Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
_El sabor de la venganza._
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS CAMINOS DEL MUNDO
NOVELA
[Ilustración]
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
AL LECTOR
Al comenzar a revisar este tomo de _Las memorias de un hombre de
acción_, para enviarlo a la imprenta, encuentro que el cronista,
don Pedro de Leguía y Gaztelumendi, fuera porque así le convino,
fuera porque no halló medio de fundirlas en una sola, escribió tres
narraciones cortas que no ofrecen más unidad que la de aparecer en
ellas Aviraneta y sucederse una a otra en breve espacio de tiempo.
Es posible que Leguía no conociese todos los detalles de la vida de su
amigo y maestro en un riguroso orden cronológico; es posible también,
y más probable aún que, aunque los conociese, no encontrara en los
intervalos, entre narración y narración, nada digno de ser contado.
Las vidas, aun las más aventureras, tienen, naturalmente, días normales
y tranquilos, como los ríos, aun los más impetuosos; calman su
corriente en las paradas y en los remansos.
Leguía dió a sus narraciones y a los capítulos de éstas títulos un
tanto extraños y folletinescos, que yo no he querido cambiar. De los
tres relatos que forman este volumen, el primero se titula _La culta
Europa_ (Amores, hambre, peste y filosofía); el segundo, _Una intriga
tenebrosa_ (Los hombres de la conspiración del Triángulo); y el
tercero, _La mano cortada_ (Historia de Tierra Caliente).
Es muy probable que un escritor de hoy hubiera intentado modernizar
estos relatos y darles un carácter más en armonía con el gusto de
nuestra época. Yo he preferido dejarlos tal como los escribió Leguía.
Leguía, ciertamente, no era un maestro, sino un aficionado; y así como
a un caballo de coche «simón» cuando se desboca, la furia senil le hace
brioso y difícil de sujetar, así la imaginación del hombre, que no se
ve obligado a tenerla, le empuja a desmandarse y a galopar por los
campos de la fantasía.
Hecha esta salvedad, cedo la palabra a Leguía para que vaya explicando
cómo se agenció los datos y papeles que le sirvieron para escribir el
volumen, y desarrolle después sus tres narraciones en orden de batalla.
LA CULTA EUROPA
AMORES, HAMBRE, PESTE Y FILOSOFÍA
LOS PAPELES DE ARTEAGA
Examinando unos papeles que habían pertenecido al padre de mi mujer,
don Ignacio de Arteaga, encontré un libro de apuntes escrito por él,
donde contaba su vida.
El libro estaba magníficamente encuadernado en piel, y tenía en la
cubierta el escudo de la familia pintado a la acuarela.
La primera parte de la narración me molestó. Era petulante, con ínfulas
aristocráticas y disertaciones genealógicas, cosa muy propia de un
zapatero republicano enriquecido, pero no de una persona discreta.
El narrador expresaba ideas reaccionarias, que a mí me parecen
perjudiciales y anticuadas. Iba pasando las páginas del cuaderno sin
gran curiosidad, cuando tropecé con el nombre de Aviraneta.
Todos mis amigos saben que este nombre ha sido para mí una
preocupación, y desde el momento que lo vi escrito encontré ya más
interés en el relato de mi suegro.
Don Ignacio de Arteaga había sido amigo y compañero de la infancia de
Aviraneta.
Don Ignacio, al comienzo de la guerra de la Independencia, cayó
prisionero de los franceses y estuvo varios años en los depósitos
de Dijón y de Chalon-sur-Saone, hasta que se celebró la paz entre
Bonaparte y Fernando VII.
Al acabar la guerra, Arteaga volvió a España, se casó, vivió varios
años en la Península, y después marchó a Méjico con su mujer.
De la ciudad de Veracruz, donde habitó algún tiempo, pasó a ser
destinado de guarnición al castillo de Ulúa. Allí, dentro de la
fortaleza, último refugio de los españoles en Méjico, enfermo y
aburrido, escribió este _Diario_, del cual copio la parte que se
refiere a su prisión en Francia, por ser la única donde aparece
Aviraneta.
LIBRO PRIMERO
EN LA EMIGRACIÓN
I
PRISIONERO
A principios de 1808 me encontraba yo en Irún de ayudante del general
Rodríguez de la Buria.
Creíamos la mayoría de los españoles que en Bayona no se ventilaba
mas que una cuestión de familia entre Don Carlos IV y el príncipe
Fernando, en la cual ejercería de árbitro el poderoso soberano francés,
cuando quedamos horrorizados al saber la inicua usurpación tramada
por _Buonaparte_ contra el mejor de los reyes y el más amable de los
príncipes.
Al conocer lo ocurrido en Madrid el día 2 de mayo, salí al momento de
Irún, me dirigí a la corte y pasé lo más pronto que pude a Sevilla.
De Sevilla me enviaron a Zaragoza, y aunque Palafox opuso dificultades
a que permaneciera allí, porque, sin duda, no quería tener cerca
testigos de sus andanzas en Bayona, después de una entrevista con su
ayudante y de largas explicaciones, quedé de guarnición en la heroica
ciudad.
En este glorioso sitio hubo de todo: muchos soldados valientes
aparecieron postergados y obscurecidos, y otros que no se señalaron en
la hora de los combates fueron los más celebrados en el momento de las
recompensas.
No es fácil, ciertamente, en el campo de batalla aquilatar con
exactitud los méritos de cada uno, y aunque haya buena voluntad y
rectitud en el mando, siempre queda motivo para la murmuración y el
descontento.
En las primeras páginas de este cuaderno he detallado las acciones en
que tomé parte, y todas constan en mi hoja de servicios. No volveré a
repetirlas.
Rendida Zaragoza, salí prisionero el mismo día de la entrega con la
columna de jefes, oficiales y tropa.
Poco después nos dividieron en destacamentos y enviaron éstos a
diferentes puntos.
Yo fuí con un grupo de oficiales dirigido a Pamplona, y después de un
viaje penosísimo de muchos días, fatigado y enfermo, pude llegar a la
ciudad navarra.
Prisionero, hambriento, maltratado por la barbarie del invasor, no es
de extrañar que el estado de mi espíritu fuera triste y decaído.
