que iría verdaderamente asombrado de la civilización de Europa, y me
contestó que no; que Europa le parecía una cosa despreciable. Me quedé
atónito. Riego y Aviraneta se reían.
Preguntándole por qué tenía una idea tan mala de nuestro continente,
dijo que en su país no se mataban los hombres como en Europa, ni se
quemaban las casas; que allí el matar no tenía valor, sino el saber y
las virtudes.
Le quise convencer de que debía tener más respeto por nuestra
civilización, primeramente por creer nosotros en la única religión
verdadera, que es la Católica Apostólica Romana, establecida por
Cristo y su Iglesia, y gozar nuestros países de los mayores adelantos,
a lo que contestó el chinito que la única religión verdadera es la
establecida por Buda, y que hay mayores adelantos en China que en
Europa.
Si hubiéramos estado en España le hubiera dirigido a algún sabio padre
inquisidor para que convirtiera a aquel bárbaro; pero en Holanda
descuidan los asuntos de conciencia y no hay inquisidores.
El tal chino era malicioso en extremo y se burlaba de cuanto veía de
una manera verdaderamente molesta.
Ya no me faltaba más sino que, después de haber sido vejado durante
todo el camino por alemanes, holandeses, italianos e ingleses, viniera
un ridículo chino a reírse de uno.
Al día siguiente, en compañía del chino, salimos de La Haya por las
calles, adornadas con arcos de triunfo y guirnaldas para el paso del
príncipe de Orange.
Llegamos a Maassluis, e inmediatamente fuimos al embarcadero a pasar un
brazo de mar que comunica con el río Mosa.
En la punta del muelle encontramos un correo de gabinete inglés que
se llevó con su comitiva las barcas. Esperamos a ver si volvía; pero
como tardaba mucho, después de calarnos hasta los huesos, tuvimos que
retornar al pueblo.
Las posadas en Maassluis estaban ocupadas y nos repartieron en casas
particulares. A mí me llevaron a la de un médico, donde no había nada
que comer. Parece que el domingo hay por allá la costumbre de tener las
tiendas cerradas. Comí unas patatas y un poco de queso y estuve en un
cuarto calentado con una estufa de turba, que olía muy mal y que me dió
dolor de cabeza. Mientrastanto, el médico, cirujano, o lo que fuese, me
echó un discurso en mal francés, diciendo que explicara a los españoles
lo que era la tolerancia, y cómo allí convivían los católicos, los
presbiterianos, los luteranos y los judíos en paz. Le dije que esto
sería cierto, pero que en España, en cambio, no se tenía la costumbre
de molestar a los huéspedes.
Se calló el médico y no me habló más.
VII
EFECTO DE SOL EN EL TECHO DE UNA POSADA
Al día siguiente pasamos la desembocadura del Mosa y salimos a Brielle.
De Brielle marchamos a Hellevoetsluis, que está en una gran ensenada.
De aquí salían casi diariamente paquebotes para Inglaterra.
En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no cabía en todo el
pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al cuartel.
Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.
En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su lado, a ver si
encontrábamos posada.
Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban por dos coronas
inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo único
con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó
mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato,
en una posada de los alrededores.
Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con Ganisch, y,
efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos camas.
La dueña de la casa era una vieja que tenía una criada rubicunda,
gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas mujeres de
los cuadros de Rubens. Ganisch comenzó a andar tras ella, mientras
Aviraneta y yo charlábamos.
Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos
despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.
Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en el momento de
conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían
sobre mi cama.
--¡Eugenio!--dije.
--¿Qué?
--¿Has oído?
--No; ¿qué pasa?
--Que cae algo de arriba.
--No he oído nada.
Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que
éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como
un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!
--¡Eh!, ¿qué es eso?--exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al
descubierto de la criada le fuera a contestar.
Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto
y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a
Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a salir
del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí.
Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido
para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.
Al día siguiente, salimos de la posada de la criada rubicunda y nos
fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.
El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que
debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se
nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos
presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.
VIII
EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»
A las ocho de la mañana estábamos en el puerto Riego, Aviraneta, el
chino de La Haya, Ganisch y yo.
Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el _Fénix_ iba a salir.
Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de tres coronas inglesas
por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro de fusil.
Llegamos al _Fénix_, y el barco se quedó sin moverse. Intentó salir, y
no salió. En vista de esto volvimos al muelle, hablamos al comisario
inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la corbeta
_Sofía_, que iba directamente a España. Dijimos al comisario inglés que
nos devolviera el dinero, que iríamos en la _Sofía_; pero el comisario
contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.
Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto como la primera, y
fuimos a la _Sofía_. El buque era un brick holandés pequeño; llevaba
treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre ellos algunos
ingleses, y otros pasajeros.
No había sitio para tanta gente.
Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración para seis un pedazo de
carne salada de tres libras, un poco de harina, un puñado de pasas, un
cuartillo de ron y galleta.
Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero el capitán les volvió
la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos al cocinero, y
además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina, metida
en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un _pudding_
muy pesado; una pasta que parecía de engrudo.
A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y nada; en cambio,
el otro transporte, el _Fénix_, donde habíamos estado el día anterior,
pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.
El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en castellano, maliciosamente:
--Buda _puele_ más que _Clisto_.
No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.
El capitán de la _Sofía_, al ver nuestra desesperación, dijo que a la
mañana siguiente saldríamos.
Vino la mañana; los marineros empezaron sus preparativos; todos los
soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de los cables;
pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que la
_Sofía_ estaba encallada en arena y que había que esperar a que la
marea subiera más.
Al día siguiente ocurrió lo mismo; la _Sofía_ no quiso salir. Tres días
pasamos así, sometidos al capricho de la _Sofía_ y al _pudding_ con
engrudo, hasta que el capitán confesó que el barco se iba poniendo muy
pesado y que había que descargarlo para que pudiera moverse.
Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario inglés. El hombre,
cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y solamente a
Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le
devolvió el dinero.
Por la tarde llegó un transporte inglés, el _Vulcano_.
Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía ser. Acababa de
venir un embajador austriaco que iba a Londres con su séquito y le
habían reservado todos los puestos del transporte. Aviraneta se puso
como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin comprender que
los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás personas.
El comisario indicó que nos prepararían otro transporte, cuando llegó
un aviso de que el embajador austriaco no podía salir aquel día. Por lo
tanto embarcábamos para Londres.
--¡No se pueden ustedes quejar!--nos dijo el comisario inglés.
Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma. Ganisch hizo una de
las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se agarró al
comisario inglés y cayó con él al agua.
El inglés salió sin sombrero y chorreando como un perro, y esta falta
de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por todo el
equipaje del barco.
IX
JURA DE LA CONSTITUCION
Se puso el _Vulcano_ en franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y
a las diez o doce horas de navegación, después de marearnos todos,
pasamos las corrientes del Canal de la Mancha y entramos en el Támesis.
Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se quedó allí, donde formó
un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y volvió a la
península meses después.
Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España en un paquebote, en
donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La navegación fué
feliz y el tiempo bueno.
Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del castillo de San
Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable, que
aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la
gente que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos
puso de proa y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto
de hora, al cabo del cual cambió el viento, y entramos en el puerto a
las tres y media.
El muelle y el paseo estaban ocupados por una multitud que nos recibió
con aclamaciones y aplausos.
Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.
Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba el ejército, y me
dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y clases que
venían repatriados.
En dos días se organizaron los batallones y nos pasó revista Lacy.
Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del cuartel y
pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.
En el centro del patio se había levantado una pila con tambores,
poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y la
bandera del regimiento.
Juraron el nuevo Código nacional: primero, el coronel y un oficial
de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un cabo de cada
batallón.
El general Lacy recogía el juramento con el tricornio en la mano. El
que iba a jurar se arrodillaba delante de los tambores, colocando la
mano en el libro santo.
Preguntaba el general:
--¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar la Constitución y
defender al rey?
--Sí, juro.
--Si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande.
Después de esta ceremonia me reuní con Aviraneta, que me dió cuenta del
dinero que le había entregado mi madre y de la forma en que lo gastó.
Yo no quise oírle; le abracé y le rogué que se quedara con lo que
sobraba. El no aceptó, y entonces nos lo repartimos entre los dos.
Poco después hubo en La Coruña varios días de iluminación por la
llegada de Fernando VII a Madrid. El general Lacy fué suspendido de su
empleo y sustituído por Bassecourt, lo que a los constitucionales sentó
muy mal.
Al despedirme de Aviraneta le pregunté:
--¿Y ahora, qué vas a hacer?
--Me voy a Soria o a Navarra a vegetar.
Yo marché a Madrid a abrazar a mi madre.
UNA INTRIGA TENEBROSA
LOS HOMBRES DE LA CONSPIRACIÓN DEL TRIÁNGULO
HABLA LEGUÍA
En el tiempo a que me refiero, el restaurante del Rocher de Cancale era
muy célebre en París.
