que podían figurar en la Sociedad. Aviraneta y yo tuvimos que aparecer
en la lista de aquellos primeros _feotas_: Aviraneta con el nombre de
Alzate; yo, con el de Arizaga.
Al cabo de algún tiempo, Corpas nos dijo:
--Ahora iremos los tres hasta mi casa.
Entramos en el mismo coche cerrado en donde habíamos ido y paramos en
la plaza de Afligidos.
Ni Aviraneta ni yo pudimos darnos cuenta exacta de dónde habíamos
estado aquella noche.
V
LOS TRIÁNGULOS 12 Y 13
Sustituímos nuestro buzón de la calle de Capellanes por un despacho
de memorialista de la Corredera Baja, y comenzamos de nuevo las
comunicaciones.
Algunos de los afiliados se manifestaban impacientes, como si la cosa
fuera sencilla y sin complicaciones.
En verdad, teníamos la gente preparada. Los generales Lacy, O'Donnell,
O'Donojú y los oficiales Richart, Manzanares, Bazán y otros muchos
estaban dispuestos a echarse al campo cuando llegara el momento
oportuno. Necesitaban, naturalmente, hombres y medios económicos.
En esto los triángulos 12 y 13 nos mandaron una comunicación
sospechosa. En ella decían que tres sargentos estaban dispuestos a
entrar en Palacio y a matar al rey a sablazos en su trono. Añadían que
tenían que vernos para comunicarnos detalles.
Discutimos la cuestión Aviraneta, María, Conchita, Arquez y yo, y
quedamos de acuerdo en que se trataba de un lazo de algún traidor o
traidores que esperaban denunciarnos.
Se dió aviso a todos los triángulos, menos al 12 y al 13, de que
quemaran papeles, si los guardaban, y esperaran nueva plantilla.
Aviraneta, que estaba muy preocupado, nos dijo a Arquez y a mí que
había pensando una combinación para descubrir a los triángulos 12 y 13
y ver si estaban en relación con la policía. Nos explicó el proyecto,
que me pareció bastante complicado.
Había preparado la celada de este modo. Iba a citar a los triángulos
12 y 13, y al mismo tiempo a la policía, en un punto, de noche y a la
misma hora, a ver si se entendían y hablaban los conspiradores y los de
la Ronda.
Si no se conocían, y la gente de los triángulos iba, por tanto, de
buena fe, no les podía pasar nada; si se entendían, era que estaban en
relación con la Ronda.
¿Pero cómo íbamos a saber nosotros si hablaban y se entendían?
Esto era lo que había maquinado Aviraneta. La casa de su madre, de la
calle del Estudio de la Villa, comunicaba con el convento de las monjas
del Sacramento por un balcón corrido. El balcón corrido caía sobre el
huerto monjil, y éste tenía una puertecilla con una reja que daba a la
plaza de la Cruz Verde.
Aquí citaría Aviraneta a los conspiradores sospechosos de traición y a
la policía, mientras nosotros les observábamos por la reja.
Aviraneta fué por la mañana a ver a su hermana a la iglesia del
Sacramento y le pidió la llave de la casa. Le dijo que andaba
perseguido, que quería buscar unos papeles y que necesitaba que no se
enterase nadie. Su hermana le entregó la llave y Aviraneta se decidió a
dar el aviso a los sargentos sospechosos.
Les escribimos, disimulando la letra y con la plantilla.
El aviso decía así:
«A los T ∴ 12 y 13.
Esta noche los T ∴ 1 y 3.º os esperan, a la una, en la plaza de la
Cruz Verde.»--_Oteroba._
Después redactamos esta carta:
«Al superintendente de Policía.
Esta noche, a la una, se reúnen varios conspiradores en la plaza de
la Cruz Verde. No hay que vigilar antes, pues se darán cuenta. Caed
sobre ellos a la una en punto.--_Un amigo del orden._»
Aviraneta me invitó a mí, pero Arquez quiso también acompañarnos. Nos
citamos a las seis en el Pretil de los Consejos. Estaba lloviendo.