Escribí desde allá a mi madre; y ésta, que tenía muy buenas relaciones
en Pamplona, avisó a varias personas distinguidas para que vinieran
a verme. Gracias a sus atenciones pude recuperar la salud; si no, la
desesperación y la melancolía hubieran acabado conmigo.
Al reponerse mis fuerzas fuí a visitar a varias familias
aristocráticas, a darles las gracias por sus cuidados, y en una de
estas nobles casas conocí a Mercedes Rodríguez de la Piscina, a la que
hoy es mi mujer.
Mercedes era una muchacha ideal, amable, sonriente, dulce, tímida.
Nuestras almas se comprendieron al momento, y en la primera mirada
fuimos el uno del otro.
Habíamos entablado relaciones formales ella y yo, cuando un mes o mes y
medio después de mi llegada a Pamplona, me encontré con un oficio del
duque de Mahón, virrey del reino de Navarra por el Gobierno intruso de
José _Buonaparte_.
Los demás oficiales, compañeros míos, recibieron el mismo escrito, que
se nos envió a todos con la anuencia del comandante general.
En el oficio se nos inducía a firmar un papel declarando que, bajo
palabra de honor, guardaríamos obediencia a Su Majestad Católica José
Napoleón. Después de cumplida esta formalidad quedaríamos libres.
En el caso de no aceptar seríamos considerados como prisioneros e
internados en Francia.
La perspectiva de separarme de Mercedes era para mí dolorosísima; hubo
instantes en que di paso en mi alma a proyectos de egoísmo personal;
pero la idea del honor se sobrepuso a conveniencias mezquinas y
contesté al virrey de Navarra, duque de Mahón, con una carta enérgica,
diciéndole que prefería la muerte a aceptar en mi patria la usurpación
y la tiranía de un intruso.
No todos los oficiales rechazaron la propuesta, y hubo españoles
indignos que la aceptaron.
Cuando comuniqué a Mercedes mi decisión, me dijo:
--No esperaba de ti otra cosa; si te llevan a Francia te esperaré toda
la vida.
¡Santa y noble mujer!
Una semana después el comandante de la plaza nos llamó a los oficiales
rebeldes y nos advirtió preparáramos nuestros equipajes, pues íbamos a
ser internados en Francia.
Efectivamente, el siguiente día salimos de Pamplona, escoltados por
una columna de infantería y caballería, y tomamos por Villava hacia
Burguete.
En los días sucesivos cruzamos Roncesvalles, descansamos en Valcarlos
y seguimos por San Juan de Pie del Puerto a internarnos en territorio
francés. Aunque llovió mucho, el tiempo no era desapacible, y pudimos
hacer el largo viaje hasta Dijón con relativa comodidad.
II
EL DEPÓSITO
Dijón, la antigua capital de la Borgoña, es una hermosa ciudad de
calles anchas y bien enlosadas, hermosos edificios, grandes monumentos
y antiguos y amenos paseos. Es ciudad aburrida, como muchas capitales
de provincia francesa, sobre todo para el extranjero. En el depósito de
esta ciudad quedé yo acantonado.
Fuí a vivir a una pequeña pensión de madama Chevalier, vieja avara que
nos trataba muy mal.
Esta casa, por lo barata, siempre estaba llena y había en ella un ir y
venir constante de oficiales españoles que pasaban solamente días.
Yo estuve algunos meses allí, y vi renovarse mucha gente. Sólo dos
oficiales eran los constantes: uno de ellos, Guillermo Minali, italiano
de nacimiento y coronel del ejército español, que había sido hecho
prisionero por los franceses en el sitio de Gerona, y el otro, un tal
Jerónimo Belmonte, castellano viejo, tipo terco, malhumorado y cerril.
Minali tenía un asistente catalán con cara de pillo, aunque muy grave y
muy serio, a quien llamaban el Noy.
Belmonte, el otro oficial, había sido encontrado mutilado y medio
muerto en el campo por los franceses después de la batalla de Talavera,
y el general Víctor le había puesto, para que le cuidase, un guardia
valón, joven efusivo con más condiciones de enfermero que de militar.
Entre el oficial español mutilado y este muchacho flamenco, llamado
Hans, se estableció una amistad fraternal, a pesar del genio
insoportable de Belmonte, quisquilloso y agresivo.
A este oficial mutilado le faltaban una oreja y varios dedos de la
mano, y no quería considerar sus mutilaciones como accidentes naturales
de la guerra, sino como una ofensa inferida a su honor personal. Así,
cualquier alusión a las orejas o a las manos le ponía fuera de sí y la
consideraba como un insulto.
No pensaba quedarme mucho tiempo en la casa de huéspedes misérrima
de madama Chevalier; pero estuve más de lo que esperaba. Yo vivía en
Dijón muy apartado; iba al Jardín Botánico, paseaba por la Plaza Real,
visitaba los monumentos, y a la hora de la retreta me marchaba a casa.
Mi único consuelo era la música, la música religiosa, que oía en la
iglesia siempre que podía, y la música profana, cuando encontraba sitio
donde se tocaba algún instrumento, como el violín o el clavicordio.
Me hubiera gustado mucho comprar una clave y tocar en casa; pero no
tenía dinero para estos lujos.
Un oficial español, jugador empedernido, un tal Mancha, a quien veía
en el café, realizó en parte mis deseos. Este oficial, al oír que yo
me lamentaba de no tener un instrumento de música, quiso venderme
una guitarra; le dije que no; pero la ofreció a precio tan bajo, que
al último tuve que comprársela. Me hice el cargo; tal era la miseria
de los tiempos, que durante algunos meses, en vez de ir al café, me
quedaría en casa tocando este instrumento.
La guitarra que me proporcionó Mancha era muy buena, antigua, de madera
negra; tenía dentro la fecha de construcción; era de a mediados del
siglo XVII. Quizá la había tocado en su vejez don Vicente
Espinel, el autor de la _Vida del escudero Marcos de Obregón_, que,
según dicen, fué el que añadió la quinta cuerda a la guitarra.
Llegué a ser un guitarrista bastante bueno, y el ejercicio para
conseguir esto constituyó mi gran distracción.
A las dos o tres semanas de vivir en casa de madama Chevalier, Jerónimo
Belmonte me invitó a ir a su cuarto a jugar al tresillo; fuí, y me
chocó que en este día, como en los sucesivos, nos obsequió con vino de
Borgoña y con otros de marca excelente. Me dijo que se los regalaban;
me pareció muy raro, pero no manifesté extrañeza.
