Cada persona tendría un número. Como no convenía que todos contestaran

a un mismo punto, pues podrían asombrarse en Correos de una

correspondencia tan grande para uno solo, se indicó que unos enviaran

sus contestaciones a un joyero, Cobianchi, paisano y recomendado de

María Visconti, y otros al mayordomo del conde de Tilly.

Las primeras maniobras nuestras tuvieron gran éxito.

Había descontento entre los militares; el Gobierno tiraba contra todos

los que tuvieran ideas liberales; los héroes de la Independencia

estaban vejados.

Acababan de prender al general Villacampa, de enviarlo al castillo de

Montjuich y de encerrarlo en un horrible calabozo.

El crimen que reprochaban a Villacampa era haber asistido a una comida

que se dió en el café de Lorencini, de la Puerta del Sol, en compañía

de algunos liberales; el haberse opuesto al final de la guerra a que la

Regencia fuese sustituída por la infanta doña Carlota Joaquina, y el

afirmar que derramaría su sangre por conservar la Constitución.

Entre las personas primeras a quien se solicitó, y que contestaron

adhiriéndose, había héroes y traidores; estaban don Luis de Lacy, el

fusilado en Bellver; don Enrique O'Donnell, conde de La Bisbal, el que

fué a saludar a Fernando VII con dos cartas en el bolsillo, una muy

liberal y otra muy realista, para leer una u otra, según el viento que

soplara; el general de artillería don Manuel de Velasco, héroe del

sitio de Zaragoza, que después de la segunda época constitucional,

perseguido por los absolutistas, murió en 1824, en Cádiz, y fué

enterrado por caridad como mendigo y con nombre supuesto; el general

O'Donojú, que traicionó a España en Méjico en unión de Itúrbide; los

oficiales Infante, Núñez de Arenas, Hezeta, Herrera, Dávila...

Estaban también Vicente Ramón Richart, que fué ahorcado y decapitado en

Madrid; Salvador Manzanares, muerto en Ronda años después; los Bazán,

que fueron fusilados uno en Alicante y otro en Orihuela; Bartolomé

Amor, el que dió la carga en 1823 en la Puerta de Alcalá contra los

realistas de Bessieres; Francisco Valdés, que ya en Irún había querido

sublevarse cuando Fernando abolió la Constitución; Juan Antonio

Yandiola, que fué martirizado en el potro; el cirujano don Baltasar

Gutiérrez, que fué ahorcado y decapitado con Richart; Francisco Esbriz,

el guerrillero fray José y el sargento Plaza, que fueron los tres

ahorcados; el cabecilla Chaleco, que fué ahorcado en Granada después

de la segunda época constitucional, y además otros desconocidos, como

Blas León Veyan, Manuel Santurio, Cayetano Torres, el fraile Moliner,

etc. A los que contestaron aceptando les mandamos el plan detallado e

instrucciones para formar el Triángulo.

Desde Barcelona nos escribió Illuminati diciendo que había hablado con

el general don Francisco Miláns del Bosch, con el comandante con grado

de coronel del regimiento de Murcia, don Francisco Mancha, liberal

exaltado, y con otros militares como López Baños, el mayor Espínola,

el teniente coronel Frichi, el capitán Bacigalupi, y que todos estaban

dispuestos a secundar el movimiento. De Murcia, Valencia y Granada las

noticias eran buenas.

Ya contando con las cabezas, lo que necesitábamos era gente, y con este

propósito nos dedicamos a escribir a los sargentos y oficiales de poca

graduación, buscando el atraerles por el cebo del ascenso.

Alguno que otro no entendía la manera de escribir con la plantilla y

hubo que explicársela.

Nosotros dos, que formábamos el Directorio, teníamos en la memoria los

nombres de los principales conspiradores y de sus números; pero los

otros no los sabíamos ni podíamos saberlos, porque precisamente en esta

ignorancia de los mismos afiliados, que desconocían quiénes eran sus

amigos, estaba la fuerza de la organización del Triángulo.

Se envió el proyecto general. Se proclamaría la Constitución de 1812.

Se traería de nuevo a Carlos IV, que ya estaba avisado y pronto a

admitir y jurar el Código de Cádiz. Se aboliría la inquisición y se

entregaría al fuego sus edificios, se expulsaría a los frailes, se

suprimirían las aduanas interiores y se daría un grado y tres pagas a

los militares.

Se indicó a los afiliados que hiciesen las observaciones que

consideraran útiles.

