que abdicaría de ser emperador para llamarse generalísimo de la
República, y se añadió que iban a traer de nuevo a España a Carlos IV.
Lo único que resultó algo cierto fué que el elemento republicano se
agitó en Francia y que los reyes de la vieja Europa temblaron a la idea
de que Napoleón se consolidara en el trono.
Pasaron los Cien Días; vino Waterloo y volvieron Fernando y los suyos a
su persecución contra los liberales.
La primera conspiración de que se ocupó el Gobierno español después de
los Cien Días fué una supuesta tramada en el café de Levante, de Madrid.
Como yo tenía gran curiosidad y gran deseo de que pasara algo en
España, me enteré de lo que era.
No había tal conspiración. Lo ocurrido fué que en ese café, por aquella
época, se habían reunido unos cuantos señores de ideas liberales y
habían hablado de la posibilidad de que Napoleón volviera a dominar en
Francia y de que Fernando tuviera que huír.
A los serviles ministros del tirano esto les escandalizó tanto, que
tuvieron que condenar a presidio a varios de aquellos señores por
haber puesto en ridículo, como decía la _Gaceta_ al hablar de este
asunto, las constantes virtudes del mejor de los reyes.
De los conspiradores del café de Levante, tres o cuatro eran abogados;
uno, un teniente, don Ramón de Latas, y otro, un músico de la Real
Capilla, llamado Balado, que dijo no conocía los designios de sus
amigos. Naturalmente, no tenían ninguno; pero fueron todos condenados a
varios años de prisión, como verdaderos conspiradores.
Después de los Cien Días, tras de la batalla de Waterloo, fué cuando
comenzó en grande el éxodo de los oficiales españoles emigrados hacia
España. Hubo que establecer depósitos en las capitales de provincia
para ellos.
Pronto se notó que la mayoría de los oficiales que volvían de Francia e
Inglaterra eran de las nuevas ideas, y se les trató de una manera tan
cruel, que llegaron a echar de menos los pueblos extranjeros de donde
llegaban.
Elío, luego famoso por su crueldad, fué de los que se distinguió por su
mal trato con los que venían de la proscripción.
En Madrid las persecuciones contra afrancesados, liberales y masones
las dirigía un tribunal presidido por el mariscal de campo don Pedro
Agustín de Echavarri.
Se estaba consolidando la Santa Alianza; la política de Metternich
iba triunfando, y los gobiernos creían poder apretar impunemente los
tornillos a sus respectivos países.
En España comenzaba a haber dos elementos importantes contra el
despotismo: uno, el de los oficiales venidos de la emigración,
exacerbados por la crueldad y la indiferencia que les demostraban;
otro, el de los paisanos liberales que iban ingresando en la masonería.
Entonces, de todos los pequeños Centros masónicos españoles, el más
importante era el de Granada, que estaba presidido por el conde del
Montijo, personaje enigmático e inquieto, extraño botarate que tan
pronto intrigaba a favor del rey como a favor del pueblo.
El conde del Montijo, que había sido uno de los partidarios de la
abdicación de Carlos IV y de los inspiradores del motín de Aranjuez;
que había conspirado con los reaccionarios contra la Junta Central en
tiempo de la guerra de la Independencia; que en 1814, complicado con
Macanaz, con Escoiquiz, Palafox y San Carlos, había trabajado por el
absolutismo y dado dinero a la chusma de los barrios bajos de Madrid
para que gritara: «¡Abajo la Constitución!»; el conde del Montijo,
que apareció firmando el manifiesto de los Persas, era, año y medio
después, el jefe principal de la masonería en España, y el Oriente
fundado por él en Granada se llamaba Oriente Montijano.
Al mismo tiempo tenía la amistad del rey y era capitán general de
Granada.
Realmente, estas cosas despistan a cualquiera y hacen pensar que había
entre nosotros muchas personas que por debajo de cuerda trabajaban por
Fernando VII.
Aunque esto ocurriera, era lo positivo que los dos núcleos rebeldes, el
de los masones y el de los militares, aumentaba. El levantamiento de
Díaz Porlier en La Coruña fué fruto de los dos elementos, y fracasó por
confidencias y por trabajos que hizo el arzobispo, ayudado por el clero.
Porlier, a quien llamaban el Marquesito, fué ahorcado; pero sus
cómplices se escaparon y fueron apareciendo en la frontera de Francia y
estableciéndose allí.
