menos que tú; pero por una serie de circunstancias, enojosas y largas
de contar, he tomado este disfraz. Vengo enviado por tu madre para
ayudarte a salir de aquí.
--¿Está bien mi madre?
--Muy bien.
--¿Y mi novia? ¿Sabes algo de ella?
--Me han dicho que está en un convento.
--¡Ah! Por eso no contestaba a mis cartas. Me consuelas. Ya estoy más
tranquilo.
--¿Pero cómo no has intentado escaparte?
--Lo he intentado; pero todos mis intentos han fracasado. Los Pirineos
están muy lejos.
--Bueno; pero ahora hay otro camino posible para huír.
--¿Cuál?
--El de Suiza. No hay mas que veinticinco o treinta leguas que recorrer.
--Sí, pero las fronteras están muy guardadas, y como Suiza está aliada
con Francia, aun después de pasadas las líneas fronterizas hay el
riesgo de ser entregado a los franceses.
--No, ahora no--replicó Aviraneta--. Después de la batalla de Leipzig
y de la disolución de la Confederación del Rhin, Suiza se ha declarado
neutral en la guerra con los aliados.
--No lo sabía.
--Sí; y por lo que dicen, a los españoles que han llegado allí los
han acogido bastante bien y proporcionado los papeles necesarios para
continuar su camino. Así que la única dificultad es pasar las treinta
leguas que hay de aquí a la frontera. ¿Tú conoces los alrededores?
--Sí, en parte.
Expliqué a Eugenio el camino de la Bresse y la situación del Chateau la
Foret.
Madama de Hauterive me había dicho que ella iba a pasar parte del
invierno en su castillo y que me ofrecía hospitalidad en él.
--Si me dieran licencia como enfermo podía ir al Chateau la Foret y de
allí fácilmente entrar en Suiza.
--No la pidas, porque no te la darán y suscitarás sospechas--dijo
Aviraneta.
--Entonces, ¿qué hago?
--Puesto que tú conoces bien este país, arréglatelas como puedas para
salir de Chalon y llegar a Lons-le-Saunier. Allí estaré yo y mandaré a
mi antiguo asistente Ganisch a Saint-Laurent para que prepare el paso a
Suiza.
--Yo no tengo dinero--le dije.
--Toma quinientos francos.
Y Aviraneta, con gran asombro por mi parte, me dió un montón de monedas
de oro.
Decidimos comunicarnos por un sistema especial que me enseñó Eugenio.
El mandaría una carta de amor, y entre líneas las instrucciones.
Después de quedar conformes, Aviraneta se fué. Le vi marchar por la
calle con aire humilde, de cura, y doblar la esquina.
IX
DIFICULTADES
El invierno se presentó frío y cruel. Ya estábamos a principios de
diciembre, y algunas personas, a quienes había yo confiado mi proyecto
de marcha, me decían que era el mayor absurdo que podía hacer.
En esta época, todas las montañas del Jura y de los Alpes están
cubiertas de nieve y es difícil atravesarlas no siguiendo el camino
real. Por éste no se podía entrar ni salir de Francia mas que con
documentos en regla, y había, no una, sino triple fila de puestos de
guardia para registrar a cuantos pasaban.
Tales observaciones no me movieron a renunciar al plan, y comencé a dar
pasos para agenciarme un carricoche en el cual salir del pueblo.
A mediados de diciembre recibí carta de Aviraneta; su amigo Ganisch,
situado en Saint-Laurent, tenía ya hechos los preparativos necesarios
para atravesar los Alpes.
Hacia el final de diciembre o principios de enero llegó a Chalon una
noticia importante. Los aliados habían pasado el Rhin por Basilea y
avanzaban a marchas forzadas hacia Belfort y el Franco-Condado. La
noticia consternó al vecindario.
Todo el mundo se figuraba de un momento a otro ver a las tropas
enemigas apoderándose de las casas del pueblo y saqueándolas.
Yo temía que el Gobierno francés nos hiciera salir de Chalon a los
oficiales españoles, o que tomase nuevas precauciones para impedir
nuestra deserción.
Seguí con mis diligencias para alquilar un coche. No era esto fácil, ni
mucho menos.
Todos los alquiladores tenían orden expresa de no dejar carruaje a
ningún oficial prisionero.
El ir a ver a los almacenistas de coches era cosa comprometida; había
el peligro de ser delatado por algún patriota o, sencillamente, por un
hombre de mala intención.
