--La llave del cuarto de tu tío, ¿estará en el clavero?

--Sí.

--¿Qué número es?

--El 23.

Bajé las escaleras hasta el portal, esperé un momento a que no pasara

nadie, cogí la llave y entré en el cuarto del cura. Después abrí el

cortaplumas y desgarré de arriba abajo el tabique o biombo que separaba

un cuarto de otro. Conchita saltó de su habitación a mis brazos.

Salimos del cuarto del clérigo, lo cerramos, y, ella cubierta con

un velo negro y yo detrás, avanzamos hasta el coche que esperaba, y

montamos en él.

Eran las cuatro menos cuarto. Yo tenía que estar a las cuatro en la

librería de Eymery.

--Tendremos que separarnos--le dije a Conchita.

--¿Por qué?

--Porque yo tengo una cita a las cuatro con unos amigos.

--¿Tanta importancia les das a ellos para dejarme a mí sola, y hoy?

--Es que es una cita política. Estamos conspirando.

--No te creo.

--¿No?

--No.

--Pues, mira, ven conmigo. Les diré a mis amigos que eres mi mujer.

Saqué la cabeza por la ventanilla y le dije al cochero:

--Vaya usted a la calle de Mazarino. De prisa.

El caballo comenzó a trotar y unos minutos después de las cuatro

estábamos en la calle de Mazarino, enfrente de la librería de Eymery.

Esta librería era una tiendecilla negra con un fondo obscuro. Estaba al

lado de una mercería en cuyo estrecho escaparate había un mono disecado

con camisa y puños, y un letrero en el pecho donde se leía: «Jean».

Después me enteré que este mono «Jean» con su camisa era un jeroglífico

o chiste del dueño de la tienda. Cualquiera, al verlo, decía: _Au singe

Jean en batiste_ (al mono Juan en batista), y la tienda se llamaba _Au

Saint Jean-Baptiste_ (al San Juan Bautista), palabras que en francés se

pronuncian de una manera algo parecida.

Entré en la librería, expliqué al librero a lo que iba, y me dijo que

no habían llegado mas que los habituales, don Juan Antonio Llorente y

don Miguel José de Azanza, que estaban hablando.

--Si quieres, entra--le dije a Conchita.

--No, no.

Se había convencido de que el asunto que tratábamos era serio y me dijo

que iría a mi casa.

--Yo te acompañaré.

Advertí al librero que dijera a mis amigos que tardaría una hora en

volver.

Yo vivía al otro lado del río, pero cerca de allí, en la calle de

Richelieu.

Tomamos el coche y fuimos Conchita y yo a casa.

IV

LA REUNIÓN EN LA LIBRERÍA

Una hora después me hallaba de nuevo en la librería de Eymery. Hacía

tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la trastienda, un cuarto

un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y con las cuatro

paredes cubiertas de libros.

Se encontraban Llorente, Azanza, Tilly, el general Berton, que había

ido con un joven amigo suyo apellidado Navarro; Cugnet de Montarlot,

Nantil, Aviraneta y un tal Bloumy, que se hacía pasar por coronel

español.

Yo me hallaba tan impresionado por mi feliz aventura, que no podía

fijarme bien en lo que me decían. Muchas veces creía que me estaban

dando la enhorabuena y me veía en la obligación de sonreír.

Al principio no me enteré apenas de lo que se habló y no hice mas que

contemplar con atención los tipos de todos.

Azanza, a quien conocía yo hacía tiempo, estaba quieto en su sillón con

las manos cruzadas, sin hablar. Era muy viejo y, aunque afrancesado, en

el fondo, reaccionario.

A don Juan Antonio Llorente, el autor de la _Historia de la

Inquisición_, le vi entonces por primera vez. Era un hombre bajito, de

aspecto simpático y bondadoso.

Tenía la frente ancha, espaciosa; llevaba melenas grises y un solideo

negro. Su tipo era de un buen cura; su mirada, viva y brillante; los

labios, gruesos.

En aquel rostro de cura bondadoso apuntaba la malicia y la socarronería

frailuna. Había en él, aunque mitigada, la expresión satírica del

Voltaire esculpido por Houdon.

Llorente acababa de venir de Londres, pues el gobierno de Luis XVIII

no le permitía que se estableciera en París. Vestía de paisano, pero

conservando el aspecto de un clérigo. Llorente, como muchos de estos

hombres de la época, había vivido dos vidas completamente distintas.

