cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz
corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
--¿Son ustedes españoles?--nos preguntó.
Y al decirle que sí, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a
hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando
concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí... sí..., como
para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judío, de origen español, y nos habló de España y de
los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por ahora, aínda por
todavía, y empleaba giros muy extraños.
--Vosotros los cristianos de Castilla--exclamó gesticulando--creéis que
nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros _remotos_, y
debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a
España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento más bello del
alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla, Granada,
Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas,
banqueros... Sí, sí, sí...
Después se puso a comparar la religión judía con la cristiana, y decía:
--La religión hebraica es religión de vida; la cristiana es religión de
muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo nada más. Sí, sí. Y
nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la palabra limosna;
entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia, no es
dar limosna. Entre nosotros no existe la limosna. Sí, sí, creedlo,
creedlo. Sí... sí... sí...
Y seguía así con aire de inspirado, los ojos brillantes y las manos
temblorosas.
Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo podían oír con
calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo de la
religión.
Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol, tenía grandes agravios
que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de Federico
el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y
abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos
les habían dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del
rey David, se llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se
llamaba Zanahoria, y otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.
Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a los hebreos; llegaban
a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite la entrada de
judíos ni de perros».
El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si eran liberales, y
al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.
Salimos del café, cruzamos calles estrechas tortuosas, negras, algunas
con las fachadas pintadas y con torres en las esquinas, y llegamos a la
calle de los judíos, Judengasse, calle más miserable y más estrecha que
las demás, en cuyo extremo se encontraba la sinagoga.
Por lo que dijo el señor Coliflor, antiguamente la calle se cerraba
con puertas y cerrojos. El judío nos llevó a su casa, nos obsequió con
té y después nos condujo a una imprenta próxima, donde nos presentó a
un hombre alto y joven que no hablaba francés y con el cual hubo que
entenderse teniendo al judío por intérprete.
Este impresor era de una Sociedad secreta llamada _Tugendbund_
(asociación de la virtud), constituída con un objeto mixto, medio
liberal, medio patriótico. Parece que los asociados trabajaban con un
enorme entusiasmo por la unidad alemana formada alrededor de Prusia,
y que las dos cabezas principales eran: el ministro prusiano, barón de
Stein, y un poeta llamado Mauricio Ernesto Arndt, que había publicado
canciones patrióticas, atacando a Napoleón y elogiando a los alemanes.
Aviraneta y Riego quisieron enterarse de lo que hacían las Sociedades
secretas en Alemania, y el impresor habló de la masonería y de la Secta
de los Iluminados, con su procedimiento del triángulo, formada por Adan
Weishaupt y su compañero Filon Knigge. Las dos Sociedades habían ya
casi desaparecido, y con sus restos se habían fundado la _Tugendbund_
y la _Burchenschaft_ (reunión de estudiantes). Estas, abandonando las
cuestiones místicas y religiosas, se dedicaban a una obra liberal y
patriótica más inmediata.
La _Tugendbund_ conservaba un aire misterioso y romántico, según nos
dijo el impresor. Los individuos que pertenecían a ella iban a las
sesiones vestidos a la antigua alemana, cordón blanco y negro al
cuello, del que colgaba un puñal adornado con una calavera y la leyenda
en latín _Ultima ratio populorum_.
El impresor nos dijo que a esta Sociedad había pertenecido Fichte,
célebre profesor que había escrito un discurso a la nación alemana que,
a la verdad, ni Riego, ni Aviraneta, ni yo conocíamos.
El impresor afirmaba, con entusiasmo, que Alemania era el primer país
del mundo por su espíritu. La ciencia alemana, la filosofía alemana, la
cultura alemana estaban por encima de todo.
Ya cansados de disertaciones, nos despedimos del patriota y volvimos a
nuestra fonda acompañados del señor Coliflor, que no quería separarse
de nosotros.
II
UN BURGOMAESTRE OSADO Y UNA VIEJA IRACUNDA
Por la mañana nos levantamos muy temprano, y en vista de que no había
posibilidad de encontrar coche, tomamos un carro los cuatro españoles,
el mayor Witkamp y un capitán italiano herido en una batalla cerca de
Dresde. Braquemond, el inválido, sin duda se quedó en Francfort.