Un día averigüé de dónde venían las botellas. Me había citado Belmonte
para que fuera a su cuarto, y, sin duda, se olvidó de la cita. Llamé a
su puerta, y como no me contestaban, empujé y entré en su habitación.
No había nadie; la ventana estaba abierta y se oía hablar. Me asomé a
ella y vi en un patio estrecho, húmedo y sucio, a Belmonte, al flamenco
Hans y al otro asistente de Minali, el Noy; los tres arrimados a unas
rejas echando lazos hacia dentro.
Aquellas rejas daban a una gran bodega, y Belmonte y los dos asistentes
se dedicaban a robar botellas de vino a lazo. Así se explicaba el buen
Borgoña con que el oficial mutilado obsequiaba a sus visitas.
Salí del cuarto de Belmonte sin meter ruido; pocos días después me mudé
de casa.
La nueva pensión adonde fuí era de un monsieur Bonvalet, pasante de un
colegio; parecía más limpia que la otra; pero la alimentación era tan
deficiente, que estaba uno siempre lánguido y débil.
Mis únicas distracciones en Dijón eran escribir a Mercedes y a mi
madre, ir al café a leer las noticias de España, jugar una partida al
tresillo y después tocar la guitarra.
La mayoría de los oficiales españoles no se contentaban con estar un
momento en el café y jugar una partida al tresillo, sino que iban a un
rincón del billar, se ponían a jugar al monte con mugrientas barajas
españolas y se jugaban todo lo que tenían: dinero, joyas, espadas,
pistolas, trajes, ropa blanca, hasta los calcetines.
Uno de los más jugadores, y quizá el más apasionado, era Mancha, el que
me vendió la guitarra.
Estuve en el depósito de Dijón una larga temporada. Intenté fugarme dos
veces, pero ninguna de ellas lo pude conseguir; la primera, porque el
guía que se había ofrecido a conducirme hasta la frontera de España,
a la vuelta de un viaje concertado con otro prisionero, fué cogido
y metido en la cárcel; la segunda, porque el dinero que esperaba de
mi madre no llegó a tiempo, y tuve el pesar de ver partir al guía
acompañando a varios compañeros.
Esta vez no fué grande mi mala suerte; los españoles y el guía fueron
cogidos y conducidos a un castillo. Entre los fugitivos iba Belmonte,
cansado de Dijón y de la casa de madama Chevalier, desde que se había
encontrado con las rejas de la bodega próxima a su casa herméticamente
cerradas.
Estaba preparando mi tercer proyecto de fuga con probabilidades de
éxito, cuando me encontré sorprendido con la orden de ser trasladado al
depósito de Chalon-sur-Saone.
La distancia de un pueblo a otro no es muy grande; pero para llegar a
conocer los recursos y poder preparar una fuga desde Chalon necesitaba
mucho tiempo.
III
CHALON-SUR-SAONE
Chalon del Saona es una pequeña ciudad a orillas del río de este
nombre, en la desembocadura del canal del Centro.
Tiene la antigua Cabillonum de los romanos hermosas fortificaciones,
calles rectas y agradables, aunque algo tristes y lánguidas; buenos
comercios, algunas fábricas de fundición, un Liceo, una Biblioteca, un
pequeño Museo y varios centros de cultura.
Llegué a Chalon del Saona a mediados de otoño de 1811, y tuve la suerte
de ir a hospedarme a la pensión de una viuda, señora de excelentes
prendas, llamada madama Hocquard.
La casa de madama Hocquard era un poco triste: estaba en una calle
estrecha y obscura próxima a la catedral, entre una imprenta y una
tintorería, de cuyo fondo salía continuamente un arroyo de agua de
colores.
Madama Hocquard, señora muy inteligente y trabajadora, tenía dos hijas,
Berenice y Camila; la mayor, una belleza; la pequeña, Camila, muy
bonita, pero un poco jorobada.
En la casa servía un mozo llamado Antoine, diligente y amable.
Madama Hocquard se desvivía para que no faltara nada a sus huéspedes,
y los trataba con gran consideración.
Eramos siete u ocho constantes, gente seria y respetable: un
magistrado, un canónigo, un ingeniero forestal, dos o tres empleados y
unas señoritas solteras.
Me dieron a mí un cuarto que había dejado un profesor de literatura del
Liceo, con un armario, en el cual quedaban diccionarios y varios libros
clásicos.
Llevaba yo al llegar a Chalon cartas para personas distinguidas de la
ciudad.
Seguía pensando en buscar una ocasión para huír; pero quería dar la
impresión a mis vigilantes de que era un prisionero bien avenido con su
suerte.
Después de instalarme en casa de madama Hocquard le mostré mis cartas
de recomendación para personas del pueblo, y ella me dijo debía
presentarme inmediatamente a monsieur de Montrever, por ser éste el
jefe del partido realista de la ciudad y el personaje de más influencia
de los contornos.
Seguí su consejo, y escribí una carta a dicho señor preguntándole a qué
hora podría ir a saludarle.
Al día siguiente me trajo un criado galoneado una esquela de monsieur
de Montrever fijándome día y hora para la entrevista.
Como hacía un tiempo malísimo alquilé un coche, uno de estos coches de
capital de provincia, suntuoso, grande y destartalado, y fuí a hacer la
visita.
El hotel de monsieur de Montrever estaba rodeado de casuchas pobres
y era grande por fuera, muy adornado de guirnaldas, medallones y
lucernas, con techos de pizarra empinados y dos torrecillas puntiagudas
con veletas de hierro.
Llamé, golpeando la puerta con una gran aldaba de bronce dorado, y
apareció un criado viejo, que me acompañó, cubriéndome con un paraguas,
hasta atravesar el patio de honor de la casa.
Sobre la gran puerta de entrada se destacaba un escudo moderno con las
armas de los Montrever. El antiguo, por lo que supe más tarde, había
sido roto a martillazos por las hordas feroces de 1793.
Atravesado el patio, subimos una escalera resbaladiza y entramos en el
hotel. Era éste lujoso, con un lujo un poco macizo y exagerado.
Un criado me condujo al despacho de monsieur de Montrever. Monsieur de
Montrever era un hombre grueso, fuerte, abultado de abdomen, de cabeza
redonda, muy calva, patillas pequeñas, nariz corta, y la barba rodeada
de tres arrugas de papada.
