Escribimos a Renovales por conducto de un amigo de Aviraneta,

comerciante en Bilbao en esta época, don Juan Olavarría; y éste

contestó en seguida de parte del general diciendo que aceptaba la

dirección del movimiento y el ser el primero en lanzarse al campo.

Necesitábamos agentes para relacionarnos con los amigos y buscamos

hombres de confianza.

La casa de Basterreche nos proporcionó varios.

Uno de los buenos agentes fué Pedro Beunza, joven nacido en Urdax y

dedicado al comercio. A éste lo enviamos a Pamplona.

Otro fué Cadet, el de Ustaritz, amigo de los Garat, a quien se envió a

Vitoria.

Al tercero, otro francés, Julián Francisco Cognard, un muchacho

jorobado, republicano, se le mandó a San Sebastián.

Al cuarto, un milanés, Cayetano Illuminati, le enviamos a Barcelona con

una carta para don Francisco Mancha, que estaba allí de guarnición.

El quinto, que nos dió mucho que hacer, fué Paulino Couzier, gascón

a quien nos recomendaron los amigos de Renovales como hombre de gran

energía y audacia. Couzier vivía en Bayona, cerca de la Puerta de

España, y tenía fama de republicano.

Aviraneta se entendió con él. Le dió tres mil pesetas y le envió a

Madrid con orden de hablar con Manuel Santurio y Justo Galarza y hacer

propaganda entre los militares.

El mejor elemento que teníamos era el de los guerrilleros reservistas,

que había muchos.

Verdaderamente era indigno lo que hacía el Gobierno con los

guerrilleros. Después de haber conseguido ellos el triunfo de Fernando,

los iban retirando y dejando de cuartel en los pueblos. No se les

consideraba presentables. Los militares de carrera los trataban con

desprecio; al coronel don Bartolomé Amor le habían puesto un capitán

adjunto, suponiendo que él no sabría cumplir su cometido, y en

documentos oficiales se leían frases como ésta: Sólo entre guerrilleros

y gente de la misma calaña...

Es lo que sucede siempre en las guerras; los que más se baten son los

que menos ascienden y están menos considerados.

Entre los guerrilleros descontentos era donde encontrábamos más gente

dispuesta a luchar por la Constitución.

Concluído lo que teníamos que hacer en Bayona nos preparamos a entrar

en España.

IX

LOS LIBERALES DE BILBAO

Fácilmente se podía comprender que nuestra misión, además de difícil,

era muy expuesta. Como necesitábamos alguna justificación para entrar

en España, a Aviraneta se le ocurrió que pasáramos como charlatanes

vendedores de baratijas. Compró un coche en Bayona, con un toldo; dos

caballos en Dax, y una partida de cortaplumas, sacacorchos, jabones,

agua de colonia, aceite de Macassar, y otras cosas. Por la distribución

de funciones que hizo Aviraneta para el viaje, María y yo seríamos los

amos del coche; Conchita, una muchacha recogida, y él, el criado y el

cochero.

Nos proveímos de pasaportes falsos y nos dirigimos hacia la frontera.

Al cruzar el puente de Behobia me vino a la imaginación la idea de que

todavía estaba en vigor un decreto de la Junta Central de Cádiz en

que se declaraba a los ministros, consejeros y empleados del rey José

traidores a la patria, a la religión y al rey; se les confiscaba los

bienes, y además, de propina, se les condenaba a muerte.

Tardé bastante tiempo en desechar este recuerdo, que se me venía a la

imaginación automáticamente.

Al pasar por delante de San Sebastián se acercó a nosotros, de noche,

nuestro agente el jorobado francés y republicano Julián Francisco

Cognard, el cual nos dijo que suponía que Paulino Gouzier, el de

Bayona, estaba en relaciones con la policía.

Aviraneta dijo que, afortunadamente, a Couzier no se le habían dado

detalles de la conspiración y que, sabiendo que estaba vendido a la

policía, se huiría de él.

Yo conocía los caminos de las Provincias Vascongadas, y Aviraneta,

también; así que no teníamos que preguntar para ir de aquí a allá, y

dábamos la impresión de gente habituada al país.

Seguimos nuestro camino, llegamos a Bilbao y nos hospedamos en una

posada de las Siete Calles.

Aviraneta y María salieron con el coche al paseo del Arenal y se

pusieron a vender con gran frescura, rodeados de público, las

baratijas, el agua de colonia y el aceite de Macassar. Al volver a casa

dijeron que habían vendido una porción de chucherías y de frascos.