Bajamos la escalerilla del Pretil y entramos en el portal de casa de
Aviraneta. Este nos llevó de puntillas a su cuarto y nos tuvo allí
hasta la noche. Tenía preparado algo de comer, y para la excursión, una
linterna sorda y una cuerda.
Dieron las doce en el reloj de Santa María de la Almudena y en San
Justo, y los tres, Arquez, Aviraneta y yo cruzamos la casa, abrimos una
puerta vidriera y aparecimos en el balcón corrido que daba al huerto de
las monjas.
La noche estaba obscura. Seguía lloviendo. Aviraneta iba a atar la
cuerda al barandado del balcón.
--Llueve mucho--dijo.
--Sí. ¿Eso qué importa?--preguntó Arquez.
--Importa. Si la tierra está húmeda y bajamos directamente vamos a
dejar huellas. Las monjas se alarmarán y darán parte a la policía. Se
comprenderá que si han pasado hombres por la huerta, esos hombres han
venido de aquí; registrarán mi casa, encontrarán huellas y quedaremos
descubiertos.
--¿Qué hacemos entonces?--pregunté yo.
--A ver qué se les ocurre a ustedes--dijo Aviraneta.
A mí no se me ocurrió nada.
Después de un rato Eugenio indicó:
--Se pueden hacer dos cosas: una, que vaya yo por el tejado y baje por
la cañería al huerto y observe yo solo lo que pasa; otra, que vaya
por el tejado y lleve esta cuerda. Se ata antes al balcón y luego yo
veré de sujetarla a aquel árbol del huerto. Ustedes tendrán que bajar
colgados de la cuerda.
--Esto es fácil--dije yo.
--La vuelta para ustedes será más difícil--repuso Aviraneta.
--No, tampoco. Lo difícil es lo de usted. Se puede usted matar bajando
por la cañería.
--No; he bajado algunas veces de chico.
--¿Y subir, cómo va usted a subir después? ¿Otra vez por la cañería? No
puede ser.
--No; verá usted, vamos a hacer otra cosa; esta soga es larga. Yo
bajaré al ángulo del huerto, rodearé una rama fuerte de ese árbol con
la cuerda y echaré el otro extremo al balcón. Si ponemos cuerda doble,
yo vendré también por la soga y la retiraremos desde aquí. ¿No le
parece a usted?
--Sí; eso, sí.
Atamos un extremo de la cuerda al balcón, que era fuerte, y Aviraneta
desapareció. Al poco rato asomó la cabeza por encima del alero y dijo:
--¡Bueno, venga la cuerda!
Se la echamos, y notamos que se la llevaba. Como la noche estaba tan
obscura no se le veía. Oímos un ruido de algo que se rompe.
--Ese hombre se va a matar--pensé yo.
No siguió el ruido, y a los pocos minutos un extremo de la soga dió un
latigazo en el balcón.
--¿Está usted ya?--preguntamos Arquez y yo.
--Sí.
--Habernos avisado. ¿Se ha hecho usted daño?
--Nada. Allá va eso.
La cuerda pasó de nuevo por encima de nuestras cabezas y la cogimos al
aire.
Atamos este otro extremo en el balcón y Arquez y yo saltamos fuera
del barandado y pasamos. Yo llevaba colgada al cuello la linterna,
encendida y herméticamente cerrada. Llegamos fácilmente al árbol,
bajamos por el tronco y avanzamos por el claustro, alumbrados por un
hilo de luz de la linterna, hasta la puerta que daba a la plaza de la
Cruz Verde. Quedamos allí, mirando por las rendijas, esperando.
A la una menos minutos apareció la gente de los dos triángulos
sospechosos. Venían embozados y no pudimos conocer quiénes eran. Poco
después se presentaron los de la Ronda y se echaron sobre ellos.
La sorpresa de unos y otros fué grande. Vimos claramente que se
entendían y estaban de acuerdo.
