Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de españoles que había

en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y si preparaban

alguna defensa contra los aliados.

Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.

Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y nos diesen los

papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde

encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.

Los documentos no nos los dieron en seguida.

Volví a la posada. A Eugenio se le había desarrollado un odio furioso

por los austriacos, y cuando oía hablar de Emperadores, Altezas y

Excelencias fruncía el ceño.

Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.

Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por los austriacos.

Las tropas no habían cometido grandes excesos, porque los habitantes,

intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en los rincones,

la gente estaba sin salir a la calle.

Los soldados se habían alojado en las posadas y casas particulares,

donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase cobrarles

lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que

les parecía.

Por la noche volví a casa del general a buscar nuestros pasaportes, y

hubo que esperar al día siguiente para que nos los dieran.

Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posada, llena de tropa.

Como la mayor parte de los soldados estaban borrachos, hacían tal ruido

que no nos dejaron dormir.

Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada por soldados que la

estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto a tales

brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise

ser más papista que el Papa.

Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros papeles en casa del

conde de Bubna.

Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado el carricoche y los

caballos, supimos que estaban embargados por el ejército invasor y que

no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.

Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un oficial de

Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el

carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al

honrado oficial, y montamos en seguida en el carricoche.

Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos dimos cuenta de que

nos habían robado los almohadones.

Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos las calles, ya a

obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión por la

continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que

soldados borrachos.

En un casa, dos muchachitas, medio desnudas, lloraban, mientras que una

mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un oficial austriaco.

Fácil era comprender lo ocurrido.

Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y comenzó a nevar;

después paró la nieve y salió la luna.

Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el campo nevado.

Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y compró un montón de

heno seco, que nos sirvió para sentarnos encima y al mismo tiempo para

cubrirnos los pies.

Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero sin parar.

Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a ascender por caminos

en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos adonde

debíamos llegar se alejaban también cada vez más.

La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.

Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy despacio.

Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella de _kirsch_; bebimos

los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar alegremente.

Después de haber recorrido unas seis horas llegamos a Sanyot, pueblo

muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de Lons. Aquí

nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.

El frío nos había dado un gran apetito.

Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos pusimos de nuevo en

marcha.

Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan rápidas, que los

caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos a

Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con

pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.

A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos preguntó varias veces:

--¿De dónde han sacado ustedes este hombre?

--Es un español amigo mío--contestó Aviraneta, riéndose también.

Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón si los aliados, al

cruzar por allí, habían hecho mucho daño.

--¿Daño?--contestó--. Nos han comido y bebido lo que había, y algunos

soldados sueltos han detenido a los pasajeros que han encontrado en el

camino cerca del pueblo y les han quitado el dinero y el reloj. A las

mujeres las han violado.

El patrón añadió que debíamos avanzar con mucho cuidado y no ir por

la carretera, aunque por otra parte tendríamos mucha dificultad para

atravesar las montañas en coche, porque todos los caminos estaban

cerrados con la nieve.

El hombre no era nada tranquilizador, y sus consejos no servían mas que

para dejarle a uno inquieto.

V

EL TRINEO

Al día siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.

Era todavía de noche, pero se veía tanto como de día.

La luna brillaba hermosa en el cielo claro.

--Señal del frío que hace--dijo Aviraneta--y del que nos espera por

esos montes.

A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el trineo.

Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de

Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la mañana vino a

mostrarnos un paisaje magnífico.

A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a

nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses alrededor de una

hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto

uno que llevaba un fusil.

Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y

amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía.

Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas

galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien

llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.

Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo quedó azul,

sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas

resplandecientes.

Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban ver por debajo sus

ramas verdes de follaje.

En una extensión de blancura tan luminosa, con un cielo tan claro,

todos los objetos parecían negros.

Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero el frío era tan

sutil que se metía hasta los huesos.

Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en acecho por si

encontrábamos algunos _kaiserlicks_ o gendarmes que vinieran a

registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que aparecía

negruzco en una hondonada cubierta de nieve.

Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más para subir la cuesta

de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante empinada y de más

de una legua de larga.

En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el otro caballo y lo

enganchamos.

Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme los pies, que los

tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos doscientos pasos,

hasta acercarme al pueblo.

Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre, preguntándome quién

era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo que estaba

de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de

detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.

--Bueno, pues avisaré a mis amigos--dije, y me acerqué al trineo con el

guardia.

--¿Qué hay?--preguntó Aviraneta al verme llegar acompañado.

Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de pronto preguntó:

--¿Está lejos la casa del alcalde?

--No, aquí cerca--contestó el guardia.

--Podemos ir en el trineo--le dijo Aviraneta--. Le haremos a usted

sitio.

Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.

Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron a marchar; luego, a

trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.

--¡Pare usted! ¡Pare usted!--gritó el hombre--. Ya hemos llegado, ya

hemos pasado.

Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los caballos durante un

cuarto de hora.

El guardia estaba furioso. Corina reía a carcajadas. Al fin se detuvo

el trineo.