Resultaba que el aceite de Macassar y las baratijas eran un negocio.

Le envié yo a Conchita con una carta para don Juan Olavarría, amigo de

Aviraneta, y este señor vino a buscarme. Después de hablar largo rato

y de comunicarnos detalles de la conspiración, salimos de casa y nos

encaminamos al Arenal, en donde vimos a Aviraneta subido en el coche,

perorando con un gran entusiasmo, mientras María ofrecía, sonriente,

frascos y baratijas a los curiosos.

--Este Eugenio es capaz de todo--murmuró Olavarría, y habló de él con

entusiasmo.

Realmente, Aviraneta, entonces, era un tipo extraordinario. Flaco,

menudo, con malicia de mono, atrevido y audaz con las mujeres,

desenvuelto como un paje, irónico y burlón, un poco petulante, hablando

tan pronto en madrileño de los barrios bajos como en vasco o francés,

era un hombre muy gracioso.

Le escuchamos, y al anochecer, en el despacho de Olavarría, nos

avistamos Aviraneta y yo con dos liberales bilbaínos, los dos

masones, y éstos nos dijeron que nos mandarían aviso de dónde podíamos

conferenciar con Renovales.

Por lo que nos dijo Olavarría, Renovales estaba viviendo en un pueblo

de las Encartaciones llamado Gordejuela, en la casa de don Bernabé

Mariaca. Se le avisaría dejando el recado en el comercio de la viuda de

Osabal, y al día siguiente se nos diría el punto de reunión.

Cenamos, y después de cenar, dejando a María y a Conchita juntas,

fuimos al comercio de Olavarría.

Olavarría nos llevó a un cuarto estrecho y sin ninguna ventana, y

allí entramos. Era Olavarría muy alto, de unos cuarenta años, grueso,

abultado de cara, de voz fuerte y poderosa; usaba patillas largas

y pobladas y tupé sobre la frente. Hombre de gran espíritu, no le

arredraba nada.

Todos teníamos la seguridad de que si nuestra tentativa fracasaba y

éramos descubiertos, iríamos a la horca, pasando antes por la poco

agradable perspectiva del potro.

Estábamos hablando cuando llamaron en la puerta suavemente; Olavarría

abrió y entraron dos hombres, a quienes nos presentó el amo de la casa.

--¿Son _hermanos_?--preguntaron al vernos.

--Sí.

Uno de ellos era el teniente coronel don Francisco Colombo, que se

hacía llamar en Bilbao don Fermín Urrutia.

Colombo era hombre alto, esbelto, de buen color; el pelo, con tupé a la

inglesa; las patillas, cortas y rubias, con algunas canas, y la voz,

clara y bien timbrada. Había servido a las órdenes de don Luis Lacy, en

Galicia.

El otro caballero que iba con él confesó que era un oficial enviado por

Mina para informarse de la situación. Se llamaba Téllez, y en Bilbao se

había hecho pasar como comerciante americano.

Téllez no tenía el aspecto tranquilizador de Colombo, ni de Olavarría.

Era alto, seco, pálido, bizco, con patillas muy negras y la boca

desdeñosa y fruncida.

Discutimos lo que había que hacer. Téllez llevaba la pretensión de que

se prescindiera de Renovales. Le dijimos que era imposible; la cosa

estaba ya pactada entre él y nosotros; no se le podía descartar sin

motivo.

Poco después se presentaron los dos masones bilbaínos Olalde y

Rementería a decirnos que la viuda de Osabal había recibido un recado

de Gordejuela, diciendo que Renovales nos esperaría por la noche en

casa de un amigo en Portugalete.

Salimos del despacho de Olavarría y echamos a andar, en dos grupos,

camino de las Arenas.

La noche estaba templada, húmeda, amenazando lluvia.

Antes de llegar a las primeras casas del pueblo, Olalde se detuvo y

bajó las escaleras de un muelle. Nosotros hicimos lo mismo. Olalde

saltó de barca en barca, hasta que al llegar a una dijo:

--En ésta vamos.

Desenrolló la vela, que hinchó el viento, y fuimos marchando en medio

de la más completa obscuridad hasta la otra orilla.

Desembarcamos y, conducidos por Rementería, entramos en la casa en

donde se encontraba Renovales. Subimos una escalera estrecha y pasamos

a un cuarto iluminado con una lamparilla. Renovales se paseaba de un

lado a otro, envuelto en un mantón de mujer.