No había que saber más y nos preparamos a volver al balcón. Los tres,
uno tras otro, haciendo ejercicios gimnásticos, subimos al árbol y,
avanzando por la cuerda, llegamos a la galería; retiramos la cuerda,
cerramos el balcón y nos encerramos en el cuarto de Aviraneta. Tenía
éste las manos llenas de sangre. Hice yo que se las lavara y le puse un
poco de tafetán en las desolladuras. A la mañana siguiente, antes de
que amaneciera, salimos Arquez, Aviraneta y yo de la casa. En seguida
se mandó este aviso a los conocidos y a los no desconocidos:
«Los triángulos 12 y 13 son traidores.»
VI
LA COARTADA DEL FRAILE
Corpas seguía dando avisos constantemente a Aviraneta, llamándole a
su casa para hablarle. Le había hecho entenderse para las intrigas
políticas con Freire y con el fraile que había acompañado en la reunión
al dominico navarro, fraile a quien llamaban el padre Madruga.
Aviraneta me dijo que había cedido su guardilla de la calle del
Viento a la Sociedad de la Santa Fe. Así como ésta tenía su reunión
aristocrática en el palacio donde habíamos estado una noche, y que no
sabíamos cuál era, tendría su reunión plebeya en la guardilla de la
calle del Viento, capitaneada por el padre Madruga.
--Usted tiene el amor del peligro--le dije a Aviraneta.
--¿Por qué?
--¿A qué llevar a esos hombres a un sitio donde hemos estado nosotros?
Ha podido quedar algún rastro, un papel...
--No, no hay nada. Les he llevado allí porque conozco las salidas y
entradas de la casa, y en una pared falsa tengo un armario con un
arsenal, armas, cuerdas, etcétera... Además, en esta Sociedad naciente
he metido dos o tres amigos de confianza, gente del pueblo.
--¿Quiénes son?
--No los conoce usted. Son compañeros de la infancia; a uno le dicen
el _Majo de Maravillas_, y es de estos trabajadores en hierro que
en Madrid llaman chisperos; al otro, Sabino el _Gordo_, y al otro,
el _Garroso_. La que está dentro de la Sociedad y entusiasmada, al
parecer, es María.
--¿Pero qué podemos sacar de esa Sociedad? ¿Para qué mezclarnos con
ellos?
--¿Y si ellos se encargaran de despachar a Fernando para traer a Carlos?
--¡Oh! Es imposible.
--Todo es posible. Ahora, barón--añadió Aviraneta--, convendría que
desapareciera usted una semana. Múdese usted de casa y llévese usted a
Conchita y a María, si ella quiere, y por unos días no salga usted.
--¿Y cómo nos vamos a entender?
--Yo le avisaré a usted todos los días lo que hago. Si pudiera usted
encontrar una casa de huéspedes hacia la Plaza Mayor sería conveniente.
--Bueno.
María y Conchita, por indicación mía, encontraron una casa de
huéspedes, bastante regular, en la Plaza Mayor, cerca del arco que sale
por una callejuela que creo que se llama de Gerona y comunica con la
plazuela de Santa Cruz. Estaba la casa alquilada frente por frente de
la de Aviraneta.
Yo fuí a la casa en un coche y fingí que estaba malo de unos dolores
que no me permitían andar.
La patrona, que se interesó mucho por mi salud, me indicó una porción
de emplastos que debía ponerme, y no tuve más remedio que hacerlo.
A pesar de que Arquez tenía la consigna de Aviraneta de estar oculto,
se presentó en casa, llevado por su gran entusiasmo por María, y me
hizo salir dos o tres veces con él a tomar café en la Fontana de Oro.
Una noche, al volver del café, un hombre del pueblo me dió un papel.
Lo guardé en el bolsillo, esperé a que no me siguiera nadie y lo leí.
Decía lo siguiente:
«Vaya usted a la calle del Viento esta noche, de nueve a doce. Lo
necesito a usted. La contraseña es: Marzo, Fernando y Religión.--_X._»
Me chocó aquella carta y consulté a María y a Conchita qué debíamos
hacer. La letra no era de Eugenio, no tenía duda; pero tampoco tenía
duda de que Aviraneta no había dado señales de vida aquella tarde. ¿Nos
prepararían una encerrona?