Después de haber sido vicario general del obispado de Calahorra,

secretario de la Inquisición de Corte y canónigo maestrescuela de

Toledo, tenía en esta época que andar en París y en Londres a salto de

mata, ganándose la vida con folletos y traducciones.

Llorente habló poco en la reunión; no hizo mas que oponerse a las

exageraciones de algunos y ofrecer un medio de comunicación con España.

Tenía él una sobrina casada con un francés llamado Robillot, que vivía

en la calle de la Coquillere. Esta sobrina enviaba a Madrid artículos

de modas desde París, y en las cajas se podía meter la correspondencia.

El general Berton se limitó a escuchar lo que se decía y a permanecer

de pie, apoyado sobre un armario.

Juan Bautista Berton era un tipo sombrío y trágico; entonces contaría

unos cincuenta años. Tenía una estatura media y poco cuerpo; los ojos,

azules; la boca, grande; la frente, despejada; la palidez del hombre

que ha vivido encerrado: acababa entonces de salir de la cárcel.

Berton conocía bien España, donde había hecho la guerra con Bonaparte,

y hablaba el castellano.

Estaba para casarse con una señorita española, la señorita Navarro,

hermana de su ayudante, y pensaba retirarse a una propiedad suya del

departamento de Oise, en Plessis-Cuvergnon.

El conde de Tilly explicó con qué elementos podía contar él en España.

Primeramente, tenía el Oriente Montijano de Granada, que estaba

dispuesto a trabajar por la Revolución. El conde del Montijo acababa

de ser nombrado capitán general de Granada y se pronunciaría con sus

fuerzas desde el momento que en otra parte se diera el grito. En Murcia

se contaba con una logia de las más activas, en la que figuraban

Torrijos, Van Halen, López Pinto y Romero Alpuente, que estaban

deseando lanzarse a la calle. En Cádiz había el grupo de masones,

dirigido por Istúriz, ya de acuerdo en la conspiración. En Barcelona,

la logia de Cambaceres, en la fonda de Wellington, con Llinás y algunos

otros. En Valencia, grandes núcleos de liberales, dirigidos por los

Bertrán de Lis y por el conde de Almodóvar.

No se necesitaba mas que dinero para poner en comunicación los

distintos puntos en donde la Revolución fermentaba.

Después de Tilly habló Aviraneta.

Aviraneta dijo que él, de antemano, no podía prometer nada; pero que

intentaría mover a la gente del Norte; que hablaría, o iría si era

necesario a la logia de Bilbao; que trataría de conquistar a Mina,

el tío, y a Mina el mozo; que se pondría en comunicación con el

Empecinado, con el general Renovales, con Sarasa, con Longa, que al

parecer estaba vacilante; con el cabecilla Dos Pelos, con Iriarte, con

el coronel Eguaguirre, con Gaspar de Jáuregui (el Pastor), con Fermín

Leguía, con Noain, con Michelena, con Legarda, y con otros muchos

constitucionales.

Después habló Cugnet de Montarlot, que al principio me pareció un tipo

cómico.

Cugnet era un francés aparatoso que creía que todas las cosas se

resuelven con frases oportunas y atrevidas.

Era valiente, declamador y entusiasta de la libertad y de la gloria. Le

gustaba repetir en sus discursos esta frase: _Ubi Libertas ibi Patria_

(donde está la Libertad está la Patria).

Cugnet hablaba de una manera demasiado solemne. Nos dijo que su

sociedad, _L'epingle noir_, iba a ser la espina que se iba a clavar en

las viejas monarquías y a producir su gangrena.

Su sociedad había hecho un llamamiento a las generaciones presentes y

futuras. Su fin era formar una liga de pueblos contra el despotismo,

para asentar la República sobre las ruinas del Trono y del Altar.

Para él todos los medios eran buenos: desde la barricada hasta la

caricatura; desde el discurso elocuente hasta el pinchazo con el

estoque.

Cugnet discurría como un verdadero revolucionario; comprendía que se

necesitaba una asociación fuerte para luchar contra el Poder, que se

iba robusteciendo.

No habían ni él ni los otros imaginado medios fáciles de comunicarse;

no se había disciplinado el espíritu de protesta, y se ignoraban

los procedimientos de preparar movimientos internacionales. Esto se

aprendió en 1820, cuando triunfó la Revolución Española y comenzó a

funcionar el carbonarismo.

Cugnet, después de sus generalidades, nos dijo que los quinientos

hombres de _El alfiler negro_ se incorporarían a la legión extranjera

que mandaría el general Berton y pasarían los Pirineos.