Las emigraciones ocasionadas por las tentativas de Mina y de Porlier
produjeron en Francia, unidas a la de los afrancesados, núcleos
importantes, en donde no faltaba la gente de dinero y de influencia.
Teníamos en París a Toreno, a Urquijo, a Hermosilla, a Llorente, al ex
fraile don Manuel Núñez Taboada, a González Arnao, a Azanza...
En Burdeos estaban el ex jesuíta Rafael Martínez, el coronel de
Caballería Gavilanes, el bibliotecario Gallardo, el fraile músico
Moliner, el coronel Colombo, el capitán Arquez.
En Bayona se hallaba el núcleo mayor. Allí estaban Espoz y Mina, Fermín
de Asura, que acababa de escaparse de la prisión de Cahors y estaba
escondido en una casa de campo de los contornos; el fabulista alavés
don Pablo de Jérica, complicado en lo de Porlier, a quien por orden
del embajador de España habían tenido preso en el castillo de Pau; el
capitán de fragata O'Connor; el ex fraile Arrambide; Juan Bautista
Beunza, preso también en Pau; Nicolás Uriz, secretario de Mina, preso
en Montauban, y otros que no recuerdo.
Ya por entonces bullía José Manuel del Regato; el traidor Regato, que
jugó un papel tan triste en la segunda época constitucional. Regato
había publicado en Bayona un folleto contra Fernando, titulado _El
Carolino_, papel lleno de palabrería vulgar, pero que había tenido
algún éxito entre los emigrados.
Regato se hacía llamar Oyo, Abeille y Abella. Yo, como vivía en Bayona
y conocía mucha gente, me enteré de la vida que hacía Regato y sospeché
siempre de él; tenía relaciones secretas con la policía, lo que hubiera
bastado a cualquiera para desconfiar. Sin embargo, este hombre pasó
durante mucho tiempo por un hombre íntegro, gracias a la pedantería
española y a la importancia que damos a las palabras; vivió en París,
en casa del conde de Toreno, y fué protegido en Madrid por Alcalá
Galiano.
Al último, él mismo se desenmascaró, cuando en 1823 dirigió en Madrid
la pedrea contra las Embajadas, dejando en las garras de la policía a
un pobre zapatero remendón a quien engañaba.
Regato vivió después en Madrid tranquilamente en la calle de Silva de
agente de Calomarde, con el que hacía jugadas de Bolsa, y cuando en
1833 comenzaron a volver los liberales de la emigración, temeroso de
una venganza, huyó de España.
En Londres teníamos un núcleo de emigrados; pero la mayoría eran gente
de libros, a quienes dirigía Blanco-White. Había también allí una
reunión en casa de un banquero bilbaíno, don Fermín Tastet, hombre muy
viejo, muy jovial y que llevaba muchos años viviendo en Londres, y en
su casa se reunían Flórez Estrada, el general Romay y otros varios...
He dado estos antecedentes para que vean ustedes, poco más o menos, con
qué fuerzas contábamos fuera de España; tengo que añadir que, a pesar
de lo que se ha dicho, no éramos tan ilusos y tan confiados como se nos
ha querido pintar. No. Unicamente lo que nos diferenciaba de épocas
posteriores es que había entonces más entusiasmo, más ansia de alcanzar
la libertad.
II
UN BAILE DE CONSPIRADORES
A fines de otoño de 1815 vine yo a París a estar una temporada.
Era todavía joven, despreocupado, amigo de divertirme y de gozar de la
vida.
Tenía muy buenos amigos en París y lo pasaba bien.
Uno de ellos, de los que conservo más vivo recuerdo, era Nicolás de
Miniussir, uno de los hombres más cultos y simpáticos que he conocido.
Miniussir era austriaco, de Trieste, aunque naturalizado español.
Había estado en la batalla de Waterloo en compañía del general don
Miguel Ricardo de Alava, y luego, entre los dos, presentaron un
servicio importante a nuestro país.
Durante la guerra de la Independencia los franceses habían desvalijado
a España, trayendo a París una porción de cuadros y de joyas.
Miniussir y el general Alava discutieron la manera de recobrar las
riquezas robadas, y decidieron que Miniussir, al frente de doscientos
hombres de infantería inglesa, entrara en los museos y recuperara lo
que pudiera.
Así se hizo: Miniussir cargó con cuadros y con todo lo que vió de
procedencia española; pasó la frontera belga, arrollando a los
aduaneros; llegó a Amberes, embarcó sus riquezas y las transportó a
Cádiz.