Aunque así fuera, yo no podía dejar solo a Aviraneta, y me dispuse a
marchar.
--Tomé mi capa e iba a salir cuando María me dijo que tenía que
acompañarme.
--¿Para qué?--le pregunté yo.
--Estará el padre Madruga--dijo--. Tengo que ir.
--¿Tanto entusiasmo tiene usted por él?--le pregunté riendo, aunque no
sentía ninguna gana de reír.
--Mucho.
--Bueno, vamos.
Ella se vistió de hombre, yo me embocé en la capa y fuimos juntos.
Hacía una noche de marzo fría y negra. El aire silbaba en las
encrucijadas y hacía oscilar los faroles en sus cuerdas. Atravesamos
la Plaza Mayor; luego, la calle de este nombre, y entramos en la del
Viento.
Empujamos la puerta, entramos en el zaguán, subimos los noventa y
tantos escalones que había hasta la guardilla. María miró por el ojo
de la cerradura y no entró. Se quedó en la escalera. Yo llamé con los
nudillos.
--¿Quién es?--dijeron de adentro.
--Yo.
--¿Qué santo y seña?
--Marzo, Fernando y Religión.
--Pase usted.
--Entré, y al ver a Aviraneta noté que estaba alarmado.
--Siéntese usted, amigo--me dijo el padre Madruga.
Me senté. Había catorce o quince personas en el cuartucho, alumbrado
por un velón. Al lado del padre Madruga estaban Freire, un tal Magaz,
hombre pequeñito y rubio, y un gigantón apodado _Juan y Medio_.
El padre Madruga estaba contento y se sentía hablador y dicharachero.
El padre Madruga era de lo más antipático y repulsivo que puede haber
en la clase de frailes.
Era pequeño, negro, de movimientos rápidos y violentos. Tenía los ojos
brillantes de un animal selvático, el afeitado de la barba muy azul, la
boca saliente, con morro, y los dientes amarillos.
Hablaba con acento aragonés o riojano; salpicaba de latinajos la
conversación y era amigo de emplear palabras soeces. Tenía una risa de
fraile grosera, plebeya y cínica.
Por dentro era bajo, adulador, cobarde, enemigo furioso de toda novedad
y de todo lo extranjero.
Aviraneta oía lo que decía el fraile con aparente tranquilidad. Yo
comprendía que estaba alarmado y que su alarma había aumentado al verme
a mí.
--¿No me habrá citado él?--pensé.
Aquella gente tramaba algo contra nosotros; ¿pero qué podía ser?
No debían querer impedirnos la salida, porque Aviraneta dijo: «Yo me
voy»; y el padre Madruga y los demás se quedaron tranquilos.
--Antes voy a beber un poco de agua--repuso luego Eugenio.
Por lo que supe después, Aviraneta habló en este momento con uno de sus
amigos, el _Majo de Maravillas_, y éste le explicó lo que ocurría.
--El padre Madruga--parece que le dijo--nos ha indicado que hay dos
masones peligrosos en la Sociedad. Un francés de Bayona se lo ha
contado. Este francés le conoce a uno; al otro, no.
--¿Cómo se llama el francés?--le preguntó Aviraneta.
--Paulino.
Aviraneta comprendió que era Paulino Couzier.
--Este francés--siguió diciendo el _Majo_, el chispero--va a venir aquí
con la policía a las doce, y la Ronda estará hasta esa hora en la calle
y registrará a todos los que salgan de aquí, menos a los que sepan el
santo y seña.
--Pero el santo y seña lo sabemos todos: «Marzo, Fernando y Religión».
--No, no; lo han cambiado. Desde las diez de la noche es distinto.
--¿Y no lo sabes tú?
--No; por ahora, no.
--No querrán decírtelo. Sospecharán.
--Es posible.
--Espérame un momento--le dijo Aviraneta.
Y, acercándose a su armario secreto, sacó varias botellas y las puso
sobre el fogón de la cocina.
--¿Qué es esto?--preguntó el _Majo_.
