Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su generosidad. «Los

Chajales» constituyen un verdadero reino; pero yo sería allí una reina

intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazón, que ya no me

pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engañada. Yo no puedo

entrar en aquella casa, llena de tradición caballeresca, de noble

altivez, de epopeya histórica. Me sentiría confundida ante los retratos

que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los

conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los

patricios de la Independencia, el grande de España, todos los Nuezvanas,

Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las páginas de la historia,

cobrarían vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: «¡Sal

de aquí, falsaria, mentirosa, hipócrita, codiciosa!». Y tendrían razón.

Yo andaría por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergüenza. Y

las voces seguirían: «has venido aquí por dorar con los nuestros tu

apellido oscurísimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de «Los

Chajales» y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros

descendientes; tú no estás enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros:

¡eres una pérfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna

de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!». ¡Ay, qué miedo, sobre todo

cuando me mirara monseñor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me

amenazara con el infierno, bien merecido por cierto!

La misma mirada de misia Melchora no podría resistirla cuando

escudriñara mis verdaderos sentimientos. ¡No, no!; pobreza, oscuridad,

fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por

tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y

compendio de todas las virtudes caballerescas.

Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradición, que ella

sabe mantener tan dignamente, hallará buenas mis razones y guardará un

poco de simpatía para esta pobre muchacha.

Te abraza con todo su corazón.

=Inés=

Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra época. Y ello nos va a

proporcionar a todos bastantes disgustos.

LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA

Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa

no ofrece interés, basta para entretenerme. Sin embargo, sentíme ayer

tarde acometida por invencible melancolía. «¿Qué hacer?»--me dije--. Y

para combatir la murria, ocurrióseme ir a visitar a mi amiga Margarita,

la viuda de Esquilón, en quien la sensibilidad y estado de ánimo

constituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el automóvil y partí,

rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnífico

palacete.

Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese

desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por

todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de todo

linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas,

sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna,

apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante,

encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos.

--¡Marianela!!!...

--¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas?

--Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy

trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Las

modistas se han demorado, y, por fin--¡ay, gracias a Dios!--hoy han

traído lo que faltaba.

--¡Pues no llevas poco equipaje!

--Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menos

espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que...

¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre

algunos vestidos... y también quiero que veas los sombreros...; a ver

qué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver

también cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir,

veremos lo que te parecen.

Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas»

no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación y

concierto de la palabra.

--Me voy a poner el corsé--dice--para probarme los trajes: yo me los

pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí!

--Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo.

--Bueno... voy a ponerme el corsé.

--¿Quieres que te ayude?

--Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco fatigada no más por los

baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo

más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón.

La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este entallamiento artificial,

porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas correctísimas, dignas

de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clásica.

--¡Estás lindísima, hijita!--exclamo, mientras corro los cordones del

corsé.

--Como si no me hubiera casado--dice ella, resumiendo en esta frase todo

cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.

Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La

doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos

colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de

violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy

escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me

señala las medias, los zapatos, los sombreros y las «aigrettes»

correspondientes. Los zapatos están en fila sobre un largo estante; más

de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni altos

ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas

combinaciones.

Todos los trajes le quedan admirablemente. «¡Precioso, hijita,

precioso!--exclamo cada vez que se pone uno;--todo cuanto te pones te

cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra,

compendio y resumen de la gracia femenil».

Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dáse

vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los

hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos

vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en

toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué

docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y

remonona criatura.

De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez.

--¿Y éste?--pregunto.

--Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta?

--¡Lindísimo, muy grave, muy chic!...

--¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la gravedad! Hay que recordar,

de vez en cuando, que una, es viuda.

En la salita, colgado en alto, hay un retrato al óleo. Es un mozo de

rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de

«mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin, ya

relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos

azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices

fuimos!...»

Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquilón,

inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada una ternura

indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de un

traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda.

--Ya no tiene remedio, hijita--la digo para consolarla y ahuyentar la

triste visión.

--Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué energía, qué brío! ¡Yo creo

que hubiera ido lejos!...

--¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario,

Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.

--Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es horrible! ¿Qué te

parece este traje?...

--¡Precioso!...

--Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso

cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas... y aquéllos los

zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70, son... yo

no sé cuántos...

--Cuarenta y seis.

--Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro años... tú no

sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...; ya no me

quedan lágrimas.

--Mucho, me gusta mucho.

--Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más complaciente...; aquel abrigo

¿te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en

campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde

trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para la

playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer

a nadie como...

--¿Y estos palitroques?--pregunto, señalando unas varas que veo sobre un

baúl.

--Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los días al golf. Me

han hecho cuatro trajes para este deporte.

--¿Irás también al Club?

--No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al Brístol. Ya mi

administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un

departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en el

comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es

donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil

conseguir este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean

conocidos...

--Para serlo.

--Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin, después de muchas

cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi

administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa, junto a la

terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.

--¿Y para que te vean?

--No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí, en una pobre viuda?

--Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas bailar?

--Ahí tienes un problema que me está dando muchos dolores de cabeza. No

sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no sé, no sé si me

animaré a bailar. A tí ¿qué te parece?

--Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.

--Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque, hijita, a pesar de

mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola.

--La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a

toda concepción triste de la vida.

--No he querido ir en carnaval por eso, porque no sabía qué hacer.

--El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; está más

en carácter. La primera noche un par de vueltas nada más, muy discretas,

como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego,

poco a poco, te vas lanzando.

--Lo que más me preocupa es el primer baile; empezar; no sé cómo

empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no sé cómo

empezar.

--No te preocupes; ya se encargará alguno de allanarte el camino, de

iniciar el modo de dar las primeras vueltas.

--¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar el primer baile

contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el hielo. ¿Por

qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...

--No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no sé cómo voy a

salir.

--¿Por...?

--Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl, con mi cuñado?

--Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que está

desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se

peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué

destronamiento terrible!

--Pues aquí me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus

hermanas, con misia Melchora...

--¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. ¡Hijita,

los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cariño de

abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja

es un golpe tremendo.

--¿Y qué hacerle?

--¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qué

hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e Inesita, a Mar

del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y nos

juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería

todo un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes

Católicos. En los salones del Brístol los noviazgos adquieren una

solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte.

¡Figúrate los comentarios, después de lo que ha pasado! En fin... ¡un

exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del Plata.

--No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se

lo he dicho a Jorge y está conforme.

--Hijita, tienes un marido ideal.

--Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú llevas algún plan a

Mar del Plata.

--¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!...

--No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de particular? Es la cosa

más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola toda la vida?

¿No es justo, no es lógico que formes una familia? Ya sabes que yo soy

buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...

--¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero

decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...!

--Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos

el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.

--Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. ¡Qué bien me vendría

que me acompañaras a Mar del Plata!

--¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas.

--Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes imaginar...

--No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha vuelto? ¡Era de ley!

--Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo Esquilón y él; al fin me

decidí por Esquilón, que ya había terminado la carrera. Y el otro,

hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no había otra. ¡Me

conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!...

--Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la política.

¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy bien.

--En público y en privado; y... sobre todo al oído... Da gusto oírle...

--¿Qué es?

--Muy guapo.

--No, mujer, digo en política.

--¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita,

los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más vivos, lo más

inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todavía...

--¿Está ya él en Mar del Plata?

--No; va el sábado.

--No hay nada, y sabes cuándo va...

--No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...

--Y tú ¿cuándo vas?

--El martes.

--¿Y él lo sabe?

--Sí...

--¡Y dices que no hay nada!...

--¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...

Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a

brincos su joven corazón.

--¿Vendrás, Marianela? Mira que me haces mucha falta...

--Iré. Después de arreglar lo de Inesita, iré a arreglar lo tuyo. Yo me

desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes

merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del año. A ese ugartista

lo pescamos, Margarita, ¡lo pescamos en Mar del Plata! ¡Iré, iré, adiós,

adiós...!

Crónicas de Marianela · 第 12 / 12 段