Con Miniussir y con algunos otros acudíamos a los teatros, a las
fiestas, al salón de Teresa Cabarrús...
Iba acabándose mi tiempo de estancia en París, dentro de lo vulgar
y corriente, cuando de improviso me encontré metido en una intriga
amorosa y en una intriga política.
Tenía yo un encargo que me habían dado en Bayona para entregarlo en
París a un señor don José González, presbítero, que habitaba en el
hotel de la Cometa, calle de la Cometa, en el Gros Caillou.
Como ya me faltaba pocos días de estancia cogí el encargo y fuí a ver
al presbítero. Entré en el hotel, llamé en la puerta que me indicaron
y, en vez de salir un clérigo, salió una de las muchachas más bonitas
que yo he visto en mi vida. Pensé si me habría equivocado; pero, no;
allí vivía don José, el cura, y esta muchacha, llamada Concepción, era
su sobrina.
Don José había ido aquella tarde a cobrar la renta en casa del banquero
Hardouin. Con el pretexto de esperar, hablé largo rato con la muchacha,
y nos entendimos tan bien, que quedamos de acuerdo en escribirnos todos
los días y en vernos siempre que ella pudiera, porque el cura era
regañón y suspicaz.
Cuando llegó don José, el cura, le entregué el encargo, saludé a
Conchita con afectada indiferencia y me marché a la calle.
Durante mucho tiempo ya no pensé mas que en la muchacha y en hablar con
ella.
Como en esta época había una policía al servicio del partido
ultramontano, que entonces se llamaba del pabellón Marsan, y esta
policía espiaba a los extranjeros tildados de liberales, me vi
molestado con frecuencia por los agentes, que preguntaban en mi hotel
quién era yo, qué hacía y qué personas venían a verme.
Seguía entregado a mis amores, luchando con el viejo cura del hotel de
la Cometa, que hacía de don Bartolo con mi Rosina y quería guardarla en
un rincón obscuro, cuando un día me encontré con una invitación para
ir a un baile de la Embajada Española.
Me chocó la invitación y pensé en no ir, cuando al día siguiente recibí
una carta en la que me decían:
«Mañana por la noche, en el baile de la Embajada Española, se
reunirán los suyos. El punto de cita será el tercer balcón a la
derecha, entrando en la gran sala. La hora, las doce.
_X._»
El aviso me sorprendió. Aquello de que se reunirían los míos había
picado mi curiosidad. Decidido, después de cenar me vestí de etiqueta,
tomé un coche y fuí a la Embajada.
No recuerdo quién era nuestro embajador por entonces; me figuro que
era el duque del Parque, un señor un tanto fatuo y muy entusiasta de
las ideas liberales, que en tiempo de la segunda época constitucional
gustaba de que no le llamaran duque, sino el ciudadano Cañas, pues éste
era su apellido, y que peroró en Madrid, en el club que se llamaba la
Cruz de Malta.
No recuerdo bien, como digo, si en esta época era el embajador el duque
del Parque o el de San Carlos.
Cuando entré en el gran salón eran las once y media, y el baile
comenzaba a animarse. Había muchas máscaras, muchos emigrados españoles
y muchas mujeres hermosas.
El espíritu de esta época en París era muy distinto al del Imperio. La
megalomanía napoleónica había sucumbido por muerte natural; la gente no
quería mas que olvidar y divertirse. Tantos años de guerra del reinado
de Napoleón habían producido una gran fatiga. Tras del dominio de los
militares, venía el de los jesuítas y de los abogados de provincia, y
se preparaba el de los periodistas.
La aristocracia reaccionaba; las damas del gran mundo intentaban
desterrar de las reuniones a las generalas e intendentas del Imperio,
y trataban de mezclar las costumbres de la Regencia con el culto del
Sagrado Corazón de Jesús.
En esta época todo el mundo intrigaba ferozmente, y los jóvenes
ambiciosos esperaban hacer una carrera rápida en un salón o en una
sacristía.
Un baile entonces era un lugar de enredos y de maquinaciones; se sentía
la necesidad de la Prensa, que no era nada aún, y la gente tenía que
contarse muchos secretos y hacer un sinnúmero de cábalas.
Estaba yo solo, en medio de los bailarines, presenciando el
espectáculo; la orquesta tocaba un aire de la ópera _Jean de Paris_, de
Boieldieu, cuando una enmascarada se agarró de mi brazo.