El italiano no tenía más preocupación que su uniforme. Vivía pendiente
de que no se le manchara, y constantemente se estaba mirando las mangas
y los pantalones.
De día llegamos a Koenigstein. Era tal el saqueo que habían efectuado
allí franceses y aliados, que no quedaba una migaja de pan en el pueblo.
El italiano comenzó a quejarse y a decir que con la debilidad que se
encontraba y sin comida se iba a morir. El mayor Witkamp le alargó una
botella de licor para que disimulara un poco el hambre, y seguimos
adelante. El italiano, excitado, nos preguntó qué éramos; le dijimos
que españoles, y nos habló mal de España. Decía que la decadencia de
Italia se debía a los españoles. Si no hubiera sido porque estaba
herido y enfermo, le hubiera enseñado a hablar de nosotros con más
respeto.
Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que allí se cebaba la
epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en su país, cuando
había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San Miguel desde
el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y las
bestias. El sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no...
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no comprendía cómo un hombre
que andaba con él podía ser tan burro para creer estas cosas. Ganisch
dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de parte de
Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se trataba, el mayor
exclamó:
--¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El
italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos
en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos
adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado
porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de
noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas
patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde
ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un
aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque tenía que dormir él con
su familia, y que nos fuéramos.
--Nada; vamos a ver al burgomaestre--dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve,
llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó
en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo
y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.
--Aquí no hay camas ni posada--gritó el burgomaestre furioso--; todas
las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.
--¿Pero no podríamos entrar bajo techado?--preguntó el mayor.
--Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.
En esto acertó a pasar una patrulla con un oficial. Al ver nuestro
grupo se acercó. Precisamente el oficial había estado en España. Le
expliqué yo lo que pasaba, creyendo que sabría reducir a la obediencia
a aquel _bürgermeister_ bárbaro y selvático; pero, no.
El burgomaestre volvió a asegurar que no había camas en el pueblo, y
añadió que estaba deseando que la epidemia reinante acabase con todos
los militares de la tierra, alemanes, franceses, españoles o rusos,
sanguijuelas del país, gorrones, canallas, bandidos, que no dejaban a
nadie vivir en paz.
Se le dijo que el Ayuntamiento nos podría indicar un sitio donde dormir
y que le pagaríamos lo que fuera. El contestó que el Ayuntamiento no
quería dinero robado.
Como hablaba en alemán, yo no me enteré de las palabras de tan audaz
enemigo del ejército. Si le hubiera entendido le hubiera castigado a
aquel miserable que así insultaba a la institución más noble de la
sociedad, defensora de la patria, espejo de la hidalguía y de los
sentimientos caballerescos en todas las naciones.
En vista de la acogida que nos dispensaban, no tuvimos más remedio
que volver al carro y seguir nuestro camino. La noche estaba clara y
fría; en las afueras del pueblo había un montón de ataúdes que, sin
duda, habían dejado allí por no poder llevarlos al camposanto. Despedía
aquello una peste que echaba para atrás. Apresuramos la marcha, y a la
hora u hora y media de salir pasamos por delante de una casa bastante
grande que había a un lado de la carretera, y nos decidimos a pedir
auxilio.
Llamamos repetidamente durante un cuarto de hora. La lluvia arreciaba
cada vez más. La carretera estaba convertida en un pantano y nos
hundíamos en el barro hasta las rodillas.
En vista del silencio nos decidimos a entrar en la casa, pasara lo que
pasara.
Aviraneta y Riego, el uno por un lado, el otro por otro, escalaron unas
ventanas y entraron en la casa. No había nadie. Abrieron la puerta,
entramos todos, llevamos los caballos al pesebre, y yo, siguiendo el
ejemplo del mayor Witkamp y de los demás, me metí a dormir en una cama.
A la mañana siguiente nos despertó la gritería de una vieja, guardiana
de la casa, indignada de nuestra audacia y desfachatez.
El mayor Witkamp la quiso tranquilizar y pagarle algo del perjuicio
causado; pero la vieja estaba fuera de sí; nos llamó cien veces
ladrones, salteadores, y dijo que iba a ir al pueblo próximo a avisar
a la justicia. Luego, sin duda, pensó que el pueblo estaba lejos y se
quedó refunfuñando.
