menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A
la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en
cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la
reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y
deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir:
la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle
en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún
no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer
que sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra en
las futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tiene
un juicio más exacto de la posteridad.
Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta
materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación
reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado
en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni a
ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que
en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra
por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido
a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta
sociedad. El nombre y la opulencia--más aun la opulencia--determinaron
que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar,
cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice
muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras
conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia
de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto,
de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño
ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las
reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...
FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO
El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una
pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi
hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes,
pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.
La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en
sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son
mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi
ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho
esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para
lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto
algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos
Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de
la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu
ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio
elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la
sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere
andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas
que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que
tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al
día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad.
Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no
basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo
el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las
impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su
cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen
cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación,
ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De
ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan
maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa!
¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»
Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa
por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que
ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las
molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana
deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella
amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron
lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad
porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones
femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos
salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en
el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo
que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común,
para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba
descontado que la presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi
casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi
marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere;
¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las
costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez
y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy
bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser
muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas.
Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más
profunda.
A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de
muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy
lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal
preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes:
Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles
merecen párrafo aparte.
Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados,
prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como
hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el
talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si
estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado,
con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de
colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas,
en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón
remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se
confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco
iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su
peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas.
Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana
con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta
que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias
odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino
apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como
de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda
idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un
coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos
jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así
el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos
los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de
vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus
cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los
sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo
perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.
Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los
jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban
un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo
de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña
preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»
--«Forfey»--repuso Pedrito.
Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.
--«Forfey»--me dijo Jorge--es una palabra inglesa para significar que un
caballo se ha retirado de la carrera.
--¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos
jóvenes!
En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina
Lucía preguntó:
--¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?
--No entraron en el marcador--respondió el joven Evaristo.
Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los
más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».
Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante. «Es cache»--dijo
Enriquito, que entiende mucho de modas.
Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los
jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar
cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No
logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra
verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era
puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del
espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y
oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los
deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un
espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para
sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos
caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su
cabeza en un ciprés.
No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras
riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo,
de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta
nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor
estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la
adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros,
prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en
forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores
aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos
mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad
de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de
otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para
ellos, pocos llegarán a octogenarios.
¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos
sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el
mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y
así, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu
varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante
blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En
aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una
inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como
dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?
Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi
excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria.
Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y
muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo
afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en
todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo
alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo
casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta,
al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos
tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata.
Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de
mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por
qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y
tan ingeniosa?»--«No--me respondió;--no me atrevo, ni me conviene,
porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de
marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola,
y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».--«Bien hecho--la
dije,--no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No
te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy
hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla
se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las
pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.
Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de
aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme
molestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos
ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en
nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos
ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno
está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con
la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas,
sobre todo Carmencita, que es la más frívola.
Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una
salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos
tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de
la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más
bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones
provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su
carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a
su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis
sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De
aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus
luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo,
Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas
benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se
convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los
escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán,
por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en
esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que
antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las
actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las
cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y
permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que
habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en
espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida
dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de
una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid
de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad,
insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»
Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me
harán caso. Lo dudo...
INES Y LOS CIPRESES
Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en
sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a
darme las gracias por haberla invitado.
--¡Qué dices, muchacha!--exclamé--¡las gracias te las debo a tí por
haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!
Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.
--No diga usted eso, señora.
--Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame
Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo
comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.
--Yo también la quiero a usted mu...
La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su
congoja lo que no pudieron expresar sus labios.
--Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del
aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno,
bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a
murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?
--¿Por qué los llama usted cipreses?
--¿No te parece bien puesto el nombre?
--Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso,
compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se
parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no
parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás
árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en
la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad,
su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario,
son todos iguales. Visto uno, vistos todos.
--Como ellos.
--Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste,
melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el
sentimiento del vacío y de la nada.
--Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes
en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni
siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la
jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa
alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es
triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino
de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste.
Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas,
profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos,
atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos
últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los
otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la
vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la
tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de
ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada,
abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en
lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única
diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros
semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?
--Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez
que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo;
el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo
agradezco a usted...
--Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de
casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.
--Lo dice usted por consolarme.
--Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más
que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso,
me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di
otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha
enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy
poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los
35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para
casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que
Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más
que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que
por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice
Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los
jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa
es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó
también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no
sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la
noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua
y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay,
Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».
Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a
quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:
--¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...
--Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los
minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.
--¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?
--Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé
de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una
palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por
minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos
debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones
de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz
baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó
asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas.
¡Qué galante!...
--¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!--exclamé, riéndome;--ya noté
que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.
--Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.
--Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?
--Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de
Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró,
en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que
son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita--agregó
con gravedad imponente:--después de haber estado en Longchamps y en
Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a
Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A
Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y,
sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse
a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede
vivir.
--Y Enriquito, ¿qué te dijo?
--¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.
--Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.
--No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más
elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la
Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje,
pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de
detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el
día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un
sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le
dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».
--¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?
--Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido
a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha
traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se
hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea
usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los
faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la
elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en
mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta
definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la
persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le
agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me
dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos
inconvenientes de la conflagración».
--Y con Ernesto, ¿cómo te fué?
--A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no
eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas
este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones
constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo
completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la
corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de
pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted
por los radicales?»--«¡Qué esperanza!--me respondió;--no es gente
conocida...»
--¿De manera que te aburriste en grande?
--No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.