Ni los salones de Very o de Vefour, ni la celebrada fonda de los
Hermanos Provenzales, podían competir en fama con el Rocher de Cancale
entre los discípulos y practicadores de las suculentas teorías de
Brillat-Savarin.
Una noche, de sobremesa, después de cenar con varias personas en el
Rocher, oí la historia que voy a contar al barón de Oiquina.
Era a fines de 1840. Había ido yo a París desde Bayona con una comisión
de Aviraneta para don Vicente González Arnao, personaje de larga
historia que en las postrimerías de la primera guerra carlista fué
el intermediario entre el Gobierno de María Cristina y el cabecilla
Muñagorri. Este Muñagorri, escribano de Berástegui, hacía la guerra al
carlismo con la bandera Paz y Fueros.
En el fondo, el cabecilla-escribano era una creación de Aviraneta, y
su proyecto de escisión del carlismo estaba copiado de otro de don
Juan Olavarría, el cual había presentado al Gobierno, hacía años, una
Memoria considerando la bandera de Paz y Fueros como un buen medio de
acabar la guerra.
Muñagorri no tuvo el éxito que se esperaba de él. Era hombre ligero, de
pocos arrestos y, sobre todo, de poca sindéresis. A pesar de esto, algo
contribuyó a descomponer el carlismo, y hubiera contribuído más si el
cónsul de Bayona, Fernández de Gamboa, esparterista y enemigo de toda
transacción, no hubiese opuesto una serie de obstáculos y dificultades
a la empresa.
González Arnao, partidario como Aviraneta de acabar la guerra a todo
trance, creyó que la campaña de Muñagorri podría ser útil y trabajó
para ayudarla con lord John Hay y con el embajador de España en París,
marqués de Miraflores.
Arnao, muy patriota, tenía gustos e inclinaciones de parisiense más que
de español, a pesar de ser hijo de Madrid; cosa no muy rara, porque
había vivido cerca de treinta años en la capital de Francia.
Cuando le conocí yo, Arnao era muy viejo, pero se conservaba derecho y
fuerte.
Como la mayoría de los hombres de esta época, había tenido una vida
doble. En tiempo de Carlos IV fué profesor de Física experimental en la
Universidad de Alcalá, síndico del Ayuntamiento de Madrid y abogado.
Por esta época publicó, en colaboración, el _Diccionario
histórico-geográfico de Navarra y de las Provincias Vascongadas_.
Formó parte, en 1808, de la Junta de Bayona, y al tomar posesión de la
corona de España José Bonaparte le nombraron consejero de Estado.
En 1813 tuvo que huír a Francia con todos los que habían aceptado el
Gobierno del intruso.
Don Vicente estuvo en París hasta 1820, y cuando el Gobierno anuló el
decreto de la Junta Central de Cádiz, en que declaraba a los ministros
y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey,
volvió a España con otros josefinos.
Era González Arnao hombre sinceramente liberal; amaba la libertad como
algo necesario para la vida, y no le preocupaba gran cosa la cuestión
de personas.
Al entrar en España vió que no se podía vivir en Madrid; que entre
comuneros y masones estaban acabando con el régimen constitucional;
quiso mediar entre unos y otros, y enemistado con los dos bandos, se
volvió a París.
En el lapso de tiempo comprendido entre la segunda época constitucional
y la primera amnistía otorgada por Fernando VII poco después de su
matrimonio con María Cristina, don Vicente llegó a ser el abogado de
los proscritos españoles, no sólo de Francia, sino de toda Europa.
Tenía Arnao por entonces su despacho en una de las calles más animadas
de París, la del Faubourg Montmartre, y su casa era un constante subir
y bajar de personas que iban a consultarle.
Entre los políticos y escritores franceses contaba Arnao con amigos
ilustres, y en esta época sentaba con frecuencia a su mesa a Destutt
Tracy, a Armando Carrel y al historiador Mignet.
González Arnao podía alternar con ellos; era un hombre muy culto; sabía
el latín y el griego admirablemente y conocía a la perfección los
idiomas modernos: el francés, el inglés y el alemán.
A fines de 1831, Arnao marchó a España y dejó su bufete a su secretario
y socio, un catalán llamado Pagés.
En 1838, don Vicente volvió de nuevo a Francia y estuvo en Bayona y
en París por asuntos relacionados con la guerra carlista. Mientras él
acudía a la Embajada de España y celebraba consultas en la calle del
Faubourg Montmartre, su antiguo secretario corría medio París en su
cabriolé.