Por las respuestas vimos que había partidarios de la República, gente

ilusa que podía echar a perder nuestros trabajos.

Pasaron unas semanas; la cadena formada por militares y empleados iba

aumentando en eslabones. Las cartas con la plantilla abundaban.

Como el mayordomo del conde de Tilly y el joyero Cobianchi comenzaban

a extrañarse de tanta correspondencia, decidimos recibirla por otro

conducto.

Aviraneta se dió a pensar procedimientos, y se le ocurrió alquilar

un cajón de zapatero remendón que había en un ángulo de la calle de

Capellanes. En la covacha hizo una ranura y puso por dentro un buzón

para recoger las cartas.

Aviraneta llevó un viejo al puesto, que estuvo allí una semana haciendo

el _paripé_, como decía Eugenio, y luego lo despidió.

El cajón del zapatero servía para recoger nuestra correspondencia.

Como no estábamos muy seguros de la fidelidad de todos los conjurados,

íbamos María, Conchita, Aviraneta y yo a vigilar la calle de noche, y

cuando no se veía a nadie recogíamos las cartas. Varias veces tuvimos

que esperar hasta muy tarde, porque entre busconas y gente de mala vida

que husmeaba por allí podía haber espías de la policía.

II

PROYECTOS DE REGICIDIO

No sé si ustedes conocerán ese barrio que hay en Madrid entre la calle

Mayor y la plaza de Oriente. Es un barrio pequeño, con callejuelas

estrechas y cortas, que tiene dentro dos iglesias, la de Santiago y la

de San Nicolás.

Se encuentran por allí la calle de la Almudena, la del Rebeque, la de

Noblejas, la de Requena, la de los Autores, la de la Cruzada, y otras.

Yo no sé cómo estarán ahora, porque hace mucho tiempo que no he ido a

Madrid; pero entonces eran callejones con casas pequeñas, pobres y de

mal aspecto; el piso, con hoyos, sin empedrado y sin aceras, por donde

se formaba un lodazal inmundo con las lluvias invernales.

Aviraneta, como madrileño nacido en el barrio, lo conocía muy bien.

En el tiempo que anduve por él no me di cuenta clara de la topografía

de sus encrucijadas, de las vueltas y revueltas de este rincón de

Madrid.

En una de estas revueltas, al final de la calle que se llama del

Rebeque, que tiene una escalinata, hay otra calle con un solo edificio,

la de Viento, y en ésta alquiló Aviraneta una guardilla.

Esta casa de la calle del Viento se hallaba en la parte más alta del

barrio, y dominaba el Palacio Real, la plaza de la Armería y el Cubo de

la Almudena.

Era una casa vieja, amarillenta, de tres pisos, que daba a la parte

posterior del cuartel de Alabarderos. No tenía vecindad enfrente, sino

un pretil de piedra. No había que temer allá miradas de curiosos ni de

gente indiscreta.

Por dentro, la casa era espaciosa. Hasta el tercer piso tenía una

escalera bastante ancha y fuerte; pero para llegar a la guardilla

no había mas que una escala de cuerda y de madera, con un barandado

también de cuerda.

La causa por la cual Aviraneta había alquilado esta guardilla era la

siguiente: Hacia principios de marzo se nos dió el informe de que

algunas tardes el rey bajaba del coche en la Puerta de Alcalá con sus

favoritos el duque de Alagón, Lozano de Torres y Chamorro.

Allí, escoltado por varios guardias, daba un paseo a pie hasta las

Ventas. Los conjurados de los triángulos primero y tercero pensaban ser

éste el momento más favorable para prenderle y matarle.

Antes también habíamos discutido el proyecto de entrar en Palacio

valiéndonos, si era necesario, de un afiliado nuestro que se llamaba

Negrillo, administrador de las encomiendas del infante don Antonio;

pero tuvimos que abandonar el proyecto por impracticable.

En esto el triángulo primero propuso en su comunicación el plan de

acabar con Fernando en casa de una buena moza adonde solía ir por las

noches, disfrazado, en compañía del duque de Alagón.

Esta buena moza, Pepa la Malagueña, era muy conocida en el barrio de

Puerta de Moros, y vivía en una callejuela cuyo nombre no recuerdo,

pero que estaba entre Puerta de Moros y Puerta Cerrada. La voz pública

afirmaba que el rey visitaba a la Malagueña diariamente.