Varios días empleé en tratos con los cocheros; pero no pude encontrar
quien me prestara un vehículo. Unicamente un labrador me alquiló un
cabriolé sin caballo, porque él no tenía sitio donde guardarlo.
La patrona, madama Hocquard, me dijo, por entonces, que los prusianos
habían entrado en Ginebra y se acercaban, avanzando rápidamente.
Debían de ser las fuerzas de los generales Blucher y Schwarzenberg,
que, cruzando por el Franco-Condado, fueron a reunirse a la meseta de
Langres, para desde allí marchar sobre París a restaurar la monarquía
legítima.
El pueblo estaba espantado; los bonapartistas aseguraban que todo se
iba a arreglar al momento; pero los medios de arreglo faltaban; no
había ejército francés por aquella parte, y los aliados podían llegar a
Chalon en una semana sin dificultad.
Antoine, el mozo, me daba noticias, recogidas en la calle, del avance
de los enemigos y de sus supuestos planes. A mí me preocupaban más los
proyectos de los franceses.
--¿Qué harán con nosotros, con los emigrados?--le preguntaba.
--Unos dicen que les van a obligar a ustedes a salir de Chalon; otros,
que les dejarán aquí para impedir que los aliados hagan daño en la
ciudad.
En medio de esta confusión yo seguí en mis trabajos para agenciarme
caballos. Aviraneta me decía que me esperaba.
En vista de los muchos obstáculos y de los nuevos acontecimientos
consulté con madama de Montrever.
Ella era de la opinión que aguardara la llegada de los ejércitos
monárquicos.
Esto le parecía lo más prudente.
Escapándome por un camino por donde se iban a retirar todas las
partidas de tropas y gendarmes que abandonaban los puntos de la
frontera me exponía a ser preso.
Madama de Montrever suponía que en este caso lo pasaría malamente, pues
las fuerzas fugitivas traerían un espíritu natural de venganza contra
los extranjeros.
--¿Y usted qué cree que debía hacer?--le dije.
--Yo, como usted, me ocultaría en una casa cualquiera hasta que
entraran los defensores del rey legítimo.
Este consejo hubiera sido excelente con la seguridad de que el Gobierno
francés no iba a tomar disposiciones nuevas respecto a nosotros y
sabiendo que los aliados podían entrar en seguida; pero los aliados
estaban aún a más de veinte leguas y no se sabía los obstáculos que
hallarían en su marcha.
Era muy probable también la llegada de fuerzas imperiales a disputar el
paso del Saona, y que los franceses cerrasen las puertas de Chalon y se
dispusieran a defenderse en un largo sitio.
Estas consideraciones me obligaron a persistir en mis proyectos.
Al día siguiente, por la mañana, fuí a buscar un amigo de mi patrona,
monsieur Martin, hombre muy honrado, y le encargué buscase un caballo
para mi cabriolé.
Monsieur Martin me dijo hablaría a un conocido suyo, cochero, y me
daría la respuesta a las doce de aquel día.
Yo me encontraba en un estado de impaciencia grande. Aviraneta
me escribía dándome prisa. A cada instante llegaban noticias
contradictorias de la posición del ejército aliado; los unos decían que
los austriacos se encontraban solamente a quince leguas; los otros, que
al día siguiente entrarían en Chalon; no faltaba quien aseguraba que
aun no habían pisado el Franco-Condado.
Con estas noticias, todos los emigrados estábamos presa de la mayor
agitación. Al salir de la lista diaria fuí a saber la respuesta de
monsieur Martin. El hombre de los caballos había ido a conducir un
carruaje a una casa de campo, a dos leguas de Chalon, y no volvería
hasta la noche.
A media tarde me hallaba en casa de monsieur Montrever, cuando oímos el
redoblar de tambores y ruido de gente en la calle; salimos al balcón;
se veía una multitud reunida hablando entre sí, con aire satisfecho; se
envió a un criado para que se enterase de la causa de esta algazara,
y al cabo de un momento volvió diciendo acababa de llegar de Lyón la
noticia de la paz con España. Unos momentos después se iba a publicarla
con todo aparato.
Monsieur y madama Montrever me felicitaron por mi libertad, y los
franceses conocidos, en la calle, me dieron la enhorabuena.