Era don Mariano Renovales de pequeña estatura, color moreno, ojos

obscuros, de mirada viva y penetrante, sombreados por cejas muy negras,

muy pobladas y cerdosas. Tenía una gran cicatriz en el cuello y dos o

tres señales de cuchilladas en la cara.

Al vernos a nosotros tiró el mantón encima de una silla. Estaba vestido

como un aldeano: calzón de paño, chaleco y chaqueta rayada, con botones

amarillos, y sombrero redondo de hule.

Saludamos a Renovales y él contestó a nuestro saludo de una manera un

tanto fría y ceremoniosa.

Aviraneta expuso el plan trazado en París. Se organizarían, sobre

todo en Madrid, las huestes constitucionales por el procedimiento del

triángulo, formando una cadena de modo que cada uno conociera a sus

dos eslabones, pero nada más. Cuando en Madrid se contara con gente se

daría el grito de «¡Viva la Constitución!» y se proclamaría a Carlos

IV, que estaba ya avisado.

El plan estratégico sería el siguiente: Renovales daría el primer grito

y se lanzaría a ocupar Vizcaya y Gupúzcoa; Mina bajaría a Navarra,

entrando por Valcarlos o por Vera; ocuparía Pamplona, se reuniría con

el regimiento de San Marcial y llegaría a Zaragoza. Al mismo tiempo,

Miláns, Lacy y Copóns, después de haber sublevado Cataluña, bajarían

hacia el Ebro y, unidos con las fuerzas del Norte, se acercarían a

Madrid, que se sublevaría con O'Donnell, Eroles y Sarsfield.

La cosa, presentada así, parecía factible; pero había muchos puntos

obscuros que aclarar.

Renovales aceptó lo que se le dijo, mirándonos a todos nosotros con

expresión fiera y bravía. Se le pidió que citara nombres de amigos de

Madrid con los cuales se pudiera contar, y, paseando por el cuarto como

un lobo en la jaula, dijo cincuenta o sesenta nombres.

Ya íbamos a despedirnos del general, cuando una observación de Téllez,

el amigo de Mina, le enfureció de tal manera que se encaró con él y

comenzó a interpelarle con su voz bronca y dura.

Era un espectáculo como presenciar una tormenta oír a aquel hombre tan

violento, tan brutal. Sus amenazas se convertían en su boca en algo

espantoso. Tenía una muletilla constante, y era ésta: «¡Cristo! ¡Ya se

acabó la Humanidad!» Otras veces, en vez de ¡Cristo!, decía ¡hostias!

Renovales estaba descontento de todo: del Gobierno, de España, del

rey, que era un canalla; de sus compañeros, que eran unos egoístas.

--¡Maldita sea mi alma!--exclamó--. Pensar que hemos peleado como

perros para defender a ese bribón de Fernando VII; pensar que nos hemos

llenado de heridas, y que ahora nos dice: «Ustedes son una morralla».

¡Maldita sea la...!

Después, en una brusca transición, exclamó:

--¡Cristo! No me importa... Yo soy capaz de comerme los hígados del

mundo... ¡Hostias!... Ya se acabó la Humanidad... Y a Fernando VII,

yo... yo solo he de ir a su palacio, y lo tengo que ahorcar de una

puerta...

Se tranquilizó el general, y, despidiéndonos de él, volvimos a la otra

orilla de la ría, y de aquí, a Bilbao.

X

DON MARIANO RENOVALES

Como supongo que no recordarán ustedes quién era el general Renovales,

que iba a iniciar el movimiento, porque en España las cosas y los

hombres se olvidan como en ninguna parte, les diré lo que sé de él.

Renovales era un navarro nacido en un pueblo del valle del Roncal, creo

que en Isaba. De joven había emigrado a la América, y estaba en Buenos

Aires cuando supo la entrada de los franceses en Madrid. Decidido, tomó

un barco y se fué a España.

Renovales era de esos hombres audaces y temerarios que se distinguen

por su ardor en el combate. Estuvo en los dos sitios de Zaragoza; hizo

en uno de ellos una defensa heroica del fuerte de San José, y quedó

prisionero de los franceses al concluír el último sitio. Era entonces

coronel. En unos meses, de soldado había pasado a jefe; se puede

suponer las cosas que tendría que hacer.

Renovales, prisionero, fué conducido con otros camino de Francia; pero

al llegar cerca de los Pirineos, en esa zona intermedia entre Aragón y

Navarra, que él conocía muy bien, se escapó, a riesgo de que le pegaran

un tiro, y fué a esconderse a una choza de pastores.

