tomamos los mejores sitios.
Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.
En cada parte teníamos que detenernos cuatro o cinco horas para
aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a que
comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada
calma, acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí,
bebían con rapidez y como si fuera agua.
--¿Pero cuándo salimos?--les preguntaba yo, impaciente.
Ellos contestaban: _¡gleij!, ¡gleij!_, que parece que quiere decir:
ahora, al momento; pero el momento no llegaba nunca. Lo mismo daba que
fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente pesados, calmosos,
de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los viajeros,
menos prisa se daban ellos, y con este motivo conseguían quemarnos la
sangre. A todo decían: Ya... ya...
Luego, como los caballos estaban aspeados y cansados y había nieve,
barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.
Los caminos se iban poniendo peor que los días anteriores; en vez de
nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.
Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un bosque muy extenso.
Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: _Schwarz-Wald_.
Uno de los viajeros contó que, al principio de la Revolución, habían
matado allá a unos enviados franceses encargados de una misión por el
Gobierno jacobino.
Con este motivo se habló de los ejércitos improvisados por la
Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras discusiones
sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo defendíamos
la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por
convencimiento.
--Para mí, lo más simpático en la vida es la improvisación, maniobrando
en lo imprevisto--decía Aviraneta--. Prefiero un general improvisado a
un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.
--Pero si no hubiera tradición en la sociedad faltaría lo más hermoso
de la vida--replicaba Corina.
--Para mí, la tradición es un principio sin valor.
Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran por el estilo. Sobre
todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.
Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se lanzaba en su busca,
y luego lo desarrollaba según las circunstancias.
Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en el fondo no los
tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A Riego le
pasaba lo mismo.
A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un oficial que
cumpliese. Y yo repliqué:
--En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles, jefes de partida;
pero vuestras condiciones no valen para ser generales.
Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y comimos en el hotel
de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso jardín.
Partimos de Friburgo, y poco después subimos una cuesta muy alta, desde
donde se descubría, entre la niebla, una extensión de país inmensa, y
se dominaba toda la ciudad.
Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función musical. Nuestro
postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de posta,
que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que
interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas
con la octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.
Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron, una detrás de otra,
cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones comenzaron a tocar
sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba asombro. La idea
de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la bruma, oyendo
aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos a una
cacería fantástica en un mundo de sueño.
Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto musical, porque si se
hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los acordes tan
admirablemente.
Corina y yo únicamente podíamos comprender el sentido de armonía que se
necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se manifestaban insensibles
a la música. Eran hombres de acción, a quienes únicamente gustaba el
movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había más vida que la
vida exterior: vencer las dificultades del momento y cambiar por el
esfuerzo las circunstancias adversas en favorables.
Ninguno de los dos podía recrearse en la contemplación del mundo
interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza del cielo y de
la naturaleza no significaban nada.
Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba en hallarse metido
en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al cual
pretendía dominar.
Esta tensión de la voluntad era en él lo principal; las ideas, en el
fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba. Tenía
la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le
decía poco.
X
LAS POSADAS DEL CAMINO
Seguimos viajando toda la tarde y toda la noche, haciendo en cada posta
nuestros acostumbrados altos, amén de los que hacían por su gusto los
conductores de la diligencia. Estos eran indispensables. En un pueblo,
un encargo; en el otro, un trago; aquí, un momento de charla con los
amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los postillones y
cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo peor
era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se
renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro
horas; pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a
comunicar el momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos
en la estación de diligencias al lado de la estufa, con la idea de no
perder el coche, no podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas
cabezadas, más le servían para dejarle a uno lánguido que para alivio.
Unicamente Corina dormía tranquilamente, apoyada sobre el hombro de
cualquiera de nosotros.
Varias veces me quejé a los conductores de las diligencias, diciéndoles
que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a esperar; pero me
contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que ellos no
tenían la culpa.
Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La falta de sueño me tenía
intranquilo y nervioso.
Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía alto las más veces
la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera visto, pero muy
incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al frío, se
reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había
siempre una estufa grande encendida en medio.
El cuarto solía estar con las puertas y ventanas cerradas
herméticamente.
Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la mayor parte del tiempo
estaban rojas.
Alrededor de la estufa se congregaban familia y huéspedes, y éstos,
sentados o tendidos.
A la gente de la casa se la veía echada sobre un mal jergón o sobre un
banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.
Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la mejor cama del mundo,
todos revueltos, padres, hijos y yernos.
Las camas que se encontraban en algunas de estas posadas para los
pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a estilo
de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía
que subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo
estaban con el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera
a caer sobre ellos en medio de la noche.
Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire libre se entraba
de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la estufa,
parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor
había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros.
Este calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy
desagradable e incómodo para el que no estaba acostumbrado.
A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía siempre húmedo y era
difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de fuera traían un
poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba produciendo
la continua humedad del piso.
Como el cambio brusco del calor al frío se consideraba bastante
peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la pipa
encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.
Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el camino, porque en
las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me parecieron
siempre mejores las de Francia.
Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la Selva Negra; pasamos
varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.
Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de Wutzburg viniese a parar
a la misma posada en que nosotros estábamos, que era la Casa de la
Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le
parecía mucho.
No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella fué la que nos
presentó a su alteza.
El gran duque se quedó una noche y luego continuó camino para Basilea
con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran señor fué
causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el
que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la
posta y fué preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.
Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales ante madama de
Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que el gran
duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.
Advertí al criado que no me contara más torpezas, y él se encogió de
hombros groseramente.
XI
CORINA DESCUBRE ESPAÑA Y ARTEAGA A BEETHOVEN
Al llegar a Radstadt madama de Hauterive, nuestra Corina, nos invitó a
comer en casa de su madre con otras varias personas.
Fuimos todos, incluso el criado o familiar de Aviraneta, llamado
Ganisch, a quien Eugenio aleccionó para que no hablara.
Comimos espléndidamente y recordamos las peripecias del camino.
Corina dijo a su madre, riendo, que nunca se había divertido tanto como
en aquel viaje.
Después quiso descubrirnos España y decirnos cómo éramos los españoles.
--Ustedes, en el fondo, son gentes que tienen poca vida interior--nos
dijo--, con cualidades, con virtudes, sobre todo con mucha fuerza
orgánica, con mucha elasticidad, pero con muy poca conciencia. Se ve
que a ustedes les entusiasma lo difícil. Un pueblo compuesto por tipos
así no puede ser un pueblo; será, más que nada, una agrupación de
individuos, de individuos grandes, duros, de hombres a lo Hernán Cortés
o Pizarro; pero no un pueblo. Yo prefiero con mucho mi país, Alemania,
en donde la clase pobre es sensual, obediente y humilde. Claro que un
alemán no sabrá desenvolverse a solas tan bien como ustedes, pero sabrá
obedecer. En toda nación es necesaria una aristocracia inteligente que
dirija y una masa que siga, y por lo que ustedes dicen, en España no
tienen ni pueblo, ni aristocracia.
Aviraneta y Riego se pusieron a rebatir los conceptos de esta señora;
yo no quise decir nada; en el fondo, me parecía ridículo el que una
mujer pretendiese conocer un país por cuatro o cinco personas naturales
de ese país que había tratado.
Después Corina comenzó a atacarnos en nuestra religión. Según ella, los
católicos, sobre todo los católicos españoles, no éramos cristianos mas
que de nombre; no teníamos conciencia.
Yo le advertí que no debía juzgarnos tan a la ligera; pero ella aseguró
que ya nos conocía hasta lo hondo, y concluyó diciendo que nosotros,
los españoles, éramos hijos de Roma, y que ellos, los alemanes,
pretendían y deseaban ser hijos de Atenas.
Yo, por mi parte, no tenía para qué oponerme a esta filiación.
Después de comer llegaron otras personas y estuvimos charlando.
La madre de Corina, al oír que yo hablaba de literatura, me preguntó si
conocía las obras de Goethe; le dije que no, porque no sabía el alemán,
pero que había tenido el gusto de leer Werther, traducido al francés.
A pesar de encontrar su obra soberbia, yo consideraba tan grande y tan
hermosa el _René_, del vizconde de Chateaubriand, y casi también la
_Nueva Eloísa_. La mayoría de los presentes protestaron, asegurando que
la obra de Goethe era superior a la de Chateaubriand, y un señor inglés
dió la nota cómica. Para este señor, Werther era un ente tan ridículo
y tan fatuo como _René_; respecto a la _Nueva Eloísa_, le parecía el
libro más declamador y más necio que se había escrito.
Después de hablar de literatura, este inglés se puso a comentar la
política del tiempo, y dijo que era una prueba de bestialidad la guerra
y el matarse así.
