Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me

aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro

noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí

viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen

las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las

mismas desventuras y las mismas alegrías que en la ciudad más populosa.

Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos

rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los

ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los

Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los

leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una

persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo

esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde

pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones,

vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades.

Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es

ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta»

está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere

a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de

veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a

quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está

entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora

celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin,

como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac,

chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un

pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los

instintos son los mismos y los corazones arden igual.

Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que

son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te

puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay

inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los

reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos.

Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el

esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes!

Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una

plebeya y vil democracia. Doy también grandes paseos por el campo. Y me

quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan

elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su

manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas

tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la

pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro,

acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada.

Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los

símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta

elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es

tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico,

estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una

delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el

pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.

Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar

en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de

las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el

campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos

potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que

desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte,

curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire,

las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es

necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como

antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se

metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las

provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los

Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo

iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que

vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer

ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo, que

estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude

lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos

fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios,

sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso--ya conoces a

Ricardo--me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de

alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando

volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían

nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros!

Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los

días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y

tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes,

que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan

triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar;

prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa

manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y

felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la

quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar,

tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos

quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan

delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho

cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco

Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué

temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!...

Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la

estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo:

«¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»--«Yo

me entierro contigo en el fin del mundo»--le respondí. Gran abrazo. Los

abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos

la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes,

a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta de vagos que puestos en

fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos»,

a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita

que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice

Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas

ovejas. «A la vuelta de pocos años--me dice Ricardo--nos podremos

farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de

trescientos mil pesos de renta».--«¡No, Ricardo, no por Dios!--le

digo,--porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con

insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver

a los señores gerentes, que Dios confunda».

No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen

las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en

cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras

veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote,

un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene

hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se

fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a

cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos,

que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es

la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los

trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas;

unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el

contenido es igual.

Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero

contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero

muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien:

muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos

gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace

esta reforma:

«No debo nada,

Ya soy feliz

Con Rosalía...»

Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a

Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su

estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es

magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda

magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones.

Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca;

pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío.

¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo,

hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito

primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los

poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio

en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese

grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo.

Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta

tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh!

apasionadísimo...

Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te

aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires.

¿Quieres que nos vayamos por unos días?»--«No me aburro--le digo;--no

hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra

todo el mundo».

Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y

ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces--la verdad--se apodera

de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre,

satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un

firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de

todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos,

la culpa fué mía tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietos

aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...

Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile

que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba

a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví

quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una

larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo

mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera

deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al

mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el

Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que,

como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre

todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son

más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está

por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don

Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza,

rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al

fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido

llegar a todas partes. A mí me es muy simpático.

Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor

abrazo.--=Rosalía=.»

Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a

los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño

chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores

virtudes que pueden adornar a una mujer.

EL ARTE DE ESTAR ENFERMA

Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.

«Los Carpinchos».

Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces

perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad

tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire

expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente

conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus

esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo

perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado

enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios,

donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de

mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos

sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde

ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir

las crónicas sociales.

Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué

consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por

dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que

consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de

escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal

reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la

verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa

que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay

locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de

ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios,

amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de

ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar

y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los

músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en

realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco

rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama,

sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la

razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes

que la música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano

espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien

tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los

ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra

al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra,

con la que tanto se peca en la vida.

Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro.

Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge--ya sabes lo cariñoso que es y

cuánto se preocupa por mi salud--me advirtió que me abrigara bien. No

hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al

automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso

del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose

más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos,

chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido

de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de

cama.

Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un

médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo,

supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los

galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de

palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos

que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido

adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la

farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más

pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los

otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado

en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho

las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla

y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en

todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que

acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas.

La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que

cualquier almanaque.

A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le

estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica

científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en

tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras

nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al

conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión

de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y

todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y

Estocolmo.

No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana

estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había

suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas,

todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez

repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no

quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos

días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces:

¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente.

Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido

decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más

pavor me causa es oir razonar a la locura.

Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones

sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando

que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo,

como casi todo el mundo--salvo unos cuantos seres

elegidos--representamos la normalidad, traducida en la infinita

extensión de la tontería en la tierra.

Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una

tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño,

grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con

estas líneas: «La enfermedad es como citación y último emplazamiento

que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de

religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de

frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un

sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha

mucho el entendimiento. Lloré...

Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas,

desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más

que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema

de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás

quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad

apaga el valor y enciende el espíritu.

Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende

bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la

humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que

cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos

sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida»,

«muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin

entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así

vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo

sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas

horas, un verdadero estado de gracia.

Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La

tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su

dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en

el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he

estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando

estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor

de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando

por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si

yo llego a morirme. Su respuesta fué muda, pero elocuente. Nada

espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte,

pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña

enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera

inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.

Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del

interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al

encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna.

Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago

votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan

tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas.

Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más

estrecho y apretado abrazo.--=Marianela=.

LAS INQUIETUDES DE PETRONA

Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho,

mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.

Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa

suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es

digna de un sitio preferente en el santoral.

La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la

economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de

notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro

en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que,

entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el

marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción

Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la

ganadería. Hace tiempo escribió una memoria--resumen de otras varias

escritas en otros países--sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose

del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son

regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y

la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde

en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del

porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos,

por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están

inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional

del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas

irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de

una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener

que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la

gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las

fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no

podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.

Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un

ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con

un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide

discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.

Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga

Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por

todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere

inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado;

declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la

oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y

planimetrías en los desiertos.

--¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?

--Nada.

--Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa

tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo,

sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando

obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica,

es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos

para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.

--Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando

participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.

Crónicas de Marianela · 第 5 / 12 段