--¡Caballero!--me dijo.
--¿Qué quieres, máscara?
--¿Me puede usted dar el brazo un momento?
--Con mucho gusto; pero tendrás que dispensarme, porque tengo una cita.
--¿Conoce usted aquí algún español?
--A varios. Además, yo lo soy. Pero observo, máscara, que no sigues las
reglas del Carnaval. En estos días las máscaras hablan de tú.
--¿De manera que es usted español?--preguntó ella sin hacer caso de mi
observación.
--Sí. Pero dispénsame ahora; tengo una cita.
Y, soltando el brazo de la máscara, me metí entre la gente, fuí al
tercer balcón que me habían señalado, y quedé de pie junto a los
cristales.
Al poco rato se acercó a mí un joven seco, delgado, vestido a la moda,
con una levita larga de color azul, pantalón de nanquín, zapato bajo y
media de seda blanca.
Quedé mirando atentamente a aquel joven. Yo le conocía; pero, ¿de dónde?
--Ha sido usted puntual a la cita, señor barón--me dijo.
--Ya ve usted.
--Me mira usted sorprendido. Parece que está usted preocupado.
--Sí, lo estoy, caballero--le contesté--. Estoy preocupado, pensando
que le conozco a usted, y no sé dónde.
--Es posible; yo no recuerdo.
--¿Quiere usted decirme su nombre?
--A otro no se lo diría--me contestó él--. A usted, sí. Me llamo
Eugenio de Aviraneta.
--No; pues no me dice nada el nombre... Sin embargo, yo le recuerdo a
usted. ¿Usted no ha usado nunca otro apellido de carácter también vasco?
--Sí; en tiempo de la guerra de la Independencia me llamaban Echegaray.
--¿Y estuvo usted una vez en Valladolid con un amigo y un militar
francés?
--Sí.
--De ahí lo recuerdo a usted. Yo era entonces subprefecto de
Valladolid. Usted era guerrillero, ¿verdad?
--Sí.
--Lo adiviné. ¿En qué partida estaba usted?
--Con el Cura Merino.
--¡Estaba usted entre realistas!
--Entonces nos sentíamos solamente patriotas. Cuando Merino se enteró
de que era masón, quiso fusilarme.
En esto, una máscara se aproximó a Aviraneta y le habló al oído.
--Está bien--dijo Aviraneta.
Y, separándose de la máscara, se acercó a mí y añadió:
--Ahora que nos conocemos, señor barón, le voy a poner al corriente de
lo que tramamos. Usted sabrá que el Gobierno de los Cien Días, al verse
perdido, llamó en su socorro no sólo a los bonapartistas y republicanos
franceses, sino a los patriotas de todos los pueblos europeos. Como
nada se improvisa, por más que la masonería y las Sociedades secretas
comenzaron a trabajar en favor de Bonaparte, no se pudo organizar
algo eficaz, no hubo tiempo ni medios. Bueno. Han pasado unos meses,
y los diferentes centros de París han creído que hoy en España es más
fácil un movimiento liberal que en Francia, y han pensado ponerse en
relación con los españoles y ayudarles con su dinero. Yo he tenido
una reunión con los delegados de las Sociedades, que me han encargado
de entrevistarme con los emigrados españoles. Y como la policía nos
vigila, y como tenemos amigos en la Embajada, he escogido este baile
para citar a unos cuantos conspiradores, porque aquí no suponen que
vengamos nosotros. Ya sabe usted de qué se trata: de preparar un
movimiento a favor de la Constitución.
--¿Quién patrocina el movimiento?--dije yo.
--La masonería, con los centros liberales y republicanos franceses y
los núcleos de nuestros emigrados.
--Y en España, ¿quién se pondría al frente?
--Por ahora, el general Renovales.
--¿Y Mina?
--Mina, según parece, no quiere nada con Renovales.
--¿Por qué?
--Rivalidades del tiempo de la guerra de la Independencia. Renovales
mandó desarmar un escuadrón de caballería de Mina.
--¿Y no se podrían llegar a poner de acuerdo?
--No sé; dicen que no.
--¿Y Renovales tiene bastante prestigio para ponerse a la cabeza del
movimiento?
--Sí.
--¿Es valiente?
--Hasta la temeridad.
--¿Es discreto?
--Menos que valiente.
--¿Es honrado?
--Menos que discreto.