Monsieur de Montrever me recibió muy amablemente, aunque con cierta
solemnidad, y leyó con mucha calma la carta que yo le entregué.
Estábamos hablando cuando apareció su señora; me presentó a ella, y
luego, mientras charlábamos madama de Montrever y yo, el dueño de la
casa se dedicó a hacer un trabajo que a mí me chocó por lo impropio, y
fué ponerse a bordar en un bastidor.
Madama de Montrever se dignó hacerme algunas preguntas acerca del trato
que nos daban a los prisioneros en el depósito. Esta señora era una
mujer inteligentísima, de esas mujeres que parecen nacidas para ser
princesas; tenía la nariz larga y algo corva, los ojos claros, la boca
pequeña, el pelo rubio y el cuerpo muy esbelto. Era de una amabilidad
exquisita. Sus dos hijos, un niño y una niña, por lo bonitos, bien
cuidados y vestidos, parecían dos príncipes de familia real.
A los pocos minutos me levanté para marcharme; pero me instaron a que
me quedara allá, y estuve más de tres horas en casa de monsieur de
Montrever. Conocí este día a varias personas.
Una de ellas fué monsieur de Saint-Trivier, señor anciano, ex oficial
de la Guardia del Rey en tiempo de Luis XVI.
Monsieur de Saint-Trivier vestía a la antigua, con coleta y los
cabellos empolvados. Había estado a punto de ser guillotinado en 1793,
y la noche de su prisión le produjo tal efecto, que le dejó un temblor
nervioso para toda la vida.
Saint-Trivier guardaba recuerdos tan terribles de las inmundas y
sanguinarias escenas revolucionarias, que la menor alusión a esta época
le dejaba pálido y tembloroso.
No se recataba en decir que si volvía un período como aquél, huiría
inmediatamente a cualquier parte.
Le bastaba oír por la calle a un chiquillo cantando la _Marsellesa_
para volverse a su casa, encerrarse en ella y no querer salir.
Su sobrina, la señorita Magdalena Angennes, era muy delgada y esbelta.
Tenía unos treinta años, vestía de negro y llevaba un collarín blanco.
Parecía una abadesa. Según me dijo después madama Hocquard, mi patrona,
unos amores desgraciados habían impulsado a esta señorita a entrar de
novicia; pero, al poco tiempo, tuvo que salir del convento porque no le
convenía la reclusión y comenzaba a estar enferma del estómago.
Ya de noche, me despedí de monsieur y madama de Montrever, y de
Saint-Trivier, y de su sobrina Magdalena.
Esta me preguntó con interés si no había leído los libros del vizconde
de Chateaubriand; le contesté que no, y prometió enviármelos.
Saludé a todos y salí del hotel. Atravesé de nuevo el patio de honor,
húmedo y sombrío, acompañado del viejo criado con el paraguas; me metí
en el coche solemne y me volví a casa.
IV
LA VIDA EN CHALON
Había en el depósito de Chalon un gran número de oficiales españoles,
y, como en pueblo pequeño, nos veíamos a cada paso.
Nuestro punto de cita era un café, obscuro y ahumado, con un escaparate
bajo, oculto por cortinillas blancas.
Se llamaba el café del Saona. Los compatriotas solíamos reunimos allí a
fumar y a hablar de los asuntos de actualidad.
Algunos, los menos, desgraciadamente, éramos buenos españoles,
católicos y realistas; pero la mayor parte, contagiados con las
ideas revolucionarias, se jactaban de no tener creencias, insultaban
atrozmente a Fernando y a la familia real y elogiaban a todas horas y
con entusiasmo la Constitución de Cádiz.
Casi todos ellos habían ingresado en la masonería y en las sociedades
secretas que se formaban en el ejército francés.
El número de los que se llamaban constitucionales aumentaba por día.
Varios no se contentaban con ser partidarios de la Constitución, sino
que hablaban de la República y de que había que imitar a Danton, a
Marat y a los demás monstruos de la Revolución Francesa.
Yo muchas veces pensaba: ¿Qué va a pasar en nuestro país cuando estos
hombres vuelvan allá?
De los más señalados entre los militares españoles de ideas liberales
que se hallaban en este depósito, eran el oficial asturiano Rafael del
Riego, y los dos hermanos San Miguel, Evaristo y Santos.
Los constitucionales tenían más simpatías entre la guarnición francesa,
y algunos estaban secretamente ayudados por la logia masónica de Chalon.
En cambio, nosotros, los realistas, éramos odiados y sufríamos la mala
voluntad de nuestros guardianes.
Pronto las discusiones entre constitucionales y realistas se hicieron
tan agrias y violentas, que muchos tuvimos que dejar de ir al café del
Saona.
Los oficiales franceses que nos custodiaban nos trataban lo más
severamente posible; nos obligaban a acudir a una, y a veces a dos
listas diarias; no se nos permitía salir de noche, y solamente para dar
un paseo fuera de las murallas había que pedir permiso, que no se nos
concedía, o se nos concedía siete u ocho días después, cuando estaba
lloviendo.
Tuve una época de fiebres y quedé entristecido, aburrido y abandonado.
Se me hincharon las articulaciones de las manos y de los pies. En vez
de llamar a un médico, no hice caso.
Por entonces, y en la cama, comencé a leer las obras de Chateaubriand
que me había prestado la señorita de Angennes, sobrina de monsieur de
Saint-Trivier.
Yo había sido muy partidario de _Pablo y Virginia_, y también de la
_Nueva Eloísa_, de Juan Jacobo Rousseau, aunque el furor demagógico de
este tristemente célebre escritor me repugnaba siempre. Cuando leí las
obras del vizconde de Chateaubriand comprendí que un nuevo sol aparecía
en el horizonte de la literatura.
¡Oh, René! ¡Yo he vivido tu vida, he sentido los mismos grandes deseos,
el mismo desdén por los vulgares menesteres de la existencia cotidiana,
la misma desgarradora pena, la misma niebla espesa de melancolía!
¡Oh! ¡Tú no morirás! ¡Como tu hermano Werther, seguirás siendo el
búcaro donde se guarden las esencias poéticas del alma moderna!
