Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la

tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un

concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería

en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino,

irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo

antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más

espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a

otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la

derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde

una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en

sensibilidad y emoción, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien

es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el

teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección;

es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de

como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista.

No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne

y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus

pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de

los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede

hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes

ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas

agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le

hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto

egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad

normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al

punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la

venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es

pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un

sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro

espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues

la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá

dar escape al rencor en venganza.

Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan

inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas

complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y

rencor.

Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio.

Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la

pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra

hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría

interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en

llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor,

aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.

¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer

las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del

disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa

la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta

guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de

los contendientes no se rinda a discreción.

Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso

el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la

persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo.

Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe

emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un

incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor.

Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser

veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta

bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con

cortesía te echa rosas a la cara».

La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón.

Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la

sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección

está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»--dice Miguel

Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas--.

Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra

felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo--dice San

Bernardo--; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro

realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que

dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra

intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.

Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a los santos

escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan

Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la

mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una

fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan

Crisóstomo--perdóneme el santo varón--debió llegar a la santidad por la

influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía

ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna

ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.

Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los

enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo

constantemente su definición de la paciencia, una de las principales

virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para

«hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la

paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la

paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro

la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que

veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que

sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el

sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo,

hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».

Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a

este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen

de la bondad.

Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos

impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor

propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por

nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa;

quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón.

Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar

los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.

Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por

una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me

contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su

espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo

amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso.

¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello

en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba

si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador

para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado

en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se

agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso

a toda palabra.

Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que,

por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que

no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo

que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no

llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi

pequeña ofensa.

En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño

anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce

místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita

azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo

tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:

«¡Ah, qué dulce es la sonrisa

Del hogar hermoso y tibio,

La recíproca mirada

Que denuncia regocijo,

Cuando al fin dos corazones

Se han fundido en uno mismo.

Y uno en otro confiados

Viven en su amor tranquilos.

¡Ah, qué santas alegrías!

¡Ah, qué goces no sentidos

Vuelan como blancas hadas

Por la cuna de los hijos!

¡Cada cuadro es un recuerdo,

Cada mueble es un amigo,

Cada lágrima es un beso,

Cada dicha es un suspiro!»

Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay

canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»

CROTALOGIA

Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que

vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo:

críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones

oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los

elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo

bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor

escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los

movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado.

Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito

de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar

de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra

traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no

tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su

inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte

embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro

que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el

quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un

tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso,

ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el

instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y

por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que

cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no

como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas,

fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con

trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando

mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una

mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.

Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente

en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe

usted que es bonita y joven?»--preguntarán mis lectoras. Deduzco que es

joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en

nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es

linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la

belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las

feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin

duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte,

gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola

presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata

que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos,

apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto

no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en

cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este

mundo.

En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son

excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los

temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras

textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más

divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.

Reconozco la razón de la señorita que me escribe. Y ello me demuestra

que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien.

Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por

tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los

crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo

que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que

unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado.

Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las

castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos

los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en

la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades

clásicas y de los modernos tiempos.

Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve

ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor

licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo

un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en

catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la

monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado,

hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las

castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han

de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible

saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco

Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades

modernas.

Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta

apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el

Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de

las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración

memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en

las castañuelas.

Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador

Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra

al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su

imponderable «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus

agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres

o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del

sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo

instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y

rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas».

Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y

esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano,

pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al

gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los

hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma

Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto

también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su

natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores

preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras

inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas.

Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»:

«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que

escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que,

además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda

por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una

almendra».

Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de

Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que

significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni

un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales

cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El

español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete»

con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se

explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo

los metálicos crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda

presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el

instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del

imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación

española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual

agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno

de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio

de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél

instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su

tierra nativa.

Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las

castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el

repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan

difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.

Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco

Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla

extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del

instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo,

el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil

teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano

que prefería el leve y sutil sonido de las perlas.

Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con

el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las

morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto,

ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia

que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los

zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada

que signifique armonía y gracia plástica.

El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de

aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de

la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar,

tenía que inventar un método en que el maestro no fuera necesario, o

mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en

condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de

filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía»

se sale también castañeteando.

La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la

enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está

librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no

existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la

«Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente

deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más

que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo

último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los

nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever

tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es

una forma de tenerlo todo previsto.

Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción

pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las

castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada

cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está

principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado

por Grecia y por Roma.

Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de

esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la

gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del

licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy

divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los

«paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y

dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en

vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la

acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...

ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»

La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir

de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones,

Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos

merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido,

aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta,

debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en

Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La

fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz

y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran

estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de

su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle

Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El

segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro

patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué

muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de

Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante

y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora,

que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así,

pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la

creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y

los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la

tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos

apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios.

En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien

merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la

historia militar y política del país y la representación de los modernos

progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga

reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe--y muy justamente--su

merecida representación en nuestro gran mundo. Con los apellidos de

Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán

los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los

primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su

entronque con Cámpora y del Moral.

Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:

«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.

Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde

este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no

como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar

intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa,

queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas

y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más

divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario

conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice

ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige

tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención

que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que

me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice

Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De

manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto.

Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar

unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades,

aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos

rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.

Crónicas de Marianela · 第 4 / 12 段