La muerte del tirano en casa de su querida hubiera sido un final digno

de su vida miserable. Como es natural, no se sabía si la noticia era

cierta, o no.

Contestamos a los triángulos pidiéndoles puntualizaran sus proyectos.

Desechamos el de la Puerta de Alcalá por imposible y nos dedicamos al

otro.

Se hicieron gestiones para averiguar quién era Pepa la Malagueña. Se

supo que el padre había sido guarda del monte de Río frío, y que una

hermana de la Pepa tenía amores con un alabardero. Se comprobó lo de

las visitas de Fernando.

Considerado el proyecto como viable, Aviraneta se decidió a estudiarlo,

y entonces alquiló la guardilla de la calle del Viento, desde donde se

veía Palacio y la plaza de Armas.

Su plan era apostar treinta hombres durante varios días en una taberna

de Puerta Cerrada.

A estos hombres se les avisaría cuando el rey estuviera en casa de la

Malagueña por una ventana de la casa de huéspedes de Aviraneta, que

daba a la calle de Cuchilleros.

Desde la guardilla de la calle del Viento podía espiarse de noche la

salida del rey. Aviraneta había pensado un sistema de señas por luces.

Desde la guardilla de la calle del Viento se veía una torre pequeña

de la casa de la familia de Aviraneta, en la calle del Estudio de la

Villa, y desde aquí, el tejado de la casa de huéspedes de la Plaza

Mayor. De una guardilla a otra era fácil dar una seña con luces,

y desde la ventana de la calle de Cuchilleros se avisaría a los

conspiradores, que se reunirían en la taberna de Puerta Cerrada. Si se

llegaba a matar al rey, se avisaría a todos los conspiradores para que

saliesen armados a la calle.

En esto, el número dos del triángulo quinto nos comunicó que tenía la

sospecha de que habían entrado traidores en la Sociedad, y que éstos él

suponía eran un francés y dos sargentos.

Al saber lo del francés pensamos en seguida en Paulino Couzier;

respecto a los sargentos no teníamos pista alguna.

Alarmados, decidimos redoblar la vigilancia; y avisar a los cabezas de

los triángulos que esperasen unos días sin comunicar.

Abandonamos el cajón de zapatero y dijimos que el punto para la

correspondencia se fijaría de nuevo. Había que esperar una ocasión, sin

avanzar ni retroceder.

A mediados de marzo se presentó Aviraneta en mi casa con un tal Arquez,

militar amigo de Renovales, que venía de Bilbao.

Arquez se hacía llamar Francisco Ruiz, y otras veces, Jorge Calleja.

Era un hombre bajito, grueso, canoso, de cara abultada y picada de

viruelas, y la voz, bronca y dura.

Cuando se le explicó lo que se había hecho quedó el hombre maravillado,

porque el buen Arquez no se distinguía ni por su inteligencia, ni por

su astucia.

Se le exhortó a que se callara y él prometió no decir nada aunque lo

asparan. Iba a despedirse de nosotros cuando vió a María Visconti,

y tal fué su entusiasmo, que dijo que inmediatamente que hiciera su

comisión tenía que volver a Madrid.

Efectivamente, así lo hizo, y se convirtió en un mastín de la italiana.

Aviraneta le llamaba el Perrete.

III

GENTE DE LA CAMARILLA

María Visconti seguía con la idea fija de realizar su venganza. Tenía

un gran sentido de la maquinación y de la intriga.

Se había hecho amiga de unas monjas y de una francesa llamada Luisa,

que se enriqueció en poco tiempo siendo el ama de llaves del ministro

de Gracia y Justicia don Pedro Macanaz.

Luisa y el ministro hicieron magníficos negocios vendiendo empleos.

Terciaba Luisa cuando vacaban los destinos más lucrativos, averiguaba

quiénes eran los pretendientes y se entendía con ellos.

Ajustada la cantidad, que se depositaba en casa de un comerciante de

la calle de la Montera, don Carlos Doyt, la plaza recaía, como era

natural, en el designado por doña Luisa.

Durante el tiempo en que Macanaz fué ministro se hizo este sencillo

tráfico, hasta que se descubrió el chanchullo y el hombre fué enviado

desde el ministerio al castillo de La Coruña.

Si hubiera sido liberal lo hubieran ahorcado; pero Fernando VII tenía

una manifiesta simpatía por los pillos; probablemente por pertenecer él

a la cofradía.