Arnao, a quien fuí a visitar por encargo de Aviraneta y a darle datos
de las conjuras que se fraguaban en Bayona para reanudar la guerra
después del Convenio de Vergara, me recibió muy afectuosamente.
Después de una larga conferencia me dijo:
--¿Quiere usted comer esta noche conmigo?
--Con mucho gusto.
--Comeremos en el Rocher de Cancale. ¿Sabe usted dónde está?
--No.
--Pues entonces mi amigo Pagés le irá a buscar a su casa. ¿Dónde vive
usted?
--Vivo en el hotel de Embajadores, calle de Santa Ana, 75.
--¡Oh, lo conozco! Allí hemos conspirado los españoles durante mucho
tiempo. Espere usted a Pagés; irá a buscarle al anochecer.
--Muy bien. Le esperaré.
Me fuí a la fonda, y, efectivamente, antes del anochecer se presentó el
señor Pagés a buscarme. Subimos al coche, que esperaba a la puerta, y
nos encaminamos al Rocher de Cancale.
Aguardamos un rato y, uno tras otro, se presentaron los tres comensales
que iban a cenar con nosotros. En total éramos cinco: Arnao, Pagés,
un cura vizcaíno, don Ignacio, que hacía mucho tiempo vivía en París,
expulsado de España por afrancesado, y el barón de Oiquina.
El barón de Oiquina era un viejo que, a pesar de ser exageradamente
atildado en el vestir, resultaba no sólo un hombre serio, sino una
persona respetable.
Tendría el barón más de setenta años; era sonrosado, de ojos azules, de
cabellos blancos, que parecían vellones de lana. Iba rasurado, vestía
de claro y tenía el tipo y el porte de un lord inglés.
Su larga permanencia en Francia le hacía hablar con giros extraños y
con muchos galicismos.
El barón de Oiquina vivía habitualmente en una propiedad de una hermana
suya, próxima a Bayona, y había ido por entonces a París a pasar unos
días.
Por lo que me dijo Arnao, el barón había sido subprefecto de Valladolid
en tiempo de José Bonaparte, y en vez de evolucionar, como casi todos
los afrancesados, en sentido reaccionario, se distinguía por sus ideas
avanzadas.
Durante la comida, Arnao, el barón y el cura don Ignacio recordaron
escenas, anécdotas y personas de España y Francia.
Salieron a relucir el general Mina, Galiano, Mendizábal, Istúriz,
Lafayette, el general Berton, Caron, Vaudoncourt, Cugnet de Montarlot,
y otros más.
--¿Y usted no le ha conocido a Aviraneta?--le preguntó González Arnao
al barón, de pronto--. Este caballero, el señor Leguía--y me señaló--,
es amigo suyo.
--¡A Eugenio de Aviraneta! ¡Sí, hombre! Le he conocido cuando era un
muchacho joven como lo es ahora el señor Leguía.
--Entonces hará mucho tiempo.
--¡Figúrese usted! El año 12.
--¡Qué raro!
--Sí; yo era subprefecto de Valladolid por el Gobierno de José
Bonaparte. Un día se me presentaron dos jóvenes, acompañados de
un capitán francés, que les recomendaba para que les diera un
pasaporte. Dijeron que eran comerciantes; pero yo sospeché que eran
guerrilleros--. Y ¿hacen ustedes mucho comercio?--les pregunté--. Sí;
no estamos descontentos--contestó uno de ellos, que era Aviraneta; y un
relámpago de ironía brilló en sus ojos. Aquella mirada y aquel perfil
de aguilucho no se me borró de la imaginación. Cuatro años después le
volví a ver en París... ¡Aviraneta! ¡Qué tipo! Ha debido tener una
vida curiosa ese hombre. ¿Estará ya viejo?--preguntó el barón.
--No mucho--dije yo.
Habíamos concluído de comer y de tomar café y, retirándonos de la mesa,
nos preparábamos a encender unos habanos.
--Don Joaquín--dijo Arnao, dirigiéndose al barón.
--¿Qué quiere usted, querido?
--Creo que le conozco a usted bastante bien.
--Es posible; no digo que no.
--He notado que el nombre de Aviraneta le ha sugerido intensos
recuerdos...
--Sí; es cierto.
--¿No querrá usted contarnos en qué circunstancias conoció usted a
Aviraneta cuatro años después de verle en Valladolid?
--¿Qué supone usted?
--Supongo que Aviraneta y usted no estarían quietos cuando se
encontraron por segunda vez en París y que tramarían alguna cosa.
--¿Y quiere usted que la cuente?