Como yo no tenía que decir nada no hablé.

Se decidió que al día siguiente tendríamos una reunión con los

delegados de la masonería en casa del conde de Tilly, que vivía en la

calle de Choiseul, en el número 6.

Al terminar la conferencia se presentaron en la librería los dos

hermanos Caron, a quien los presentó Cugnet y a uno de los cuales yo

conocía del baile de la Embajada.

Eran los dos, tipos de militares del Imperio y se distinguían por sus

ideas republicanas, lo que había hecho que no ascendieran rápidamente.

Cugnet les explicó lo acordado y los dos se ofrecieron para cuando

llegara el momento.

Salimos de la librería, y yo, volando, me marché a casa.

V

HOMBRES DE DESTINO TRÁGICO

De aquella gente con quien nos reunimos en la librería de Eymery, de

la calle de Mazarino, no volví luego a ver a nadie. Es probable que de

todos ellos no vivamos mas que Aviraneta y yo.

Azanza murió el año 26 en Burdeos, abandonado. Alguna que otra vez iba

a visitarle el _Sordo_, como le llamaban sus amigos al viejo pintor

Goya.

Llorente, obligado por el Gobierno francés, que no quería tener en su

territorio al autor de la _Historia de la Inquisición_, fué a España a

principios del año 23, y murió de una manera misteriosa, al decir de

sus amigos.

Berton tomó parte en varios complots antiborbónicos, hasta que en 1822

avanzó a la cabeza de un puñado de sublevados sobre Saümur por el

puente de Thouars, y, hecho prisionero, fué guillotinado en Poitiers en

octubre, al año siguiente.

Tilly murió poco después.

Navarro y Bloumy desaparecieron.

Nantil estuvo en España y luego se perdió su pista.

Uno de los Caron, Agustín José, tomó parte en la conjuración de Belfort

e intentó libertar a sus compañeros presos, en Colmar. Denunciado, fué

fusilado en Estrasburgo.

El otro Caron fué jefe de carbonarios y dirigió el Batallón Sagrado,

que salió de San Sebastián el año 23 y fué al Bidasoa con banderas

tricolores, pensando detener así a los soldados de Angulema. Después

este Caron creo que fué a América.

Respecto a Cugnet, unos días después de nuestra reunión fué preso. Pasó

en la cárcel varios meses. Luego, al salir, fundó nuevas sociedades

secretas con nombres fantásticos: _Los caballeros del León_, _Los

Patriotas_, _Los buitres de Bonaparte_, _Los europeos reformados_, _La

regeneración universal_, y, por último, entró en el carbonarismo.

Siempre pintoresco, firmó manifiestos titulándose Jefe del Gran Imperio

francés y Principal Dignatario de la Orden del Sol.

Después de la Revolución del 20 pasó a España y se cambió de nombre,

llamándose desde entonces Carlos de Malsot. Cugnet trabajó con

Vaudoncourt, con Riego y Villamor, en Zaragoza, para proclamar la

República en España y propagarla a Europa; peleó contra los franceses

de Angulema en 1823, y se refugió en Almería.

El verano en 1824, mientras los dos Valdés, Pedro y Francisco, llevaban

a cabo la hazaña heroica y absurda de apoderarse de Tarifa, Cugnet de

Montarlot, con otros exaltados como él, se levantaba en San Bartolomé,

en Almería, a proclamar la Constitución al grito de Libertad o Muerte.

Esto fué al amanecer del 13 de agosto de 1824.

Once días después, el 24 de agosto, el mismo día en que el Gobierno

de Fernando VII fusilaba a treinta y seis constitucionales en Tarifa,

fusilaba en Almería a treinta y uno. Entre ellos estaba Cugnet, que

dejó su nombre adoptivo de Carlos de Malsot como un héroe obscuro de la

Libertad a su patria también adoptiva.

VI

PREPARATIVOS

Jamás había sentido tal plenitud de vida como entonces. Estaba

enamorado como un cadete, y mi entusiasmo me daba una confianza y una

serenidad que no he tenido nunca.

Conchita y yo...; pero no tengo que contarles a ustedes una historia de

amores, sino una historia de conspiración.

Al día siguiente de vernos en la librería de la calle Mazarino se

celebró en casa del conde de Tilly la reunión nuestra con los delegados

de la masonería.