Nosotros preparamos el carro y continuamos nuestra marcha. La vieja
nos siguió durante algún tiempo tirándonos piedras e insultándonos,
hasta que Ganisch, cogiendo un palo como si fuera un fusil, le apuntó
desde el fondo del carro. Entonces la vieja echó a correr chillando,
volviéndose y amenazándonos con el puño desde lejos.
A media mañana el mayor sacó unos embutidos, un jamón y un par de
quesos de un saco.
--¿De dónde ha salido esto?--pregunté yo.
--Lo he cogido de la despensa de la casa--contestó él con
indiferencia--. También he arramblado con unas botellas.
--¡Cómo estará la vieja cuando lo sepa!--dijimos.
Comimos muy bien; llegamos a Siegburgo, cuyas posadas y fondas estaban
todas ocupadas, y tuvimos que ir a dormir a un pueblo próximo.
III
EL PASO DEL RHIN Y LA «LANDSTURM» DE COLONIA
Camino adelante íbamos viendo la silueta de Colonia, con las torres de
su catedral no concluídas y los baluartes de sus murallas.
El mayor holandés se marchó a Mulheim y nosotros fuimos a Deutz,
pequeño pueblo frente por frente a Colonia, que casi se puede
considerar como un barrio, donde se reúnen las barcas para pasar el
Rhin, que en este punto tiene una anchura de un tiro de cañón.
Cuando el río está helado suelen cruzar muy bien por encima del hielo,
de una orilla a otra, hombres y carros, y a veces ha cruzado hasta la
artillería.
Había al llegar nosotros al embarcadero mucho barullo, porque pasaba
un regimiento de coraceros alemanes y este paso del río era operación
larga y difícil.
El Rhin estaba en parte helado y en parte no. Nosotros nos metimos,
sin pedir permiso a nadie, en una de las barcas que aguardaban en la
orilla, ya cargadas de tropa.
Costó mucho trabajo cruzar de una orilla a otra. El canal transversal
se interceptaba con grandes bloques de hielo y había que ir
apartándolos a fuerza de palancas.
Además, el centro del río, que estaba ya enteramente deshelado, tenía
mucha corriente y era muy difícil llevar la barca en la dirección
necesaria.
Algunos pasaron en balsas arrastradas por caballos que marchaban por
encima del hielo.
Ya en la otra orilla estábamos en Colonia, y entramos en la ciudad.
Colonia había pertenecido a Francia hasta hacía unos días, y al llegar
nosotros la ocupaban los rusos.
La gran preocupación de los comerciantes de Colonia en aquel momento
era borrar todos los nombres de las muestras y anuncios que recordaban
la dominación francesa. El café de París se llamaba desde entonces de
Viena o de San Petersburgo; la fonda de Francia, fonda de Alemania, y
allí donde estaba escrito en francés _coiffeur_, _cordonnier_, se ponía
_perru ckenmacher_, _schuhmacher_, peluquero y zapatero en alemán.
Fuimos a ver al gobernador, un coronel ruso que nos firmó los
pasaportes y nos dijo que podíamos seguir el camino por donde se nos
antojase.
Hubiéramos querido ir por la orilla izquierda del Rhin, por ser el
camino más corto; pero nos dijeron que no había aún diligencias ni
postas y que los parajes por donde debíamos pasar eran inseguros,
porque estaban llenos de partidas francesas.
En Colonia nos acomodamos en una posada llamada Neuhaus (casa nueva), y
después fuimos a visitar el pueblo, que nos pareció un poco irregular,
pero muy grande, lleno de vida y de comercio y con muy hermosos
jardines.
Por la tarde, acabábamos de volver de nuestro paseo cuando oímos un
redoble de tambores. Nos asomamos a la ventana. Había un gran tropel de
gente en la calle. Bajamos a la puerta de la fonda para informarnos del
motivo de tanto alboroto, y vimos que todo el mundo salía de sus casas,
los unos con picas, otros con pistolas, otros con sables y escopetas, y
echaban a correr. Algunos estudiantes cantaban, con un aire parecido
al _God save the King_ de los ingleses, un himno cuya letra comenzaba
así:
Heil dir im Siegerkranz
Herrscher des Vaterlands
Heil, Kaiser, dir!,
palabras que parece quieren decir: ¡Salve, coronado de victoria!
Soberano de la patria. ¡Salve, César!