La gente, sobre todo los bonapartistas, se mostraban satisfechos;
suponían que los miles de hombres empleados en la guerra de España
volverían a Francia a luchar contra los austriacos, rusos y prusianos.
Quise enterarme bien de la certeza de la noticia y fuí al Ayuntamiento.
Había allí un tropel de hombres y mujeres aguardando por si salía
alguien a publicar la paz.
Tuve la suerte de ver a un camisero conocido mío, monsieur Frontenard;
llevaba una copia de la carta que había producido tanto revuelo en
el pueblo. Estaba escrita por el prefecto de Lyón al subprefecto de
Chalon. Al parecer, un senador que acababa de llegar a Lyón había
traído la noticia de la paz definitiva, concluída con España, y, a
consecuencia de ella, las tropas francesas de ocupación de los Pirineos
volverían a marchas forzadas a oponerse al paso de los aliados.
Por la carta comprendí que la noticia no era oficial; probablemente la
habían echado a volar para tranquilizar la población; de todas maneras
no iba a influír en la suerte de los emigrados.
Efectivamente, los días sucesivos tuvimos que seguir presentándonos a
las tres listas como antes.
LIBRO SEGUNDO
RASTROS DE LA GUERRA
I
LA SALIDA DE CHALON
Una tarde, al anochecer, estaba contemplando a través del cristal la
nieve; había perdido casi toda esperanza de salir de Chalon, cuando se
presentó en mi casa Aviraneta, como días antes, vestido de cura.
Habló con mi patrona y entró en mi cuarto.
Me recriminó por mi tardanza en salir del pueblo, y yo fuí explicándole
las dificultades con que tropezaba.
--Bueno; vamos a hacer una intentona--dijo él--; ven a cenar conmigo.
--¿Y qué hago con mis cosas?
--Déjalas aquí, o di que las recoja alguna persona conocida.
--Bueno. Pero tendré que avisar a la patrona.
--No; no avises nada. Dile solamente que hoy cenas conmigo y que
vendrás muy tarde.
Lo hice así; salimos los dos y nos fuimos a la fonda. Cenamos, y
después Eugenio me llevó a su cuarto, cogió una maleta, sacó del
interior un vestido negro de mujer y lo extendió sobre la cama.
--¿Para qué es eso?--pregunté.
--Para ti.
--No me lo pongo.
--Ya lo veremos. Es sólo para salir del pueblo; inmediatamente que
estemos fuera te lo quitas.
--¿Pero cuándo vamos a partir?
--Por la mañana, cuando aclare; el coche espera en la cuadra.
Como Aviraneta era terco no quise entrar en discusiones.
--¿Tienes la seguridad de salir de Chalon?--le dije.
--Sí.
--¿Cómo lo has podido conseguir?
--Amigo, los masones tenemos recursos secretos--contestó él con
jactancia.
--¿No nos detendrán?
--No, no; puedes estar tranquilo.
--Si es así, bueno.
Pasamos toda la noche charlando, esperando a que aclarara. El tiempo
estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al amanecer
fué serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de
ella y de sus hijas.
Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al alba salimos a la
calle.
En la puerta de la fonda encontramos un coche y al cochero, que estaba
enganchando.
--Buenos días, Juan--dijo Aviraneta.
--Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su sobrina?
--Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?
--Sí, señor abate; pueden ustedes montar.
Subimos al carruaje. Las calles estaban muy obscuras, cubiertas de
nieve, envueltas en niebla. No se oía más ruido que el agua al caer de
los canalones a las aceras.
El coche marchaba en silencio.
Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente y el barrio de
Saint-Laurent; no había un alma por las calles. Al acercarnos a la
puerta de San Marcelo, la única por donde se podía salir, nos la
encontramos cerrada.
--Me habían dicho que se abría al amanecer--murmuró Aviraneta,
preocupado.
Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:
--¿No es hora de que la puerta esté abierta?
--Sí--contestó el vecino--; sin duda, al guardián se le han pegado las
sábanas; yo lo despertaré.
Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese alguna orden para
preguntar o pedir pasaportes; mas que nada, por el ridículo que caía
sobre mí.
Salió el vecino con el guardián, y éste se puso a abrir la puerta.
--¿Sin duda no creía usted que con tal mal tiempo tendría nadie ganas
de viajar?--le preguntó Aviraneta.
--No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.
--Gracias, muchas gracias.
Pasamos la puerta.
--¿Por qué no le has dado algo?--le dije a Eugenio.
