--Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y

los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al

cual se debe nada menos que la vida del universo.

--Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te

digo es que yo soy muy desgraciada.

--¿Por qué?

--Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me

abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la

mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en

casa--muy pocas--yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi

siempre se marcha.

--¿Y a dónde va?

--Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me

mortifica y me desespera.

--¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey?

¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los

maridos distraídos en devaneos.

--Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo,

viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías--porque, eso

sí, es de lo más galante--pero, hijita, se queda allí.

--Entonces, tus celos...

--Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se

hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?

--No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le

querrías tanto. Un marido un poquitín calavera--un poquito nada más

¿eh?--es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no

suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los

santos--suponiendo que los haya--no están bien más que en el cielo.

Aquí, en la tierra, los calaveras--claro, con medida--son más amados que

los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.

Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y

traduce así mis argumentos:

--Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...

--No he dicho zonzo; he dicho ángel.

--Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en

casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...

--Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a

tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y

la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu

desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.

--La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar

me regaló el día de mi santo.

Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel

no es bueno--agrega--porque me abandona».

--¡Magnífico collar!--exclamo.--La mayor parte de los hombres son más

capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una

gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace

buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes

acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones

sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no

quiero meterme.

--Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos

que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo.

Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le

intereso!

--No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!

--O le interesa más el Jockey.

--Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato

de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya

mejor tiene que ser obra tuya.

--¿Y cómo?

--Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico.

¿Te enojas mucho cuando llega tarde?

--¿Y cómo no he de enojarme?

--Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y

más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura

constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una

piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de

agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón

para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada

de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella

que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no

retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más

solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la

propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es

nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la

conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey

Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de

modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus

amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que

en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de

arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo,

en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás,

Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno

quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el

amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la

excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el

otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la

esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo

de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta

que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se

quiere mucho se transige mucho.

--¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo

transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no

transijo, ¡no transijo y no transijo!

--Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la

intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con

bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas

agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.

--Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el

enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego,

ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a

embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una

loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.

--Tienes que disputárselo al Jockey.

--Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me

fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.

--¿Y se lo dijiste luego a él?

--Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que

gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y

con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser

de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas

todos los caballos de carreras!...

Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita,

que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.

DESAVENENCIA TRASCENDENTAL

Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad

inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del

altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas

en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi

marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por

qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo

que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre

lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos

rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio

ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo

cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy

convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón

de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo

mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo

en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo

particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que,

procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni

lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi

alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas

facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de

mi casa, de mis amigas y del centro social en que--por dicha mía--me ha

tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho

basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables

comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.

Jorge, mi marido--lo diré una vez más,--es un hombre adorable. Toda

palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante

su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su

nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos

disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse

otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en

desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi

marido.

La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro

años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de

rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros

corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y

allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia

transitoria.

Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola

rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La

diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y

dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar,

resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se

ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras.

De pronto dijo mi marido:

--Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.

--No lo creo--respondí.

--¿No lo crees, o no lo quieres?

--Ni lo creo ni lo quiero.

--Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.

--No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos,

lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y

de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los

gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el

gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son

muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil

sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más

profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El

martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les

produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos.

Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus

justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son

imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la

educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no

serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.

--No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseas

que nuestro hijo se me parezca.

En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del

rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en

mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos

hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del

sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su

pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor

inefable.

--Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a

ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres

ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes.

Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que

pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser

modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela,

no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la

espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace

igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi

ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá

ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros

sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de

los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro

humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y

cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos

recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma,

ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras,

se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan

asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma

manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma

especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene

personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una

manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la

particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del

espíritu que en el ámbito azul las mueve.

Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia

natural.

--Pero hablábamos--me dice--del orden moral.

--Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y

diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres

iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual

a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.

--Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de

un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?

--Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan

bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como

hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En

todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas

sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo

expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos;

que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y

yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su

alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por

su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero

quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas

propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación

personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara

concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su

inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera

la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las

demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un

modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima

personalidad.

--¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más

felices?

--Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.

--Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás

que se parezca a tí.

--En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la

intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...

--No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por

tí.

--Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos.

¡Vaya una suerte que espera a la futura!...

Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar.

Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios

parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.

--Después de todo lo que hemos hablado--dijo Jorge--quién sabe la suerte

que le espera en el mundo.

--¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi

alma!...

LAS REINAS EN LA GUERRA

En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta

salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles

en tiempos de Luis XIV.

La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos

sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el

ajedrez--que es el remedo más perfecto de las batallas,--el desastre

definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que

alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus

accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún

perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se

acabó de una manera irremediable y definitiva.

Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la

reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la

estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las

batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin

embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo

de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el

rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro

reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el

matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la

complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así

en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos,

puede ocurrir--ocurre con frecuencia--que los deseos y simpatías del rey

y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza,

de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los

monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño

detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son

inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico

escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de

los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su

círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas,

cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y

los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la

partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones

tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en

encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría,

alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y

errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen

pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes

y la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre

un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)

Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna

reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan

solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático,

resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la

reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de

todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos

de carreras.

El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos,

ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los

príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos

conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la

reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las

cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido

ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia

aclara algo.

Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es

marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y

contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales

pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores.

Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó

los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y

rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido

túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le

pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.

Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una

reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo

del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta

influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está

muy enamorado, la reina hará lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la

reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de

creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la

mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha

jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la

majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura.

Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían

atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».

La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea

tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete

en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que

el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no

se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las

pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con

corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es

un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a

ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su

sentencia, ser destronado.

Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la

prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus

deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo

infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil

me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes

sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.

Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las

historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede

ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias

nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz

en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un

puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con

más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas

veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer

que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o

plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son

muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los

reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no

entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal

sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto

el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido

de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y

reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones

republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten

con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no

por mandato del rey o por antojo de la reina.

Crónicas de Marianela · 第 7 / 12 段