Estos preparativos y estos cantos nos hicieron pensar si los franceses
habrían pasado el Rhin de nuevo y si vendrían a atacar las pocas tropas
que estaban allí acantonadas. Como no entendíamos nada de cuanto entre
sí decían aquellas gentes y las veíamos armarse con tal precipitación,
nos encontrábamos inquietos.
Nos reunimos en la calle con el dueño de la posada, y éste nos dijo que
tales preparativos eran para recibir al gobernador o comandante del
reino de Westfalia, príncipe alemán que iba a entrar momentos después
en Colonia.
Ya más tranquilos, fuimos de nuevo a pasear. En las casas encendían
hogueras y luminarias; la música del pueblo salía a una de las entradas
de la ciudad para tocar a la llegada del príncipe. Toda esta gente
armada formó en las calles próximas al Palacio del Gobierno y de
Justicia, por donde había de pasar el gobernador, dejando en medio
sitio suficiente para la comitiva.
A esta milicia, rápidamente organizada, parece que llaman en alemán
_landsturm_, o leva en masa. La _landsturm_ de Colonia se acababa de
crear cuando salieron los franceses, y tenía por objeto defender el
país en ausencia de las tropas, que en su totalidad habían pasado a
Francia.
Aviraneta no quiso presenciar la ceremonia de recibir al gobernador
y nos volvimos hacia casa. Antes de llegar a la posada, Eugenio nos
propuso meternos en un café a tomar un ponche, y así lo hicimos. El
café estaba vacío; como era natural, todo el mundo había salido con la
_landsturm_ a presenciar la entrada del príncipe.
Unicamente en una mesa vimos a un hombre alto con una porción de
papeles delante. Nos sentamos a su lado y observamos que en los papeles
tenía muchos cálculos complicados. Aquel hombre debía de ser algún
profesor o inventor. De cuando en cuando hacía números y ecuaciones;
luego se quedaba mirando al techo como esperando algo.
Daba la impresión de que para él no existían los demás.
Aviraneta, que era hombre que siempre le gustaba llevarme la contraria,
señalando al desconocido dijo:
--Es muy posible que dentro de cien años se hable de este hombre
como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era el
fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.
Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su tema, no contesté.
Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó en el café un grupo
de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos se subió a
una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas por
tempestades de aplausos.
Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.
IV
UN PAÍS TRANQUILO
Desde Colonia hasta la entrada de Holanda pasamos Dusseldorf, Arnhem
y Múnster, y de este pueblo, notable por sus anabaptistas, tomamos el
camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.
Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío terrible; el camino
estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y baches, sino
verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte heladas
y en parte, no.
En los sitios donde el hielo se hallaba compacto, los caballos corrían
por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a medias
fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.
Afortunadamente, los caballos eran buenos y el cochero muy hábil.
Gracias a esto pudimos salir con fortuna de aquellos malos pasos.
Después de la silla de posta tomamos un carro y, molidos por el
traqueteo de cincuenta horas de camino, llegamos a Zwolle, pueblo de
Holanda, a no mucha distancia del golfo de Zuidersee.
Zwolle es un pueblo muy limpio, de calles rectas. Preguntamos si
podríamos encontrar barco para Inglaterra en el Zuidersee, y nos
dijeron que probablemente no lo encontraríamos. En vista de esto
tomamos asiento en la posta para Utrecht, con la idea de ir a La Haya,
en donde nos dijeron hallaríamos con seguridad transportes.
En Nijkerk nos encontramos sin tiros al llegar a la posta. Había pasado
unas horas antes el hermano del príncipe de Orange con mucha comitiva,
llevándose todos los caballos. Tuvimos que aguardar a que trajesen
otros, sentados al lado de la estufa, dando cabezadas, hasta la noche,
en que volvimos a ponernos en camino.
Llegamos a Utrecht, ciudad hermosa, con calles magníficas, de mucho
comercio y hermosos canales. El cochero nos dijo con sorna que en
Utrecht se recordaba mucho a Carlos V y a los españoles; pero parece
que se les recordaba como a una enfermedad mortal.
Paramos poco en Utrecht; tomamos una diligencia con cuatro caballos y
salimos en dirección a Leyden, con tiempo claro y muy frío.