La mayoría de los presentes asintió a las afirmaciones del inglés; pero
un joven profesor repuso que era indispensable para el desarrollo de la
gran nación alemana, victoriosa en Leipzig, la primera en las ciencias
y en las artes, expulsar de su territorio a conquistadores tan bárbaros
y tan superficiales como los franceses.
La Alemania del sueño, de la poesía, de la metafísica, no podía estar
bajo las botas de los soldados de Napoleón, meridionales advenedizos,
mozos de posada y de cuadra, groseros sorbedores de aceite, llenos de
galones y de plumas.
Me pareció absurdo que los alemanes se consideraran más civilizados
que los franceses, y como si el joven profesor notara en mi aspecto la
duda, citó a Lessing, a Kant, a Herder, a Schelling, a Fichte, a Hegel
y a una porción de nombres más que, ciertamente, yo no conocía.
Un estudiante dijo que se estaba desarrollando entre los alemanes un
entusiasmo patriótico extraño por lo inesperado. Todo el mundo hablaba
de que era preciso renunciar a lo extranjero, y principalmente a lo
francés, cambiando de ideas, de costumbres, de política y hasta de
trajes.
Había patriotas que recomendaban una indumentaria gótica para andar por
las calles, cosa que a él le parecía completamente grotesca.
El joven profesor replicó que el punto de vista del estudiante era
mezquino y francés; que Alemania necesitaba aislarse, reconcentrarse,
para ser la directora del mundo científico, y que aquella tendencia
patriótica era admirable.
Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los españoles, y el
profesor dijo:
--Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las cosas que no conozco.
--Está muy bien esa probidad--replicó Corina--; pero si no se tuviera
opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se podrían
tener mas que un número muy corto de opiniones.
--No se perdería con esto gran cosa--replicó él.
Luego dijo que en un libro de un célebre filósofo--creo que se refirió
a Kant--se asegura que los turcos son gentes que lo ven todo por su
lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países europeos,
llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país del
_spleen_; a España, la tierra de los antepasados...
Esta era la única opinión del joven profesor; suponía que España era
país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres antepasados; país
que había quedado separado de la cultura general de Europa, como las
aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.
Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que existía el contacto
entre España y el resto de Europa; que así se había podido dar en
España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de
Cádiz, que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.
A esto contestó el alemán diciendo que la Revolución Francesa no era
mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas, vestidas a la moda
clásica y desarrolladas en un ambiente de locura sanguinaria.
Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no salir Corina al paso,
invitándonos a ir al salón.
Allí, una señorita cantó un trozo del _Don Juan_, de Mozart. Me pareció
una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un joven que iba a sentarse
a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman piano forte, le dije
que casi le agradecería no tocara nada, porque con el recuerdo de la
canción de Mozart era feliz.
--No, no; oiga usted--dijeron todos--: va a tocar a Beethoven. Es el
genio musical más grande de Europa.
Efectivamente; tocó dos sinfonías: una, llamada _Pastoral_, y la otra,
_Heroica_.
El joven profesor, al ver que yo estaba entusiasmado con estas
sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y filosóficas
acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí palabra;
me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.
Yo le di las gracias por sus comentarios.
No tengo palabras para expresar mis impresiones. Sólo sé que aquella
noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y desgraciado al
mismo tiempo.
Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa. Aviraneta y Riego
discutieron en la calle acerca de la superioridad de Alemania, que
afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba preocupado
con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.
--¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado ese joven?--le
pregunté a Eugenio.
--¡Sí, hombre, si!--contestó él--. ¡Qué cosa más pesada! Nunca me he
aburrido tanto.
XII
INTENTO DE DUELO
Al día siguiente llegamos a Carlsruhe, ciudad muy amplia, hermosa,
que forma un semicírculo, con calles que irradian del centro como las
varillas de un abanico. Parece que la construcción de esta ciudad se
debe al capricho de un margrave.
Vimos la magnífica plaza central que hay delante del palacio del gran
duque de Baden, donde dicen que pueden evolucionar con facilidad hasta
ochenta mil soldados.
El interior del palacio se asegura que es admirable; pero nosotros no
tuvimos el gusto de ver mas que los jardines.
Después del paseo matinal fuimos a comer a una posada llamada Rothes
Haus, la Casa Roja.