¡Y _Átala_ y _Chactas_, _Corina_ y _Pablo y Virginia_, sombras amables,
que convertís la vida vulgar en algo ligero, aéreo, lleno de poesía!...
Mi entusiasmo por la lectura era en aquella época grandísimo; no me
ocupaba de mis fiebres para nada; cuando estaba con el espíritu sereno,
leía, y cuando comenzaba la calentura, desvariaba.
Camila, la segunda hija de mi patrona, me cuidaba y estaba siempre en
mi cuarto.
Solíamos tener largas conversaciones los dos, y yo le contaba mi vida y
mis campañas. También le enseñé a tocar la guitarra y algunas canciones
españolas, que las cantaba con mucha gracia.
Ella quiso convencerme de que debía llamar a un médico; pero yo le
decía que cuando se es desgraciado, es mejor que se lo lleve a uno Dios.
Casi me sentía más feliz enfermo, con fiebre, que sano y andando por la
calle.
Un día se presentó en mi casa un médico, el doctor Boussieres. Venía
de parte de monsieur de Montrever. Me recetó un vino de quina y unas
píldoras, y al cabo de poco tiempo me levanté de la cama.
Tenía el aire enfermizo, sombrío y lánguido, que entonces comenzaba a
estar de moda.
Fuí a casa de los Montrever a darles las gracias por su atención; y
como me recibieron con mucha amabilidad y me instaron repetidas veces a
que volviera, adquirí la costumbre de pasar un rato de tertulia en su
hotel.
También solía verlos el día de fiesta en la misa mayor de la Catedral,
en San Vicente, adonde iban las personas más distinguidas de la ciudad,
y yo solía estar arrobado oyendo las armonías del órgano.
V
LA REUNIÓN DE MADAMA DE MONTREVER
La reunión de madama de Montrever se celebraba casi todos los días en
un saloncito del hotel, alhajado con el gusto fastuoso del tiempo de
Luis XV.
En el salón se habían reunido los muebles antiguos de la casa; en el
techo brillaban guirnaldas, medallones y adornos dorados; las paredes
mostraban grandes espejos y candelabros de muchos brazos, y sobre la
alfombra descansaban consolas y sillones de patas retorcidas. Los
escudos de los muebles y paredes se notaba que habían sido raspados y
luego vueltos a dorar.
Madama de Montrever gustaba mostrar a sus amigos sus tapices de
Beauvais, algunas pinturas buenas y una Venus de Coysevox.
La reunión en el gabinete de madama de Montrever era casi únicamente
de señoras y señoritas, y de alguno que otro muchacho joven que iba a
galantear a las damas.
Los hombres graves, amigos de la casa, se dedicaban a hablar de
política y a pensar en las probabilidades de una restauración de los
Borbones.
Unicamente un señor, por cierto no muy simpático, alternaba con la
gente joven: monsieur Boisjoli de Beauffremont.
Monsieur de Beauffremont era un hombre de unos cincuenta años, muy
currutaco. Llevaba patillas cortas, pintadas de negro, lo que daba a
su rostro un aspecto duro; vestía a la última moda: frac entallado,
corbata muy apretada al cuello, y usaba un lente, con el cual miraba a
derecha e izquierda con marcada impertinencia.
Monsieur de Beauffremont gozaba del privilegio de abandonar a las
personas graves y reunirse con los jóvenes.
--Monsieur de Beauffremont ama la juventud--se decía; frase que le
hacía torcer el gesto; porque daba a entender que, aunque le gustaba
conversar con los jóvenes, no lo era.
Madama de Montrever dirigía su reunión con un arte exquisito: sabía
hacer resaltar los méritos de sus invitados y presentarlos ante los
demás por el lado favorable.
A pesar de esto, a veces, como cansada de su benevolencia, se entregaba
libremente a la sátira, y entonces era capaz de poner en ridículo a
cualquiera.
No comprendía esta señora que ser ultrarrealista y burlarse de los
reyes, de la aristocracia y hasta de las sagradas prácticas de la
religión era un contrasentido. A mí me trataba con mucha amabilidad;
bromeaba a mi costa y me llamaba el Caballero de la Triste Figura.
--Tengo un gran amor platónico por Arteaga--solía decir riendo.
Una amiga de madama de Montrever, que bullía mucho en la reunión y que
gozaba de gran fama de belleza en el pueblo, era madama de Hauterive.
Madama de Hauterive, hija de un banquero alemán, se había casado con un
militar francés y quedado viuda al poco tiempo.
Esta señora, joven aún, de veintisiete o veintiocho años, era muy
decidida. Yo comprendía sus encantos; pero no me gustaba.
Tenía una frescura poco elegante, ojos grandes y azules, pelo rubio
y una familiaridad excesiva. Se ocupaba ella misma de sus negocios,
defendía con tenacidad sus ideas, era algo liberal e imbuída en ideas
protestantes.
A mí me resultaba un poco pesada con sus disertaciones sabias acerca de
Alemania.
Siempre me figuré que quería imitar a madama Stael.
La de Montrever la llamaba por su nombre, Corina, y ésta a su amiga,
Gilberta.
Las dos damas eran las estrellas del salón.
En una corte, madama de Montrever hubiera brillado más que su amiga;
pero en una ciudad pequeña la belleza exuberante de la alemana
eclipsaba el tipo espiritual y satírico del ama de la casa.
Las otras señoras que acudían a la reunión eran ya damas respetables, y
algunas muchachas solteras.
Entre las señoritas, Magdalena Angennes, la sobrina de Saint-Trivier,
vivía en pleno romanticismo. Leía los versos de Ossian y tocaba el arpa.
A mí me decía que, a pesar de ser pequeño de estatura, debía llevar
bien la espada. Me hubiera gustado presentarme ante ella a caballo y
con uniforme.
Otras dos señoritas frecuentaban la casa: la señorita de O'Ryen y la de
Harcourt.
La de O'Ryen era la nieta de un francés emigrado, en tiempo de la
Revolución, a Irlanda.
La madre de esta muchacha se había casado con un irlandés.
Leopoldina O'Ryen parecía una mujercita muy seria y formal.
Su amiga Margarita Harcourt era muy viva e inteligente, pero coqueta
como pocas. Vestía siempre trajes vaporosos y tenía dos o tres novios a
la vez.