Se expuso ante ellos los hombres y sociedades con que se contaba, y se

dijo que el movimiento lo dirigían Renovales, Lacy, Freire, O'Donnell y

otros jefes de prestigio.

Los delegados aceptaron la proposición y dijeron que debíamos hacer un

presupuesto de gastos. Tilly arguyó que le parecía perder el tiempo, y

que consideraba mejor y más práctico que nos dieran una cantidad para

los primeros trabajos, y que luego se aumentara si el asunto marchaba

bien. Los delegados discutieron un momento y aceptaron, al último, la

propuesta. Nos abrirían un crédito de doscientos mil francos, de los

cuales se tomaría la cantidad necesaria. Este crédito se cobraría en

casa de un tal Foualdés, abogado, que vivía en el muelle Voltaire,

número 2, duplicado. Foualdés, por lo que dijo uno de los masones, no

era sospechoso al Gobierno; tenía negocios en Inglaterra y se podía

entender con él sin riesgo. Los delegados de la masonería nos avisarían

cuándo podíamos ir a cobrar a casa de Foualdés.

Decidida esta cuestión se discutió quiénes debían ir a España, y, tras

largos debates, se dispuso que fuera el conde de Tilly a Cádiz y a

Granada, y Aviraneta y yo, al Norte de España y a Madrid.

No hubo más remedio que aceptar. Terminada la reunión se dijo que al

día siguiente nos reuniríamos en el café de la Rotonda del Palais

Royal, después de comer.

Algunos españoles, militares emigrados, vinieron a ofrecerse,

presentándonos planes absurdos para hacer el movimiento. Hubo gente que

encontró que era poca cosa destronar a Fernando VII y traer a Carlos

IV, y que pensaba en la República. Tres militares y un abogado que

vivían con el señor Bloumy en un hotel infecto de la calle del Dragón,

se reunieron para escribir un proyecto de Constitución republicana, con

tres cónsules y una Cámara, y nos mandaron el proyecto como diciendo:

Ya está todo arreglado.

Aviraneta, que tenía de las cosas que le preocupaban ideas singulares,

decía:

--¿Sabe usted lo que nos va a faltar?

--¿Qué?

--Disciplina en el ejército.

--Pero, hombre, eso es absurdo. Vale más que no haya disciplina para

nosotros--le decía yo.

--Al revés. Valdría más que la hubiese. Con hombres que obedecen

ciegamente se puede hacer una conspiración. Con indisciplinados,

imposible. Ahí tiene usted el caso de Malet en el cuartel de

Popincourt, que estuvo a punto de triunfar gracias a la disciplina. He

estudiado ese complot. Estuvo muy bien preparado. Si fracasó fué por

tener demasiadas complicaciones. En política hay que acercarse a la

naturaleza. Mire usted el caso del _Marquesito_. Fué la indisciplina

lo que le impidió triunfar. Si el general no arrastra a los oficiales,

y los oficiales a los sargentos, estamos perdidos.

Aviraneta me hacía gracia; hablaba de conspiraciones como de un

instrumento o de un aparato de relojería.

Decidimos todos los días cambiar de punto de cita para reunirnos, y

al día siguiente estuvimos en el café de Corazza, donde supimos que

acababa de ser preso Cugnet de Montarlot.

A la salida íbamos Aviraneta y yo por la calle de Rívoli cuando se me

acercó un joven, delgadito, esbelto, envuelto en una capa. Me quedé

mirándole con sorpresa y sin reconocerle.

--¿No me conoce usted?--me dijo.

--Ahora, sí--le contesté.

En el acento la había conocido. Era la italiana del baile, María

Visconti. Al ver a Aviraneta, que se había apartado un poco de

nosotros, me preguntó:

--¿Es un conspirador español?

--Sí. ¿Quiere usted que le presente?

--Bueno; con mucho gusto.

Les presenté, y fuimos los tres juntos un momento. Al llegar a la

esquina de la calle de Richelieu la italiana me dijo:

--Antes de que se vaya avíseme usted, barón.

--Muy bien.

Se despidió la italiana gallardamente.

--¿Quién es este muchacho tan raro?--me preguntó Aviraneta.

--Este muchacho es una mujer--le dije yo.

--¡Ah...!

--Sí, y quiere venir a España con nosotros.

--¿No será una espía?

--No, no. Pero, en fin, antes de aceptarla entre nosotros nos

enteraremos de su vida.

Por Miniussir y por ella conocimos su historia.