--Creo que nos haría usted pasar un buen rato contando lo que fué.
--Estos señores se van a aburrir... preferirán ir al teatro... a ver
_Lázaro el pastor_, la última obra de Bouchardy, el éxito del día.
--Yo, por mi parte--dije--, prefiero oírle a usted que ir a cualquier
teatro de París.
--Muchas gracias.
El socio de Arnao pretextó que tenía que verse con un agente, y se fué;
el cura don Ignacio, González Arnao y yo acercamos nuestras butacas a
la del barón. Este su puso a contemplar melancólicamente la ceniza de
su cigarro hasta que levantó la cabeza y comenzó así su relato:
LIBRO PRIMERO
DE PARÍS A MADRID
I
ANTECEDENTES
Como ha supuesto usted muy bien, mi querido Arnao, el nombre de
Aviraneta me ha sugerido recuerdos de cosas y de hombres de otra época:
Mina, Renovales, Yandiola, Richart, Arquez... ¡Qué tiempos! ¡Qué
entusiasmo!
El señor Leguía, no, porque es muy joven; pero ustedes recordarán que
cuando la primera reacción de 1814 todos se asombraron en España y en
Francia de que la resistencia de los liberales españoles fuese tan
débil.
La razón principal era que había aún en Francia y en Inglaterra
muchísimos cientos de oficiales y de soldados de ideas liberales que,
prisioneros en los depósitos, no habían vuelto a España.
Además, nos encontrábamos en la emigración los que habíamos ejercido
algún cargo con Bonaparte.
Fernando VII sabía que la ocasión de recobrar el poder absoluto era
oportuna, y los informes del duque de San Carlos, a quien envió a
Madrid con nombre supuesto a explorar los ánimos de los políticos y
generales, le confirmaron la idea de que la reacción era fácil.
Cierto que se decía que algunos caudillos de la guerra de la
Independencia, como Mina, Lacy, el Empecinado, Villacampa, Renovales,
se inclinaban a la Constitución; pero era solamente la parte plebeya
y guerrillera, porque los generales palaciegos, los Castaños, los
Palafox, los Eguía, los Montijo, estaban por el absolutismo.
Se creía por muchos que se había implantado en España el poder personal
y teocrático a gusto de todos, cuando al cabo de unos meses se comenzó
a hablar de que se fraguaban conspiraciones.
Primeramente se descubrió una en Cádiz, y se mandó allí de comisario
regio a Negrete, hombre que para mucho tiempo dejó fama de bárbaro por
sus procedimientos inquisitoriales.
Esta conspiración inventada por el Gobierno, no tenía más objeto que
limpiar Cádiz de liberales y de masones, atemorizarlos y hacerles huír.
Después se levantó don Francisco Espoz y Mina con la División Navarra,
e intentó, en unión de su sobrino Mina el Mozo, del coronel Asura, de
Górriz y de otros, apoderarse de la ciudadela de Pamplona, de noche,
aprovechando un tumulto que debía estallar en la ciudad, y proclamar la
Constitución.
El comandante de uno de los regimientos mandados por Mina, después
realista célebre, don Santos Ladrón, fué el que denunció la empresa.
Ladrón era amigo de Mina el tío y rival y enemigo de Mina el Mozo. Los
dos eran jóvenes; los dos, estudiantes; los dos, navarros de pueblos
vecinos: Mina, de Idocin, y Ladrón, de Lumbier.
Ladrón era realista furioso; Mina el Mozo, liberal exaltado; Ladrón
y Mina eran valientes; pero Mina, además, era audaz, conquistador,
de estos mozos que arrastran a los hombres y se hacen querer por las
mujeres.
La envidia de Ladrón por Mina influyó en el fracaso de la empresa
liberal de Pamplona, que costó la vida al coronel don José Górriz y al
mayor Cía, fusilados delante de los muros de la ciudad navarra.
Los españoles gozaron unos meses de calma.
La guerra de la Independencia había sido funesta para nuestra cultura.
En Madrid se volvió a la estolidez y a la ñoñería habituales. No se
publicaban mas que folletitos contra los liberales y masones; se
adulaba al rey de la manera más vil, y por toda literatura se daban a
la estampa historias de bandidos, de ahorcados y de almas en pena; los
cuarenta y ocho motivos que tiene el hombre para no casarse, y otras
obras igualmente importantes.
La salida de Napoleón de la isla de Elba produjo en todas las testas
coronadas de Europa un enorme pánico. Fernando y sus ministros
amainaron en la persecución contra los liberales.