Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental

para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en

el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las

mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones

impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes.

Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y

cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando

estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni

contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De

manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve

más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los

hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más

tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y

este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos

libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto

para otra oportunidad.

Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo

tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece

las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la

Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que

una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas

bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la

propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a

las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o

al no pagarlos--porque de todo hay,--al casarse, al reproducirse y al

morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último

se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos

encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en vida, sino lo que

debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la

diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la

desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino

infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los

cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda

recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del

bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su

remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado

aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres

en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas

heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se

olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la

muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que

un sauce.

Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese

santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un

éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.

Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo

gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de

bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto

por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una

trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o

por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven

población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos,

Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.

Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo»,

«Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín»,

«Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El

negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El

alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto», «Pototo», «Poroto»,

«Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En

fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto:

«Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca»,

«La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita»,

«Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La

gata», «Loló», etc., etc.

Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un

sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la

exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a

la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de

llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el

Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos

instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares

cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan

ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral,

hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es

aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra,

pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo

todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles

han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas.

Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer

en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos

caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son

sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor.

No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e

inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con

esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles

Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos

apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez.

Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier nombre,

fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de

Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el

nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia

filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de

Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El

gringo».

Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres.

Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a

una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una

determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo

correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en

esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la

denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un

conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el

bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino

absolverlos del delito de nacer--porque se delinque naciendo--y evitar

que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura

doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado

en la vida con ningún acto molesto para los demás.

El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero

los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones

morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías,

que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto

contenido filológico.

Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento

instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago

fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina

Salomé.

SIN PRESIDENTA

La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo

decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses

de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí

toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en

secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona

padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama

excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas,

sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una

buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi

marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto.

Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos

recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada

croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el

hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio.

Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma,

partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante--que un

grillo es un grillo y se le oye--el hombre señalado para la cartera de

Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el

marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y

especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que

debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de

agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no

debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el

galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto

en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola

como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se

entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad

que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi

inexperiencia periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera

flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura

de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por

los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la

intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede

evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre

es mucha.

Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como

concertar la paz europea. Las paces--díjelo ya otra vez--son más

difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las

negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón,

muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor

influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos

chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez

y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve

Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de

los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a

reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre

corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos

preceptos de las geórgicas de Virgilio.

Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que

no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una

veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho,

incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor

que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de

la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas

por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y

de los afectos.

Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.

* * * * *

Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio

del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba

de un armisticio, celebrado con infusión de la China, no asistieron más

que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de

intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión

del primer abrazo reconciliatorio.

Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va

dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro

está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a

fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez

las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La

de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió

el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral.

Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la

palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en

silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las

más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la

comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto,

enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca

la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones

contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo

único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón,

privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir

sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices

a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su

sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias,

resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo,

que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola,

admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor

político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas

cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el

sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho.

Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica,

la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a

poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones.

Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y

hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta,

disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro

hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de

colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le

pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas,

por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna

simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo

lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón.

Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de

los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento,

los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas

políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras.

Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el

juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para

triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido

parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de

haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a

un luchador político.

Petrona, por el contrario, tiene de la política un concepto utilitario.

Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén a punto de

mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus

yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego

político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a

la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver--ya es

hora--eso del maíz.

* * * * *

--Hace ya tiempo--digo a Petrona, para halagarla y también por

justicia--que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe

tanto!...

--¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe

apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda

atrás, y el que charla, sigue viaje...

--Para nosotras, para las señoras--salta la de Esquilón--la política

está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo

no sé qué falta, pero algo falta.

--Falta la presidenta--dice Petrona.--elemento necesario,

imprescindible, de toda presidencia completa.

--¡Cierto, Petrona!--exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la

tersa frente;--ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué

falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por

eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más

triste y más lúgubre que una capilla protestante.

--Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores--apunta Petrona.

--¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy

triste--agrega Margarita.--Además, no se necesita mucha plata para que

el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos,

murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas

de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que

nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo

he dejado ya el luto--las cosas ¡ay! no tienen remedio--es la fiesta que

más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!

--¡Ah, Roque...!--exclama Petrona.

--¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!--dice la de

Esquilón.--Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que

nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y

aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las

señoras.

--Mi familia por parte de padre--dice Petrona--siempre fue roquista;

pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a

mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón,

«concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»--añadió,

dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.

La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona

y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como

dice Ponson du Terrail».

--Si Eleuterio me hubiera hecho caso--afirma Petrona, siempre atenta al

positivismo político--otro gallo nos cantara; pero se fue con los

cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy

respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que

vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en

una bandeja de plata.

--En política hay que moverse--dice la de Esquilón--; si no, no se saca

nada.

--¡Claro!--asiente Petrona.--Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié;

primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey;

después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo

siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y

no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que

los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.

--Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las

mujeres--afirma con aire sentencioso la de Esquilón.

--Siempre--sostiene con firmeza Petrona.--Pero lo cierto--agrega--es que

falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras,

aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que

ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo,

siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos.

Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.

--Así debe ser--digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política,

deseo congraciarme del todo con Petrona;--así debe ser: el presidente

preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.

--Debía ser como las monarquías--agrega la de Esquilón;--que no hay rey

sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el

Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les

obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la

gente del pueblo, o la Constitución--no sé bien--exige que se asegure la

sucesión de la corona.

--En las monarquías--dice Petrona--todo marcha sobre seguro. En cambio

aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a

este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.

La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas

angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me

decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo

palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe,

también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina

madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros

círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas,

preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus

señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas

veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes,

según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en

salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros

cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los

militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se

inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse.

Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se

analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias.

¡Eso, eso es política!--termina la joven viuda, asfixiada por la emoción

descriptiva».

Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el

presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra

viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la

dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud

está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero

está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas,

de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud

monárquica, en una palabra».

--Y menos mal--arguye Petrona--cuando, aunque viejita, hay presidenta.

Pero ahora...

--Tampoco la había--me atrevo a insinuar--cuando mandaba don Victorino.

--Cierto--dice la de Esquilón;--pero era distinto que ahora; entonces

estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y

sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas

sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su

conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había

presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de

política.

--Pues yo--dice Petrona,--cuando quería saber algo de candidaturas

ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy

amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social;

pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con

Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para

estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.

Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una

sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo

agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con

Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...

LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL

El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita--dice--, y

pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de

Nuezvana.

Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad

de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me

ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta

severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.

Crónicas de Marianela · 第 10 / 12 段