba a la botica un señor de Irún que había estado en
América, pariente mío, don José Antonio de Alzate.
Alzate era todo un tipo: muy alto, muy viejo, muy encorvado, siempre
vestido de negro, con traje de riguroso invierno, y siempre con un
paraguas.
Tenía la cara larga y roja, la nariz grande, los ojos grises, patillas
blancas y el sombrero negro, de ala ancha.
Algunos detalles de su indumentaria denunciaban al indiano.