VII

LA HISTORIA DE MARIA VISCONTI

Puesto que hemos de vivir y luchar juntos--dijo María Visconti--, les

contaré mi vida y les diré el motivo que me arrastra a ir a España.

La familia de los Visconti, familia célebre en Milán, que durante mucho

tiempo fué la cabeza del partido aristocrático de los gibelinos, es mi

familia.

Mi abuelo, al parecer, no sentía los mismos sentimientos monárquicos de

los suyos y, expulsado de casa por su padre, fué a vivir a Roma, donde

se casó con una Malatesta.

Mi padre, desde niño, vivió en la pobreza, y para ganarse la vida se

dedicó a la pintura y al grabado.

Tenía el pobre buen gusto, conocía muy bien el arte clásico, pero no

podía producir; le faltaba confianza en sí mismo, le faltaba fuerza.

Entristecido por la miseria, vivíamos en la mayor estrechez en una casa

del Transtevere. A veces nos mandaban algún dinero los parientes de mi

madre y salíamos del apuro.

En esto, mi hermano Emilio, que era algo mayor que yo y que estaba en

un taller, comenzó a distinguirse y a ganar algún dinero. Mi padre,

entusiasmado, le hacía dibujar; quería que sus conocimientos sirviesen

para Emilio. El padre se sentía renacer con la esperanza de tener un

hijo ilustre.

Mi hermano era un muchacho a quien todo el mundo quería. Su padre le

miraba conmovido y soñaba con que fuese un Rafael o un Leonardo.

El viejo padre nos acompañaba a Emilio y a mí a la Capilla Sixtina, al

museo del Vaticano, a las iglesias, y nos mostraba las obras maestras

de los antiguos y nos las explicaba detalladamente.

A los quince años mi hermano puso un taller de pintor y llegó a vender

lienzos y a tener encargos.

Cuando empezábamos a vivir mejor, mi hermano nos trajo a casa algunos

amigos suyos jóvenes y comenzó a andar constantemente con ellos.

Estos jóvenes, sobre todo uno, apellidado Orsini, eran republicanos

entusiastas, partidarios de la unidad italiana y enemigos del papado.

Mi hermano, a pesar de convivir con ellos, era más que nada pintor; les

seguía, pero en su espíritu los sueños artísticos no dejaban lugar a

las ideas políticas.

El atrevimiento y la audacia de los jóvenes republicanos aumentó; un

amigo de mi padre nos avisó que a Emilio le iban a prender y a encerrar

en las cárceles de la Inquisición. Mi padre y yo acompañamos a mi

hermano a Civitta Vechia, y allí le dejamos en un barco.

Emilio desembarcó en Marsella; luego fué a Barcelona y, por último,

se trasladó a Madrid, al final de la guerra de los españoles contra

Napoleón.

Emilio, muy contento y satisfecho en España, nos escribía sus

impresiones de la guerra y nos hablaba de que estaba sorprendido con la

pintura española, tan distinta de la italiana.

Un dibujante italiano, Fernando Brambilla, que hizo un álbum de las

Ruinas de Zaragoza, y en cuya casa vivía, le llevaba a mi hermano al

Palacio Real a ver cuadros magníficos. Este mismo Brambilla le presentó

a un pintor, Goya, de quien mi hermano, en sus cartas, hacía grandes

elogios, afirmando que era el mejor que había en Europa.

En esto, hará dos años, comenzaron a faltar las cartas de mi hermano.

Mi padre estaba desesperado. Escribimos a dos o tres personas de

Madrid, que no nos contestaron; escribimos al dibujante Brambilla, que,

sin duda, no recibió la carta; y entonces a mí se me ocurrió dirigirme

a un maestro de música italiano, Pablo Brambilla, de Milán, pidiéndole

que si sabía las señas del dibujante de su mismo apellido, Fernando

Brambilla, que vivía en España, le enviara mi carta.

Al cabo de mucho tiempo recibimos una carta del dibujante Brambilla,

desde Zaragoza.

Mi hermano había muerto en las cárceles de la Inquisición de Madrid.

Mi hermano visitaba una familia española con frecuencia, en compañía

de Brambilla. Parece que esto era a la vuelta del rey de España desde

Francia.

Atolondrado y exaltado como era mi hermano, en vez de moderarse,

exageraba sus ideas. Una vez, en esta casa amiga, tuvo la imprudencia

de discutir con un fraile, de contradecirle; de asegurar que había

tomado parte en Roma en una conjuración contra el Papa, y de que era

republicano.