Cuando pudo salir de su escondrijo, de noche, por entre las matas, fué

recorriendo pueblos de Navarra y de Huesca, y reuniendo y armando

soldados y paisanos. Llamó a uno de sus amigos de la infancia, Miguel

de Sarasa, que era de Embun, hombre muy alto, corpulento, de grandes

bríos, gran jugador de barra y de pelota, y le nombró su segundo.

A este Sarasa parece que le llamaban en broma _Mal Alma_, porque era de

una bondad extremada.

Entre Renovales y _Mal Alma_ hicieron las cosas extraordinarias y

prodigiosas que solían hacer los guerrilleros. Los franceses mandaron

grandes columnas en su persecución. Renovales llegó a destrozar

batallones enteros, como en la batalla que tuvo en la Peña de Undari.

Renovales fué, de todos los guerrilleros, el que hizo una campaña más

rápida y eficaz.

Si a su valor y a su instinto militar hubiese añadido conocimientos

técnicos, hubiese sido uno de los primeros generales de la época,

probablemente el primero de España.

Tal desasosiego y zozobra produjeron en el Gobierno las correrías de

Renovales, que desde Zaragoza y Pamplona mandaron tropas para obrar en

combinación contra él. Una de las columnas francesas que se dirigió al

Monasterio de San Juan de la Peña fué deshecha por _Mal Alma_.

Renovales llegó a organizar una brigada de cuatro mil soldados.

Era un hombre extremado en todo; en sus pasiones, en sus juicios, en la

suerte y en la desgracia.

A Alcalá Galiano le he oído muchas veces hablar con desprecio de

Renovales, porque en una proclama que dió en Cádiz, cuando estuvo allá,

dijo estos o los otros absurdos, hizo un dibujo de José Bonaparte,

borracho y cayéndose, y se expresó con la rudeza de un hombre del campo.

Juzgar a guerrilleros como Mina, El Empecinado o Renovales como se

puede juzgar a un catedrático, no se le ocurre mas que a un dómine de

Ateneo tan pedante y tan vanidoso como Galiano.

Renovales llegó a mandar la cuarta división del séptimo ejército e

intervino en hechos de armas importantes.

Este hombre, que con nosotros iba a trabajar para destronar a Fernando

VII, había tomado parte años antes en una tentativa del marqués de

Ayerbe, hecha con el objeto de libertar al mismo Fernando de su

destierro de Valencey.

Habían conducido los franceses al marqués de Ayerbe a Pamplona, a

fines del año 9, y pensaban llevarle a los pueblos del Alto Aragón,

de donde, al parecer, era natural el marqués, para que contribuyese a

pacificarlos.

Ayerbe se escapó de Pamplona vestido de calesero, y fué a reunirse con

Renovales, que estaba en el Roncal. Le expuso el plan que tenía para

sacar al rey de su cautiverio, y Renovales le dijo debía presentarse a

la Junta Central de Sevilla a que autorizase el proyecto y diera medios

para realizarlo.

Renovales facilitó al marqués el viaje, y Ayerbe se presentó en la

capital andaluza. La Junta parece que aceptó el plan, y estando

Renovales en Cataluña volvió a reunírsele el marqués, ya con amplios

poderes.

El general eligió gente de confianza, y se embarcó con ella y con

Ayerbe en un bergantín de guerra español llamado el _Palomo_. El

gobernador francés de Tarragona sospechó algo, mandó dar caza al

bergantín, y éste, perseguido por navíos franceses, tuvo que bajar por

el Mediterráneo, atravesar el estrecho de Gibraltar y entrar en Cádiz.

Allí Renovales tuvo grandes trifulcas con los marinos de guerra;

luego, meses después, en junio de 1810, salió, mandando un cuerpo

expedicionario que debía trasladarse al Norte. Ayerbe y el general

desembarcaron en La Coruña, y aquí riñeron y se separaron. Ayerbe,

siempre preocupado por libertar a Fernando, se encaminó hacia la

frontera francesa, y fué asesinado en Lerín, de Navarra; Renovales

quedó al frente de sus tropas en la costa cantábrica, y fué avanzando y

batiéndose con los franceses, en combinación con Salcedo, Longa y Mina.

Concluída la guerra de la Independencia, Renovales, de mariscal de

campo, estuvo en Madrid.