--Dentro de un cuarto de hora lleva estas botellas al cuarto donde
estamos; di que las has encontrado, y tú no bebas el vino, y ponte
cerca de mi amigo, y que no beba tampoco él.
Efectivamente, así se hizo. Minutos después, el _Majo_ salió, y entró
de pronto con las botellas en la mano.
--¿Quién ha traído esas botellas?--dijo.
Nadie sabía quién las había traído. Muchos pensaron que era un regalo
del padre Madruga; quizá éste y Freire creyeron que las había enviado
Corpas.
Aviraneta seguía haciéndose el indiferente. Se abrieron las botellas;
dos eran de vino obscuro, y dos, de aguardiente. Se trajeron unos vasos.
--¿Es vino de Málaga? ¡Venga!--dije yo, pensando cobrar ánimos.
Iba a beber, cuando sentí que el _Majo_ me pisaba el pie. Volví
a levantar el vaso, y volvió la presión del pie. Entonces,
disimuladamente, vertí el vino en el suelo.
Aviraneta y el _Majo_ enjuagaron sus copas y bebieron aguardiente.
El fraile bebió un vaso de vino y luego murmuró:
--Está bueno, pero tiene un gusto raro. Parece vino de botica.
--¡Pues el aguardiente está bueno!--exclamó el _Majo_.
--¡Ya lo creo!--dijo _Juan y Medio_, el gigantón--, y el vino, también.
Yo no sabía qué pasaba. Tan pronto me parecía que estaba presenciando
algo horrible; que Aviraneta envenenaba a todos los comensales, como
que no ocurría nada.
La influencia del vino y el aguardiente hizo la conversación más
animada.
A eso de las once, la mayoría de los reunidos acordaron marcharse.
--¡Bueno, vámonos!--me dijo Aviraneta.
Pensé en si Eugenio no se habría dado cuenta del peligro de la calle e
intenté hablarle. No pude allí dentro. Salimos un grupo bastante grande
del cuartucho y comenzamos a bajar la escalera.
Al llegar al portal, Aviraneta dijo:
--¡Caramba! Se me ha olvidado una cosa. Voy a hablarle al padre Madruga.
El grupo entero que había bajado con nosotros salió a la calle.
Aviraneta cerró la puerta.
--Volvamos arriba--me dijo--. Si nos preguntan por qué volvemos,
decimos claramente que hay policía en la calle. Ahora ellos son cuatro;
nosotros, tres.
--Ustedes serán también cuatro--dijo de pronto la voz de María Visconti.
--¿Está aquí María?--exclamó Aviraneta.
--Sí--dijo ella.
--¡Yo pensé que se había usted marchado!--exclamé.
--No; ahí arriba hay un hombre cuya vida me pertenece.
--¿Quién es?--dijimos Aviraneta y yo.
--El padre Madruga.
--¿Qué le ha hecho a usted?
--Que él fué el que denunció a mi hermano, el que le llevó al calabozo
y declaró contra él. La muerte de mi hermano pide venganza.
--Calle usted--dijo Aviraneta--. ¿Quiere usted entrar con nosotros?
--Sí.
Efectivamente, entramos los tres en la guardilla.
Estaban Freire, Magaz, el padre Madruga y _Juan y Medio_, en la
ventana; el _Majo_ el chispero seguía sentado a la mesa y bebiendo a
sorbos aguardiente.
--¿Qué, vuelven ustedes?--preguntó el fraile.
--Sí, hay gente sospechosa en la calle--contestó Aviraneta, riendo.
El fraile se mordió los labios.
--Sí, allí se les ve--añadí yo, asomándome a la ventana.
--Pero ustedes saben el santo y seña; no les pasará nada--dijo el
fraile.
--Sí, pero no me fío.
--No nos fiamos.
Aviraneta, rápidamente, cerró la ventana y las maderas.
--¿Para qué cierra usted?--dijo el fraile.
--Para que no vean la luz.
Aviraneta se sentó a la mesa e invitó a _Juan y Medio_ a beber una copa
de aguardiente.
--No, no; yo prefiero el vino.