Al día siguiente, el fraile, con dos esbirros de la Inquisición fueron

a casa de mi hermano y lo prendieron. Brambilla quiso salvarlo,

afirmando que lo dicho por mi hermano era una chiquillada. El fraile no

sólo no cedió, sino que fué al Tribunal a declarar contra mi hermano y

aumentar los cargos que había contra él.

Mi hermano fué atormentado en el calabozo, y a los seis meses de estar

encerrado en él, murió.

Mi padre, al leer la carta, no derramó una lágrima.

--Escríbele a Brambilla--me dijo--y pregúntale el nombre, el nombre de

ese fraile que ha denunciado a Emilio.

Le escribí y nos lo dijo. Desde entonces mi padre vivió únicamente

soñando en la venganza. Quería marchar a España, pero no podía moverse.

Estaba muy enfermo.

Entonces una pariente lejana nuestra murió, dejándonos una pequeña

fortuna. Mi padre ha muerto hace un mes clamando venganza.

--A eso voy a España. A vengar la muerte de mi hermano--concluyó

diciendo María Visconti--. Ustedes me pueden ayudar a mí con sus

conocimientos; yo pondré a su servicio mi buena voluntad y mi dinero.

Aceptamos el trato y decidimos que desde entonces María Visconti fuera

para nosotros un camarada.

VIII

EN BAYONA

Cobró Aviraneta treinta mil francos en casa de Foualdés y tomamos la

diligencia de Bayona María Visconti, Conchita, Aviraneta y yo.

Nosotros dos establecimos como centro de operaciones la librería de

Gosse, y desde allí fuimos citando a las personas con quienes teníamos

precisión de hablar.

Cosa extraña. Aviraneta no servía para esto. Cuando trataba con

una persona a quien tenía que considerar como superior a él por

su categoría o su prestigio, tomaba una actitud encogida y poco

desenvuelta. Parecía que los resortes de su voluntad perdían su fuerza

cuando tenía que contar con otra voluntad. Le era indispensable estar

solo, dirigir él, para que su energía tomara el máximo de tono.

En las conferencias que tuve comprendí que con mis antiguos

correligionarios los afrancesados no se podía hacer nada; repugnaban

las medidas violentas y eran ya partidarios del principio que en tiempo

de Zea Bermúdez se llamó el despotismo ilustrado.

Los amigos de Renovales estaban dispuestos a todo; pero, en cambio,

Mina se mostraba reacio.

Yo fuí a ver al general. Era hombre terco y suspicaz como pocos. En

aquel momento estaba muy disgustado porque su sobrino se marchaba a

Méjico a ayudar a los insurrectos contra España.

Me preguntó quiénes llevábamos el asunto. Le dije que la Junta de París

había enviado a Andalucía al conde de Tilly, y a Aviraneta y a mí, al

Norte.

--¿Tilly...? ¿El conde de Tilly...? Será hijo del otro... Esos

aristócratas son poco de fiar. Perdone usted--añadió--. Usted también

es aristócrata.

--No; yo, no.

--Y al Norte, ¿quién va?--preguntó él.

--Aviraneta y yo.

--¿Aviraneta? ¿Quién es Aviraneta?

Le di sus señas.

--Ah, sí... lo conozco... No me fío de él.

--¿Por qué?

--Un hombre que ha hecho la campaña con Merino no puede ser de los

nuestros.

--Mi general, yo conozco la historia de Aviraneta. Fué la casualidad la

que le llevó a pelear con el cura cabecilla.

--Sí, sí; pero toda esa gente de Merino no es de fiar; son salvajes,

facciosos de corazón. ¡Aviraneta! ¡Tilly! ¡Qué se yo! ¡Y luego

Renovales! No tengo confianza en Renovales. Es un loco; es un

atolondrado, un farsante.

No hubo manera de convencerle; por más esfuerzos que hice para vencer

su terquedad no conseguí nada, ni aun que su nombre patrocinara la

empresa. Lo único que dijo es que él no disuadiría a sus amigos de

que tomaran parte en la expedición. Solamente si llegara el caso de

que Renovales sublevara las Provincias Vascas, o si el general Berton

se presentara con grandes fuerzas a pasar la frontera, él entraría

en Navarra; pero en las negociaciones primeras en que tomara parte

Renovales preferiría no intervenir.

Conté a Aviraneta lo ocurrido y decidimos prescindir de Mina por el

momento.

Los Caminos del Mundo · 第 8 / 14 段