Renovales, como la mayoría de los guerrilleros de la época, fué

entusiasta de la Constitución. Al restablecerse el régimen absoluto

manifestó en público la indignación que le producía tal medida; el

Gobierno, al saber su actitud, se dispuso a prenderlo; Renovales huyó a

Francia y, como era todo violencia y pasión, quiso vengarse y se dedicó

a conspirar. Fué el alma de nuestra conspiración, que en aquel tiempo

se llamó de Bilbao y que estaba relacionada, aunque esto no se supo,

con la del Triángulo, y una carta suya, dirigida a Lacy, contribuyó a

que este general fuera condenado a muerte por un Consejo de Guerra.

Renovales era de una acometividad y de un valor frenéticos; pero le

faltaba reposo; le faltaba también cultura y moral; no sabía poner

freno a sus odios y a sus pasiones. En su fondo había el hombre

primitivo, tipo de _condottiere_ del Renacimiento.

Los juicios suyos eran de intuición y se aferraba a ellos, considerando

que no podía volver sobre su acuerdo. Mina adolecía también de la misma

falta de principios; pero en Mina no había sólo el león o el tigre,

sino también el zorro.

Mina, por lucidez natural, llegó a comprender su papel en España y, a

pesar de algunas brutalidades que empañaron su vida, dejó a la historia

de nuestro país una gran figura.

Renovales, no; después de una serie de aventuras extraordinarias,

llevadas a cabo con un valor y una suerte admirables, echó a perder

todo su brillante pasado con una traición a su patria, que luego quiso

arreglar con otra traición.

Un agente de los insurrectos americanos ofreció a Renovales el mando de

una expedición que había de ir a defender la independencia de Méjico.

Renovales aceptó; luego, arrepentido, fué a ver al embajador de España

en Londres y denunció lo que ocurría.

Después publicó un manifiesto desde Nueva Orleáns; pero estaba

desprestigiado y nadie le hizo caso.

XI

CAMINO DE CASTILLA

Al día siguiente de ver a Renovales nos reunimos en el despacho de

Olavarría para ultimar detalles.

Se decidió enviar a Téllez a que se viese con don Gaspar de Jáuregui,

coronel retirado en clase de dispersos; así se le llamaba. Uno de

nuestros amigos, don Anselmo Acebedo, encargó a Téllez dijera a

Jáuregui iba de su parte. Téllez fué a ver al ex guerrillero vasco en

Villarreal de Zumárraga; pero Jáuregui se mostró reacio, y no sólo

reacio, sino que, poco después, declaró todo cuanto había pasado en su

conversación con Téllez.

Como teníamos que comunicarnos con varias ciudades se pensó en un medio

de hacerlo tan secreto que fuera casi imposible averiguarlo.

Aviraneta mandó comprar dos tableros de ajedrez, y en los dos marcamos

unos cuadros sí y otros no. Cada uno de los tableros nos serviría

de modelo para hacer una plantilla que tendría unos cuantos cuadros

cortados. Escribiríamos con tinta simpática, y nuestro sello sería dos

triángulos cruzados, lo que se llama el signo de Salomón.

Quedamos de acuerdo en que Olavarría serviría de unión entre

nosotros cuando estuviéramos en Madrid y la gente de Bayona y París.

Aviraneta recomendó a Olavarría que no empleara la misma plantilla

para comunicarse con ellos. Si podía mandarles emisarios en vez de

escribirles, sería mejor.

Como teníamos una lista de más de doscientos nombres de conspiradores

sólo de Madrid, con sus señas, hicimos una combinación especial en el

libro de misa de Conchita, en un tomo de poesías de Petrarca que tenía

María y en una _Guía de Forasteros de Madrid_. En el libro de Conchita

y en el de María marcamos con un alfiler en el texto las letras del

nombre del afiliado, y en la _Guía de Forasteros_, la calle.

Para hacer llegar la correspondencia a Renovales escribiríamos a

Domingo Fernández, y la carta la meteríamos en un sobre con las señas

de don Pedro Láriz, del comercio de Bilbao.

Con la logia de Granada nos entenderíamos por intermedio de Veramendi,

que era intendente en aquella ciudad, y con Valencia, por la casa de

Bertrán de Lis.

Dispuesto esto, entre todos redactamos varias proclamas, que en el

fondo eran la misma, pues no tenían más variación sino que en una decía

castellanos; en otra, navarros, y en otra, catalanes; y que comenzaba

así:

«Concordia y valor: Españoles: el yugo infame que nos oprimía ha sido

quebrantado...»

Venía luego un corto programa político con las reformas que

considerábamos necesarias.