Aviraneta bebió la copa de aguardiente y _Juan y Medio_ un vaso de
vino. De pronto, el hombre alto dijo que no estaba acostumbrado a
trasnochar y que tenía sueño, se levantó y se marchó.
Quedamos siete en el cuarto: Freire, Magaz, el padre Madruga, María, el
_Majo_, Aviraneta y yo.
Freire se iba poniendo pálido de miedo; Magaz estaba intranquilo,
nervioso, pronto a saltar; el fraile, con las mejillas rojas, comenzaba
a desvariar.
Miraba a María con asombro. La italiana tenía las pupilas dilatadas por
la emoción, y en sus ojos había una inquietud y una negrura brillante
que daba miedo.
Aviraneta bebía y se turbaba. Me chocó esto; Aviraneta tenía bastante
prudencia y la cabeza bastante fuerte para no emborracharse, y,
sin embargo, se dejaba ir, considerando quizá que un estado de
semiembriaguez le serviría para fingir indiferencia y tranquilidad y no
le estorbaría para obrar.
--Ustedes han comprendido lo que pasa--dijo el padre Madruga, creyendo
que ya no podía disimular nada--. En esta Sociedad comenzaba a haber
gente sospechosa, y nos hemos entendido con la policía para que vaya
identificando a las personas que salgan de aquí. Esto a ustedes no les
perjudica.
--¡Ah, claro!--dije yo.
--¿Y lo sabe Corpas?--preguntó Aviraneta.
--Sí. Yo no tengo desconfianza en ustedes--siguió diciendo el fraile--,
porque no creo que ustedes sean masones, sino realistas y buenos
cristianos.
--Eso por de contado--replicó Aviraneta, riendo--. Excelentes
cristianos, aunque un poco borrachos; yo, al menos, por mi parte.
Hubo un largo momento de silencio.
--¿Qué hora es?--preguntó el fraile.
--Las once y cuarto--contesté yo.
--Este sueño... intempestivo... me choca... Si me dieran un poco de
agua...
--Ahí está la botella--dijo Aviraneta, señalando una colocada sobre un
vasar.
El fraile llenó un vaso de agua y comenzó a beberlo.
--¡Es extraño!--dijo--; le encuentro el mismo gusto que al vino.
--Estará vieja--saltó Aviraneta.
--Sí, esa agua está muy turbia--repuso Freire.
--Sí, está turbia--añadió Magaz--. No beba usted, padre; ¡quién sabe lo
que puede haber ahí!
--Vámonos, vámonos; esto es lo mejor.
--Sí, vámonos--dijeron los tres, levantándose.
--Este velón parece que se nos apaga--murmuró Aviraneta, levantándolo
en el aire.
--No, no alumbra bien--replicó Magaz.
--Usted cree...--y Aviraneta lo levantó hasta la altura de los ojos y
lo dejó caer al suelo.
VII
LA VENGANZA
Quedó todo a obscuras; en aquel momento yo no supe lo que pasó; luego
me dijo Aviraneta que él y el _Majo_ habían sujetado con dos cuerdas a
Magaz y a Freire, atándolos en un momento, con la ayuda de María.
Después de un ruido ahogado de voces y patadas, en que se oyó cerrar
una puerta, Aviraneta, con voz tranquila, dijo:
--A ver si pueden ustedes encender una vela.
--¿Pero qué ha pasado?--murmuró el fraile, temblando.
--Nada; no ha pasado nada. Que yo he bebido demasiado de este
aguardiente y no me sostienen bien las piernas y he caído sobre la mesa.
--¿Y Magaz y Freire?
--Se han escapado, tropezando con todo el mundo. Yo no sé lo que han
creído.
--Yo también me voy.
--Espere usted que encendamos una luz; no vamos a poder bajar las
escalaras si no.
--No; me voy ahora mismo, sin luz.
--Usted quédese en el portal--me dijo Aviraneta.