--¡Un cura dando dinero! Eso sería ponerse en contra de todas las
tradiciones.
--¿Este hombre es de los vuestros?--le pregunté a Aviraneta al cabo de
un momento.
--¿De cuáles?
--De los masones.
--¡Ca, hombre!
--Entonces, ¿qué preparativos tenías hechos?
--¡Yo!... Ninguno.
--¿Así que hemos salido al buen tuntún? ¡No tenías preparado nada! Y si
me cogen a mí así vestido me pongo en ridículo. Me están dando ganas de
volverme.
--Sería peor--me dijo Aviraneta tranquilamente--. La cuestión era
salir de Chalon; ahora, ya fuera, no nos pueden detener; tengo un
salvoconducto para los dos.
Pasamos el puente de piedra inmediato a la puerta de San Marcelo; en
seguida, el arrabal de este mismo nombre, y luego, otro puentecillo
sobre un brazo del Saona, y embocamos la calzada, que tiene tres
cuartos de legua de largo y es la única vía que hay para cruzar la
Bresse.
Al fin de la calzada de San Marcelo sigue el camino que va al
Franco-Condado.
Aquel día la carretera estaba infranqueable por la nieve y el lodo. Las
ruedas del coche se hundían hasta los ejes.
Yo pensaba que en el camino encontraríamos tropas de regreso de la
frontera, y se lo advertí a Aviraneta para que dijera al cochero que
corriese.
--El cochero no puede hacer más--replicó él--. Hay que dejarle.
II
LA MAÑANA
Marchamos despacio, muy despacio. Yo no sé cómo no me morí de
impaciencia. Recorrimos la calzada y llegamos a Saint-Marcel.
Al entrar en este pueblo empezaba a ser de día; la gente estaba ya
levantada, y al ruido de los caballos y del coche salían todos a las
puertas, creyendo que entraba el enemigo.
Atravesamos la aldea entre la expectación pública, y dejando el camino
real del Franco-Condado, tomamos otro a la izquierda, más pequeño y de
menos tránsito.
Pasamos por Bay y Dameray, pueblecitos pequeños que estaban cubiertos
de nieve, y seguimos adelante.
Preguntamos a los campesinos que encontramos si se sabía por dónde
venían los aliados. Cuando nos decían que estaban a diez o doce leguas
aparentábamos gran temor.
A las nueve y media llegamos a Sermesse y nos detuvimos en una posada
para tomar un bocado.
El posadero, un buen hombre grueso y rojo, hablaba a gritos. Se
manifestaba indignado de la insolencia de los austriacos. Cualquiera
hubiese dicho al oírle que la guerra era una cuestión de etiqueta.
Nos trajeron un buen almuerzo, y Eugenio comió y trincó de lo lindo. Yo
estaba avergonzado con mi disfraz.
--La pobre señorita no tiene apetito--dijo varias veces el posadero.
Aviraneta, con la boca llena, me decía:
--Te advierto, hija mía, que los pollos de este país tienen fama.
Mientras estábamos comiendo, se presentó un caballero, que pidió
también de almorzar, y se puso a mirarme con aire de impertinencia.
Luego comenzó a preguntar a Aviraneta noticias de Lyón.
Me figuré que debía ser algún empleado del Gobierno. Efectivamente;
supimos que era el subprefecto del Dôle, que se retiraba a Chalon
porque los aliados se acercaban y no quería llevar las cuestiones de
etiqueta hasta aguardarlos en su subprefectura.
A las diez y media, y con mucha calma, ordenamos al cochero que
preparase los caballos.
Aviraneta me dijo que ya se había supuesto en Sermesse que yo era una
heredera rica y él un jesuíta.
Al pasar por un pueblecito llamado Frontenard oí dar las doce en el
reloj de la parroquia, y recordé que en aquel momento se habrían
enterado en el depósito de que yo faltaba. Probablemente, con las
inquietudes naturales de la invasión, no se preocuparían en buscarme.
A las tres de la tarde cruzamos por Pierre, pueblo próximo a Bellevue.
Ibamos avanzando, cuando oímos detrás de nosotros el ruido de unos
caballos que venían al galope. Alarmados, volvimos la cabeza. Eran
cuatro caballos montados por criados de una finca inmediata que, sin
duda, los habían sacado a pasear.