La maquinaria inventada por Macanaz y su ama de llaves, doña Luisa

Robinet, no desapareció, y fué a parar a unas monjitas que se entendían

con uno de la camarilla llamado Corpas.

María fué a visitar a Corpas y nos contó lo que habían hablado.

--Le he dicho que mi marido está sin destino; hemos conversado largo

rato, y me ha indicado que vuelva--nos dijo--. Uno de ustedes tendrá

que acompañarme otro día.

--¿Cree usted que hay que ir?--le pregunté a Aviraneta.

--Sí--contestó él--. Estamos expuestos a que nos engañen y a que

intenten jugar con nuestra baraja. Juguemos nosotros también con la

suya.

--¿Pero podremos desenvolvernos?--pregunté yo.

--Sí; no tenemos que dar explicaciones a nadie. En estos casos hay que

defenderse como el calamar, obscureciendo el agua de alrededor.

María y Aviraneta se trasladaron a otra casa de huéspedes. Aquí

recibieron la visita de un tal Freire, que luego fué intendente de

Hacienda de Don Carlos.

Freire, María y Aviraneta fueron a casa de Corpas, que vivía en la

plaza de los Afligidos.

Según me dijo María, Aviraneta se presentó como víctima de los masones,

barajando en su charla los nombres de una porción de curas y de frailes.

Al parecer, el haber estado en la guerrilla de Merino le servía muy

bien.

Cuando le vi a Aviraneta le pedí noticias de su entrevista con Corpas.

Me dijo que se había reducido a hablar acerca del estado de España,

pero que tenía la impresión de que Corpas pensaba utilizarle de algún

modo.

--¿Qué clase de hombre es?--le pregunté.

--Es un hombre de cuidado--me contestó.

--¿Sí?

--Un tipo muy inteligente, muy sutil, de estos ambiciosos y

atrabiliarios cuya única idea es subir, y que disfrazan sus ansias de

poder con el manto de la religión. Es capaz de todo.

--¿De todo?

--Creo que sí.

--¿Qué aspecto tiene?

--Tiene un aspecto de hombre dueño de sí mismo. Muy pálido, muy frío.

Conoce a la perfección varios idiomas y disimula su acento andaluz

hablando casi como un extranjero.

--¿De dónde es él?

--Es granadino.

--Un andaluz de estos fríos... será terrible.

Aviraneta se enteró en seguida de todos los detalles de la vida de

Corpas.

La manera de llegar este hombre a ser familiar de Fernando VII indicaba

su gran audacia.

Al parecer, después de haber sufrido, recién llegado de Granada, una

época de paria miserable y hambriento en Madrid, Corpas se elegantizó

un poco y se metió en Palacio con otros muchos pretendientes que no

podían pasar jamás a ver al rey.

Era durante la privanza de Ugarte, el favorito que había sido basurero

y que compartía la confianza de Fernando VII con una persona tan

distinguida como Chamorro, Pedro Collado, el ex aguador de la fuente

del Berro.

Un día Corpas, cansado de esperar, se decidió; se puso el tricornio

como lo llevaban los palaciegos y entró en la cámara regia. Saludó al

favorito Ugarte con desembarazo.

Ugarte creyó que aquel hombre pasaba con la venia del rey; Corpas,

al entrar Fernando, avanzó al mismo tiempo que el favorito y le besó

la mano. El monarca pensó que el nuevo cortesano era algún amigo y

protegido de Ugarte.

Cuando Ugarte supo que nadie había presentado al audaz palaciego,

intentó prenderlo y llevarlo a pudrirse a un calabozo; pero Corpas se

contaba ya entre los amigos de Fernando y entre los íntimos de Don

Carlos.

En su conferencia con Aviraneta, Corpas parece que comprendió que tenía

delante un hombre útil, y quiso aprovecharlo. Le dijo que volviera a su

casa solo, y en la conversación que tuvieron los dos le habló de que

sería conveniente saber si se conspiraba en Madrid, y le indujo a que,

en unión de Freire, hiciera algunas averiguaciones.

A los ocho días, Aviraneta era el hombre de confianza de Corpas.

Corpas tenía a Aviraneta por un hombre útil y cándido, cuyos servicios

iba a aprovechar y a pagar con esperanzas.

Aviraneta le daba informes confusos a Corpas, y éste le aconsejaba

que entrara, que se metiera en los rincones donde se conspiraba, a

enterarse de lo que ocurría.