Madama de Montrever y todas las señoras, al saber que yo sabía música,
me hicieron tocar muchas veces la clave, y cuando les indiqué que tenía
una guitarra me obligaron a llevarla y a cantar.
Pocos días después, madama de Montrever me dijo que si entre los
oficiales españoles de buenas ideas conocía alguno distinguido, podía
llevarlo a su tertulia.
Como muchas veces con la desgracia pierde uno los sentimientos
delicados y se convierte el más correcto en un hombre sin decoro, yo
vacilé en hablar a los compañeros míos, y, por último, le invité a ir a
casa de Montrever a un tal Fermín Ribero.
Ribero era un muchacho inteligente y digno, aunque muy poco religioso.
Le presenté en casa de los Montrever, y el primer día tuvo una acogida
fría entre las damas.
Yo noté que lo trataban con cierto despego, y pensé sería costumbre en
ellas recibir así a un desconocido; pero luego me confesó madama de
Montrever, con su ironía burlona, que el poco éxito de mi amigo Ribero
entre las damas dependía de que era rubio, con un tipo común de suizo
o de francés, y las señoras y señoritas esperaban un español, moreno y
lánguido, con aire de árabe.
A pesar de esta primera impresión, Ribero siguió visitando la casa y se
hizo amigo de todos. Bromeaba con las muchachas y con las señoras; les
contaba historias y murmuraciones del pueblo. Se le llegó a considerar
hombre muy divertido.
Un día Ribero me dijo que madama de Montrever le había indicado que él
y yo debíamos hacer la corte a la señorita d'Harcourt y a la de O'Ryen,
que tenían un bonito dote: doscientos cincuenta mil francos una, y más
la otra.
Ribero dijo que él no sentía vocación para casarse; prefería hacer el
amor a madama Hauterive o a la de Montrever.
--¿A madama Montrever, estando casada?--le pregunté yo con asombro.
--¡Eso qué importa!--me replicó él, con una indiferencia que me dejó
asustado--. Lo que debemos hacer nosotros es dedicarnos a ellas. Tú,
escoge. Si tú te dedicas a Corina, yo me dedico a Gilberta, o al
contrario. A mí me es igual.
--Amo con toda el alma a una mujer y no puedo hacerla traición ni aun
con el pensamiento--le dije.
Ribero se echó a reír.
En Carnaval de 1812 representamos, en el hotel Montrever, _Le bourgeois
gentilhomme_, de Molière. El principal papel de la comedia, monsieur
Jourdain, lo hizo el cuñado de madama Montrever, el conde de Lannerac,
y lo hizo muy bien.
La dama joven, la hija de monsieur Jourdain, fué la señorita de
Harcourt, que estuvo admirablemente; Dorimena, madama Montrever, dió al
tipo la elegancia suya y su gran distinción, y madama de Lateyzonniere,
una señora joven y muy sonriente, tomó a su cargo el papel de la mujer
de Jourdain.
Ribero hizo del maestro bailarín que dice que la ciencia del baile es
la más importante de todas las ciencias, y yo, del profesor de esgrima;
y luego salimos los dos de españoles, recitando:
Sé que me muero de amor
y solicito el dolor.
Tanto Ribero como yo tuvimos un gran éxito en nuestros respectivos
papeles.
Después de la función se organizó un baile, en el cual lucimos todos el
traje que habíamos sacado en la comedia.
En el pueblo se habló mucho de esta fiesta, y los bonapartistas,
dirigidos por el senador barón de Doneville, su jefe, y los
republicanos, por un farmacéutico, monsieur Vertot, y por un
almacenista de maderas, monsieur Meyer, se encargaron de propalar
maliciosos rumores.
_El Independiente_ de Chalon, una hoja clandestina de los liberales,
habló del baile del hotel Montrever como si hubiera sido una bacanal.
A renglón seguido, para realzar la odiosidad de los aristócratas y
realistas, hizo un cuadro, ennegrecido a propósito, acerca de la
miseria que reinaba en Chalon, y pintó dos o tres escenas lamentables
de frío y de hambre.
«Mientrastanto--concluía diciendo _El Independiente_--, los realistas,
los traidores de Coblenza, los amigos de Austria y de Metternich se
entregan a la orgía en unión de oficiales extranjeros enemigos de
Francia...»
Así se engaña al pueblo y se le dan instintos de odio y de venganza.
VI
EL CHATEAU DES AUBEPINES
Durante una larga temporada no se oyó hablar entre los españoles
prisioneros del depósito de deserción alguna. Al mismo tiempo, los
asuntos del Imperio iban bien, y el Gobierno francés ordenó se nos
tratara con más dulzura que al principio.
Se nos dieron licencias para salir al campo. Al terminar la primavera
de 1812 estuvimos Ribero y yo invitados a pasar unos días en una finca
de los Montrever: el Chateau des Aubepines.
Ribero se las prometía felices; pensaba que íbamos a hacer _le diable a
quatre_, como dicen los franceses: la de Montrever, la de Hauterive, él
y yo.
Yo, algo contagiado con su plácido cinismo, le dije que no se hiciera
ilusiones, y él contestó:
--Tú, déjalo a mi cuenta.
Hicimos el viaje, acompañando a monsieur de Montrever, a su mujer y a
sus hijos y a madama de Hauterive.
Ribero y yo íbamos a caballo escoltando el coche.
El tiempo estaba espléndido.
Teníamos que cruzar la Bresse. La Bresse es una antigua región que
formaba en otro tiempo parte de la Borgoña. Es tierra de llanuras
calcáreas, que se interrumpe con los primeros macizos montañosos del
Jura. Había llovido algo, y esto nos evitó en el viaje el polvo del
camino.
Nos detuvimos en un pueblo llamado San Marcelo, donde hay una antigua
abadía en la cual se encuentra depositado el cuerpo del famoso
Abelardo, el amante de Eloísa.
Almorzamos en el campo cerca de Sermesse; cenamos en Bellevue, y para
la noche estábamos en el Chateau des Aubepines.
Todo el mundo sabe que el _chateau_ francés no corresponde exactamente
al castillo español.
El castillo español, en general, es guerrero, procede del feudalismo y
de las luchas con los moros; existen también en España castillos del
Renacimiento con planta de palacios o casas fortificadas, como los de
Segovia, Avila y Salamanca; pero hay pocos de éstos en el campo. En
cambio, en Francia, además del castillo guerrero y del de lujo de las
ciudades, hay mucho _chateau_ en la campiña que no conserva ningún
aspecto militar ni estratégico.