--Mi querido amigo--dijo Aviraneta al amoscado guardia--: nosotros no

teníamos ningún gran interés en presentarnos a las autoridades de su

pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es sencillamente

prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es un

poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se

caliente el estómago.

El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano al bolsillo y sacó

una monedita de oro.

--Puede usted elegir--dijo Aviraneta--entre marcharse incomodado y

sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta usted

detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.

El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó el dinero y se fué.

Seguimos el camino; el viento fuerte producía una ventisca que nos

azotaba la cara como si fuera polvo.

En la parte alta de la cuesta los caballos, a veces, metían los brazos

en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado por unos palos

muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para que se

pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.

A las once llegamos a las Rousses; dejamos descansar a los animales,

comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de Saint-Cergues.

Estábamos ya en Suiza.

Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina, hacia el lago Leman.

A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda de la Cruz Blanca.

Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y un

magnífico fuego.

En la fonda nos encontramos Corina y yo a un francés realista de

Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.

La noche transcurría amablemente, cuando el realista y Aviraneta se

pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a Aviraneta de

mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los aliados;

y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a

que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes

ultraconservadores de Metternich.

A punto estuvieron de desafiarse; pero terció Corina y los tranquilizó.

Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie de absurdos y de

barbaridades de Eugenio.

--Esta gente enamorada del pasado--decía a Corina--, es gente estólida

y cobarde que cree imposible dominar el porvenir. Nosotros, no;

nosotros tenemos confianza...

--Pero es que usted, mi querido amigo, no comprende la poesía de

la tradición; no admite usted la abnegación, el desinterés de los

realistas--replicaba Corina.

--No, señora, no--gritaba Aviraneta--; no hay desinterés en

ellos.--Luego, más tranquilo, decía--: Yo veo que unos luchan por el

rey y otros por el pueblo. Los que luchan por el rey buscan el ascenso,

el dinero; los que luchan por el pueblo, ¿qué van a encontrar?: la

horca, el fusilamiento. Sin embargo, toda la gente de buen tono ha

decidido que los que pelean por su interés son los desinteresados, los

idealistas, y que, en cambio, los que no podemos esperar nada somos

egoístas y miserables.

No quise replicar por no enzarzar de nuevo la cuestión y me retiré a mi

cuarto.

VI

UNA ANÉCDOTA IMPORTANTE ACERCA DE CALVINO

Nos levantamos al otro día temprano y salimos de Nyón en el mismo

trineo en que habíamos llegado.

El camino hasta Ginebra pasa a orillas del lago Leman; pero había una

niebla tan espesa que apenas se veía. Este camino debe ser muy hermoso,

pues está rodeado de un sinnúmero de hoteles y jardines.

Hacía un frío inaguantable, que nos obligó a pararnos dos o tres veces

y a entrar en las casas a calentarnos las manos y los pies.

Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió los pasaportes, y

al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y en la boca.

Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.

--Te ha tomado por alguna chica disfrazada--me dijo irónicamente

Aviraneta.

--Si me besa a mí así..., lo mato--exclamó el bruto de Ganisch.

Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a recoger nuestros

pasaportes, el comandante de la plaza me dió boleta para ser alojado

en una casa de la Treille, que tenía un mirador a este paseo.

La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y me lo encontré

rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un

aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe,

tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta

calvinista.

Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era

Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a

dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.

Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba

que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron

a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de

sal, otro poco de cal y una copa de vino.

Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal, cal y vino: Sal

Calvino; y, furioso, se marchó.

Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua

hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.

En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos

acerca de Calvino.

Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo,

casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del

lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.

Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de Chateaubriand y de la

literatura de la época.

Pasamos la velada agradablemente en casa de los calvinistas.

¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al saber que yo había

encontrado amables y buenas personas a los discípulos de aquel hereje,

a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para que se

marchara!

Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a casa, me encontré con

una escena desagradable.

Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban ferozmente. Por lo que

dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego se embarcaron

en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por

reñir.

VII

LA DILIGENCIA

A las siete de la mañana nos metimos en el coche; pasamos de nuevo

por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde estábamos en

Lausana, en la posada del León de Oro.

Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien colocada sobre un cerro

que domina el lago Leman.

Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y el lago, y después

fuí a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar nuestros

pasaportes.

En casa del coronel había, cuando yo me presenté, varias señoras de

visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido acababa

de morir días antes de un balazo en el vientre.

Con este motivo, las mujeres abominaban de la guerra y, sobre todo, de

Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el infierno.

Volví a la posada, cenamos los cuatro y, concluída la cena, fuimos a la

posta, donde salían las diligencias. No quedaba mas que un lugar dentro

y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en la

imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.

Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba cuatro caballos

que corrían muy bien. Como hacía frío, se cerraron las ventanillas del

coche, y todos los viajeros se acomodaron para dormir.

Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos alemanes grandes, gruesos

y muy cargados de paño, de modo que no me podía mover; al poco tiempo

de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro del coche tan

inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de julio.

Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones,

me entraron unas ansias y vahidos que creí morirme. En este estado me

resolví a suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía

mas que roncar, me cediese su puesto, pues me encontraba muy mal.