Aviraneta le pidió a Corpas un papel, autorizándole para hacer

investigaciones en los centros masónicos y revolucionarios, y Corpas se

lo dió, escrito por una letra que no era la suya, y como hombre que no

reparaba en medios, falsificó la firma del superintendente de policía.

IV

LA SOCIEDAD DE LA SANTA FE

--Vamos a fundar--le dijo Corpas a Aviraneta--una Sociedad de hombres

honrados para defender la religión, que se ve atacada por todas partes.

Usted y Freire acudirán a la reunión y se les pondrá una mesa con

recado de escribir. Escribirán lo que oigan, pasarán por alto las

reflexiones políticas y religiosas y recogerán todo cuanto se diga con

relación al funcionamiento y al régimen de la Sociedad.

--Muy bien--dijo Aviraneta.

--Cuando termine la reunión, yo quisiera que tuvieran hechas dos actas,

para que pudiesen firmarlas todos.

--Bueno. Yo creo que podré hacer ese resumen. No sé si Freire...

--La verdad es que Freire es muy torpe. ¿Usted no tendrá algún amigo?

--Sí, tengo un amigo en expectación de destino...

--¿Inteligente?

--Sí, muy inteligente.

--Pues tráigalo usted. Espérenme ustedes los dos, mañana, a la noche,

delante de mi casa, a las nueve.

Me habló Aviraneta de lo que teníamos que hacer. No comprendía yo para

qué nos metíamos así en la boca del lobo; pero ésta era una de las

grandes voluptuosidades de Eugenio.

Al día siguiente, a las siete, se presentó Aviraneta en casa. Llevaba

una levita larga, anteojos, un aire humilde y clerical. Iba un poco

encorvado. Parecía un hombre de cuarenta a cincuenta años. Me quedé

asombrado.

--Este es el aspecto que llevo siempre a casa de Corpas--dijo él--.

Me cuesta trabajo tomar esta actitud. Como ve usted, hasta me pinto

algunas canas en las sienes.

Realmente, era una caracterización perfecta. El no verle la mirada, le

cambiaba en absoluto.

Cenamos los dos y salimos con el embozo hasta los ojos a la calle.

Llegamos a la plaza de Afligidos, frente a la casa de Corpas, y nos

paramos. Al poco rato se acercó un coche, bajó el cochero y nos dijo:

--¿Esperan ustedes de parte del señor Corpas?

--Sí, señor.

Pues suban ustedes.

Subimos; el cochero cerró la ventanilla y comenzamos a marchar. Como

estaba obscuro, no nos fijamos en que no entraba luz por los cristales.

Al dar una vuelta, Aviraneta murmuró:

--¿Por dónde iremos?

Se asomó, pero no se veía nada; bajó el cristal y vió que, cerrando la

ventanilla, había una chapa de hierro.

--¿Qué pasa?--le pregunté yo.

--Que vamos presos--me dijo.

Yo me estremecí. Instintivamente buscamos el pestillo de la portezuela;

pero no lo tenía por dentro.

--¿Qué hacemos?--murmuré yo.

--Tengamos calma.

El coche, por la dirección que llevaba, debía ir hacia Palacio; dimos

luego una serie de vueltas, que nos desorientaron, y debimos salir a

alguna ronda. El coche iba dando tumbos; en uno de éstos me apoyé, sin

querer, sobre el pecho de Aviraneta y noté la línea rígida de un puñal.

Pasada la ronda, cruzamos por una calle o plazoleta empedrada;

entramos en un zaguán, y se abrió la portezuela.

--Síganme ustedes--dijo un señor con aspecto de criado o mayordomo.

Subimos una escalera de servicio y pasamos a un gran salón antiguo; el

techo con artesones; magníficos cuadros y muebles.

--Aquí van ustedes a tener frío--nos dijo el mayordomo.

--Sí, es muy probable.

El mayordomo trajo un brasero repujado en una tarima pequeña, llena de

adornos, de cobre; lo puso debajo de la mesa y colocó en una carpeta

papel y recado de escribir.

Aviraneta y yo nos mirábamos de reojo.

El primero que llegó a la reunión de todos los invitados fué Corpas,

con un señor que debía ser el amo de la casa. Corpas advirtió a

Aviraneta que, después de que hablasen los demás, él hablaría con el

único objeto de alargar la sesión, para dar tiempo a que nosotros

redactáramos las actas.

Yo le miraba a Eugenio; y si no hubiera sido porque en todos aquellos

preparativos se sentía algo siniestro, me hubiese dado ganas de reír.