El Chateau des Aubepines era una hermosura por lo grande y lo
maravillosamente situado. Tenía varios pabellones con sus monteras de
pizarra, cuatro torres redondas acabadas en tejados cónicos, y grandes
ventanas en los muros, cubiertos de hiedra.
Los antiguos fosos del castillo habían sido rellenados de tierra y
convertidos en un gran jardín, limitado por una verja.
Por dentro, la casa era espaciosa, cómoda, de inmensas habitaciones;
los suelos, de madera brillante; las chimeneas, de piedra, y los
muebles, pesados. Rodeando la casa se extendía en una gran distancia un
parque magnífico con árboles centenarios y macizos de hierba a estilo
inglés.
Cerca, en una colina, se veían las torres derruídas de un antiguo
castillo, y en el fondo se destacaban montes de la cordillera del Jura.
Al llegar al Chateau des Aubepines íbamos todos bastante cansados del
viaje y nos retiramos a las habitaciones que nos destinaron.
En aquella posesión pasamos una temporada magnífica. Yo, a los ocho
días, me encontraba fuerte, como no me había sentido desde mi salida de
Zaragoza.
Ribero y yo acompañábamos a madama de Montrever y a la de Hauterive.
Teníamos bastante confianza con ellas para llamarlas por su _petit
nom_: a la una, Gilberta, y Corina, a la otra. Ibamos con frecuencia
de excursión a los pueblos próximos y a una posesión que tenía madama
de Hauterive en el mismo país, aunque ya dentro de la zona montañesa,
que se llamaba el Chateau la Foret, porque estaba en medio de un gran
bosque.
El Chateau la Foret no era tan hermoso como el de la familia Montrever;
pero el sitio donde se encontraba era más agreste y salvaje y traía a
la imaginación ideas de luchas trágicas de los tiempos feudales.
Varias veces en estos paseos tuvimos que entrar en ventas y alquerías a
almorzar, por encontrarnos lejos de casa. A veces también, como nuestra
bolsa de oficiales proscritos era tan mezquina, teníamos que dejar, con
gran rubor por mi parte, que pagaran las señoras.
Yo solía discutir con las dos damas, a pesar de que Ribero me hacía
callar.
Siempre me han desagradado estas personas sarcásticas que nada
respetan, que atacan con sus ironías lo más sagrado de la vida, sin
pensar que, aunque el bufón arrastre por el lodo la piel del armiño,
será ésta el símbolo de la pureza y de la blancura.
Madama de Montrever, al oírme, se reía a carcajadas y me abrumaba con
sus burlas.
--Mi querido Arteaga, siempre tan caballeresco--exclamaba.
Un día que la encontré sola, Gilberta me contó su vida, me habló con
tristeza de su infancia, de sus amores con un joven, amores que
había contrariado la familia, y de su matrimonio de conveniencia con
Montrever. Nunca la había visto tan triste, tan melancólica. Entonces
comprendí que su ironía era en el fondo amargura que le brotaba del
alma, amargura que no había podido borrar el tener dos niños tan
hermosos y el llevar una existencia fácil y rica.
Una semana después, una tarde de junio, de calor, en que monsieur de
Montrever y sus hijos habían ido a una finca próxima, después de un
largo paseo a caballo, tuvimos una cena íntima en un pequeño gabinete
Gilberta, Corina, Ribero y yo. Las dos damas estuvieron muy serias al
principio.
Nuestra madama Stael defendió que una mujer puede tener la
honorabilidad en los mismos asuntos que el hombre, y que si la
Naturaleza le hace obedecer a sus deseos de amor, no por eso deja de
ser una persona honrada.
Yo me permití llevarle la contraria y decirle que no, que el honor de
una mujer está únicamente en su honestidad, en su virtud, en obedecer a
sus padres, y si está casada, a su esposo...
Madama de Montrever me miraba con tan marcada ironía que me desconcertó.
--¿Por qué me mira usted así, Gilberta?--le dije--. ¿No cree usted lo
que digo?
--Gilberta, como yo--replicó Corina--, cree que eso que dice usted es
un poco _vieux jeu_. Estaría bien en un libro de Fenelón.
--No; en este momento no quiero pensar en nada--contestó madama
Montrever.
Corina, aficionada como era a las disertaciones, se puso a filosofar
acerca del amor, sentimiento del cual tenía una idea muy materialista y
muy sensual, que a mí, a pesar de ser hombre, me disgustaba.
Al levantarse de la mesa Corina, madama de Montrever la cogió por la
cintura y la sentó en sus rodillas.
--A mí me gusta ver así cerca a una mujer hermosa--dijo madama de
Montrever--, y acariciarla y mirarla.
--Pues a mí me gustaría más estar en las rodillas de un muchacho--dijo
Corina tranquilamente.
--¡Ah, pícara! ¡Ingrata!
--¡Qué quieres, mi querida Gilberta!--replicó la alemana--. Soy más
natural que tú, más primitiva.
A los postres las dos damas, después de haber bebido una copa de
_champagne_, nos pidieron un cigarrillo y se pusieron a fumarlo.
Madama de Montrever lo tiró pronto, con disgusto; abrió la ventana y
se puso a respirar el aire frío de la noche. Corina hizo lo mismo, y
vi que el brazo de mi amigo Ribero pasaba alrededor del talle de la
alemana.
--¡Cuánta vida! ¡Cuánto esfuerzo misterioso de todos los seres hay en
una noche como ésta!--exclamó madama de Montrever--. Las plantas, los
gusanos, las hormigas... Me da como el vértigo pensarlo.
--Es la Naturaleza--dijo Corina.
--Es la obra de Dios--repuse yo.
--En el fondo es lo mismo--replicó la alemana.
--¡Cómo lo mismo!--pregunté yo.
--Sí; Dios es para los niños y para los pobres de espíritu lo que es la
Naturaleza para los filósofos.
--¿Y es Dios o es la Naturaleza el que ha dicho: amaos los unos a los
otros?--preguntó Ribero--. Yo creo que, sea uno u otra, el precepto es
digno de ser seguido.
Yo iba a protestar de su irreverencia, cuando madama de Montrever me
dijo:
--Calle usted.
--¿Qué hay?