El amo y el ama se sentaron a la mesa con los huéspedes y nos trajeron
una comida bastante mala, en la que figuró la _choucroute_, cosa que me
pareció horrible.
Aviraneta y Riego trabaron conversación con un mayor holandés, el mayor
Witkamp, y éste se puso a decir pestes de los católicos, y sobre todo
de los españoles. Eramos el país de Felipe II y del duque de Alba, de
los inquisidores y de los matadores de judíos.
Además de lo irritantes que eran para mí sus afirmaciones, concluyó de
molestarme el vecino de la mesa, un alemán grueso y rojo, que al oír
lo que decía el mayor holandés de los católicos se reía, se sonaba y
estornudaba encima del plato.
Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía francés, le dije:
--_Monsieur, vous etes un degoutant personnage._
El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo repetí la frase,
recalcándola:
--_Je dis que vous etes un degoutant personnage._
El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y me dió con él en
la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo, de la
solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran
estrépito.
Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó en su lengua y yo
conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que él no
se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba
acatarrado.
Había entre los comensales un francés tuerto, con un agujero de una
bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un brazo de menos.
Este francés, sin que se le encomendara misión alguna, afirmó que el
alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban nombrados los
padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.
Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta me siguieron. El
francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno a mí y
otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.
El alemán, que no se había enterado hasta entonces de qué se trataba, y
que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el jardín, al ver
lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó con
furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.
XIII
ALEGRÍA Y HAMBRE
Después de aquella ridícula escena se hicieron bastante amigos nuestros
el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado Braquemond, y el
mayor Witkamp.
Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como llevaban el mismo
camino, decidimos seguirlo juntos.
El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar provisto de botellas de
licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin tasa.
Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos Heidelberg, cuyo
castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos metimos
en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo,
dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.
No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un día entero; lo que
recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.
La excitación de los licores del mayor Witkamp había pasado, y todo el
mundo se sentía hambriento.
Por la noche hicimos alto para comer un bocado en un pueblo muy
miserable.
Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho en abrirnos la
puerta.
Eran las doce de la noche. Al pasar adentro encontramos dos cosacos
que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa, durmiendo tan
profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo
despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta
la cintura, y tenían una cara espantosa.
Lo único que encontramos de comer en aquella posada fué un poco de
cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de centeno
sumamente negro.
Mientras tomábamos esta cena, con un apetito desordenado, nos contaba
el tabernero, que era un joven de unos veinte años, con una cara triste
e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos, porque la mayor
parte habían muerto de una epidemia reinante.
--¿Hay epidemia aquí?--le preguntamos.
--Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada--contestó él--.
Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se ha
corrido el mal.
--¿Y en esta casa ha muerto alguno?--le dijo Aviraneta.
--Nada más que mi padre--contestó él--. Ahí, en ese banco donde ustedes
están, murió--dijo, señalando al nuestro.
--¿Sería ya viejo?
--No, no era viejo--replicó el joven--. Lo que sí era que estaba muy
gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos antes
de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la
guerra y nos fastidió.
--Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?--le preguntamos.
--Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los austriacos, y a la
otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y sifilítica. Mi
padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió este mal
y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una gotera que
le caía en el cuello. Estuvo unos días delirando, hasta que murió.
--¡Qué desdicha!
--Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le pusimos los
pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche el
vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.
El joven posadero nos siguió contando otros horrores con la misma
indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer. ¡Tanto se animaliza
uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del mayor Witkamp;
fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.
LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS
I
EL JUDÍO DE FRANCFORT
De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas horas, en un barrio
antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a la calle,
recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.
Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa y monótona, pobre y
sin vegetación.
Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos en una posada llamada
Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad, nos mostró en
el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y granadas,
huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el
aliado después de la batalla de Leipzig.
Por las calles de Francfort se veían a cada paso oficiales rusos,
austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas,
francesas, italianas y polacas.
Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la quintaesencia de la
sífilis de Oriente y de Occidente.
Aviraneta, que tenía una gran inclinación por desacreditar todo lo que
fuera autoridad, dijo que había oído que los generales del ejército
aliado, que venían a imponer la Monarquía de Derecho Divino, eran más
ladrones aún que los generales franceses; que se tragaban armamentos,
uniformes, medicinas, como píldoras.
--Todos son iguales, sean franceses, alemanes o rusos--dijo el mayor
Witkamp--. Militar y ladrón son sinónimos.