Eugenio talló las plumas con gran cuidado, probó la tinta, estuvo

admirablemente en su papel.

En esto se presentó un fraile hético, de cara de estupor, los ojos

apagados, la nariz roja, el labio superior un arco de círculo que

mostraba con una mueca desdeñosa los dientes amarillos; la tez, de

color verdinegro, y el tipo, de hombre peligroso y fanático. Era un

producto de seminario o de convento digno de un museo de curiosidades

monstruosas. Luego llegó un señor sonriente, y después, juntos, un

hombre moreno, de aire avinagrado, y otro grueso, de patillas rojas y

largas y cara rubicunda.

Fué llegando más gente, entre ellos un jesuíta joven, con acento

italiano, de ojos azules, de tez sonrosada y sonrisa falsa. Por lo que

me dijo Aviraneta en voz baja, era el hombre de confianza del padre

Cirilo de la Alameda, de este intrigante ambicioso, cortesano y bajo,

que va apoyándose tan pronto en María Cristina como en Don Carlos, que

ha llegado a arzobispo de Cuba y que llegará a Papa si le dejan.

Estaban también en la sala, según me dijo Eugenio, el decano de la

Inquisición, don Luis Cubero; el fiscal Zorrilla y el inquisidor

general, don Pablo Mir.

Antes de que comenzara la sesión entraron un fraile dominico, navarro,

grande, abultado, con aire de elefante, acompañado de un frailuco joven

e inquieto, de ojos vivos. El frailuco se llamaba el padre Madruga.

Comenzó la reunión diciendo Corpas cuál era el objeto de la Santa Fe, y

todos los reunidos dieron su parecer.

La idea general era que había que atacar con mano firme la masonería y

la irreligión y poner espías en su campo; algunos indicaron vagamente

la opinión de que Fernando estaba vendido a los masones.

--Sí, no ha habido severidad bastante--dijo el dominico navarro; no se

ha castigado como se debía a ningún hereje.

--Y el restablecimiento de la Inquisición ha sido una farsa--repuso don

Pablo Mir, el inquisidor general--. No se procesa a nadie.

--Hay una lenidad verdaderamente abominable--dijo el fiscal Zorrilla.

--En el Consejo de la Suprema estamos mano sobre mano--añadió el

inquisidor general.

El Consejo de la Suprema, que era un centro de consulta de la

Inquisición, por lo que me dijo Aviraneta, estaba instalado en la calle

de Torija, en una casa de ladrillo, grande, próxima al que luego ha

sido palacio de María Cristina.

--Lo mismo que traer a la Compañía de Jesús--saltó el jesuitilla

joven--. ¿Para qué llamarla, si no se la dan atribuciones? ¿Para qué

hacerla venir, si se la aparta sistemáticamente de la dirección de la

juventud?

Por una hábil maniobra de Corpas, dejando las ideas generales, se

comenzó a hablar del funcionamiento de la Sociedad la Santa Fe, del

dinero que se podía reunir, de las obligaciones de los socios, etc.

Aviraneta y yo comenzamos a tomar notas y estuvimos escribiendo unos

veinte minutos. Al cabo de éstos nos miró Corpas, como indicando:

«Hemos acabado», y mientras él, como había dicho, comenzó a hablar,

nosotros nos pusimos a redactar el acta.

Corpas habló con mucho fuego y se manifestó muy entristecido de la

política del rey, entregado a gente incapaz, como el nuncio Gravina,

terco, negado y cruel; al canónigo Ostolaza, al duque del Infantado,

que era un imbécil; al arcediano Escoiquiz..., hombres que no tenían ni

la inteligencia ni el entusiasmo necesario para defender el altar y el

trono en peligro.

Luego se ocupó de la camarilla de Fernando, formada por mozos viciosos,

como el duque de Alagón y Ramírez de Arellano; traidores advenedizos,

como Lozano de Torres, y gente de tan baja extracción, como Chamorro,

como Ugarte y como el clérigo Melo.

Cuando concluyó Corpas, Aviraneta y yo teníamos copiada el acta.

Después habló de nuevo el dominico navarro, y mientrastanto, Corpas se

puso los quevedos, repasó las actas, borró dos o tres palabras y luego

firmó por duplicado. Los demás leyeron y firmaron uno tras otro. La

Santa Fe había nacido.

Los Caminos del Mundo · 第 10 / 14 段