Poco después encontramos un grupo de aldeanos con cargas de leña en
la cabeza. Les preguntamos si sabían dónde estaban los enemigos, y
respondieron que habían oído decir que en Lons-le-Saunier. Como Lons
está próximamente a seis leguas de aquel lugar, suponían que pronto los
tendrían en los alrededores, y se disponían a hacer provisiones.
III
EN BELLEVUE
El cochero, al oír estas noticias, comenzó a dar muestras de
intranquilidad, y preguntó a Aviraneta si no temía encontrarse con los
aliados. Aviraneta se hizo el asustadizo, y luego agregó que, como los
austriacos, si veían el vehículo lo decomisarían, era mejor que el
cochero nos llevara a las puertas de Bellevue y después se volviera
adonde quisiera.
Efectivamente: al acercarse a las primeras casas del pueblo el coche
se detuvo; bajamos Aviraneta y yo, y el cochero se volvió rápidamente,
fustigando a los caballos.
Al vernos solos, yo me quité rápidamente el traje de mujer y lo tiré
entre unas matas.
--Ahora, vamos--dije.
--El caso es--murmuró Eugenio--que yo no he dicho en Bellevue que sea
cura. Tendrás que vestirte tú de abate.
Me repugnaba este disfraz irrespetuoso, pero no tuve más remedio que
acceder. Eugenio me dió la sotana y el sombrero y él se quedó de
paisano.
En esta disposición avanzamos hacia Bellevue y entramos en una posada
donde anteriormente había tomado cuarto Aviraneta.
Aviraneta dijo en la casa que el cochero nos había hecho traición; que
al oír decir que los aliados estaban en el pueblo, se detuvo asustado y
nos obligó a bajarnos del coche.
La dueña de la casa, madama Fleury, se indignó contra el cinismo de los
cocheros. Yo, a pesar mío, tuve gran éxito como abate.
Después de comer, salimos Eugenio y yo de la posada y fuimos a la
plaza, llena de aldeanos y de curiosos que hablaban y discutían. En
esto vimos, en medio de la multitud, un caballo ensillado, que por sus
arreos parecía de un militar. Nos acercamos y luego entramos en un café
de la plaza, debajo de los arcos. El mozo, en la puerta, permanecía
contemplando la gente.
Al vernos, dijo:
--¡A buen tiempo vienen ustedes!
--¿Pues qué hay?
--Que ya está ahí un oficial austriaco.
--¿De veras?
--Sí; parece que acaba de llegar para preparar las raciones a un
destacamento que va a venir esta noche. Ese caballo que está ahí es el
suyo.
Yo estaba dispuesto a buscar al militar y hablarle, pero Aviraneta
decía que no, que no debíamos acercarnos a la canalla austriaca.
Hacía un momento que habíamos entrado en el café cuando se oyó un gran
barullo en la plaza. Salimos apresuradamente a los arcos.
--¿Qué pasa?--preguntamos.
--¡Los austriacos! ¡Los austriacos!--gritaba la gente--. ¡Ya están
aquí! ¡Que vienen!
Fué una desbandada general; todo el mundo echó a correr; las puertas y
ventanas se cerraron de golpe, se metieron los caballos en los patios
y en las cuadras. El mozo cerró el café y quedamos nosotros dentro...
Pasaron unos minutos de silencio... El galope de los caballos de los
_kaiserlicks_ no se oía por ninguna parte.
--No es nada--dijo Aviraneta al mozo--. Es el miedo que se comunica.
Nos asomamos a los arcos. Efectivamente, no venía nadie.
Poco después se abrió de nuevo una ventana; luego, un postigo; un
vecino cambió unas cuantas palabras con otro; uno más osado se asomó al
portal, y transcurrido un instante salieron todos a la plaza riéndose
del pánico producido por la falsa alarma.
Volvimos a la posada, entramos en el comedor y saludamos a los amos de
la casa.
Estábamos hablando con ellos cuando entró el oficial que habían tomado
en el pueblo por austriaco. Era un militar francés que se retiraba y,
al pasar por allí, se había detenido para ver a sus padres.
Este militar dijo que los aliados estaban a una legua de
Lons-le-Saunier.
Cenamos, y acabada la cena me despedí del ama de la casa, que quiso que
me acostase temprano, pues decía necesitaba descansar de la fatiga del
día.