Después, como la mayoría de nuestros afiliados habían de ser militares,

se les prometía a todos un ascenso y aumentarles el sueldo.

Cuando llegamos a estar de acuerdo en la redacción se mandó a imprimir

la proclama a casa de Gosse, en Bayona.

Concluída nuestra tarea, repusimos nuestro almacén ambulante de agua de

Colonia y de aceite de Macassar, este último con aceite común un poco

perfumado, y tomamos el camino hacia Castilla.

En Burgos, Aviraneta tuvo que esconderse en el coche, temiendo el

encuentro con alguna gente de Merino, y en Valladolid, en cambio,

tuve que esconderme yo, pues si alguno me hubiese reconocido como el

subprefecto del tiempo de José me hubiesen hecho pedazos.

Aviraneta se detuvo en la ciudad castellana unas horas. Tenía una

cita con don Anselmo Acebedo, el de Bilbao. Se reunieron y hablaron

con el general Ballesteros, que estaba desterrado allí y que ofreció

levantarse contra el Gobierno absoluto el día que se lo indicasen.

Hablaron también con el médico don Mateo Seoane, que estaba de titular

en un pueblo próximo. Seoane dijo que se vería con el Empecinado,

y, efectivamente, poco después el general don Juan Martín contestó

adhiriéndose a la idea y ofreciéndole para todo.

De Valladolid fuimos a Aranda por la orilla del Duero.

Al llegar a Aranda, donde Aviraneta tenía conocimientos, vendió el

carro y los caballos, y decidió que entráramos en Madrid en diligencia

y separados.

Primero marchó María; luego, dos días después, Conchita y yo, y al

cuarto día, él.

Nos veríamos el quinto día en el café de Lorencini, a las seis de

la tarde. Si había gente nos comunicaríamos únicamente las señas de

nuestras respectivas casas; si no, hablaríamos.

LIBRO SEGUNDO

LUCHA EN LAS SOMBRAS

I

PRIMEROS PASOS

Una tarde de febrero, al anochecer, fuí al café de Lorencini a ver si

encontraba a Aviraneta. Lo vi; estaba el café desierto, y hablamos.

María, Conchita y yo habíamos ido a una fonda de la calle de Preciados.

Aviraneta me dijo que acababa de alquilar un cuarto en una casa de

huéspedes de la Plaza Mayor, en el ángulo de la escalerilla que baja a

la calle de Cuchilleros.

Aviraneta dijo en la casa que era administrador de un ricachón de

Soria, y que le era indispensable estar con frecuencia en el campo.

Añadió con sorna que había llevado a la patrona, de regalo, un queso

comprado en la calle, y la buena señora quedó convencida de que era

muchísimo mejor que los que se vendían en Madrid.

--¡Ay, don Ignacio!--parece que le solía decir--. ¡Qué queso nos ha

traído usted!

Charlamos un rato y le pregunté a Eugenio:

--¿Cuándo nos veremos?

--Mañana iré por su casa de usted.

--¿Por la mañana?

--Sí; a las nueve.

Nos despedimos, y al día siguiente me había levantado y estaba

esperándole, cuando la criada de la casa, una gallega cerril, entró y

me dijo:

--Señorito.

--¿Qué hay?

--Que está aquí el _barberu_.

Yo no le había llamado al barbero, y me sorprendió. Iba a decirle que

se fuera, cuando le veo entrar a Aviraneta, con una toalla bajo el

brazo izquierdo, haciendo genuflexiones. Me dió una risa verdaderamente

inextinguible. Aviraneta apenas había cambiado de traje, y, sin

embargo, en aquel momento tenía un aire de barbero completo.

--Joven--dijo, recalcando las palabras como un madrileño y dirigiéndose

a la criada gallega--, ¿quiere usted traer agua caliente?

La gallega trajo una jarra, y Aviraneta, cambiando de expresión, me

dijo:

--Bueno, vamos a sacar los nombres de nuestra gente.

Busqué yo los tres libros: el de misa, el de poesías y la _Guía de

Forasteros_, e hicimos la lista. Aviraneta traía una plantilla hecha en

una hoja de papel, y se mandó esta plantilla a unas veinte personas de

las que nos habían indicado Renovales, Olavarría y los demás.

Con la plantilla iba una carta que decía:

«¿Quiere usted entrar en nuestra Sociedad? Se le invita de parte de

Renovales. Si acepta usted, mande usted su aceptación y debajo su

número.»

Los Caminos del Mundo · 第 9 / 14 段