--¿No nos venderá?
--Hoy por hoy, no.
--¿Nuestros emigrados favorecerán el movimiento?
--Veremos.
--¿Y los franceses republicanos piensan hacer algo?
--Sí; formarán secretamente una legión extranjera, al mando del general
Berton, y la enviarán a España. Hay alistados más de tres mil hombres,
casi todos oficiales y suboficiales del Imperio, entre los que abundan
polacos, italianos y griegos.
--La aventura me parece muy difícil y muy peligrosa.
--A mí también.
--¿Pero usted no piensa abandonarla?
--Yo, no; y usted tampoco la abandonará.
--¡Mucho afirmar es eso!
--Usted decidirá. Dentro de media hora volveré a este balcón. Usted me
dirá si quiere seguir, o no.
--¿Tiene usted algún otro conspirador en el baile?
--Sí.
--¿Se va usted?
--En seguida vuelvo.
No hizo mas que marcharse Aviraneta, cuando la máscara que había
encontrado al entrar se me acercó de nuevo.
--¿Ha concluído usted su cita misteriosa?--me dijo.
--Sí.
--¿Han tratado ustedes algo importante?
--Me estás escamando, máscara--le dije yo--. ¿Es que eres de la policía?
Comprendí a través de la careta que la mujer se había turbado y
avergonzado.
--Está bien--dijo con dignidad--. No le preguntaré a usted nada más. Me
voy.
--Es que yo no le conozco a usted--repliqué--; no le veo la cara. No
tengo motivos para tener confianza.
--Y si me viera usted la cara, ¿tendría más confianza?
--Según.
La máscara me llevó a un extremo del salón y se quitó la careta. Era
una mujer hermosa, morena, de ojos negros y brillantes.
--Tiene usted unos ojos soberbios--le dije.
--¿De verdad?
--Sí. Creo que no voy a poder olvidarlos. Y eso que estoy enamorado.
--¿Está usted enamorado?
--Sí.
--Un español, ¿no está siempre enamorado?
--No siempre. ¿Tenía usted algún interés en saber mi nombre?
--Sí.
--Pues me llamo el barón de Oiquina y en este momento estoy citado
con algunos de mis compatriotas que trabajan allí para implantar la
Constitución... No dirá usted que no tengo confianza.
--¿De verdad, es usted español?
--De verdad.
--¿Y liberal?
--Completamente.
--¿Conoce usted a Miniussir?
--Es muy amigo mío.
--Yo también lo conozco. Es el que me ha dicho que vendrían españoles
liberales aquí.
--¿Usted es italiana?
--Sí, soy de Roma. Mi nombre es María Visconti.
--¿Visconti? ¡Nombre ilustre!
--Para nosotros no hay nombres ilustres. Sólo la patria y la libertad
son ilustres. Pero no quiero detenerle, barón. Vaya usted ahora con sus
amigos. Quisiera de usted una cosa.
--¿A ver cuál es?
--Que mañana o, lo más, pasado, vaya usted por mi hotel.
--Iré.
--Necesito un favor que sólo un español puede hacerme.
--Lo que usted quiera, señora.
--A cambio de esto les ayudaré en su conspiración. Soy romana,
entusiasta de la libertad, y España es hija de Roma, tierra latina...
Aquella mujer extraña me dió las señas de su casa, estrechó mi mano y
desapareció entre las máscaras. Volví al punto de cita y me encontré a
Aviraneta acompañado de dos señores.
--Querido barón--me dijo Aviraneta--, conspirar y hacer conquistas
creo que es demasiado. Le voy a presentar a dos amigos...: el conde de
Tilly..., monsieur Cugnet de Montarlot.
Nos dimos la mano. El conde de Tilly era un currutaco de aspecto
enfermizo, que hablaba el castellano con acento extranjero. Debía de
ser hijo del Tilly que perteneció a la Junta Central que intervino en
la batalla de Bailén y murió en el Castillo de Cádiz.
Respecto a Cugnet de Montarlot era el tipo del soldado del Imperio:
jactancioso, valiente, fanfarrón y audaz. Vestía de paisano, de tal
manera que se le notaba en seguida que era militar.
Cugnet de Montarlot, después de cambiadas algunas palabras, dejó a
Tilly y a Aviraneta charlando conmigo, y entró en medio de la gente. Al
poco rato, vino con dos tipos, por su aspecto también militares, que
nos presentó:
--Nantil... Lamotte...
