--Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como la

inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de

muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el

inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente,

le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un

tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto,

redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.

--Pues hay uno que...

--¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?

--Sí; estaba aquí anoche.

--¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...

--Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré,

porque necesito su consejo. Mamá--ya la conoce usted--en siendo rico y

persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene

usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata

que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...

Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de

estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y

un poco intranquila.

LA FIESTA HÍPICA

Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo,

límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la

desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor.

Todo es vitalidad, alegría, florescencia.

La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera

del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada,

inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí

misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media

ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto

tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del

Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta

burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses»,

embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del

mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países,

tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida

bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc.,

estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución

social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos

sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos

países--un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco

estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos

en su total existencia--narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a

sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco

civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de

la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de

todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura,

irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia

entre el mar Caribe y el río de la Plata.

También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante

gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor

Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los

grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El

hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los

socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las

tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el

hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será

modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una

deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los

«clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.

Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares

a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de

ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas

disparadas por arcos a máxima tensión.

Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas,

han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos,

los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de

combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana.

Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco

rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados

por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del

aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado,

ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo

azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los

caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.

En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su

belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales,

de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo

excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba,

al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto

pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al

estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer

aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y

entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho,

sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era

el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban

atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le

oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus

cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al

encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.

Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus

accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún

faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del

futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de

«Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos.

La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan

competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría

en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra

carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de

favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras

anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el

valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras

circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para

abrirse camino en las competencias de la política.

Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el

programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y

pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo,

una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente

atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado--repuso

éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país--; pero a

ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted

palpita».--«¡Ay, qué gracioso!»--exclamó la muchacha--«¡Es una

declaración en toda regla!»--añadieron a coro los del grupo, celebrando

aquel rasgo espiritual.--«¡Aceptado! ¡aceptado!»--decía ella, riéndose y

siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose

alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito

obrigado...».

Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas

blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»--pregunté

a mi marido.

--El Payo.

--¿El payo Roqué?

--El mismo que viste y calza.

--Viste y calza muy bien.

Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo

estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquel

garbo propio de los buenos mozos.

Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga

Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto

remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que

escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir

en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.

En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace

los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en

ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar.

Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos,

es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por

los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este

punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta

forma de rendir homenaje a la mujer.

La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito

«Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño

ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco

y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque

elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta

«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque

adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar

ganará»--repite todo el mundo;--el jaquet y la galera del propietario

son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos

infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo

también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me

animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto

remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja

sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como

nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro

del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece

nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en

los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia

favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con

lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular.

¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos

en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante.

«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión

lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los

radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»

¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como

perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el

«dato» del jaquet y la galera!...

Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y...

cómo les fué?»

--¡Al tacho!--responde mi marido.

Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan

inelegante!...»

LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA

Mi protegida Inesilla--ya os he hablado varias veces de ella--vino a

verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante

cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.

--¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a

mí me pasan no le pasan a nadie!...

Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.

--¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...

--¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...

--¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu

presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate

y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?

--Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...

--¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?

--¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!

--¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna

desgracia.

--¿Y le parece a usted poca desgracia?--dijo llorando y riendo a un

tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna

verdaderamente divina.

--No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa

de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.

--Sí, ríase usted...

--Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.

--Gracias, gracias.

--Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que

Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...

--Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro

día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas

Carmen y Lucía?

Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba

rápida:

--¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me

perseguía y que...?

--¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había

olvidado, porque creí que era una broma tuya.

--Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.

--Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?

--¿No lo sabe usted?...

--¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses,

como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.

--Pues es Carlitos Nuezvana.

--¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha

declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...

--La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus

sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted

que el pobrecito carece de sal en la cabeza.

--Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos

elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha.

Sigue...

--Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera,

porque sus recursos de palabra son muy pobres.

--El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee,

no cultiva su espíritu y...

--Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...

--El ciprés.

--Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus

insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un

honor ofreciéndome su amor.

--Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...

--Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues...

claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos

yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...

--El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe

abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no

lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones

para ser feliz.

--Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por

eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances

produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me

produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que

iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo

renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía

un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu

eran lo mismo, inmóviles.

--Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?

--Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de

elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones

conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado.

Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual

adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»

--Y tú... ¿qué le dijiste?

--Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras

que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su

doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No

hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que

él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta

frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben

ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito

pensarlo...»

--Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué

dijo ante esa filigrana de respuesta?

--Dijo que él no lo había pensado; que...

--¡Claro! ¡qué va a pensar él!...

--Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no

necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué

sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me

limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí

asunto de capital importancia».

--¿Y cómo terminó la escena?

--Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.

--¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?

--Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de

su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés.

En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de

usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...

--¿Eh?...

--Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia

familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere

mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las

estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le

van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé

quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en

Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo!

Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y

en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el

propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por

no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis

hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha

tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que

tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi

corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de

sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua,

romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la

gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...

La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»

--¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No

parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no,

estamos del otro lado.

--Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en

casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza

que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría...

¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en

todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por

medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro,

con la boda todo se arreglaba.

--¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.

--Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?

--No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés,

todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a

disgusto.

--Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...

Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.

--¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?

--¡Con toda mi alma!...

--¿Le conozco yo?

--Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...

--¿Mi cuñado?... ¿Raúl?

Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se

agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.

--¿Pero él?...

--También él...

--Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?

--Casi.

--Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!...

--Bueno... sí... se me ha declarado.

--Y tú, ¿qué le has respondido?

Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...»

Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana

mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo,

con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna!

¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los

espacios del cielo!...»

Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé qué nuevos sonidos

arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta

misma te casarás tú».

--Sí, sí, ¡ay de mí!--dice tristemente mi dulce hermanita:--antes de

llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas,

con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!--¡y que

no es orgullosa la señora!--; con los pagarés, con las hipotecas, con...

--¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y

montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra

civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es

como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl

esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor.

Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué

feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar.

¡Firmes!...

LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al

andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica,

el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera

su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y

conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos

propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel

giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir

sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen

hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y

sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay

que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los

inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada,

ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen

Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su

parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en

su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima

bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su

presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte

coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó

la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el

rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como

toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la

cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o

canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la

ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería

orquestal.

La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la

vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos

nunca en los asuntos de la casa ajena.

Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan

grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y

«cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por

eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el

que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta

ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.

El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad

sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al

mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa

pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el

Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en

nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero,

aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su

bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del

primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán,

adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y todas las

cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía,

espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.

Crónicas de Marianela · 第 9 / 12 段