leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los
nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la
pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses,
respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me
proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe
lo que ocurre.
Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para
menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o
empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como
el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición,
colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero
ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo
Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y
dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de
Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en
Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de
más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don
Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que
siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue
capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y
Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco,
creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos
figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares,
corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los
diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega
presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español
aprendía la geografía andando.
Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y
Ebros--descendientes, naturalmente, de los anteriores--alcanzaron tanto
o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la
independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana,
licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura
entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica
como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un
Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas,
combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.
Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros
Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora
sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en
su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele
gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras,
en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes
patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros,
la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil,
familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran
trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia
las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y
marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las
cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un
orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.
Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia
actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de
España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los
Nuezvanas que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros
de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de
sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por
todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de
España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires.
Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra
democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta
fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro
insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se
apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las
casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que
realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que
después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un
Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra,
obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de
caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras
esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo
admirablemente.
Las tres ramas--Nuezvana, Ponce y Ebro--fueron poco fecundas y todo vino
a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles,
ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo
de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas,
casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora
es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien
le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según
el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia
Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de
las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.
Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto
principal, el orgullo, está, en parte, justicado por su grande y doble
abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de
adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre
de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos--sobre todo los yernos--se
desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca
faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de
la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia
Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por
Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el
único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey
del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un
duque y grande de España y por la propia misia Melchora.
Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco;
pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de
vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y
posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo
al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.
--¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...
--¿La sorprende a usted mi visita?
--Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con
su presencia.
--Muchas gracias, Marianela.
--Está usted cada día más joven--la digo, aunque, en realidad, parece
una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.
--No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques,
hecha una ruina. Por un lado, los años--¡76, Marianela!--; por otro, los
disgustos, que nunca faltan.
--¿Disgustos, usted, misia Melchora?...
--Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con
usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo
a pedirla que me ayude a resolver el problema.
--Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.
--Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al
asunto. Sabe usted, como yo--mejor que yo quizá--que Carlitos, mi nieto,
se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez
de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en
ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y
serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla
y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el
muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No
sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y
desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido
como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces
lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho,
porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He
llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle,
al irse, me ha palmeado a mí--ya sabe usted que Güemes es lo más
cariñoso--y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor
que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está
en el sacramento con música de marcha nupcial.
--El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran
psicólogo.
--Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha
adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.
En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.
--¿Y ella?--preguntó.
--Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace
tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué
pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...
--Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a
parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una virtud
bastante rara.
--Ya sé que la quiere usted mucho.
--Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.
--Y que la protege usted.
--Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita
protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.
--Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían
fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me
corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la
muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor
propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado
en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal
niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la
seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza
que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»--me ha dicho con
una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué
seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.
--¡Ah, es encantadora!...
--Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.
--No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser
inmortal.
--Además, carece de fortuna.
--El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se
la concede--respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia
Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres
se defienden contra la vanidad de los ricos.
--Carece, igualmente, de apellido.
--No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy
armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la
vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo
surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.
--Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.
--Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es
espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no,
pregúnteselo usted a su nieto.
--El amor es loco, Marianela.
--Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento,
la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos
defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo
posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando
lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la
suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un
poquito.
--Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.
--Volvamos, misia Melchora.
--Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en
Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una
carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la
Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho
romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de
defender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno
de doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó
a leer novelas francesas; las conoce todas. Y así ha completado su
educación, que no deja nada que desear. Yo había pensado, si se casara
con esa niña, regalarles «Los Chajales», un campo de veinte leguas, con
quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastarían nada, porque
yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana,
pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he
hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía,
Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos,
siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar
un gran apellido; es un Nuezvana, y con esto está dicho todo: Por otra
parte--ya se lo he dicho a Clotilde,--una vez casados los muchachos,
todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en casa,
unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se
casará con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a
mí y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no sé... me
parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero salir de una vez
del paso. Por eso he venido a verla a usted.
--¿Y qué puedo hacer yo?
--Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.
--Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga
usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no
quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un
matrimonio así formado?
--Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana,
quede desairado y en ridículo.
--¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a su
nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con él
no queriéndole?
--Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires.
--¿Y qué culpa tiene Inés en ello?
--Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla
a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de
la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a usted mi
nieto digno de ella?
--Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted
hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los
Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que
aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su
espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo
feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.
--¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido
y con la fortuna de un Nuezvana?
--Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos
casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El
matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido
y fortuna, y no haber espíritu.
--Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.
--Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana
pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la
inmortalidad, como sus antepasados.
--Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque,
con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí,
lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto
es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?
--Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas.
--Gracias, Marianela.
--No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a
usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.
--Gracias, gracias.
Poco después salía de mi casa la excelente señora, habiendo dejado en
ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto orgullo, de
olímpica y desmesurada soberbia.
¡¡DESAHUCIADO!!
Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.
Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el
resultado adverso de las gestiones a que me comprometí cuando tuvo usted
la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta aflicción mía
del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno
de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de
mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con
Inesita. Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de
«Los Chajales» con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña
rompió a llorar de gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su
desconsuelo no tuvo límites cuando supo el estado adolorido, mustio y
desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto,
pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera intención con claridad y
sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin
precisa ilación coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y
los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas
como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del corazón, de la
vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de
su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus
emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un
espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo
cuanto ella me dijo en el seno de la más íntima confianza, la aconsejé
que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo
lugar en la mía), ordenara sus ideas en una carta dirigida a mí, y en la
cual, con su habitual discreción, pusiera las cosas en su punto. Accedió
a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted
y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no
necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y
oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con
precaución a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía
a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin
de Werther, de aquel doncel alemán tan sentimental, tan tierno, el cual
no hubiera servido para trompeta de órdenes de Hindenburg, pero que nos
ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su dolor, espejo perdurable y
eterno modelo de los dolores de amor.
Observara usted que Inesita me llama en su carta «hermana». Sería por mi
parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo.
Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se han
comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La
familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre
de Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de
que la muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues
comprenderá usted que el fuero de familia me compele y obliga--a pesar
de mi carácter poco dado a la lucha--a defender a mi cuñado en una
pretensión que juzgo justa. Así, pues, mi respetable y querida misia
Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie guíe su
corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y
el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío
empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su
inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposición de
Clotilde y de sus hermanas, de las tías de Inesita, de las hermanas y
cuñados de ésta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la
cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un
Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente.
Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones
penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante,
agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña le ha dado
el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era
de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a
atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la
muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos
voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han
convertido en amaparadora de su ideal, y no negaré a usted que este
papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltación valerosa
en mi espíritu naturalmente apocado. El origen del valor está en la
calidad de la misión que lo suscita y promueve.
Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto
mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.
=Marianela.=
Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de
mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de las
inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí
en sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas.
¿Por qué habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer
sufrir a los demás, sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te
escribo desde mi cuartito, a las dos de la mañana. Todos duermen en
casa. Se han pasado el día atosigándome con sus planes, que no son los
míos. La ventana está abierta. Las estrellas me envían sus resplandores.
En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del
Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro adquiere figura
de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su atracción
irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu recurro a
las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de
expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas
confusas y sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la
carne, inundados de lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al
cielo, al gran misterio, y allí quedan posados en muda contemplación,
suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no sé lo que te digo,
Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde,
haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos
los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los
genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien
tú sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi
eternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y
todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y
sendas de espinas sin su compañía y sin el brazo suyo para conducirme.
Mi alma ya no es mía; está trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su
ritmo propio para latir a compás de otro. Mis ensueños navegan por el
mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brújula que Dios
me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi
espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de
que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a reflejar mi
éxtasis, el arrobamiento de este amor mío.
Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de espíritu puedo ni
debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de toda mi
familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos
quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la
manera de los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés
de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin
preocuparse de que, de soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la
casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha.
Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cuánto siento no poder
corresponder a la vehemencia de su pasión, que nada hice--bien lo sabe
él--por alentar ni infundir. Es un joven distinguidísimo, bueno, lleno
de méritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser
engañado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se
curará de su pasión, me olvidará. Con su apellido, su fortuna, su
generoso espíritu y bello carácter, que valen más que apellido y
fortuna, encontrará otra más digna que yo de los tesoros de su amor. Yo
no puedo ofrecerle más que mi simpatía y mi gratitud por haber
descendido a poner su ideal en mi humilde persona.