--Esa estrella que ha pasado. Dicen que si uno pide algo en ese momento
se le concede.
--¿Y usted lo ha pedido?--dijo Ribero.
--La verdad, no he sabido qué--contestó ella.
Madama de Montrever me miró con sus ojos claros y brillantes. Yo
estaba turbado. Luego comenzó a recitar una poesía de Parny: «La
primavera de las flores»:
Printemps chéri, doux matin de l'année
console-nous de l'ennui des hivers;
reviens, enfin, et Flore emprisonnée
va de nouveau s'élever dans les airs.
Como yo conocía estos versos por habérselos oído a ella, seguí
recitando:
Qu'avec plaisir je compte tes richesses!
Que ta présence a de charmes pour moi!
Puissent mes vers, aimables comme toi,
en les chantant, te payer tes larguesses!
Corina, acercándose a nosotros, añadió:
Déja Zéphire annonce ton retour.
Y después, olvidándose de la poesía, llamó a mi amigo en voz alta.
--¿Ribero?
--¿Qué quiere usted?
--Vayan ustedes, su amigo y usted, a su cuarto. Van a tener una
sorpresa.
Ribero me agarró del brazo y salimos del gabinete. Entramos en el
pasillo y me dejó en mi cuarto. Al cerrar la puerta murmuró:
--Ellas decidirán.
Luego se marchó. Estuve unos minutos anhelante, lleno de turbación. De
pronto se abrió la puerta y apareció madama de Montrever en mi cuarto...
¿Para qué insistir en este momento poco honorable de mi vida? No lo he
querido callar, para que el descendiente mío que lea mi historia sepa
que yo tampoco fuí virtuoso.
VII
PROYECTOS DE FUGA
La vida muelle del Chateau des Aubepines se terminó con una orden del
comandante del depósito para que volviéramos en seguida a Chalon.
Como he dicho, el final del año 1811 y la primera mitad del 12 se
pasaron sin oír hablar de deserción alguna; en cambio, durante el
principio del 13, las fugas se hicieron tan frecuentes, que el Gobierno
francés tuvo que tomar medidas severas para impedirlo.
El empleo de esta medida fué contraproducente, pues muchos que hasta
entonces no habían tenido nunca el proyecto de escaparse, viendo el
rigor con que nos trataban, prefirieron exponerse a ser cogidos y
encerrados en un fuerte, a quedar sujetos a tan bárbaro despotismo.
Había entonces que acudir a tres listas diarias; no se podía salir de
la ciudad con ningún pretexto, y era indispensable estar encerrado en
el cuarto desde el anochecer.
El comandante del depósito nos trataba más como a presidiarios que como
a oficiales y a hombres de honor.
Sobre todo, a Ribero y a mí nos distinguía con su odio, y cuando
estábamos delante de él, hablaba, como si no se refiriese a nosotros,
de las damas de la aristocracia, que eran unas tales; de sus maridos,
adornados de cuernos, y de los amantes sinvergüenzas que iban a
explotar su físico.
Varias veces estuve a punto de provocar una explicación; pero Ribero me
contuvo.
Exacerbados por el mal trato, Ribero y yo intentamos fugarnos. Tratamos
de informarnos del medio de que los otros se valían para evadirse;
pero esto no era fácil ni para Ribero ni para mí; primeramente, porque
estábamos un tanto aislados de los compañeros y, después, porque todos
los que se escapaban ponían gran cuidado en ocultar los procedimientos
utilizados por ellos para no ser descubiertos, y al mismo tiempo para
que sus íntimos amigos pudiesen aprovechar idénticas circunstancias.
Tras de algunas indagaciones, supimos que el camino por donde varios
se habían ido últimamente era el que sigue el río Saona; también nos
enteramos del nombre de algunos guías.
Era indispensable obrar con cautela; pues si el comandante sospechaba
algo, por primera providencia lo zampaba a uno en la cárcel pública,
y después, conducido por gendarmes, lo enviaba, de pueblo en pueblo,
hasta un recinto fortificado.
Estos casos se repetían muchas veces con oficiales que no pensaban
escaparse, pero a quienes denunciaban como si tuvieran tales
intenciones.
Era necesario desconfiar de los guías, porque dos o tres de ellos,
comprometidos con los españoles, los delataron después a la policía.
Entretanto avanzaba el invierno, época en la cual es imposible
emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en medio de
la nieve.
Ribero encontró una proporción, que durante algún tiempo nos llenó
de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante de
Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán,
confiada a un administrador.
Se escribió al señor Jordá, diciéndole que preguntara a su
administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que nos
contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos
los papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante
del depósito, y si éste encontraba algo sospechoso, le podía costar a
uno ir a la cárcel.
El administrador de la finca de Perpiñán contestó al señor Jordá
diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.
Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi amigo Ribero
recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.
Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona produjo alguna sospecha
en el comandante.
Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía el nombre ni las
señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto por
fracasado.
VIII
AVIRANETA EN CHALON
En el transcurso de la primavera y del verano de 1813 se escaparon
muchos oficiales del depósito; pero casi todos fueron cogidos y
encerrados.
Los castillos estaban llenos de militares españoles. Yo no sabía qué
determinación tomar; de mi familia no tenía noticias; ni del paradero
de mi novia.
No iba tampoco a visitar a madama de Montrever, porque esta señora
me había dicho que no fuera a su casa mas que muy de tarde en tarde.
Corina, que venía algunas veces a verme, me contó que había entrado de
preceptor de los niños de Montrever un cura joven, hijo de una antigua
criada de la familia, y que este curita se estaba haciendo el dueño de
la casa. Corina me dijo que veía poco a su amiga, y afirmó con desdén:
--Gilberta acabará siendo devota.
La soledad, el tiempo triste de otoño me hicieron desear la muerte.
Mi única distracción era hablar con Camila, la hija menor de mi
patrona. La pobre muchacha sentía alguna inclinación por mí y me
atendía con cariño.
En estas circunstancias, un día se me presentó Antoine, el mozo, a
decirme que un abate me estaba esperando. Supuse si sería algún amigo
de los Montrever; me vestí, salí al salón de la casa y ¡cuál no sería
mi asombro al encontrarme con Aviraneta!
--¡Eugenio! ¡Con ese traje! ¿Es que Dios te ha llevado por el buen
camino?