Aviraneta compró dos caballos y alquiló un guía práctico en aquellos
contornos. Estuvimos en Bellevue día y medio, y al segundo, a las
cuatro de la mañana, vino a llamarme Eugenio a mi cuarto. Dijo que no
convenía nos viesen salir los vecinos del pueblo, pues podían entrar
en sospechas. Me vestí a tientas, no queriendo encender luz por no
despertar a nadie, y sin hacer ruido, salí a la calle.
Esperaban dos caballos ensillados y el guía. Montamos y echamos a andar
detrás del hombre.
El guía se había comprometido a llevarnos por el camino de Lons hasta
salir fuera de unos bosques espesos, en donde era muy fácil perderse.
El tiempo estaba frío; la noche, obscura; no había amanecido aún;
nuestro conductor iba a pie, a una cierta distancia de nosotros,
andando con mucho trabajo.
A cada paso nos encontrábamos con pantanos profundos, y el hombre salía
de ellos ayudándose con un gran palo que llevaba.
Mucho nos compadecimos del infeliz al ver lo que trabajaba en un camino
tan penoso.
Le dijimos que subiera en uno de nuestros caballos; pero él contestó
que montado era muy posible que no conociese el terreno.
Después de andar cerca de tres horas por medio de bosques muy espesos y
caminos impracticables salimos a campo raso.
Había aclarado y se veía ya nuestra ruta. Aviraneta dió un luis a
nuestro guía, el cual lo cogió contento, como si fuera una fortuna.
Continuamos nuestro camino; pasamos por Arlay, pueblo del departamento
del Jura y centro de las posesiones del príncipe de Chalon; subimos
un monte en el cual hay un hermoso castillo; luego cruzamos por
Saint-Germain en Bois, y llegamos al Chateau la Foret, donde nos
presentamos a madama de Hauterive.
* * * * *
Nuestra Corina nos recibió amabilísimamente, y después de mostrarnos
los cuartos que nos destinaba nos dijo que nos esperaba para almorzar.
Nos presentamos Eugenio y yo en el comedor, y acabábamos de sentarnos
cuando vinieron a decirnos que una partida de caballería austriaca
atravesaba el campo.
Salimos a la ventana a ver aquellos famosos _kaiserlicks_.
Era una patrulla de doscientos hombres que iban a alguna descubierta.
Llevaban todos capas blancas, lo que hacía un efecto muy raro y muy
lujoso.
Pasaron al galope y los perdimos de vista.
Nos sentamos a la mesa, y después de almorzar nos preguntó Corina
qué itinerario pensábamos seguir, y al decirle que íbamos por Suiza,
subiendo luego por la orilla del Rhin, dijo que nos acompañaría, porque
pensaba marcharse a Radstadt y nuestro camino era el suyo.
--Va usted a tener muchas molestias en el viaje--le advertí yo.
--No me asusta el frío ni el cansancio; probablemente me divertiré
presenciando escenas que no he visto.
Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos de acuerdo en
ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.
Corina tenía un carricoche, pero no caballos, porque se los había
decomisado un intendente austriaco.
Decidimos enganchar los nuestros y partir en el coche suyo.
IV
LONS-LE-SAUNIER
Al día siguiente nos pusimos en camino. Yo había sabido que el
general en jefe de la columna austriaca, conde de Bubna, estaba en un
pueblecito próximo llamado Poligny.
Prefería presentarme al conde que no al simple comandante que había en
Lons-le-Saunier.
Aviraneta dijo que le parecía una tontería esta formalidad. A pesar
de su opinión, Corina y yo convinimos en ello, y al salir del Chateau
la Foret comenzamos a subir una cuesta muy empinada que va de
Chateau-Chalon a Poligny.
De pronto vimos venir hacia nosotros una partida de caballería. Cuando
estuvo cerca, el que iba a la cabeza de ella nos preguntó en francés,
con una voz chillona, si aquél era el camino de Lons-le-Saunier.
Le contestamos que sí, y después le dije yo si sabía si el conde de
Bubna estaba aún en Poligny.
--Ya no está--replicó él--. ¿Para qué lo necesita usted?
--Es que yo soy un oficial español fugado del depósito de Chalon.
--Pues yo soy el conde de Bubna--contestó él--. Voy a Lons. Esta noche
preséntese usted en mi casa.
Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta Lons-le-Saunier.
Llegamos a esta ciudad. Dejamos al carricoche en un cobertizo y fuimos
nosotros a una posada.
Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien me recibió en un
salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos bordados que
parecía una odalisca.