Los caminos en Holanda están muy bien cuidados; pero son estrechos
hasta tal punto, que en algunos parajes, si se encuentran dos coches,
el uno o el otro tiene que pararse.
Los árboles de la carretera, muy bien cuidados, forman alamedas, y por
entre su ramaje se ven canales de agua inmóvil.
Cuando pasamos nosotros, los canales estaban helados, y en la
proximidad de los pueblos los chicos patinaban y se deslizaban en
trineos.
Continuamente, a un lado y a otro de la carretera, aparecían granjas,
huertas, jardines, bosques, casas de madera, todo limpio y arreglado.
Los holandeses son gentes que lavan con frecuencia las fachadas de sus
casas y se cuidan de los más pequeños detalles; así que su país da una
impresión de orden y de limpieza muy agradable.
Llegamos a Leyden, ciudad rodeada de agua por todas partes, con el río,
un canal alrededor como el foso de una ciudad amurallada, y otros
varios canales por las calles.
El pueblo estaba amotinado contra los franceses, que ya se habían
marchado de allí; manera de amotinarse muy cómoda. Al parecer, los
soldados de Napoleón, mientras ocuparon Leyden, no habían dejado hueso
sano a los hombres, ni doncella íntegra en unas leguas a la redonda.
Los habitantes de Leyden se habían vengado de los invasores, cogiendo
a los dependientes encargados del cobro de derechos que percibía el
Gobierno francés, metiéndolos en toneles y echándolos al agua.
V
UNA INGLESA ANTIESPAÑOLA
Llegamos a La Haya y fuimos a la posada del Aguila de Oro. En la mesa
se sentó junto a nosotros un comerciante inglés con su hija, muchacha
muy bonita.
La inglesa, al saber que éramos españoles, expresó cándidamente su
sorpresa.
--¿Por qué le choca a usted?--le preguntamos nosotros.
--Porque yo he oído decir que los españoles son tan crueles y tan
feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.
Aquello me indignó.
Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa:
--¿De manera que usted creía que la generalidad de los españoles
tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir: que
suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros.
No, no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro
presentable.
Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:
--Mire usted, señorita. No tiene duda que los españoles hemos hecho,
en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea usted que no las
han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o los
holandeses. Si nosotros hemos sido crueles, tan crueles han sido
ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas han sido
ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha sido
vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.
--Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para destruír
Inglaterra--dijo la muchacha.
--Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a Trafalgar. Sólo que la
Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en un temporal, y
la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.
La señorita inglesa no quería reconocer esta identidad; suponía que
Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud y llevaba al
lado a San Jorge, que la protegía.
El padre de la muchacha, más transigente, nos decía, llenando su vaso:
--Sí, sí; hacen ustedes bien en defender su bandera, jóvenes. Antes que
nada, la bandera.
Y vaciaba el vaso de un trago.
VI
EL CHINO DE LA HAYA
El día siguiente nos presentamos en casa del embajador inglés lord
Clancarty a que nos dieran los pasaportes para entrar en Inglaterra.
El embajador, que era un inglés de estos ridículos y soberbios, nos
trató muy desdeñosamente, y después de hacernos esperar mucho tiempo,
nos envió los documentos con un criado.
Hecha esta diligencia, volvimos al hotel.
Había por las calles de La Haya gran animación. El príncipe de Orange
acababa de llegar procedente de Inglaterra, en cuyo país había
permanecido el tiempo que Holanda estuvo ocupada por los franceses.
Con este motivo se celebraban fiestas y se organizaban cuerpos de
voluntarios que iban a reunirse a los aliados.
Aviraneta decía que era cosa extraña que los pueblos que se habían
prestado a morir por unos reyes que se escapaban de su país en el
momento del peligro los recibieran a éstos, al volver, con entusiasmo.
Aviraneta no podía comprender que un rey no es un hombre. No estábamos
en aquellos momentos para discutir, porque nos encontrábamos cansados
de tanto ajetreo.
Creíamos que podríamos embarcarnos en el puerto de La Haya, llamado
Scheveninguen, al día siguiente; pero allí no había ningún paquebote
inglés y nos dijeron que teníamos que ir a las bocas del Mosa.
Nos resignamos a quedarnos en La Haya por aquella noche. En la fonda,
en la mesa, encontramos un chino que iba a embarcarse para su tierra.