Aviraneta trajo una linterna, y con una pajuela la encendimos. El
_Majo_ el chispero fué acompañando al fraile por las escaleras. María
llevaba la linterna. La soñolencia y la torpeza del padre iban en
aumento; tropezaba en los escalones; se tenía que agarrar al barandado
suspirando. Al llegar cerca del portal Aviraneta indicó al chispero que
llevara al fraile hacia el patio. El _Majo_ y el fraile avanzaron, y
acercándose a los dos, embozado, gritó Aviraneta:
--¡Alto! El santo y seña.
--Carlos, Adhesión y Fe--murmuró el fraile.
Al mismo tiempo, con el esfuerzo de recordar, el fraile se serenó un
momento; oyó voces fuera hacia la calle, comprendió dónde estaba, y se
abalanzó al portal.
Lo detuve yo y forcejeamos. Estábamos luchando, cuando a la luz de la
linterna apareció Aviraneta, de pronto, con un antifaz negro en la cara
y un puñal en la mano derecha.
--Si das un grito, eres muerto--dijo con voz sorda.
Detrás de él apareció el chispero, también enmascarado.
El fraile lanzó un chillido agudo, tropezó, y temblando, se apoyó en la
pared.
--Quitadle él hábito--dijo Aviraneta.
Se lo quitamos.
--Ahora, atadlo.
Entre el _Majo_ y yo le atamos y lo dejamos tendido. Aviraneta tenía
una mordaza en la mano y se la puso al fraile.
--Vámonos--dijo Aviraneta.
--Ahora, mi venganza--exclamó María; y arrodillándose junto al fraile
exclamó varias veces:
--Soy Visconti. Me conoces, ¿verdad? Me conoces. Ahora vas a morir.
Nosotros, los tres hombres, contemplábamos espantados aquella escena.
De pronto María sacó del pecho un estilete delgado, como una aguja
de hacer media, que brilló a la luz del farol como un relámpago, y
lo clavó en el pecho del fraile. Luego, con sus dos manos pequeñas,
hundió el arma en el cuerpo hasta que no se vió mas que la empuñadura.
Se oyó un estertor confuso, y luego, poco después, ruido en la calle.
--Vamos, vamos--dije yo--. Nos van a perseguir.
María no quería moverse. El chispero la cogió en brazos, la levantó en
el aire y salió con ella detrás de nosotros.
Cruzamos un pasillo, atravesamos un patio y salimos a un portal frente
a la plaza del Biombo.
Aviraneta se puso el hábito del fraile y dió a María su capa.
--Nos reuniremos en el portal de mi casa, en la Plaza Mayor--dijo
Aviraneta a María y a mí. Ahora cada cual por su lado. Ya saben ustedes
el santo y seña: Carlos, Adhesión y Fe.
VIII
LAS PERIPECIAS DE LA FUGA
Marché yo por la calle del Biombo, no muy de prisa, para no dar la
impresión de que huía. Iba horrorizado. Al pasar por delante de San
Nicolás un embozado me detuvo.
--Alto, ¿quién va?
--Carlos, Adhesión y Fe--contesté yo.
--Adelante. ¿Qué hay, amigo?
--Nada de particular.
--¿Mucha gente por allá?
--Sí, alguna.
--¿Tiene usted un cigarrillo?
--Tome usted.
--Muchas gracias.
Luego me quedé asombrado de poder haber seguido aquel diálogo vulgar
en el estado en que yo me encontraba. Tal es la fuerza del instinto de
conservación.
Por la calle de Santiago, y luego por la de Milaneses, entré en la
Plaza Mayor hasta la escalera que baja a Cuchilleros. Al llegar allí,
la puerta estaba entornada. Aviraneta esperaba en el portal vestido
de fraile. Me dijo que el sereno le había acompañado, y que él,
sintiéndose paternidad, le había contado una porción de mentiras.
Esperamos media hora; no apareció María.
--¿Qué habrá hecho esta mujer?--pensamos--. Sabe el camino. Tenía
tiempo de sobra para venir; indudablemente, le habrá pasado algo.
--¿Qué hacemos ahora?--pregunté yo.
--Vamos a casa de usted por el tejado--dijo Eugenio.