Saludamos. Nos dimos la mano.
--Son de los mejores--dijo Cugnet--. Volvió a marcharse, y un momento
después se presentó con otros tres.
--Moreau... Pombas... Vallé...
Volvimos a saludar y a darles la mano. Al cuarto de hora hubo nueva
presentación:
--Fabvier... Delon... Caron... Vaudoncourt...
Nos dimos un apretón de manos, y, como no convenía llamar la atención,
nos desperdigamos por el baile.
--Está aquí la flor de la Sociedad _El alfiler negro_--dijo Cugnet--, y
añadió, dirigiéndose a mí:
--España dirá el momento, caballero. Los tiranos nos han de conocer. La
libertad española tendrá a su servicio las mejores espadas de Francia.
--Ahora, señores, como aquí es imposible hablar con comodidad--dijo
Aviraneta--, nos vamos a ver mañana en la librería de Eymery, de la rue
Mazarine. Yo iré a avisar a dos o tres personas por la mañana; ustedes
vayan a las cuatro. Usted, Cugnet, lleve, si puede, a Berton. Si ven
ustedes que les espían, no entren. Ahora, señores, ¡buenas noches!
Y Aviraneta hizo un signo masónico y desapareció.
III
RAPTO
Al día siguiente, cuando me desperté, tuve la impresión de que había
soñado que conspiraba en un baile; pero pronto mis recuerdos se fueron
aclarando y tomaron una absoluta precisión.
Salté de la cama.
Me vestí. Eran las diez. Al recoger mis zapatos, encontré en uno de
ellos una carta, que, sin duda, acababa de dejar el mozo del hotel. Era
de Conchita, mi novia. Me decía estas palabras:
«Ven a sacarme de aquí. Mi tío me quiere encerrar en un convento.
Hoy irá a cobrar a casa de su banquero, y estaré sola. Me vigila una
vieja bruja, madama Mathieu, que ha traído mi tío expresamente para
eso. Cuando esta tarde quede sola y se vaya mi tío, pondré un papel
blanco en el cristal de la ventana de mi cuarto. Inventa un pretexto
para que salga la vieja. Mándale un recado diciendo que la esperan
para darle un dinero de Angulema. Es de ese pueblo y es muy avara, e
irá.
_Tu Conchita._»
Impaciente, acabé de arreglarme y en seguida salí a la calle, tomé un
coche y pasé por delante del hotel de la Cometa. Todavía no estaba el
papel en el cristal de la ventana. Sin duda no había salido el viejo
don Bartolo. Mandé al cochero que me aguardara en una esquina de la
calle, y me puse a esperar que apareciese la señal. Eran las dos y
media, y aun no había aparecido. Empecé a pensar que para las cuatro
tenía la cita con Aviraneta y que no iba a poder acudir. A las tres
menos cuarto, el cuadrado de papel blanco se vió en el cristal de la
ventana.
Inmediatamente me fuí a una taberna, que se llamaba _A la cita de los
cocheros_; entré y pregunté al dueño por el hotel de la Cometa. El
hombre me dió una explicación de dónde estaba, y yo le dije que era
recién venido de Angulema; que tenía el encargo de dar quinientos
francos de una herencia a una señora Mathieu, que vivía en el hotel de
la Cometa, y añadí:
--Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco francos para que
fuera a avisar a esa señora.
--Yo mismo iré--dijo el tabernero.
--Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga aquí con usted y que
me espere unos minutos, porque mientrastanto yo voy a hacer otro recado.
Le di al tabernero los francos prometidos, salí de la taberna y me metí
en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero juntos, entré en el
hotel de la Cometa y subí las escaleras hasta el cuarto de Conchita.
Llamé.
--¿Eres tú?--me dijo ella.
--Sí.
--Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la llave. Yo no sé
cómo abrirla.
Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por la rendija de la
puerta; pero no era posible abrir.
--¿No tienes algún cuchillo grande o alguna otra cosa para correr la
lengüeta de la cerradura?--dije a Conchita--. ¡A ver, ensaya!
Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió nada.
De pronto se me ocurrió una idea que me pareció muy buena.
--Oye--le dije.
--¿Qué?
--El cuarto de tu tío, ¿está pared por medio de éste?
--Sí.
--¿No tiene alguna comunicación, alguna puerta condenada, o algo por el
estilo?
--Sí; detrás del colgador tiene un tabique de tela que cierra el hueco
de una puerta.