El alemán, refunfuñando, se levantó y me dejó el sitio; yo abrí la

última ventanilla del coche y saqué la cabeza fuera. El aire fresco me

vivificó y me volvió un poco en mí.

Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara una ventanilla

abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.

Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por montes y barrancos y

atravesando aldeas.

A media noche, pasamos por Friburgo de Suiza, donde se baja una cuesta

sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.

En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo, dejamos el coche y

entramos en un trineo.

Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto de nieve, entre la

bruma blanquecina de la mañana.

Ganisch se había hecho amigo del cochero, y gritaba: _¡Coronela!,

¡Generala!_, produciendo el escándalo de los alemanes. Corina se reía a

carcajadas. Después se le ocurrió al vasco poner un palo sujeto entre

los equipajes y una bandera blanca en la punta.

A medida que la claridad se desparramaba por la tierra, se iba viendo

el campo nevado; por todas partes se advertía el paso de los soldados:

casas saqueadas, incendiadas, árboles rotos, caminos desfondados por

los cañones.

A las doce del día llegamos a Berna. Antes de comer fuí a presentarme

al embajador austriaco Prylixnin y a entregarle una carta que llevaba

del coronel inglés de Lausana. El embajador me recibió muy bien, firmó

nuestros pasaportes y me enseñó sus habitaciones.

Tenía una casa admirablemente cómoda, llena de estufas, y en el piso

alto, un invernadero y una enorme pajarera.

El embajador me dijo que la vida de sus pajaritos era lo que más le

interesaba en el mundo. Confesaba que la muerte de uno de ellos le

hacía más efecto que el que muriesen veinte o treinta mil soldados en

un campo de batalla.

Yo le repliqué que esto no podía ser mas que una broma, y él contestó:

--¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que

mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?

No le contesté nada, y me despedí de él.

Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino.

Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las

aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos

detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran

cascada sobre el Rhin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como

Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos

adelante.

VIII

EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO

Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y no pudimos encontrar

sitio donde meternos por estar las posadas llenas de gente.

Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de uno de ellos.

Nosotros, después de haber corrido fondas y posadas, paramos en una,

llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto para nosotros tres

y un alemán.

No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas muy estrechas y

pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si estuviéramos

en formación.

El motivo de haber tanta gente en Basilea era el encontrarse allí el

cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el del rey de

Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en Francia.

Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el

Rhin.

Es imposible explicar la confusión y laberinto de Basilea en aquel

momento; no se podía andar por las calles.

Se hallaba uno expuesto a ser atropellado continuamente por los

innumerables coches de generales y de príncipes, que no cesaban de

pasar de una parte a otra, y por los caballos de cosacos y edecanes,

que iban al galope.

Al mismo tiempo se cruzaban los carros de municiones, de heridos y

pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido a esto la poca

anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede comprender

lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.

Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja, y desde una

plazoleta próxima estuvimos viendo el Rhin, de aguas turbias y

verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.

Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen, que se hallaba en

este momento sitiada por los bávaros y defendida por los franceses.

Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba cerca, fuí paseando

hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no se hacían

fuego con los franceses.

Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al emperador de Rusia,

Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había ido a oír

misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales.

Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero

con galón de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis

pies, bien proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante

muy risueño, que inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo

saludaba con el mayor agrado y afabilidad.

Confieso que sentí un gran entusiasmo por aquel soberano que venía a

restaurar las venerandas tradiciones de la Monarquía. Realmente, es un

espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.

También vi en su coche al emperador Francisco I de Austria, el _kaiser

Franz_. No tenía el aspecto de Alejandro I de Rusia; a pesar de no

contar mas que cuarenta y tres años, representaba lo menos cincuenta,

y se le veía flaco y avejentado. Los austriacos no pueden estar muy

orgullosos de tener un emperador de buena figura.

Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.

El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por

el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia

imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar

ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan

buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas

con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos

lúcidos; pero no los austriacos, cuya única fuerza bien presentada es

la caballería.

Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch.

Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso también

pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.

--¡Lo han reventado a ese pobre hombre!--exclamó Aviraneta.

--¿Para qué habéis pasado?--pregunté yo--. ¿No veíais que venía la

tropa?

--¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué

brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes,

emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?

No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles

y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el

sol y las estrellas.

No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende

estas extravagancias, que no se explican mas que en los delirios

monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.

Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord

Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años,

muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de

Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de

una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía

dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía

socorro, sino que firmase mi pasaporte.

Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial

español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de

Chalon-sur-Saone.

Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y nos saludamos poco

efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de cara larga

y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y

lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro

y abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la

batalla de Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los

afiliados a lo masonería.

IX

LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA

La hora señalada para la salida de la diligencia de Basilea, que debía

ser las siete de la mañana, se retrasó con motivo de estar todos los

caballos embargados para conducir el tren del ejército aliado hasta las

seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos esperando a que llegaran

algunos caballos a la posta.

Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo malísimo.

Los Caminos del Mundo · 第 3 / 14 段