Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a
contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin.
¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No
vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil
manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.
--¿Crées que lo celebran?
--Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y
ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte--¡qué
quieres, Marianela de mi alma!--no me explico ese silencio, ni esa
reclusión, sin dejarse ver de nadie.
--¿Y qué te importa?
--Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que
Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el
elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer
cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás
y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan
más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que
se puede hacer con la tierra.
--Excepto adquirirla....
--Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a
mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como
ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.
--¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los
rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.
--Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy
politiquera--la mujer en su casita--; pero, claro, he tratado de
explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de
una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada,
porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible
esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la
gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia
de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas
colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para
trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice
que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de
Europa. ¿Qué más dará?
--No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar
carne que maíz.
--¡Ah!...
--El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.
--Pero si se lo come, ya no hay maíz.
--Pero queda el chancho.
--Es verdad. ¡Que tonta soy!
--Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este
punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...
--Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin...
nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en
cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me
conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio.
Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré,
supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el
deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué.
Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me
agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.
--El amor es un cristal de aumento.
--Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de
abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho
Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le
dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país
necesita de usted»--le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía
el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha
sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es
siempre el mismo hombre de acero.
--El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el
florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...
--Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su
origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo
primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...
--Creo que exageras, Petrona.
--Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer
herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su
talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin,
hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.
--Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.
--Es lo que digo yo.
--Y todo el mundo...
--Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me
alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...
--¿Tú crées?...
--¿Y cómo no?...
--¿No están seguros?...
--¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo.
¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?
--¿No tienen posición tus yernos?
--Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el
que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a
saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo
decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se
queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá,
en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que
venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya
acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones.
¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano,
después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan
luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente
copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta
Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin
de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le
van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la
del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a
Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo
va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor
dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo
he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis
yernos son buenos y las muchachas lo mismo--ya sabes lo bien que las he
educado--pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos,
incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta
gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué
hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como
puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con
algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos
muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo
de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca
abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado
medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué
esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona».
Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos
cuando los demás, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse,
aunque haya que clavar a medio mundo...
--No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.
--Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se
arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a
mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de
saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es
así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo
le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el
mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el
mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer
unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz,
ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.
Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.
--Todo se arreglará--repito, por vía de consuelo.
--Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber
nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.
PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION
Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce
con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado
en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la
murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente,
victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe
tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la
crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue
resistiendo con toda lozanía la condenación general.
La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos
ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos,
y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues,
en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que
sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con
la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve
ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de
conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye
poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces
y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es
un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir
nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer
armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi
todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social.
La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando
su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los
impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La
murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección
íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio
esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter
discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica
franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía,
más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración
corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un
alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde
Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin
duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y
no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en
vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa
memoria.
La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que
ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros
defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos.
De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su
abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...
El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo
erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos
de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi
amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no
saben que todos murmuran de todos.
Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología
del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve
la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo
son sus ímpetus de malicia, le perdono».
He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la
murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado
tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se
convierte, a su vez, en murmurador.
La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde
las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la
murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de
nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades:
hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de
expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los
demás, se crucifica a sí mismo.
Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista
absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran
poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay
tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos
demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica
estética dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo
rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la
murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.
LOS SECRETOS
El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines»
y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos
días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día
quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774,
leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba
mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero
le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con
un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético
secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo
a todo el mundo».
En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el
secreto de la propagación de los secretos.
¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas
psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas
estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos
libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos
trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo
digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera
paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra
conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño
cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante
inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas,
de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros
quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en
nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza,
esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos
de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien:
para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues,
los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica
de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe
por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos
criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí
que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un
cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su
mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito.
Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el
esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su
propio secreto.
La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar
son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos
que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los
demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito
de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que
nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también
«reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia
acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el
deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que
prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro
motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una
causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el
verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una
zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por
sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola
persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de
tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la
noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra memoria se aligerasen,
como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida
interior. Respiramos...
Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo.
Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es
un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto,
conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que
nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero
en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a
trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como
dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible.
Cada historiador, con unas cuantas verdades--si acaso las halla--arma su
cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por
la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi
marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno--no recuerda
cuál--que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la
historia moderna.
Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un
secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un
verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los
agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar
completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración
radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro:
los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los
reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto
mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se
propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba
de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto
a voces.
Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al
trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por
miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada
instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen
la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos
y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto.
Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más
reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre
justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de
temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.
Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los
secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona.
Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos»,
contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque
todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen
juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice
Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena
conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su
marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna,
perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece
que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí
eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo
los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al
relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el
secreto de su vida.
En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación
conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La
política no da más que disgustos... cuando se cultiva
desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir
que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el
próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo
que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa
que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de
nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don
Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya
no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que
su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio
estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto,
llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda
urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus
luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería,
puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me
obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido
ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre
también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un
estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona
que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta,
he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los
intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo
tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo
el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.
Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque
confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo
el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don
Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar
trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de
Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del
periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida
organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.
El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir
que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos
perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en
cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que,
alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no
saber nada.
Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga.
Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.
LA DESVENTURA DE LUISA
Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme
sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación
con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos
fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas
las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a
gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra
«haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios
de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un
instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de
amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar
juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y
Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su
adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta
lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas
de Luisa.
--¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!
--¿Tanto, tanto?
--¡Mucho, mucho!
--Pues ¿qué te pasa?
--Que Daniel me abandona.
--¡Cómo! ¿Qué dices?
--Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los
hombres!...